CAPÍTULO V. ACERCA DE LOS ROLES DE GÉNERO
5.4. Orígenes de la identidad de género masculina
En el caso del varón, son muchos los autores que sostienen que es necesaria la separación de la madre para lograr la diferenciación con respecto a ella (Bermejo, 2005), donde la presencia activa del padre es imprescindible para promover este desligamiento maternal (Mahler, 1975; Freud, 1921; Stoller, 1968; Dio Bleichmar, 1985). También en la configuración de la masculinidad, las relaciones preedípicas y edípicas del niño con su padre y su madre, y la relación entre los progenitores entre sí, adquieren un valor estructurante (Diamond, 2004).
Actualmente, elmodelo descrito por Greenson (1968) y Stoller (1964, 1965, 1968) sobre el desarrollo de la masculinidad, parece ser el modelo que goza de mayor aceptación (Bermejo 2005). Según estos autores, inicialmente los niños generan una feminidad primaria por identificación con su madre, y para lograr una identidad masculina, el niño tendrá que desidentificarse de su madre e identificarse con su padre, y así cambiar no su objeto primario de amor, sino el modelo sobre el cual van a construir su ser (Burin y Meler, 2000). El rechazo de las identificaciones femeninas, y la habilidad para desidentificarse con la madre, se convierten en requisitos básicos para poder identificarse con el padre y acceder al sentido de la masculinidad.
Sin embargo Bermejo (2005), haciendo referencia a Diamond (1995, 2004), manifiesta que aunque es incuestionable que los niños tienden a alejarse de sus madres
predomina es una progresiva diferenciación de la madre, más que una rotunda oposición hacia ella. Esta diferenciación, es la que habilita la formación de una masculinidad fundada en una identificación recíproca y gradual con el padre, con una presencia materna que pueda reconocer y valorar la masculinidad de su hijo (Atkins, 1984; McDougall, 1989; Fast, 1990, 2001; Benjamin, 1996; Diamond, 2001, 2004).
Dio Bleichmar (1996), haciendo referencia a Freud (1921), sostiene que antes de la diferencia anatómica de los sexos se produce en los niños una identificación con la masculinidad de su padre, entendiendo por identificación “la introyección de un rasgo de otro que pasa a formar parte de la estructura psíquica” (Dio Bleichmar, 1996, p.102), que no se trata de una identificación basada en la procreación y la sexualidad, sino en la masculinidad inherente al ser social de su padre (usar determinado tipo de ropa, realizar determinadas actividades, etc.). Se organiza entonces un ideal de género, un modelo al cual se quiere parecer, que pauta la conformación de la subjetividad masculina en el niño.
Pero para que esta función se cumpla, se debe contar con la presencia de un padre preedípico disponible, atento y protector, y con una madre sensible y capaz de sostener la masculinidad de su hijo (Diamond, 1995, 1997, 2004), fundando así las bases para una identidad masculina sana en el niño, por medio de una función paterna que puede reflejar una masculinidad flexible y que permita, a la vez, integrar las identificaciones maternas (Diamond, 2004).
Para Dio Bleichmar (1985), para poder captar al padre como proveedor de cuidados se requiere un mayor desarrollo cognitivo, lo que hace necesario la continua y consistente presencia paterna para que pueda ser erigido como objeto interno idealizado (Abelin, 1975).
Podría pensarse que la asunción de un temprano ideal de género resulte más dificultoso en el caso de los varones (Dio Bleichmar, 1985), considerando que la madre constituye el primer modelo de identificación, de quien el niño debe desidentificarse para identificarse con los hombres y así configurar el núcleo de su identidad de género (Greenson, 1968; Abelin, 1980; Tyson, 1982).
Según Bermejo (2005), son varios los autores que afirman que es la construcción de un apego seguro del niño con su madre lo que ofrece la posibilidad del movimiento transicional necesario de alejamiento, para luego retornar a la madre, estableciendo con ella una relación con alguien que se erige como del sexo opuesto, facilitando el primer proceso de individuación (Diamond, 1999, 1984, 1990, 2001; Lyons-Ruth, 1991; Fonagy, 2001), para lo que resulta fundamental la forma en la que la madre se relaciona con él como varón, en tanto persona del sexo opuesto (Loewald, 1962; Behrends y Blatt, 1985; Fast, 2001; Wilkinson, 2001).
Una identidad masculina consistente, se construye a partir de la identificación del niño con las actitudes inconscientes de su madre hacia su masculinidad (Fast, 1999, 2001; Wilkinson, 2001; Target y Fonagy, 2002; Diamond, 2004, Dio Bleichmar, 1985; Levinton, 1999). Se va construyendo así la intersubjetividad del niño como varón, a partir de la propia intersubjetividad de la madre, que se manifiesta al mismo tiempo, en las actitudes inconscientes de la madre hacia el padre. Para Diamond (2001, 2004), cuando el niño se identifica con su madre, también internaliza el sentimiento de su madre relacionándose con él como varón.
La identificación del niño varón con su padre, y la idealización que hace de éste, se origina en la relación con la madre. Es necesario que en el inconsciente materno haya un padre consolidado como objeto interno que permita la construcción y elaboración de la masculinidad en el niño (Ogden, 1989). La inclusión del padre en el vínculo (a través de la madre que introduce al padre), abre paso a la terceridad, y con ella, el acceso al mundo simbólico, pero en el proceso de separación de la madre, la presencia real del padre-hombre resulta fundamental para poder realizar el corte de la relación dual establecida con la madre (Dio Bleichmar, 1985).
Podrían considerarse entonces como disfunciones de la parentalidad, tanto el fracaso de la función materna en tanto facilitadora del desarrollo, ya sea por exceso o por defecto, es decir, sea por las dificultades para establecer una relación lo suficientemente gratificante, o por resultar avasallante en cuanto al exceso de gratificaciones, así como el fracaso de la función del padre cuando no se encuentra disponible o presenta dificultades en la capacidad para identificarse de manera recíproca con su hijo (Bermejo, 2005). Generalmente, la presencia materna por exceso y la función paterna por defecto se complementan en la pareja parental, generando una estructura patógena; la construcción de una identidad de género adecuada, requiere de una madre sólo lo “suficientemente buena” (Winnicott, 1972) que habilite la individuación del niño, y sea capaz de reconocer y afirmar tanto la masculinidad de su hijo como la paternidad de su marido.
En el caso del varón, si bien la madre se conserva como objeto para el establecimiento de su heterosexualidad, debe cambiarla como modelo para la construcción de su masculinidad (Dio Bleichmar, 1985).
Para Diamond (2004), el niño que ha establecido un apego seguro, que ha contado con el adecuado reconocimiento intersubjetivo de su masculinidad, no tiene por qué reprimir ni negar las identificaciones femeninas. El alejamiento transicional gradual de la madre forma parte del proceso natural para la conformación de la identidad masculina, más que el rotundo rechazo de las tempranas identificaciones con la madre.