3. Una revisión de algunos factores determinantes del trabajo infantil
3.2. Los ingresos, la pobreza y los modelos de decisión familiar En este apartado nos centraremos en el tema de los ingresos y la
pobreza como determinantes del trabajo infantil y en algunos modelos que teorizan sobre el comportamiento de las familias al respecto.
Uno de los factores causales del trabajo infantil en la literatura espe- cializada y en la opinión común remite a la insufi ciencia de los ingresos y a la pobreza de los hogares. Según esa explicación, los niños trabajan para asegurar la supervivencia del hogar y de ellos mismos. Pese a que nunca son bien pagos, se afi rma que sirven como contribuyentes princi- pales del ingreso familiar en los países en desarrollo.
En efecto, se verifi ca una relación negativa entre una medida de bien- estar como el PBI per capita y la participación laboral infantil. No obs- tante, la forma de ese vínculo no es clara ni unívoca. Sobre la base de estudios empíricos, Gunnarsson, Orazem y Sedlacek (2005) sostienen que la correlación entre ambos es de sólo -0,26.Adicionalmente, países con ingresos per capita menores a cierto umbral muestran en ocasiones 14 La Secretaría de Trabajo y la CONAETI vienen desarrollando acciones en este sentido.
tasas de trabajo infantil más bajas que otras naciones por encima de ese nivel 15 16. Debemos destacar que, en su gran mayoría, la bibliografía estudiada omite el análisis de una variable muy relevante a nivel macro: la distribución del ingreso. En efecto, son escasos los trabajos que la incorporan en su modelo.
Por otra parte, existen datos que muestran la presencia de trabajo infantil en hogares por encima de la línea de subsistencia, así como que este afecta sólo a una determinada proporción de los hogares pobres17. Esto lleva, por ejemplo, a Bhalotra y Tzannatos (2003) a sostener que existen otras razones por las que los niños trabajan.
¿Qué dice la evidencia en la literatura empírica internacional respecto de la incidencia de los ingresos y la pobreza como factor determinante del trabajo infantil? Los trabajos que hemos revisado han recogido y sistematizado los resultados de cerca de ochenta estudios empíricos lle- vados a cabo en países en desarrollo de cuatro de los cinco continentes. Sus conclusiones respecto de este tema no son defi nitivas, aunque una mayoría coincide en destacar dos aspectos. Primero, que efectivamente existe una vinculación entre ambos fenómenos, esto es, a mayor ingreso del hogar, menor incidencia del trabajo infantil. Segundo, que la mag- nitud de esa relación no es tan importante como suele asumirse, ya que su forma no es lineal: un primer incremento en los ingresos provoca una reducción en el trabajo infantil pero, atravesado un determinado umbral, aumentos sucesivos generan reducciones cada vez menores.
Casi todos estos autores admiten que se necesitan más investigacio- nes antes de poder establecer la característica de esta relación de manera defi nitiva y que la medición de los ingresos familiares y su utilización en modelos econométricos conllevan difi cultades sobre las que se debe 15 Para el período completo 1950-1990, los incrementos en el ingreso real per capita redujeron signifi cativamente la tasa de participación de la fuerza de trabajo infantil en Latinoamérica. Estos incrementos la redujeron en 2.9 puntos porcentuales, reducción menor que los 7 p.p de caída para igual mejora en el ingreso en el mundo. Los autores sostienen que esto se debió a que Latinoamérica ya se encontraba alrededor o por encima de la mediana de ingreso per capita mundial, ubicando a esos países en la porción más plana de la relación entre trabajo infantil e ingreso (Gunnarsson, Orazem y Sedlacek, 2005: 3 y 10).
16 El Banco Mundial (1998) informa que la tasa de participación laboral de niños entre 10 y 14 años es la más alta, 30–60%, en países con un ingreso per capita de $500 o menos (a precios de 1987), pero declina bastante rápidamente al 10–30% en países con ingresos entre $500 y $1,000. Esta relación negativa entre ingreso y trabajo infantil se vuelve menos marcada en los países en desarrollo más ricos (que se encuentran en los rangos de ingreso per capita entre $1,000 y $4,000 dólares) (Grimsrud, 2001: 6).
17 En los estudios suelen encontrarse pocas referencias a la línea de indigencia y su relación con el trabajo infantil y se privilegia el uso de la línea de pobreza.
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avanzar. En la Tabla 1 del Anexo presentamos un resumen de las posi- ciones de los distintos estudios relevados.
Ahora bien, más allá de su mayor o menor impacto, ¿cómo opera o se transmite la pobreza sobre la decisión familiar de que los chicos, todos o algunos de ellos, trabajen? Este interrogante ha llevado al desarrollo de modelos analíticos teóricamente sofi sticados.
Brown, Deardorff y Stern (2001), por ejemplo, hacen una revisión de la literatura concentrándose en estos modelos, según los cuales los padres deciden sobre los distintos destinos posibles de sus hijos –trabajo o escuela (otros autores han complejizado las opciones incluyendo ambos o ninguno)– y toman al niño como un “activo” del hogar. De este modo, una serie secuencial de decisiones vinculadas con la estructura del hogar –típicamente, primero la de fertilidad (se decide sobre la cantidad de hijos) y luego si enviarlos a la escuela o a trabajar, a ambas cosas o a ninguna– pasa a estar determinada por distintas iniciativas consideradas por los jefes del hogar, a su vez, guiadas por incentivos y restricciones. La principal de estas cuestiones es privilegiar o no el fl ujo de ingresos que el trabajo del niño podría aportar para el consumo presente versus los retornos futuros de su educación18 –es decir, los mejores ingresos que en el futuro podría, en principio, generar a partir de asistir a la escuela. Dentro de este esquema conceptual, la cantidad de hijos y la decisión sobre su educación está sujeta a un trade off (Brown, Deardorff y Stern, 2001: 3).
En cualquier caso, según estos autores, esto estará determinado por el costo de oportunidad de la educación de los niños, que es igual al hipotético salario que estos podrían percibir por trabajar o al producto marginal que aportan en un negocio o fi nca familiar19 y los gastos deri- vados de enviarlos a la escuela (materiales, viajes, etc.); grosso modo si ese salario o ingreso generado fuera mayor, la familia enviaría al niño a trabajar. Otras variantes de los modelos aseguran que el salario del adulto del hogar también interviene en la ecuación de la familia.
18 En ningún caso estas consideraciones serán absolutamente “objetivas”, como lo afi rman Cigno, Rosati y Tzannatos (2002: 18): “Uno debe reconocer que los padres le asignan un peso al fl ujo de consumo propio y al de sus niños. La importancia asignada a cada uno de esos fl ujos y la tasa a la cual los padres descuentan el futuro puede variar de hogar a hogar, dependiendo del altruismo de los padres y la capacidad de apropiarse de una parte de los ingresos futuros de los niños”.
19 También puede añadirse el tiempo que podrían estar ayudando en la casa en tareas del hogar, cuidar a hermanos más pequeños, etc.
El modelo de decisión puede complejizarse aún más si se le agregan las opiniones o los comportamientos de los niños como otro elemento de la negociación al interior de la familia; por ejemplo, el mal desempeño de un hijo en la escuela o su desagrado respecto del estudio pueden infl uir en la decisión familiar de retirarlo de la educación y enviarlo a trabajar, en pos de los mejores intereses del niño y la familia. Del mismo modo, pueden decidir no invertir en la educación de sus hijas mujeres, a partir de la constatación de que su salario en el mercado de trabajo es más bajo.
Basu (1999) y Ranjan (2001) aseguran que, debido a que el trabajo infantil es resultado de un círculo vicioso de trabajo infantil y falta de educación, una única intervención coordinada que permita educar a una generación de niños podría elevar sus ingresos futuros por encima del umbral necesario para elegir, para sus propios hijos, la educación en lugar del trabajo. De esta forma, resultaría posible escapar a la reproducción intergeneracional de la pobreza (o la trampa de la pobreza, como también se la denomina)20. Para el caso de Brasil, Emerson y Portela Souza (2003) encuentran evidencia de esta trampa y también proponen una única inter- vención sobre las familias como acción de política pública que podría convertir al círculo vicioso en virtuoso.
Según algunos autores, los padres pueden especular con que sus hijos los mantengan en el futuro, y eso determinaría sus decisiones respecto de la fertilidad. De acuerdo con Cigno, Rosati y Tzannatos (2002), existe abundante evidencia de que los sistemas públicos de pensión reducen la fertilidad y asumen, a partir de esa constatación, que las decisiones de los padres no pueden ser explicadas por consideraciones altruistas, sino que hay padres que pueden ver en sus hijos una suerte de “activo” que les proporcione un fl ujo de ingresos y servicios personales en su vejez. Sin embargo, Anker (2001: 24-25) sostiene que difícilmente los padres invier- tan en la educación de sus hijos pensando en su vejez, ya que el futuro siempre es incierto, y que estos los ayuden dependerá de su voluntad, de su status marital, de su proximidad física y de su capacidad de hacerlo, que a su vez variará según su ingreso, cantidad de hijos así como su perfi l educativo y condiciones futuras del mercado laboral.
Además de los modelos de decisión que brevemente hemos presen- tado, existen otros, más orientados hacia la defi nición de políticas, que plantean la existencia de múltiples equilibrios entre el mercado laboral y las decisiones familiares respecto del trabajo infantil.
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Basu y Van (1998) y Basu (1999), por ejemplo, se basan en un supuesto de que los padres son altruistas, a partir del argumento de que en los hoga- res que no son pobres los niños no trabajan21. Basu y Van (1998) usan el efecto del trabajador adicional para explicar el trabajo infantil: sólo cuando el nivel de ingresos del hogar cae por debajo de un cierto umbral, los padres envían a sus niños a trabajar. Esto, afi rman, permite que se produzcan, a nivel macro, equilibrios múltiples: existe uno, no deseable, donde tanto los adultos como los niños trabajan y la oferta de trabajo es grande y los salarios son por ende bajos, y otro donde los salarios de los adultos son altos y los niños dejan de integrar la oferta laboral, reforzando el circuito virtuoso (Brown, Deardorff, Stern, 2001: 7).
Si bien puede no aplicarse a economías en las cuales la participación del trabajo infantil es relativamente baja y, adicionalmente, el trabajo infantil asalariado no suele estar muy extendido, el atractivo del modelo de Basu y Van (1998) y Basu (1999) consiste en abrir un espacio impor- tante para pensar la intervención del Estado, como mecanismo corrector de equilibrios no deseados y en pos de la búsqueda de un nuevo equilibrio virtuoso.
Para fi nalizar, debemos destacar que una porción importante de los trabajos reseñados se inscribe en una corriente que podríamos denomi- nar de “elección racional”, que parte del supuesto de que los individuos persiguen la maximización de su utilidad conforme a una racionalidad de medios y fi nes. La economía continúa hoy discutiendo la utilidad y adecuación, más allá de sus ventajas en términos del desarrollo de modelos matemáticos, de esta manera de interpretar la realidad. Como puede observarse a lo largo del trabajo, existen numerosos aspectos sub- jetivos en las evaluaciones que los individuos presuntamente realizan –de acuerdo con estos modelos– que permiten, al menos, dudar de la razo- nabilidad de ese supuesto; la cultura, la educación y los valores parecen determinantes importantes, sino fundamentales, del comportamiento.
3.3. Algunas características del hogar
Existe un conjunto de dimensiones del hogar que distintos estudios han considerado relevantes como determinantes del trabajo infantil. En esta sección nos ocuparemos de algunas de las más habituales, esto es, el tamaño de la familia y la categoría ocupacional de los padres.
21 Como ya hemos visto, esta premisa es cuestionada a partir de los datos que revelan que existe trabajo infantil en hogares que se encuentran por encima del nivel de subsistencia (Bhalotra y Tzannatos, 2003: 15).
Como hemos mencionado en la sección anterior, los modelos analíti- cos de decisión familiar asumen que existe una racionalidad económica detrás de la fertilidad de los hogares y de la determinación de apelar al trabajo infantil. Cigno, Rosati, y Tzannatos (2002: 35) afi rman que existe una mayor probabilidad de que los padres de un niño que trabaja tengan más hijos, lo cual sugeriría que están buscando una fuente extra de ingresos, antes que disfrutar de la alegría de la paternidad. Para Bhalotra y Tzannatos (2003: 40), en cambio, los resultados empíricos son diversos pero existe una tendencia hacia una asociación positiva entre el tamaño del hogar y el trabajo infantil, aunque esta no es robusta ni concluyente por problemas en los modelos de los estudios analizados.
En el estudio de Brown, Deardorff y Stern (2001:13) la evidencia contradice esta hipótesis, ya que una mayor cohorte de niños en la familia disminuye la probabilidad de encontrar trabajo infantil. Según los auto- res, esto pone de manifi esto que una mayor cantidad de niños de edades similares puede compartir las tareas del hogar y asistir a la escuela.
Más allá de los diferentes hallazgos, no puede evitarse mencionar que la presencia de una racionalidad económica en las decisiones familiares sobre fertilidad, que gran parte de estos trabajos da por supuesta, contra- dice la experiencia de los especialistas en salud reproductiva.
El tema de la situación ocupacional de los padres como determinante no ha sido tratado exhaustivamente y, según la información disponible, los análisis se han concentrado mayoritariamente en el papel materno. En este sentido, algunas posturas sostienen que cuando la madre participa activamente en el mercado de trabajo se encuentra complementariedad con el trabajo infantil, esto es, los niños se hacen cargo, principalmente, de tareas domésticas del hogar (cf. Brown et al, 2001: 11-24; Cigno, Rosati y Tzannatos, 2002: 44). Otra posición, en cambio, afi rma que existe sustitución, es decir, que una vez que la madre consigue trabajo remunerado se reduce el trabajo infantil en el hogar y los hijos asisten más a la escuela (cf. Basu y Van, 1998) Finalmente, algunos estudios con- cluyen que la sustitución o complementariedad tiene sesgos de género, pues su relación es diferente según sea niño o niña.
Dar et al (2002: 30) argumentan que si bien la evidencia respalda el impacto signifi cativo del status de empleo de los padres sobre el trabajo infantil, no existe claridad en la relación entre sustitución y complemen- tariedad. Es probable, según ellos, que otros factores sean determinantes de la complementariedad o sustitución del trabajo de padres e hijos. En este sentido, varios de los trabajos han encontrado mayor incidencia rela- tiva de trabajo infantil cuando el padre o la madre son cuentapropistas
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que cuando son asalariados. Brown, Deardorff y Stern (2001: 24), por su parte, mencionan que la probabilidad de trabajo infantil aumenta en las familias cuyos padres son granjeros cuentapropistas. Debe destacarse que pocos estudios han indicado la relevancia del desempleo adulto como elemento de contexto de la presencia de trabajo de los niños. López Calva (2001: 13), quien revisa algunos trabajos empíricos para países de América Latina y Pakistán, sostiene que en muchos casos se encuentra complementariedad entre el trabajo adulto y el infantil, dado que este último se desarrolla junto con el de los padres, en las mismas actividades. Por lo tanto, cuando el padre está desempleado la probabilidad de que el niño trabaje resulta menor.
3.4. La cultura
Todos los estudios analizados incluyen, en menor o en mayor medida, referencias fragmentarias a la importancia de los elementos culturales como determinantes directos o indirectos de la presencia de trabajo infan- til, sea a través de la infl uencia que tienen sobre la percepción acerca de la utilidad presente o futura de la educación, sea por su efecto sobre las decisiones vinculadas con temas de género (si los niños o las niñas son los que terminarán en el trabajo infantil doméstico o externo o en la escuela o en ambos, etc.) o sea por la cuestión del altruismo paterno. El impacto principal de la cultura quizás tiene que ver con la naturalización que las familias hacen del trabajo de los niños, ya que se lo suele percibir y mencionar como una instancia de aprendizaje de herramientas y de adquisición de un sentido de responsabilidad, considerado por los adultos como algo útil para el futuro personal de sus hijos.
No obstante, pocos estudios se han ocupado de la cultura, seguramente por la difi cultad de incluir factores con estas características en modelos que en la mayoría de los casos toman como supuesto la presencia de un individuo maximizador de su utilidad. Uno de ellos, destacado en la literatura, es el de López Calva (2000), quien en la línea de Basu y Van desarrolla un modelo de estigma social para explicar la infl uencia de las normas sociales y culturales sobre los padres y su decisión de apelar o no al trabajo infantil.
Sakamoto (2006) lleva a cabo un estudio, también cuantitativo, para el caso del ámbito rural de la India en el que revisa específi camente las actitudes paternas hacia los niños y su incidencia sobre las decisiones respecto del trabajo infantil. A partir de la evidencia, Sakamoto encuen-
tra que esas actitudes, junto con la pobreza y la presencia o ausencia de escuelas accesibles, explican una parte importante del problema. Según el autor, existen, además, diferencias entre las actitudes de los padres y las de las madres, y el poder de negociación de cada uno al interior de la familia también incide sobre las elecciones respecto del trabajo de los niños. Chamarbagwala y Tchernis (2006) realizan también una investiga- ción en la India para evaluar el rol de las normas sociales en la presencia de trabajo infantil y proponen recomendaciones de política específi cas, según las actitudes hacia el trabajo infantil en cada espacio geográfi co.
La importancia de los factores culturales ha sido también destacada para el caso de la India por los trabajos de la Mamidipudi Venkataran- gaiya Foundation (MV Foundation). Rekha Wazir (2002: 2) enfatiza su importancia como codeterminante, junto con la pobreza y las defi ciencias de los sistemas educativos, de una legitimación social de los niños no educados y que trabajan.
La naturalización del trabajo infantil es un fenómeno que se verifi ca tanto en el ámbito urbano como rural, si bien en este último es mucho más notoria. Por otro lado, Aparicio menciona cómo en Argentina la dicotomía urbano-rural está desdibujándose y, de manera creciente, la línea entre ambos se hace más difusa. Muchas personas residen en zonas urbanas o suburbanas y alternan el trabajo en las ciudades con las labores en el campo. En ambos ámbitos, el trabajo se convierte en una alternativa más poderosa en el caso de los adolescentes, ya que durante la infancia la escuela todavía ejerce una cierta atracción. A partir de la entrada en la adolescencia, la opción por el trabajo se legitima, sobre todo, ante la falta de atractivo de la oferta curricular y metodológica, el fracaso en la conti- nuación de los estudios y la consiguiente perspectiva de inactividad.
Ahora bien, la vigencia de aspectos culturales y la naturalización