• No se han encontrado resultados

CAPÍTULO III. LA ADOLESCENCIA EN LA TRANSICIÓN DE LA

3.1. Marco general del contexto histórico actual

Vivimos un período de “mutación histórica” (Elzo, 2005), donde la postmodernidad “se constituye en el marco que moldea tanto a los sujetos como a las instituciones y las prácticas sociales, las redefine y resignifica permitiendo comprender lo que sucede con ellas” (Obiols, 2006, p. 21).

En el ámbito occidental, la vertiginosidad de las transformaciones históricas y sociales, y los cambios producidos sobre todo a partir del último cuarto del siglo XX, podrían equipararse a grandes acontecimientos ocurridos en otros períodos de la historia como la revolución francesa a finales del siglo XVIII, la revolución industrial a mediados del siglo XIX, o la revolución rusa a principios del siglo XX (Elzo, 2005).

Las sociedades occidentales comienzan a sufrir el impacto de profundas transformaciones. El envejecimiento de la población como correlato de la creciente expectativa de vida, junto con la explosión demográfica de carácter global, el desarrollo de las nuevas tecnologías, que transcurre junto al deterioro ambiental, el triunfo aparente de un nuevo orden internacional, acompañado de la renuncia a las ideologías, parecen ser algunos de los elementos emblemáticos de nuestra sociedad “post” (Seoane, 1993).

Los grandes cambios producidos en los diferentes ámbitos dificultan la percepción de lo que es esencial respecto de lo accesorio (Elzo, 1998). El tránsito de la sociedad “moderna” hacia la “postmodernidad” tiene como elementos centrales y configuradores: la globalización y el desafío de las nuevas tecnologías, a lo que se agrega el nuevo papel de la mujer.

La globalización y mundialización, junto a la irrupción de las nuevas tecnologías, de las que Internet aparece como el buque insignia en estos últimos años, atraviesan la realidad social creando nuevas dualidades entre los que saben acomodarse o adelantarse a los nuevos tiempos (aunque muchas veces por mera habilidad en el manejo de instrumentos, pero sin capacidad de controlar la finalidad de su uso) y los que, perplejos o adormecidos, ven pasar la historia arrinconados en sus seguridades y temores (Elzo, 2005, p. 23).

Para Seoane (1993) la proyección de occidente hacia el futuro, hacia el progreso con tanta fuerza y convicción, ha dado lugar al sentimiento “post”, sentimiento que surge al tomar conciencia de que ya estamos instalados en el “después”, que genera una

nueva situación donde se desvanecen las creencias en el progreso, en la enseñanza, en ser “mejor”, “en un espacio que se desparrama sin límites y surge la aldea global (puramente simbólica) donde habitan hombres sin raíces, sin cultura propia” (p. 170), al tiempo que emergen las defensas de las realidades múltiples y complejas (con sus localismos y regionalismos).

Podría decirse que ya no estamos en la época de los adolescentes existencialistas sartreanos, ni en la época de los adolescentes fuertemente politizados de los años sesenta o setenta. Más bien podría conjeturarse que los adolescentes actuales se encuentran influidos por las ideas de la postmodernidad (Obiols, 2006), y uno de los mayores retos al que deben enfrentarse en la situación actual, es el de un individualismo creciente, donde la mayoría de las personas tienen la percepción de pequeñez, fragilidad y sobre todo incertidumbre (Elzo, 2005; Bauman, 2000), en un contexto donde no sólo la mayoría de los adolescentes son postmodernos, sino que la sociedad misma se “adolescentiza” en las condiciones de postmodernidad (Obiols, 2006).

Analizando los diferentes discursos que circulan sobre la juventud en el ámbito académico, así como su grado de penetración en el ámbito extraacadémico y las consecuencias que tienen estos discursos para los jóvenes, Revilla (2001) identifica en la literatura científica numerosas alusiones a la “mitificación de lo juvenil”, que denota una exaltación de todo lo joven en nuestra sociedad. Es “un culto a efebo, a la juventud vital que los jóvenes experimentan y que los adultos y los mayores añoran” (Revilla, 2001, p. 106), y que convierte a lo joven en criterio de éxito, generando una gran confusión entre los adolescentes, que en un momento evolutivo que demanda modelos que sirvan como referentes con los cuales identificarse, se enfrentan a una concepción de juventud que se transforma en modelo a seguir.

Para la postmodernidad, la adolescencia se convierte en un modo de ser (y no ya en una etapa del ciclo vital), lo que habría que llegar a ser para quedarse allí instalado, tiempo caracterizado por una particular estética donde el criterio de la “hermosura” viene regido por el criterio de “juventud”, que promueve el desasimiento del adulto como modelo, con el pasaje de continuidad de la adolescencia a la vejez, vivida como algo vergonzante. En esta situación, la posición de los padres adultos de hijos adolescentes cambia: de encargados de enseñar y transmitir experiencias pasan a convertirse en aprendices de la sabiduría de la que son portadores los adolescentes, sobre todo en lo referente a los misterios de la eterna juventud (Obiols y Di Segni Obiols, 1994).

El enorme proceso de transformación producido en la sociedad contemporánea genera importantes cambios en las formas de vincularse. A través de la metáfora de la “modernidad líquida”, Bauman (2000) intenta dar cuenta de la precariedad de los

transitoriedad y precariedad de las relaciones. Propone la concepción de “liquidez” para designar un tiempo de cambio, una “sociedad líquida” cada vez más incierta y más imprevisible, que tiene como emblema la decadencia del estado de bienestar y la flexibilización o la liberación de los mercados, y en contraposición con los sólidos que persisten en el tiempo, la sociedad actual, “líquida”, parece transformarse constantemente, exponiendo a todos los individuos a un futuro incierto (Vázquez Rocca, 2008), sin relatos colectivos que den sentido a la historia y a las vidas individuales, angustia que se potencia en los adolescentes y las adolescentes, para quienes es de vital importancia poder ubicarse dentro de una cadena generacional. Todo esto parece acontecer en un tiempo donde “nada (ni siquiera Dios) desaparece ya por su final o por su muerte, sino por su proliferación” (Baudrillard, 1991, p. 10), que satura y contamina, y promueve no “un modo fatal de desaparición” sino un “modo fractal de dispersión”. Podría decirse que lo mismo ocurre con la información, caracterizada hoy día por el exceso de conocimientos que se dispersan indiferentemente en todas direcciones.

Dentro de esta vorágine de cambios, en España en particular, la emancipación de la mujer con su ingreso en el mercado laboral, podría considerarse como uno de los fenómenos más relevantes acontecido en los últimos tiempos, factor de vital importancia considerando que son las madres las principales transmisoras de valores (Elzo, 2005). El incremento de la participación femenina en el mercado de trabajo, estimula y orienta el cambio familiar, y constituye uno de los cambios más importantes en la familia contemporánea (Flaquer, 2011), que hace de la generalización un imposible, en este período caracterizado por una profunda heterogeneidad social y cultural (Meler, 1998).

En las relaciones familiares, este período de mutación histórica tiene una fuerte incidencia (Serra, 2012). Se crean nuevos modelos de familia, con la salida de la mujer del ámbito de la casa, pero con el hombre que sigue fuera de ella, aunque en menor proporción que el padre de antes. Podría decirse que, aunque el padre está un poco más en la casa, no puede compensar el “vacío” que deja la madre (Elzo, 2005, 2011), y al mismo tiempo, ha pasado a desempeñar un rol donde la sociedad le exige que cumpla una función para la cual no ha tenido un modelo.

Estos cambios pueden producir desajustes que, al mismo tiempo, pueden repercutir en las relaciones con los hijos. En los últimos 20 o 30 años, los padres están viviendo una fuerte demanda social en el orden de la educación y cuidado de los hijos; tanto el padre como la madre son requeridos, solicitados y hasta culpabilizados cuando las cosas no han ido como debían en referencia a lo educativo (Oliva, 2003). A su vez, como correlato del gran peso que recae sobre las espaldas de los padres que los sitúa como meros sujetos de deberes, los hijos han crecido sólo como sujetos de derecho. En esta

situación, los hijos, situados en un pedestal erigido por los adultos, ven a sus padres como temerosos, ofreciendo todo tipo de recomendaciones (Elzo, 2000).

El siglo entrante promueve grandes desafíos, y sólo estará en condiciones de ser competente quien haya adquirido la formación para “aprender a aprender” (Elzo, 2005). Mientras tanto, esta postmodernidad sin certezas, nos ha llevado a diseñar nuestra vida como un proyecto, que “más allá de ello, del proyecto, todo sólo es espejismo” (Vásquez Rocca, 2008, párr. 8), marcado por una flexibilidad laboral que hace impredecible el futuro, dejando sin sentido la carrera profesional y la experiencia acumulada.

El surgimiento de los nuevos valores basados en el individualismo, la valoración de la vida privada, la fugacidad y la urgencia, que tiene como corolario las gratificaciones inmediatas, influye en el comportamiento adolescente y configura sus actuales estilos de vida (Alberdi, 1999). No obstante, no puede obviarse que en un tiempo pretérito, frente a los valores y derechos del individuo, frecuentemente prevalecían los valores institucionales, con lo cual las personas anteponían sus intereses y preferencias frente al constreñimiento impuesto por las diferentes instituciones sociales.

Es tema de reflexión de las más diversas áreas las marcas que inscribe la cultura en la constitución subjetiva del sujeto (Araujo, Gómez , da Luz y Medeiros, 2012) pero particularmente, es de primordial importancia el entendimiento de los efectos de las transformaciones sociales, políticas y culturales en la nueva conformación de la intersubjetividad del adolescente.

El tránsito del adolescente por esta etapa evolutiva, requiere de la confrontación consigo mismo como paso ineludible a la madurez personal (a través de la autonomía y la construcción de su propia identidad) y, al mismo tiempo, debe aprender a situarse en el mundo social cambiante (Serra, 1997).

3.2. INFLUENCIA DE LAS GRANDES REVOLUCIONES CONTEMPORÁNEAS