CAPÍTULO II. SOBRE LA ADOLESCENCIA
2.4. Desarrollo Psicosocial
2.4.4. Importancia de los modelos en la construcción identitaria
Desde la infancia los iguales se descubren básicamente a partir de la socialización en las diferentes instancias educativas, pero cobran especial influencia socializadora durante los procesos de transición que caracterizan la adolescencia.
En esos procesos los iguales van a ser un referente socializador que en muchas ocasiones y aspectos van a reforzar las pautas culturales aprendidas en la familia y la escuela, pero en otros muchos casos y aspectos van a generar identificaciones diferentes, e incluso alternativas, a las pautas culturales de los adultos de una u otra instancia (Hualde, 1998, p. 35).
Si bien a lo largo de todo el ciclo vital las relaciones con los iguales tienen un papel fundamental en el desarrollo y el bienestar, en la adolescencia, a medida que los chicos y chicas se van desvinculando de sus padres, el grupo de pares adquiere relevancia, constituyéndose en el principal contexto de socialización, donde los amigos van ganando importancia sobre otras figuras de apego, para transformarse en una fuente fundamental de sostén, mientras que el apoyo emocional y la intimidad se consolidan como características esenciales de las relaciones de amistad (Sánchez-Queija y Oliva, 2003).
Según Sánchez-Queija y Oliva (2003) son numerosos los estudios que confirman la importancia que adquieren estas nuevas relaciones en el desarrollo adolescente (Robinson, 1995; Chou, 2000; Berndt y Savin-Williams, 1993; Cauce, Mason, González, Hiraga y Liu, 1994; Garneski y Diekstra, 1996; Coie y Dodge, 1997; Miller y Brendt, 1987), para quien los beneficios derivados del establecimiento de relaciones con los iguales evidencia que los adolescentes que muestran una mayor competencia para establecer relaciones con sus compañeros presentan un mejor ajuste emocional y conductual. La calidad de las relaciones establecidas con los padres suele ser destacada como un importante antecedente que parece influir en el desarrollo de la competencia social, en tanto que en la familia se aprenden patrones conductuales, estilos relacionales y habilidades sociales que luego se generalizan a todos los contextos de desarrollo, incluido el grupo de pares (Furman y Wehner, 1994; Brown y Huang, 1995; Freitag, Belsky, Grossmann, Grossmann y Scheuerer-Englisch, 1996; Shulman, Laursen y Karpovsky, 1997; Allen, Moore, Kuperminc y Bell, 1998).
En esta etapa evolutiva, es necesario “saciar anhelos de intimidad familiar, que provienen del pasado, pero hay que hacerlo fuera del marco de la familia originaria, es decir, en un espacio socio-cultural nuevo, actual” (Erdheim 2013, p. 2), con lo cual los adolescentes van hacia el pasado por un lado, y por el otro hacia lo abierto, lo
desconocido y lo extraño, de modo que pueden repetir y escenificar viejos modelos con nuevas compañías, habilitando el pasaje por nuevas experiencias.
La importancia que tienen los vínculos establecidos con los padres durante la primera infancia para el posterior desarrollo de las relaciones afectivas, también es desarrollada por Bowlby (1979) a partir de su teoría del apego, para quien aquellos niños y niñas que han logrado establecer una relación de apego seguro con sus padres, también son los más capaces de establecer este tipo de relaciones con sus iguales, caracterizada sobre todo por la intimidad y el afecto (Delgado I., Oliva A., y Sánchez- Queija I., 2011).
La relevancia de los modelos de coetáneos es también señalada por Erikson (1971) en relación a la construcción de la identidad adolescente: “la identidad es un producto único que en este momento enfrenta una crisis que ha de resolverse sólo en nuevas identificaciones con compañeros de la misma edad y con figuras líderes fuera de la familia” (p. 71).
Los compañeros y el grupo de pares pueden aportar al adolescente una respuesta tranquilizadora, aunque parcial, frente a su conflicto de identidad. A partir de una identidad grupal, colectiva, puede producirse una importante atracción por lo idéntico, y que puede, eventualmente, transformarse en fascinación, con la correspondiente intolerancia a la aceptación de las diferencias. Así, en la construcción de un grupo, juegan un papel fundamental quiénes son sus integrantes y por qué, quién ejerce el liderazgo, los diferentes roles, y los rasgos que lo diferencian de otros grupos (Nin, 2006). En algunos casos, la diferencia establecida imaginariamente puede estar regida por fantasías de dominio, de poder y de omnipotencia, en el intento de combatir la antagónica fantasía de desvalimiento y abandono.
Este exclusivismo, presente a menudo entre los adolescentes, con el repudio o la intolerancia frente a los que son diferentes (ya sea en el color de la piel, gustos, diferencias culturales, etc.) y que se fundamenta (al menos de forma manifiesta) en los signos que caracterizan al que pertenece al grupo y deja en evidencia al que no pertenece a él, sólo puede ser entendido como defensa frente a la confusión de identidad (Erikson, 1970). En la búsqueda de un nuevo sentimiento de mismidad, el adolescente debe de volver a enfrentarse a conflictos librados en etapas anteriores, aunque para ello sea necesaria la elección de personas bien intencionadas para que desempeñen los roles de adversarios, al mismo tiempo que necesitan establecer ídolos e ideales perdurables como garantes de una identidad final.
Según Martín-Baró (1989) la identidad grupal condiciona y trasciende la identidad de cada uno de los miembros y brinda un espacio diferenciador de la familia. El poder del grupo es uno de los elementos constitutivos de la identidad.
También el amor adolescente constituye un intento por llegar a una definición de la propia identidad, proyectando la propia imagen en la otra persona (Erikson, 1970). Frente a la inevitable decepción marcada por la imposibilidad de desarrollar una relación amorosa con los padres que impone la ley de la prohibición del incesto, con la pérdida de los padres infantiles omnipotentes e idealizados, y ante la eclosión de la pulsión sexual puberal con el consiguiente despliegue de mecanismos defensivos como la represión, el adolescente debe recurrir a la búsqueda de otros objetos sustitutos con los cuales llevar a cabo sus deseos (Nin, 2006). Los juegos del enamoramiento, se constituyen entonces en la mejor fórmula para combatir las angustias de vacío y tristeza resultantes de la decepción edípica. Es así como surge el enamoramiento, “que facilita la despedida de la infancia permitiendo el encuentro en el presente como un après coup del pasado, donde se conjuga la grandiosidad omnipotente y la posibilidad de la complementariedad” (Nin 2006, p. 223).