• No se han encontrado resultados

CAPÍTULO IV. ACERCA DEL ESTUDIO DE LOS VALORES

4.4. Valores, actitudes, normas y comportamientos

Según Zubieta (2009), son cada vez más las investigaciones realizadas en los últimos años (Caprara y Zimbardo, 2004; Saraglou, Delpierre y Demelle, 2004) que han considerado el poder explicativo de los valores con respecto a las conductas.

Ros (2001) sostiene que Rokeach (1968) fue el primer investigador que se propuso dar un giro a la tradición inaugurada por Thomas y Znaniecki (1918) que consideraban a las actitudes como el objeto de estudio central de la Psicología Social, desplazando esta centralidad hacia los valores por tres motivos: en primer lugar, porque los valores son un concepto más dinámico con un componente motivacional, y componentes afectivos, cognitivos y conductuales; en segundo lugar, porque los valores son determinantes de las actitudes y del comportamiento; y en tercer lugar, porque los valores constituyen un concepto más económico, en tanto que su número es menor que el de las actitudes, lo que permite una mejor descripción de las diferencias entre personas, grupos o culturas.

Según Rokeach (1973), los valores son guías que determinan las actitudes y el comportamiento tanto a nivel individual como social. Considera a los valores como creencias transituacionales, a diferencia de las actitudes que son creencias específicas sobre un objeto o una situación (Ros, 2001). Para Rokeach (1973), los valores no existen de manera aislada, y generalmente, una actitud o un comportamiento no son la expresión de un solo valor, de modo que intentaba identificar los valores más relevantes en las diferentes culturas (Zubieta 2009). Sus investigaciones le llevaron a concluir que el número de valores importantes era relativamente bajo, y demostró la utilidad de examinar los efectos de los sistemas de valores en las actitudes y los comportamientos (Pastor Ramos, 1986).

Tanto los valores personales como los culturales, parecen estar relacionados con diferentes aspectos del comportamiento como la cooperación, el comportamiento pro- ambiental, el uso de reglas de justicia, etc. (Ros, 2001). Las teorías de los valores personales permiten establecer relaciones entre las prioridades valorativas y los

comportamientos de los individuos o los grupos, bajo la consideración de los valores como orientadores de la acción.

Los valores compartidos juegan roles claves en el funcionamiento psicológico de los individuos. Estos valores, en el seno de una cultura son transmitidos y reforzados desde las instituciones, que en cierto tipo de escenarios sancionan o refuerzan determinadas conductas (Zubieta, 2009). Las personas internalizan valores, actitudes y creencias que les disponen a actuar de determinada manera (Hofstede, 1999).

Como miembros integrantes de una sociedad, nos comportamos de forma pautada, respondiendo a determinadas normas, donde los demás también esperan que nos comportemos de acuerdo con esas normas establecidas, porque los valores y las normas son, al menos parcialmente, compartidos por todos los miembros de la sociedad (Megías et al., 2006).

Según Triandis (1995), mientras que los valores constituyen los fines y principios relevantes en la vida, con los que las personas evalúan lo que es deseable, bueno o bello y que sirven de guía para la conducta, o como enunciados acerca de cómo deben ser las cosas, las normas serían las reglas que regulan las conductas, creencias y emociones deseables e indeseables para los miembros de la cultura, y los roles se relacionan con las conductas esperadas de los sujetos en la estructura social.

Podría considerarse que los valores tienen un carácter más abstracto, con un carácter trascendente respecto a objetos y situaciones; van más allá del objeto o la situación concreta, formando parte del sistema de creencias más arraigadas en la personalidad del sujeto, de difícil modificación (Garzón y Garcés, 1989). Si bien tanto los valores como las normas adquieren una dimensión prescriptiva del comportamiento, aunque ambos se consensuan socialmente, las normas se transforman en los medios o instrumentos para la consecución de determinadas metas, donde cabe destacar también el carácter contextual de los valores, que pueden entenderse como un “sistema de interpretación y de atribución de significados a los hechos, tanto físicos como sociales” (p. 393), y que conllevan atributos afectivos, cognitivos y motivacionales mucho más fuertes que las actitudes.

Elzo (1998) habla de una concatenación de valores, normas y comportamientos. Como ya hemos explicitado, para este autor “se entiende por valores las definiciones de lo bueno y de lo malo, de lo aceptable y de lo rechazable, de lo admitido y de lo prohibido, de lo que hay que hacer y de lo que hay que evitar” (p. 2). Estas definiciones se incorporan al contenido de las actitudes individuales y se manifiestan al interactuar con los demás miembros de la sociedad a la cual se pertenece. Pero a esta acepción, se puede integrar la definición de valor como “criterio de acción social”, que no es puesto en duda a corto plazo y al cual se adhiere no sólo de forma racional sino también, y

sobre todo de forma emocional. Puede tratarse de valores individuales o colectivos, adopción de valores que varía según los sujetos, distinción importante en el momento actual de gran pluralidad en cuanto a valores se refiere, donde a veces resulta difícil hablar de valores universales como valores admitidos de forma unánime por toda la sociedad, incluso si se la limita por criterios de edad (Megías et. al., 2006), postulado que se evidencia en nuestro trabajo realizado con adolescentes de entre 12 y 16 años.

Los autores anteriormente mencionados (Megías et al., 2006) sostienen que en el mismo sentido cabe hablar de “normas” como criterio de acción social, que son adoptados por un individuo, por colectivos determinados de una sociedad, o por la sociedad en su conjunto. Estos criterios son el resultado de una decisión meramente racional, y pueden ser puestos en duda a corto plazo, por lo tanto son también a corto plazo modificables. Por lo general, suele haber una relación directa entre los valores y las normas, y entre las normas y las conductas o los comportamientos, aunque no siempre.

En relación al comportamiento, Hualde (1998) sostiene que en los adolescentes más que hablar de conductas o prácticas estables se debería hablar de sucesos. Los diferentes recorridos en este momento de transición están condicionados por múltiples experiencias que determinan el tipo de recorrido que se realiza. El proceso de integración social de los adolescentes y las adolescentes, está condicionado por los diferentes sucesos que ocurren en el ámbito escolar, y por la presencia o ausencia de modelos positivos de identificación. Lo que muchas veces para los adultos es un riesgo, para el adolescente es una necesidad de someter su cuerpo y sus habilidades a prueba, o de forzar los límites que la sociedad impone con sus prohibiciones.

Podríamos decir, en consonancia, que los diferentes contextos, al mismo tiempo que ofrecen diferentes modelos identificatorios para los adolescentes y las adolescentes, también ofrecen múltiples posibilidades de tramitación de diferentes mociones inconscientes (Maldavsky, 1991). Estos aspectos interindividuales, se enlazan con los diferentes valores promovidos desde el ámbito de lo familiar y social.

La enorme transformación que se produce en este proceso de transición, y la conformación de una nueva identidad que se va estructurando con la integración de diferentes elementos en este segundo proceso de individuación, promueve la convivencia de valores que, a veces, entran en conflicto entre sí, con actitudes frente a la vida inconsistentes en relación a ciertos valores que se profesan. Podríamos pensar que si las condiciones desde los contextos son favorables, en esta etapa de la vida caracterizada por una importante inclusión de nuevos elementos, facilitarían el proceso de desarrollo y la conformación de una identidad que pueda integrar de forma consistente los valores que la conforman, en coherencia con las actitudes y los comportamientos en los diferentes ámbitos.

La comprensión de las manifestaciones sociales y psicológicas de la situación humana contemporánea requieren, más que nunca en estos momentos de reajuste esencial de los paradigmas y de confrontaciones sociales, de enfoques holísticos multilaterales y multidisciplinarios, que puedan aportar elementos claves para la comprensión de la trama de relaciones y expresiones conscientes e inconscientes, tanto en el campo de lo imaginario social, como en su articulación dialéctica y contradictoria con las elaboraciones sistematizadas desde la cultura. Una nueva síntesis de las grandes direcciones del pensamiento (desde lo cultural, sociológico y psicológico) puede contribuir a la construcción de una imagen más integradora y completa de la realidad humana contemporánea, donde las normas y los valores puedan conducir a que el ser humano logre, personal y socialmente, la realización de sí mismo y de sus potencialidades (D’Angelo, 1999).