E
n su artículo “Genética de la evolución”, Pritchard explica cómo hace miles de años un grupo de humanos ocupó la meseta del Tíbet, la cual se eleva a 4 200 metros sobre el nivel del mar. La razón principal era asentarse en espacios libres y sin com- petencia alguna, desarrollarse como pueblo. Sin embargo, debido a que el organismo no estaba preparado para vivir en estas condiciones, la población comenzó a padecer un mal de altura crónico y una elevada mortalidad infantil. Así pues, hubo la necesidad de modi- ficar la producción de glóbulos rojos, con lo cual las generaciones siguientes fueron capa- ces de adaptarse a esta situación ambiental (Pritchard, 2010).Como el ejemplo anterior, en el discurrir de su historia los distintos grupos étnicos han sido objeto de adaptaciones y han desarrollado mecanismos de defensa para sobrevivir. Pero cuando las condiciones de vida cambian, esos mecanismos que fueron útiles para un tipo de ambiente, o un tipo concreto de estímulo, en algunos casos ya no tienen mucho sentido. Por ejemplo, las personas que tienen ascendentes de raza negra procedentes de África tienen características corporales tales como el color de la piel, el pelo rizado, la nariz roma, todas éstas idóneas para vivir en un clima donde la radiación solar es muy fuerte, donde tal vez tenían que escapar velozmente por la selva y deberían captar más fácilmente aromas de sus depredadores. Empero, esas características ya no son necesarias para personas que en la actualidad viven en lugares como Nueva York o la Ciudad de México, en donde tanto las condiciones ambientales como su interacción con otros orga- nismos son diferentes.
Esto pasa con la respuesta al estrés, ya que el ser humano sigue conservándola como una forma de defensa que hace cientos o miles de años tenía una utilidad muy concreta y
164 Estrés y salud Sección III • Intervención en problemas de estrés y salud
específica para enfrentar situaciones amenazantes, en donde la vida estaba en riesgo. En la actualidad esto ha cambiado.
Los animales utilizan este mecanismo de defensa todos los días, verbigracia, un venado se encuentra en el bosque pastando tranquilamente, percibe que entre los árboles hay un puma que acecha para matarlo; el venado tiene dos alternativas: huir para no ser alcanzado y sobrevivir o quedarse en el lugar para luchar contra el puma y no ser devorado. Este me- canismo es el que posibilita al organismo poder enfrentar el peligro y se le conoce como respuesta de lucha o huida. Es a esto a lo que podemos nombrar como estrés. Como vemos en el caso de este animal, la respuesta tiene un objetivo específico, ya que lo prepara para salir bien librado de esta situación: cuando identifica el peligro, se activan una serie de me- canismos neurobiológicos que le darán la oportunidad de enfrentarlo (ver figura 12-1).
Hipotálamo Activación del sistema nervioso simpático Activación de sistema adreno-cortical a través de la liberación de CRF. Activación de la médula adrenal Los impulsos activan las glándulas y el músculo liso La glándula pituitaria segrega la hormona ACTH El ACTH llega a la corteza adrenal y libera aproximadamente 30 hormonas Liberación de adrenalina Liberación de noradrenalina Torrente sanguíneo
La actividad neuronal combinada con las hormonas en el flujo sanguíneo genera la respuesta de lucha o huida.
Se representa la respuesta de estrés a partir del eje hipotalamo-hipofisiario-adrenérgico
El mecanismo en cuestión se activará sólo en caso de que se identifique el estímulo dañino; en cuanto el evento generador de la respuesta desaparezca, el organismo regresará a la normalidad; se volverá a activar cuando aparezca otra amenaza.
Esta respuesta fisiológica la conserva el humano y le fue útil hace algunos miles de años, cuando podía ser atacado por otros animales o era víctima de fenómenos naturales e inclusive de situaciones que se presentaban en su manada. Al presentarse la transforma- ción de su cerebro y comenzar a tener un funcionamiento más complejo su corteza cere- bral (a partir de la transformación de la naturaleza y con la aparición del lenguaje), ya es capaz de convertirse en cazador, utilizando armas o utensilios con los que podía luchar y vencer a sus predadores, tal vez incluso más rápidos y fuertes que él. Es decir, no tuvo más la necesidad de reaccionar presurosamente y huir de un animal para no ser devorado, ahora tenía un lugar para protegerse e incluso domar a sus riesgos.
Aun lo anterior, esta reacción fisiológica nunca desapareció, lo que cambió fueron los factores desencadenantes de la respuesta al estrés. En su libro ¿Por qué las cebras no tienen
úlceras?, el Dr. Salposky, profesor de la Universidad de Stanford, explica este fenómeno,
mencionando que los animales tienen una reacción de terror cuando un depredador apa- rece, lo que genera una cascada de reacciones hormonales que provocan su rápida huida; a diferencia del humano, hasta que no intuyen al depredador pueden seguir pastando de forma tranquila, sin estar elucubrando qué harían si vieran a un león que se los quiere comer. Sapolsky (1994) afirma que llevamos demasiados años viviendo en las cavernas y muy pocos en las ciudades. He aquí el problema, nuestro organismo está diseñado para vivir en situaciones extremas y enfrentar días sin alimento, pero cuando la exigencias medioambientales se alteran, el organismo no lo hace al mismo ritmo.
Cabría en este momento preguntarse: Entonces ¿el estrés es malo? La respuesta es un rotundo no, ya que –como se ha revisado hasta aquí– es una respuesta adaptativa a una si- tuación externa o interna de peligro, que demanda una reacción pronta en tanto se pone en riesgo la vida del organismo o la de los miembros de la especie. Esta respuesta desaparecerá en cuanto el resultado de la misma haya sido satisfecho. En el caso del humano, este resul- tado satisfactorio puede demorar mucho tiempo y es entonces cuando se habla de distrés.
Imaginemos que una persona va caminando por la calle y pasa por una casa que tiene la puerta abierta, voltea hacia el interior y ve que un perro viene corriendo hacia ella. Ante esta situación, su cerebro identifica la señal como algo peligroso y prepara su cuerpo para responder de inmediato a esta eventualidad de, básicamente, dos maneras: la primera puede ser huir, salir corriendo del lugar, esperando que el perro no lo alcance; la segunda sería la de quedarse en el lugar para luchar con el animal. Si el perro es muy grande, en- tonces la primera respuesta sería la adecuada; si es pequeño, tal vez podría permanecer. Pensamos que cualquiera de las dos respuestas lo libra de la amenaza. Ahora está en su casa, está a punto de dormir y comienza a recordar lo realizado en ese día, de pronto apa- rece en su mente la imagen del perro que venía hacia él y su imaginación lo lleva a pen- samientos tales como: ¿si me hubiera mordido el perro?, ¿si hubiera tenido rabia? ¡Me tendrían que vacunar!; ¡son muchas inyecciones en el estómago! ¿Y si me duele? En estas instancias, el organismo del sujeto ya comenzó la respuesta al estrés, como si esa imagen realmente estuviera sucediendo allá afuera. Concilia el sueño y durante la noche tiene imágenes muy parecidas a lo vivido en el día. Despierta y tiene en la cabeza al perro. En el camino a su trabajo sigue pensado en éste; a mediodía comienza a tener un dolor fuer- te en sus hombros, la boca seca, tensión muscular, dolor estomacal, etc.
166 Estrés y salud Sección III • Intervención en problemas de estrés y salud
Estas reacciones son resultado de una activación constante y sostenida del organismo, que empieza a minarlo hasta llegar en algunos casos a dañar o enfermar uno o más órganos.
Es a esta reacción de estrés prolongado, constante y que en muchos casos no es nece- sariamente útil para enfrentar de manera adecuada el evento generador de estrés a la que se le conoce como estrés negativo, no funcional o distrés.
Pero revisemos de manera muy concreta qué pasa durante la respuesta normal de estrés, para después entender por qué el distrés o estrés crónico puede ser tan dañino y peligroso.