Se espera una transformación radical del hombre, una especie de regeneración personal, que sólo comprende quien se presta a su realización: A diferencia de las que esperan Sócrates, Confucio o Buda, para Jesús se trata de una transformación radical por entrega del hombre a la voluntad de Dios. Pag 260.
1 Humanización del hombre
Jesús espera un hombre distinto, nuevo: cambio radical de conciencia, actitud fundamentalmente diversa, orientación totalmente nueva de pensamiento y acción. Pag 260.
Cambio de conciencia
Jesús espera la integral orientación de la vida del hombre a Dios; corazón indiviso, que no sirva a dos señores, sino a un único señor; el hombre, en medio de mundo y hombres, en espera del Reino de Dios, debe poner su corazón única y exclusivamente en Dios; no en dinero, ni bienes, Mt 6, 19-21; no en derecho y honor, Mt 5, 38-42; no en familia, Lc 14, 26; aquí no se puede hablar de paz, porque reina la espada; el seguimiento de Jesús prevalece a las ataduras familiares, incluso debemos hacernos la guerra a nosotros mismos; el verdadero enemigo de semejante transformación es mi propio yo, yo mismo: Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará, Lc
17, 33.
Para lo cual es necesaria la μετάνοια, conversión, la decisiva transformación de la voluntad, cambio radical de conciencia, nueva actitud de base, otra escala de valores, que suponen un viraje total del hombre. Jesús no espera nunca una confesión de los pecados del hombre, que quiere cambiar; no se interesa por su pasado, sino por el futuro mejor, que Dios le regala, al que ha de volverse irrevocablemente sin reservas: Nadie que pone la mano en el arado y mira
hacia atrás es apto para el Reino de Dios, Lc 9, 62. El hombre puede vivir del
perdón. Ésta es la conversión, que nace de la impávida e imperturbable confianza en Dios y su palabra, que en el Antiguo Testamento ya recibe el nombre de fe: confianza fiel y fe confiada.
Dios mismo con su evangelio y perdón hace posible la conversión por la fe. Al hombre sólo se le pide vivir del agradecimiento confiado: El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel … Mt 13, 44-46. El hombre no debe estar sujeto
a nuevas coacciones legales; cumplirá su deber sin envanecerse: Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer, Lc 17, 10; su modelo será el niño: El que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él, Mc 10, 15; Dios no
dejará sin recompensar ni un vaso de agua, pero quiere que no estemos pendientes de recompensa, premio o castigo: parábola del hijo pródigo, Lc 15, 12-32; La llamada de Jesús a la conversión es una llamada de alegría; un santo triste para Jesús es un triste santo, Mt 6, 16-18; al jornalero de la viña le dice que no vea con malos ojos que Dios sea generoso, Mt 20, 15; Mt 20, 1-15; El hermano del hijo pródigo debería hacer fiesta y alegrarse; el adiós al pasado pecaminoso del hombre y la conversión sincera a Dios es, para Dios y hombres, un acontecimiento gozoso; no es carga, sino liberación, porque la voluntad de Dios la hace ligera: Porque mi yugo es suave y mi carga ligera, Mt 11, 30. Pag 260-262.
Lo que Dios quiere
Dios no quiere nada para sí, su provecho y mayor gloria. La voluntad de Dios es el bien del hombre, la salvación del hombre y de los hombres; la voluntad de Dios salva ayudando, sanando, liberando; Dios quiere para el hombre, en cuanto hombre y colectividad, el futuro absoluto, el Reino de Dios, que anuncia Jesús: liberación total, redención, vida, pacificación y la gran felicidad última. A la vista de la cercanía de Dios, Jesús verifica la radical identificación de la voluntad de Dios y el bien del hombre. Es algo nuevo, que hace peligrar lo viejo. En el mensaje de Jesús no se puede ver a Dios sin el hombre, ni al hombre sin Dios; no se puede estar a favor de Dios y en contra del hombre; no se puede ser piadoso y comportarse de forma inhumana. Jesús no interpreta a Dios humanísticamente, ni lo reduce a contrariedad humana. Tampoco diviniza al hombre. Sencillamente fundamenta la benevolencia de los hombres entre sí en la benevolencia de Dios con los hombres. Pag 262-263.
Tradiciones, instituciones y jerarquía, relativizadas
Jesús relativiza la Ley, porque no es principio y término de todos los caminos a Dios. No es fin en sí misma, ni la última instancia. En consecuencia (la Ley), los mandamientos se hicieron para el hombre y no el hombre para los mandamientos: El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre
para el sábado, Mc 2, 27; el servicio del hombre tiene prioridad sobre el
cumplimiento de la Ley. Jamás el hombre debe ser sacrificado a presuntas normas o instituciones absolutas; han sido hechos para el hombre; el hombre, por tanto, es la medida de la Ley. Sólo desde este horizonte será posible distinguir críticamente lo correcto e incorrecto, esencial o indiferente, constructivo o destructivo, ordenamiento bueno o malo.
La causa de Dios es el hombre, no la Ley: humanidad en vez de legalismo,
institucionalismo, juridicismo, dogmatismo. La voluntad del hombre no suplanta a la voluntad de Dios, sino que ésta se concreta a partir de la situación concreta del hombre y de los hombres, sus próximos.
Jesús relativiza el templo, el ordenamiento de culto, liturgia, servicio divino. El templo, como la Ley, tampoco es principio y término de todos los caminos a Dios, tendrá su fin. La piedad cultural al viejo estilo se acaba. En adelante prevalece la tesis de Jesús: Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda, Mt 5, 23-24. Lo que significa que reconciliación
y servicio cotidiano al prójimo tienen prioridad sobre servicio divino y culto, que no pueden ser absolutizados. Jamás el hombre debe ser sacrificado a determinados ritos o usos religiosos absolutos. Habrá que valorar si están hechos o no para el hombre, porque también el hombre es la medida del servicio divino.
La causa de Dios es el hombre, no el culto: humanidad en lugar de formalismo,
ritualismo, liturgismo, sacramentalismo. El servicio al hombre no suplanta el servicio a Dios, sino que éste jamás dispensa del servicio del hombre, porque en él perdura y se afirma. Dios y el servicio divino, y el hombre y su mundo, es la realidad determinante del mismo Dios. Las indicaciones de Dios sólo quieren ayudar y servir al hombre: nadie puede tomar en serio a Dios y su voluntad, si no se hace lo mismo con el hombre y su bien; la humanidad del hombre viene exigida por la humanidad del mismo Dios; la ofensa a la humanidad del hombre cierra el paso al verdadero servicio de Dios; la humanización del hombre es presupuesto del verdadero servicio de Dios; el servicio de Dios no puede reducirse a puro servicio del hombre, ni el servicio del hombre a puro servicio de Dios; el auténtico servicio divino es a la vez servicio humano y el auténtico servicio humano es a la vez servicio divino. Siempre que Jesús trata de defender la voluntad de Dios contra la oposición de poderosos: personas, instituciones, tradiciones, jerarcas … emplea fuerte combatividad y duras palabras: ¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!, Lc
11, 46. He aquí la razón de la relativización de instituciones, tradiciones …, por el amor de Dios, que quiere el bien completo y salvación de los hombres. Pag 263-266.
2 Acción
Dios y el hombre a un tiempo
Jesús puso de relieve que el amor a Dios es al mismo tiempo amor al hombre, que la voluntad de Dios tiende al bien del hombre; por eso pudo decir en original, simple y concreta reducción y concentración que los diez mandamientos se encierran en el doble mandamiento del amor, asociando el amor a Dios y hombre en unidad indisoluble. Desde entonces es imposible jugar la carta de Dios en contra del hombre y viceversa. El amor se convierte en exigencia absoluta, que determina la vida íntegra del hombre como totalidad; el amor se constituye en criterio de religiosidad y total comportamiento. La humanización de Dios y la divinización del hombre no corren a expensas de Dios, sino del hombre. Dios permanece Dios. Dios ostenta el primado absoluto, por lo que reclama íntegra la totalidad del hombre: voluntad, corazón, el núcleo más íntimo, el hombre mismo: Amarás al Señor, tu
Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, Mt 22, 37.
El amor a Dios sin amor al hombre, nada tiene de amor. Aunque Dios debe conservar su irreemplazable primado: el amor a Dios jamás debe convertirse
en instrumento y clave del amor al hombre; y el amor del hombre jamás debe convertirse en instrumento y clave del amor a Dios. Debemos amar al prójimo
por sí mismo, no sólo por Dios; cuando amamos al prójimo no tenemos que mirar de reojo a Dios; el falso amor al hombre es falso amor a Dios; el samaritano presta auxilio sin buscar motivos religiosos, le basta la necesidad
del prójimo, su pensamiento se centra en la persona herida, Lc 10, 29-37; ni benditos, ni malditos del Señor son conscientes de haberse encontrado con el Señor en quienes socorrieron o denegaron su ayuda, Mt 25, 31-46.
El humanismo resulta tanto más fácil cuanto más se le extiende a la humanidad entera y se restringe la atención individual y necesidades concretas. Para los europeos resulta más fácil solidarizarse con los negros de Norteamérica que con los inmigrantes en su propio país. Cuanto más lejos está el prójimo, tanto más fácil resulta pronunciar palabras de amor. Pag 266-268.
Quien me necesita
Jesús no propugna un amor genérico, teórico, poético, sino integral:
sentimientos y acción vigorosa, valiente. Para Jesús, el amor al hombre es
esencialmente amor a hombre y prójimo; no sólo amor al hombre en general, lejano, distante, sino sobre todo amor al prójimo, cercano, concreto. En el amor al prójimo se prueba el amor a Dios, es el barómetro exacto del amor a Dios: amo tanto a Dios, cuanto amo a mi prójimo.
Jesús recogiendo la formulación del Levítico, da la respuesta de cuánto amar al prójimo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yahveh, Lv 19, 18; Mt 22,
39. Para los hombres, egoístas por naturaleza, asumir el punto de vista del otro, tratarle como quisiéramos ser tratados por él, Mt 7, 12, significa un giro radical; se trata de enderezar el propio yo hacia el otro, estar vigilante, abierto y dispuesto a favor del prójimo, estar pronto a ayudarle sin condición de ningún tipo; no vivir para sí, sino para los demás. En eso consiste, desde la perspectiva del hombre que ama, la unidad indisoluble del amor integral a Dios y el amor incondicionado al prójimo.
Por tanto, el denominador común del amor a Dios y prójimo es el abandono del
egoísmo y la voluntad de entrega. Sólo si no vivo para mí puedo estar abierto
del todo a Dios e ilimitadamente abierto al prójimo, al cual, como a mí, Dios también da su sí. En el amor Dios no se agota en el prójimo; Dios sale a mi encuentro en el prójimo y ahí espera mi entrega; me llama en mi propia conciencia a través del prójimo; es una llamada, que nunca enmudece, cada día llega nueva en medio de mi vida en el mundo.
Nuestro prójimo son los miembros de nuestra familia, círculo de amigos,
entorno … Prójimo puede serlo también el extraño, todo el que llega a nuestra
vida. No se puede prever quién es el prójimo. Prójimo es cualquiera que en
este momento nos necesita, Lc 10, 29-37. En la parábola del buen samaritano
se insiste en la urgencia con que de nosotros se espera el amor en el caso concreto, en la necesidad del momento, más allá de las reglas convencionales de moral.
La voluntad de Dios no es simplemente sumisión a la voluntad de Dios, como en el islam. Bajo el prisma del amor los mandamientos reciben sentido unitario; el amor pone fin a la casuística, no se orienta hacia la prohibición o mandato de éste o aquél mandamiento, sino según la realidad concreta exige y permite. Cada mandamiento tiene su medida interior en el amor al prójimo. ¡Qué bien lo entendió San Agustín: Ama y haz lo que quieras. Pag 268-270.
Pero según Jesús, lo decisivo y característico del Reino de Dios no sólo es el
amor a hombre y prójimo, sino amor al enemigo. El mandato de amar a los
enemigos sólo se halla en Jesús, caracteriza el amor al prójimo del mismo Jesús, que no conoce límites, Lc 6, 27. El prójimo puede salir a nuestro encuentro en cada hombre: en adversario político, religioso, rival, oponente, antagonista, … enemigo. Es el particular universalismo fáctico de Jesús: apertura ilimitada; superación de limitaciones, dondequiera que se encuentren; ruptura fáctica de fronteras establecidas.
En la última antítesis del Sermón de la Montaña Jesús explícita una corrección de los mandamientos veterotestamentarios: Habéis oído que se dijo: Amarás a
tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, Mt 5, 43-44; Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen, Lc 6, 27-28.
Jesús lo motiva en la perfecta imitación de Dios, porque a Dios sólo se le puede concebir rectamente como Padre: Para que seáis hijos de vuestro Padre
celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos, Mt 5, 45, y de enemigos convertirse en hermanos. Por tanto, el amor de Dios al enemigo es el fundamento del amor del hombre a sus enemigos.
Como en el Padre, el verdadero amor no sueña con la reciprocidad del otro, no
liquida prestaciones con contraprestaciones, no piensa en la recompensa; está libre de todo cálculo y egoísmo latente: no es egoísta, sino abierto del todo hacia el otro.
En el amor confluyen ερως y αγάπη, amor humano y espiritual, que no son
contrapuestos, sino complementarios. Debemos repercutir todo lo humano en
el amor a hombre, prójimo y enemigo. Un amor de este tipo no busca su propio provecho, no es egoísta; es fuerte, busca el bien del otro con cuerpo y alma, de palabra y obra. En el amor verdadero todo deseo se hace don, no posesión. Pag 270-274.
La verdadera radicalidad
La identificación de la causa de Dios y hombre, voluntad de Dios y bien del hombre, servicio divino y humano y en consecuencia relativización de Ley y culto, santas tradiciones, instituciones y jerarquías, señalan el cruce exacto de coordenadas de Jesús: stablisment, revolución, emigración, compromiso. La
radicalidad de Jesús se sitúa más allá de todas las alternativas, que elimina de
raíz: radicalidad del amor, sobria, realista y diferente de todos los radicalismos ideologizados. Este amor se centra no sólo en grandes acciones y sacrificios, sino la mayoría de veces se refleja en la vida cotidiana: saludar el primero, Mt 5, 47; ocupar los últimos puestos, Lc 14, 7-11; vivir en la verdad sin reservas, Mt 5, 37; …
1. Amor quiere decir perdón. La reconciliación el hermano precede al servicio divino; no hay reconciliación con Dios sin reconciliación con el hermano; no se puede recibir infinito perdón de Dios y negar nuestro limitado perdón al prójimo como nos enseña en la parábola del rey magnánimo y siervo inmisericorde, Mt 18, 21-35:
- Son importantes características de Jesús la disposición al perdón sin límites, Lc 17, 4, y a todos sin excepción, y no erigirnos en jueces de los otros, porque
todos estamos sujetos al juicio de Dios, Mt 7, 1. La exigencia del perdón no se puede interpretar conforme a ninguna ley, porque perdonar sin límites implica una llamada al amor del hombre: perdonar siempre, por principio.
2. Amor quiere decir servicio. El ánimo de servicio es el camino de la verdadera grandeza. La autoexaltación exige humillación, el ridículo de la degradación; a la autohumillación sigue la exaltación, el honor del ascenso, Lc 14, 7-14.
Es nota característica de Jesús el servicio desinteresado sin acepción de jerarquías. La recomendación de Jesús es siempre la misma, aunque con distintas formulaciones: El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, Mc 10, 43. Razón, por la que entre los discípulos de Jesús no puede haber ningún cargo constituido por simple derecho y poder, que correspondería al poder del mundo; ni ningún ministerio constituido por simple saber y dignidad, que correspondería al ministerio de los escribas.
Tampoco se ha de entender la exigencia del servicio como una ley, según la cual entre los seguidores de Jesús no debe haber superioridad, ni subordinación; se ha de entender con resuelta llamada al servicio de superiores e inferiores: al mutuo servicio de todos.
3. Amor quiere decir renuncia. Jesús advierte contra la explotación de los débiles: Devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa, Mc 12, 40; exige resuelta renuncia a
cuanto obstaculice la disponibilidad a favor de Dios y prójimo; exige no escandalizar a los pequeños y pide en términos aforísticos cortarnos miembros del cuerpo, si nos ponen en peligro, Mc 9, 42-49; y espera la renuncia a lo negativo (concupiscencia y pecado) y a lo positivo (derecho y poder).
Es nota característica de Jesús:
- La renuncia voluntaria sin contrapartida; renuncia a ciertos derechos a favor del otro; renuncia al poder a propia costa; renuncia a la réplica violenta: No
resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda … Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos … Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial, Mt 5, 39-48.
- Los ejemplos anteriores demuestran que: las exigencias de Jesús no pueden ser interpretadas como leyes; la renuncia a la réplica violenta no implica a priori la renuncia a cualquier resistencia; las exigencias de Jesús no persiguen resultados éticos o ascéticos con sentido por sí mismos; son drásticas llamadas al cumplimiento de la voluntad de Dios en bien del prójimo; la renuncia es el reverso negativo de la praxis positiva. Bajo esta perspectiva hasta diez los mandamientos veterotestamentarios aparecen superados en sentido hegeliano:
absorbidos, anulados y conservados, porque son elevados al plano de una justicia mejor, que Jesús proclama en el Sermón de la Montaña, Mt 5, 20. Pag