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INICIO DE LOS REGISTROS CONTABLES.

FORMAS DE ENTENDER LA MISIÓN DE LA CONTABILIDAD

Y DISTINTOS SISTEMAS ORIGINADOS EN VIRTUD

DE ESTAS FORMAS

La contabilidad, es decir, el arte de tener cuenta y razón, o sea, “lo que se re-

quiere en toda cosa”, como la definían nuestros antiguos autores castellanos (Co- varrubias, 1674, p. 352), es una actividad tan antigua como la propia Humanidad y se extiende a todas las actividades humanas que tengan una vertiente económi- ca y manejen magnitudes mensurables que deban ser recordadas y tomadas en consideración. En efecto, desde que el hombre es hombre, y aun mucho antes de conocer la escritura, ha necesitado llevar cuentas, guardar memoria y dejar cons- tancia de datos relativos a su vida económica y a su patrimonio: bienes que reco- lectaba, cazaba, elaboraba, consumía y poseía; bienes que almacenaba; bienes que prestaba o enajenaba; bienes que daba en administración; etc.

De tal manera, como ya hemos comentado, el llevar cuentas constituye una ne- cesidad inherente a la naturaleza humana, inseparable de ella, y de tal importan- cia que, como en seguida veremos, tal necesidad fue la que provocó, como atesti- guan los datos de los que disponemos hoy, la invención de la escritura fonética, uno de los mayores logros del hombre.

Recientes investigaciones, como las numerosas e interesantes que la arqueólo- ga Denise Schmandt-Besserat ha dedicado al tema (1978, 1980, 1988a, 1988b, 1989a, 1989b, 1990, 1992a, 1992b, 1998, 1999a, 1999b, 2006), han servido para mostrar cómo los antiguos habitantes de Mesopotamia, ya hace 8.000 años, mu- cho antes por consiguiente de la invención de la escritura, llevaban las cuentas de sus bienes por medio de bolas de arcilla en las que introducían piedrecillas a las que se asignaba un concepto y un valor simbólico.

En un principio Schmandt-Besserat se interesó por el origen de la escritura. En sus investigaciones arqueológicas en el Medio Oriente descubrió la presencia en los yacimientos desde Siria hasta Persia y desde Anatolia a Palestina de numero- sas figurillas de arcilla de 1 a 2 centímetros de tamaño, datadas en los años 8000 a 3000 a.J. También las encontró en los de algunas partes de Eurasia, aunque de fecha algo más reciente, de los años 5000 a 4000 a.J. Las figurillas estaban mode- ladas de múltiples maneras. Algunas tenían formas geométricas, como conos, es- feras, discos, cilindros, tetraedros, figuras ovoides, triángulos y cuadrángulos. Otras tenían formas naturales, como cabezas de animales en miniatura, vasijas, herramientas y mobiliario. Muchas de ellas llevaban marcas en forma e incisiones (Shmandt-Besserat, 1996, pp. 15-20).

La investigadora se dio cuenta de que estas figurillas tenían un valor simbólico, es decir, eran lo que se llama “tokens” en inglés, o sea, símbolos, usados para repre- sentar y guardar memoria cada una de ellas de cierto bien o mercancía, indicando cada figurilla una determinada cantidad de ella. Por ejemplo, un cono y una esfera representaban, respectivamente, una pequeña y una gran cantidad de grano. Mien- tras que un disco con una cruz grabada representaba una oveja. El número de uni- dades de mercancías y de figurillas se mostraba en correspondencia biunívoca, es

decir, dos pequeñas unidades de grano se representaban con dos conos; tres conos representaban tres pequeñas unidades de grano, y así sucesivamente.

Actualmente, está perfectamente claro que, en el cuarto milenio antes de Jesu- cristo, las figurillas simbólicas eran ya utilizadas por los administradores del tem- plo mesopotámico para registrar entradas o salidas de los bienes ofrecidos por los fieles en las ceremonias religiosas mensuales.

Según la arqueóloga autora de estas investigaciones, el sistema de figurillas simbólicas o “tokens” que nos ocupa era un medio de comunicación (Schmandt- Besserat 1992. 161-165). Cada figurilla podía considerarse un “ideograma” o sig- no que representaba un concepto o una cantidad unitaria de mercancía. Pues, no es que hubiera un solo tipo de figurilla que tuviera un significado definido, sino que existía un completo repertorio de tipos de figurillas interrelacionadas, cada uno de ellas con su significado concreto y diferenciado.

Las figurillas representaban consiguientemente, según Schmandt-Besserat (1999), el primer código no verbal o sistema de signos para transmitir información económica. Hacia el año 3500 a.J., se inició la práctica de embutir algunas figuri- llas, que posiblemente representaban deudas, en una envoltura hasta que se efec- tuara la liquidación de las mismas, al objeto de que estuvieran más seguras. Esta envoltura en forma de bola de arcilla ocultaba, protegía y reunía las figurillas en su interior.

Los contables, imprimían las figurillas en la superficie de la envoltura, antes de encerrarlas en ella. De esta forma, podían comprobar siempre el contenido de la bola, es decir, la clase y el número de figurillas contenidas en ella, sin necesidad de romperla. De tal modo, los conos y las esferas, por ejemplo, representando me- didas de grano aparecían, respectivamente, como impresiones en forma de cuñas y de figuras circulares.

Alrededor del 3200 a.J., una vez que el sistema de imprimir las figurillas en las bolas de arcilla había sido comprendido perfectamente, las bolas o envolturas fue- ron reemplazadas por tablas de arcilla, en forma de macizos almohadones de ar- cilla, pero llevando siempre la impresión de los “tokens”. En este momento, las fi- gurillas tridimensionales se reemplazaron también por figuras bidimensionales, con el mismo significado y objetivo. Este fue el primer paso para la invención de la escritura protocuneiforme.

Las publicaciones de esta arqueóloga interesaron tan vivamente a Richard Mattessich, que se adentró en el tema, comentándolo y profundizándolo en las im- plicaciones que tenía en relación con el desarrollo de la contabilidad. De esta ma- nera, en las bolas de arcilla conteniendo en su interior los elementos por separa- do, pero con su impresión en la superficie, quiso ver una noción incipiente de los conceptos de debe y haber, que a su juicio hacían descartar la idea de que los sis- temas de cuentas mesopotámicos fueran imperfectos y rudimentarios, cuando a pesar de los escasos conocimientos técnicos a su disposición, habían logrado in- tuir, sin embargo, los conceptos contables fundamentales (Mattessich, 1987, 1989, 1994, 1996a, 1998a, 1998b, 2000, 2002).

Pero incluso mucho antes de que los mesopotámicos se las ingeniaran para in- ventar las figurillas de arcilla o “tokens”, los hombres tuvieron que encontrar pro- cedimientos para memorizar y registrar sus cuentas. Así, es bien conocido el uso que hicieron de tarjas o muescas, en huesos, palos de caña o de madera, de las que hasta hace bien poco se servían aún algunos lugareños para registrar y dejar cons-

tancia de compras, ventas, deudas de diverso tipo, así como también como justi- ficante de la liquidación de ellas. De tal modo, se conoce la memorización de he- chos y cantidades a efectos contables ya desde hace unos 37.000 años, que es el tiempo que aproximadamente nos separa del Lebombo Bone, hueso de Lebombo, nombre de unas montañas africanas entre la República Sudafricana y Swazilan- dia. Este hueso, fragmento de 7,7 cm. del peroné de un babuino, se pensó en un principio que era la tarja más antigua encontrada, pero algunos arqueólogos tien- den hoy a pensar que las muescas talladas en el mismo representan fechas del ca- lendario. Lo que indiscutiblemente se considera como una tarja es el Ishango Bo- ne, o sea, el hueso de Ishango, comarca en las proximidades de las fuentes el Ni- lo, en el Congo Belga. El Ishango Bone, con más de 20.000 años de antigüedad, es, pues, la tarja más antigua que se conoce, asimismo con muescas talladas en un fragmento de peroné de un babuino. Se exhibe en el Real Instituto Belga de Cien- cias Naturales en Bruselas.

Según se dice, en tiempos romanos, Plinio el Viejo, fallecido en Pompeya con motivo de la erupción del Vesubio el 24 de agosto del año 79 d.C., hablaba ya de la mejor madera para hacer tarjas. Este hecho es mencionado actualmente por di- versos escritos que, a la luz del interés despertado en la actualidad por la historia de la contabilidad, tratan de manera superficial y breve el tema de las maneras de guardar memoria de magnitudes contables antes de conocerse la escritura. Pero, ninguno de estos escritos, que yo haya visto, documenta la fuente de su informa- ción. W. T. Baxter, que ha redactado el trabajo mejor informado que se ha escrito hasta ahora sobre las tarjas desde un punto de vista contable, no menciona dicho hecho. Por esto, el tema despertó mi interés y me propuse ahondar un poco en él, en lo que fuera posible.

Debe tenerse en cuenta que Cayo Plinio Cecilio Segundo (23-79), llamado Pli- nio el Viejo, para diferenciarlo de su sobrino –llamado exactamente igual que él, y conocido como Plinio el Joven, también abogado, escritor y científico de la anti- gua Roma–, fue un notabilísimo erudito, militar y procurador imperial, que escri-

bió muchas obras, siendo un autor muy prolífico. El acuñó la expresión: “Nulla

dies sine linea”, o sea, “ningún día sin escribir una línea”. Sin embargo, solamen-

te ha llegado hasta nosotros una de sus obras, su monumental Historia Naturalis,

compuesta de 37 libros, que constituye una vastísima enciclopedia acabada hacia el año 77 de nuestra era y dedicada al emperador Tito.

Dicha obra es uno de los libros unitarios más voluminosos, escritos por un so- lo autor, que ha creado la Humanidad. Tiene miles de páginas, en las que se en- cuentran más de doscientos pasajes en los que se habla de las mejores maderas a emplear para los diversos usos indicados en cada caso. La tarea que me había im- puesto no parecía, pues, fácil, pero los medios informáticos de que disponemos en la actualidad me permitieron hacer una detenida exploración de la versión latina y de las traducciones francesa e inglesa de la obra. Esta exploración me llevó has- ta el pasaje que, presumiblemente, ha dado origen a las afirmaciones que antes se indicaban, según veremos en seguida. Sin embargo, el pasaje es impreciso en re- lación con nuestro tema y no garantiza que se refiera específicamente a las tarjas.

Dicho pasaje se halla en el libro 16, capítulo 31, de la Historia Naturalis, un capí-

tulo bastante corto que transcribo íntegramente a continuación, para que se vea en su salsa la cuestión que nos interesa. El capítulo se presenta en su idioma ori- ginal, el latín, tal como lo escribió Plinio el Viejo hace la friolera de 1.936 años. A

continuación, se ofrecerá la traducción española, hecha por mí, pues que yo sepa

no hay ninguna traducción al español fiable a nuestros efectos de este libro 1624:

“XXXI. Quae siccaneae : quae aquaticae : quae communes.

Aquas odere cupressi , juglandes , castaneae, laburnum. Alpina et haec arbor, nec vulgo nota, dura ac candida materie, cujus florem cubitalem longitudine apes non adtingunt. Oditet quae appellatur Jovis barba, in opre topiario ton- silis, et in rotunditatem spissa, argenteo folio. Non nisi in quosis proveniunt salices, alni, populi, siler, ligustra tesseris utilissima. Item vaccinia, Itali man- cupiis sata: Galliae vero etiam púrpura tingend causa ad servitiorum vestes. Quaecumque communia suut moutibus planisque, majora fiunt, aspectuque pulcriora in campestribus: meliora materie, crispioraque in montibus: excep- tis malis, pirisque” (Plinio, libro 16, capítulo 31. Transcrito de la edición bi- lingüe latín-francés de Grandsagne, 1831, tomo 10, pp. 58 y 60).

Veamos ahora la traducción española:

“XXX. Árboles que viven exclusivamente en lugares secos o lugares húmedos, o tanto en unos como en otros.

El agua repugna al ciprés, al nogal, al codeso; este último, indigno de los Al- pes, es poco conocido, tiene una madera blanca y dura, las flores alcanzan un codo de largo, y las abejas no las tocan nunca. El arbusto llamado barba de Júpiter odia asimismo los lugares acuáticos: se le poda de diversas maneras. Su copa se redondea en forma de mata espesa y las hojas son plateadas. El agua les gusta, por el contrario, al sauce, al aliso, al álamo, al salix vitellina, variedad de sauce, al aligustre, tan útil para la confección de téseras. El arán- dano ama también el agua. Se cultiva esta planta en ciertas partes de Italia pa- ra retrasar la pubertad de los esclavos, y en las Galias sirve para teñir de púr- pura sus vestidos. Todos los árboles comunes de los montes y de las llanuras se vuelven más grandes y más bellos en el segundo de estos lugares, pero los que crecen en la montaña tienen la madera más veteada, con excepción de los manzanos y los perales”.

Como se aprecia, el texto latino habla de “tesseris”, plural de “tessera”, es decir,

de “tésera” en español, término que el Diccionario de la Lengua Españolade la Re-

al Academia define como “Pieza cúbica o planchuela con inscripciones que los ro-

manos usaban como contraseña, distinción honorífica o prenda de un pacto”.Den- tro de este concepto caben, perfectamente, las tarjas, pero lo cierto es que no ha- ce referencia específica a ellas.

Ajasson de Grandsagne, el traductor al francés de la Historia Naturalis, precisa

el concepto, añadiendo por su cuenta al término latino “tesseris” el adjetivo de “militaires”, que no parece que proceda en absoluto:

24 En realidad, se está publicando una traducción de la Historia Naturalde Plinio el Viejo en in- ternet en el sitio web: www.historia-del-arte-erotico.com/Plinio_el_viejo/index.htm,una traducción que parece patrocinada por Anarkasis. En esta labor ya está traducido el capítulo 16, aunque la traducción parece provisional o un poco descuidada. Aparte de ello, se basa enteramente en la obra: Pline l’Ancien Histoire Naturelle, édition d'Émile Littré, París: Dubochet, 1848-1850, que puede ser consultada en el sitio web: http://remacle.org/bloodwolf/erudits/plineancien/index.htm.La versión de Littré parece basar- se, a su vez, en la de Grandsagne, que es la que hemos considerado nosotros. En cualquier caso, la tra- ducción dada a las tesserises exactamente la misma, es decir, “tessères militaires”.

“L’eau plaît, au contraire, au saule, à l’aune, au peuplier, au siler, au troène, si utile pour le tessères militaires” (Plinio, libro 16, capítulo 31. Transcrito de la edición bilingüe latín-francés de Grandsagne, 1831, tomo 10, p. 59).

La definición francesa del término “tessère”, poco corriente hoy día, dice que

era una “Petite plaque en métal, en ivoire, etc., qui faisait office de bulletin de vote,

de billet d'entrée, de signe de reconnaissance, etc., chez les Romains” (Definición da-

da en el sitio web: www.mediadico.com/dictionnaire/definition/tessere). El término

usado hoy en francés para designar las tarjas es el de “bâtons de bois”.

De la traducción de Grandsagne no procede, pues, la afirmación de que Plinio el Viejo hablaba de las tarjas y de la mejor madera para confeccionarlas.

De donde sí puede proceder esta afirmación, constituyendo así el origen de los

comentarios a los que hemos aludido, es de la traducción al inglés de la Historia

Naturalis hecha por John Bostock y H. T. Riley publicada en 1855, que traducen el término latino “tesseris”, como “tallies”:

The willow, the alder, the poplar, the siler, and the privet, so extensively emplo- yed for making tallies, will only grow in damp, watery places”(Plinio, libro 16, capítulo 31. Transcrito de la versión inglesa de John Bostock y H. T. Riley, 1855. Puede consultarse una versión electrónica de esta obra en el sitio web:

www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.02.0137% 3Abook%3D16%3Achapter%3D31).

Pero, pese a esta tradución inglesa, no parece que pueda afirmarse que Plinio el Viejo se refiriera específicamente a las tarjas en su comentario de que la mejor madera para hacer téseras era la del aligustre.

Quien sí se refirió de forma específica y clara a las tarjas en la Baja Edad Media

fue Marco Polo (1254-1324), en su libro Los viajes de Marco Polo, escrito los años

1298 y 1299. En efecto, en ese libro Marco Polo menciona el uso de tarjas en China:

“Cuando tienen un negocio entre ellos, toman un pedazo de madera, o cuadra- do o redondo, y le parten por en medio y cada cual se guarda un trozo. Llega- do el día del pago, el que tiene que entregar el dinero se hace dar la otra mitad del disco o del trozo de madera a cambio de satisfacer la cantidad estipulada”

(Polo, 1981, capítulo CXXI, párrafo cuarto).

Como es sabido, el padre de Marco Polo, Nicolás, y su tío Mateo, prósperos mercaderes venecianos dedicados al comercio con Oriente, partieron hacia Asia hacia 1260, alcanzaron China en 1266, llegando hasta Pekín. Allí conocieron y fue- ron bien recibidos, por Kublai Khan, que llevó el Imperio Mongol a su máxima ex- pansión. Con gran curiosidad, pues no había conocido nunca a mercaderes italia- nos, el Khan se interesó por las costumbres occidentales y por la religión cristia- na, enviándoles al cabo de un tiempo de regreso a Italia con una carta para el Pa- pa en la que le pedía que enviase sacerdotes y gente ilustrada que enseñasen en su imperio. Cuando Nicolás y Mateo llegaron a Italia se encontraron con que el Pa- pa Clemente IV había fallecido, produciéndose un interregno de cerca de tres años y medio hasta que el Cónclave de Viterbo en 27 de marzo de 1372 consiguió llegar a un acuerdo para nombrar un nuevo Papa, Gregorio X. Entregaron entonces la carta del Gran Khan al nuevo Papa. Este, atendiendo la petición de Kublai Khan, les asignó dos frailes de Tierra Santa para que les acompañaran en su viaje de vuel- ta a China, y les entregó un mensaje de respuesta para el emperador tártaro, que

se había enamorado de la cultura china y había puesto allí la capital de su impe- rio. Pero, los frailes no quisieron someterse a los peligros y molestias del viaje, de forma que Nicolás y Mateo continuaron su viaje acompañados de Marco, que en- tonces contaría con cerca de 20 años de edad, llegando a la corte del Gran Khan hacia 1275. Kublai Khan tomó gran afecto y simpatía a Marco Polo, nombrándo- le para varios cargos, que le permitieron conocer numerosas regiones de China. Allí permaneció Marco Polo 17 años, emprendiendo el viaje de regreso a Venecia, adonde llegó hacia 1295, con motivo de una embajada que, de paso, le había en- comendado Kublai Khan para que llevara a una princesa china al rey de Persia.

En principio, parece que el libro de Marco Polo contando sus experiencias en el imperio mongol, cuyo original escrito en provenzal se ha perdido, fue un libro de mercaderes, una especie de estudio de mercados, como comenta Michel Mollat:

“el libro de Marco Polo ha sido comparado con todos esos manuales de mer- caderes que, en el curso del siglo XIV, puso en gran boga la Practica della mer- catura, de Pegoloti. De hecho, más de la mitad de la Descripción du monde

(como también fue llamado el libro)indica las distancias entre las ciudades

en jornadas y en millas, proporciona consejos prácticos para el viaje, enume- ra los objetos del comercio, anota los pesos y medidas, las formas de pago, en metálico y en papel moneda”(Mollat, 1990, p. 27).

Sea como fuere, y continuando con nuestro discurso sobre las tarjas, lo cierto es que ha habido tarjas de muchas clases, y han sido utilizadas con diversos fines.