Capítulo 8. Primeros pasos hacia la contabilidad por partida doble: sistemas
8.2. Tratados doctrinales de carácter mixto o incompleto
Pasaremos ahora al estudio de los dos libros doctrinales anunciados. En rela- ción con el primero comentaremos que, aunque emplea varios términos tomados de la partida doble, que estaban ya generalizados en el siglo XV, como se ha visto, no parece que la contabilidad descrita fuera, propiamente de partida doble, pre- sentando algunos rasgos propios de la contabilidad por Cargo y Data, sobre todo por lo que se refiere al planteamiento de los registros instrumentados para rendir cuentas. Por otra parte, en la primera parte de este capítulo hemos podido com- probar cómo en España, desde hacía un par de siglos, por lo menos, se venían practicando contabilidades que no tenían nada que ver formalmente con el siste- ma de Cargo y Data ni con sus planteamientos. Por el contrario, adoptaban fór- mulas externas que culminarían con el hallazgo de la partida doble, aunque toda- vía les faltaba mucho para llegar a ella –cada vez menos, por supuesto–: los asien- tos no tenían contrapartida y se referían al dueño de los libros, las cuentas utiliza- das eran sólo personales, pues lo que les interesaba primordialmente a los dueños de los libros era su situación deudora o acreedora con respecto a terceros; posible- mente ni siquiera se habían planteado todavía la ayuda que la contabilidad podía proporcionarles para conocer la situación y marcha de sus otros elementos patri- moniales, su estructura, etc.
El segundo texto, que no es español, como se ha anticipado, sino la traducción de un libro en francés escrito por un autor alemán, no debería realmente ser in- cluido en este estudio dada esta circunstancia. Pero, como tradicionalmente ha si- do contado siempre entre los primeros textos españoles sobre contabilidad, no ha parecido del todo impropio incluirlo, al objeto de evitar que fuera echado en fal- ta, ocasionando la consiguiente desorientación. El sistema que este libro expone ya no tiene nada que ver formalmente con la contabilidad de Cargo y Data, aun-
que por su motivación tiene cierta semejanza con ella, pues su propósito es el de contabilizar la gestión de un agente con respecto a su principal, al objeto de ren- dirle cuentas. Pero, por su planteamiento doctrinal y su desarrollo formal, consti- tuye una variante incompleta de la contabilidad por partida doble, llamada “siste- ma de los factores” o “de factor”.
8.2.1. ‘Libro de la Camara Real del Principe Don Juan e Offiçios de su Casa e Serviçio Ordinario’
El Libro de la Camara Real del Principe Don Juan e Offiçios de su Casa e Serviçio Ordinario, compuesto por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, es un texto in- teresante en el que se aprecia una mezcla de elementos y planteamientos que pa- recen corresponder a la contabilidad por Cargo y Data con términos y prácticas más propios de la partida doble o, mejor dicho, de una incompleta aproximación a ella. El libro describe el sistema contable establecido en 1496 para llevar las cuentas del príncipe Don Juan, heredero de los Reyes Católicos. Aunque el manus- crito fue redactado años más tarde, en 1547, el libro no se imprimió hasta el año 1870 por iniciativa de la Sociedad de Bibliófilos Españoles, que encomendó la ta-
rea de edición a J. M. Escudero de la Peña. En una amplia Advertencia Preliminar
el editor explica el proceso seguido en el desarrollo de la publicación de la obra. Según lo comentado por el propio Gonzalo Fernández de Oviedo, el emperador Carlos V aprovechando la estancia temporal del autor en España, en 1531, a la que había venido desde las Indias como procurador de la ciudad de Santo Domingo, le pidió, por mediación del Comendador mayor de Castilla, Fernando de Stúñiga, que le informase sobre la organización de la Casa del príncipe Don Juan, primo- génito de los Reyes Católicos, a quién había servido Fernández de Oviedo, pues el emperador deseaba instrumentar una organización semejante para su hijo Felipe. Como estaba presto para volver a América, nuestro autor despachó el compromi- so con una relación de cinco o seis hojas, que a todos les parecieron suficientes de momento, y de las cuales no se conserva ningún ejemplar. Pero cuando volvió a
España a finales del año 1546 para ocuparse de la impresión de su Historia gene-
ral y natural de las Indias, el soberano le hizo saber que deseaba que ampliase la información suministrada, por lo cual se dispuso a hacerlo componiendo un ma-
nuscrito que no tituló, pero que al comenzar con la frase: “Siguese una breve re-
laçion de los offiçios que ovo en la casa rreal del serenisimo principe don Johan”, ha quedado con este nombre. De este manuscrito se conservan numerosas copias asi- mismo manuscritas confeccionadas en diversas épocas, una de las cuales, de en-
tre las cuatro que había cuando Escudero de la Peña escribió su Advertencia, se
custodia todavía en la Biblioteca Nacional, de Madrid, con la signatura: Mss. 10462. El texto de este manuscrito, escrito con letra del siglo XVIII, es seguido en líneas generales, con la omisión de algún epígrafe, por la redacción de la primera parte del libro impreso, salvando el hecho de que éste reproduce la ortografía de las copias originales, mientras la del manuscrito se ajusta a la practicada en el si- glo en que fue escrito.
Aparte de este texto, el libro contiene una segunda parte, adicionada por Gon- zalo Fernández de Oviedo en Sevilla, el mismo año 1547, mientras esperaba la em- barcación que había de llevarle de regreso a las Indias. Parece que la mayoría de
los oficios de que trata en esta segunda parte no eran propiamente de la Casa del príncipe, sino de la Casa real.
El libro incluye además un Apéndice, con varios documentos relativos a la épo-
ca y al príncipe Don Juan, entre los cuales se encuentra una cuenta de Cargo y Da- ta, detallando las entregas de dinero que el Contador mayor Juan Velázquez hizo a la Casa del príncipe con motivo de las honras fúnebres del mismo en 1497, año de su fallecimiento, así como el empleo dado a estos fondos (Fernández de Ovie- do, 1870, pp. 238-247).
Finalmente, el libro incorpora también un Glosariocon la explicación de diver-
sas expresiones de la época.
El texto de Gonzalo Fernández de Oviedo, tanto en su primera como en su se- gunda parte, está estructurado en una especie de capítulos o secciones sin nume- rar. Después de una introducción, el primer capítulo habla “Del oficio del mayor-
domo mayor”, del que dice que “cuyo nombre en sí el mismo dice que es el mayor
de la casa, entre los oficiales de ella en el servicio de la persona real”(Fernández de Oviedo, 1870, p. 5) En relación con la administración, se comenta más adelante que “todos los libramientos y privilegios y cosas que se han de pagar de la hacienda real, han de estar señalados o firmados de la mano del mayordomo mayor, para que sea válida la tal libranza, sin la cual firma ni se admite ni es habida por buena la pa- ga, ni los contadores mayores de cuentas la pasarán a los tesoreros y pagadores en ninguna manera”.
El siguiente capítulo habla “De los seis oficios principales que se acostumbra a decir que hay en Castilla y que preceden a todos”. A este respecto, se relacionan a continuación dichos oficios por orden de prelación, a saber: Rey, príncipe o infan- te heredero, arzobispo de Toledo, Maestre de Santiago, Mayordomo Mayor y Con- tador Mayor (Fernández de Oviedo, 1870, p. 8).
En el capítulo tercero se ocupa “Del contador mayor de Castilla”. Este cargo re- cayó en Juan Velázquez de Cuéllar, que cuando en 1496 se asentó la Casa del prín- cipe en Almazán, año en que se comenzaron sus libros, fue nombrado Escribano de cámara de la Casa. A la muerte del príncipe, los Reyes Católicos le nombraron Contador Mayor de Castilla, es decir, Contador Mayor de Hacienda. Este cargo era el superior de la Real Hacienda. Mientras en tiempos pasados había un solo Con- tador Mayor de Hacienda, a la sazón eran tres, y tenían el cometido de arrendar las rentas reales, admitir los encabezamientos, y dar los recudimientos, es decir, las acreditaciones para que los recaudadores de impuestos pudieran ejercitar su cometido, como veremos en un próximo capítulo. Se comenta, además, que tení- an grandes salarios y provechos, así como mucho mando en el reino, pudiendo be- neficiar a muchos con su oficio, que, como se dice, era de gran importancia y es- tado en la Casa real (Fernández de Oviedo, 1870, pp. 11 s.).
El capítulo noveno se titula “De los libros de la cámara” y en él se explican los libros que se llevaban para tener la cuenta y razón de la Casa del príncipe. Estos
libros eran cuatro, según se explica a continuación37.
En primer lugar, había un Borrador que tenía trescientos folios, al que se lla- maba Manual, aunque algunos lo llamaban Diornal. En este libro se asentaban diariamente todas las cosas que entraban y salían de la Cámara o Casa del prínci-
37 José María González Ferrando tiene escrito un artículo sobre este tema de la contabilidad de la Casa del príncipe Don Juan publicado en la Revista Española de Financiación y Contabilidad(1993).
pe, siendo este libro “la llave y padre y registro de todos los otros libros de la cáma-
ra” (Fernández de Oviedo, 1870, p. 34). Era responsabilidad del Camarero, aunque
en la práctica lo llevaba el Mozo de cámara, o sea, el lugarteniente o teniente de Camarero, que tuviera las llaves de la Cámara, y lo escribía de su mano. El Escri- bano de cámara debía firmar cada partida de lo que entraba en la cámara, así co- mo de lo que salía, excepto si el príncipe hubiera dado orden al Camarero de que no fuese así en determinadas partidas, eximiendo de la necesidad de que el escri- bano lo viera y estuviera presente. En estos casos, se debía hacer constar tal hecho en el libro, porque ello eximía de responsabilidad al Camarero.
En muchas ocasiones sucedía que el Camarero ordenaba que se diese alguna co-
sa de la Cámara y el que tenía las llaves lo anotaba en el libro, diciendo: “En tantos
días de tal mes y de tal año, el señor camarero mandó que se diese a fulano tal cosa, y yo se lo di, y él lo firmó aquí de su nombre”. Efectivamente, así lo hacía el que se llevaba la cosa en cuestión y lo mismo hacía el Camarero. Luego, se daba la noti- cia al Escribano, y él tomaba la misma razón del asiento a la letra, diciendo que ha- bía visto la partida asentada en tal hoja del libro ordinario de la Cámara, firmada del Camarero y escrita con la letra de fulano, que tenía las llaves de la Cámara. Es- to ocurría porque muchas veces el príncipe le decía sólo al Camarero lo que quería que se sacase de la Cámara. Asimismo ocurría que, en muchas ocasiones, el prín- cipe le decía al Camarero lo que se había de comprar para su servicio, en cuyo ca- so el Camarero hacía escribir un memorial o cédula relacionando las compras que debía hacer y para qué, firmándolo luego en nombre del príncipe. La mayoría de las veces este memorial era refrendado por el Escribano, que se quedaba con el traslado, devolviendo el original al que tuviera las llaves de la Cámara, para que cumpliese las órdenes del príncipe (Fernández de Oviedo, 1870, pp. 35 ss.).
Se llevaba asimismo un segundo libro, llamado Libro Entero, o también Libro de las Joyas. Este libro estaba dispuesto como un Mayor moderno, con dos pági- nas enfrentadas formando un solo folio. En la página de la izquierda se anotaba el cargo, o entrada, de cada pieza de oro, joya o pieza de plata, mientras en la de la derecha se consignaba el descargo o salida. En este libro se asentaba también la ta- picería, paño por paño, y asimismo los doseles y sitiales, alfombras, tapetes, almo- hadas, sillas, etc., describiéndolas con el mayor detalle. Si alguna de estas cosas le había sido regalada al príncipe se anotaba también quién lo había hecho y cuándo. Este libro no era necesario que lo viera y lo firmara el Escribano, porque ya lo tenía todo asentado en sus libros, y lo había firmado ya en el Diornal o Manual de la Cámara, que estaba en poder del que tenía las llaves y la hacienda de la Cáma- ra, según se ha dicho. El Libro Entero permanecía en poder del Camarero (Fer- nández de Oviedo, 1870, pp. 37 s.).
El tercer libro era llamado Libro Mayor y estaba dispuesto en la misma forma que el Libro Entero, es decir, con dos páginas enfrentadas formando un solo folio.
Sin embargo, estos folios eran de marca grande38. Este libro era el libro general
que recogía todo lo que estaba anotado en los demás, así como también el dinero
que entraba y salía de la Cámara: “Y se halla en él junto cada género de cosa; y lo
que en el borrador (o manual) y cuentas, mezcladas y corrientes, se halla en diversas
38 La marca grande era un tamaño de papel intermedio entre el folio marquilla, que era el folio español habitual, es decir, ligeramente mayor que el actual DIN A 4, y la marca imperial, que algunos llamaban marca atlántica. La marca grande se llamaba también marca mayor.
hojas y partidas, se verá en este otro en una hoja cada cosa junto, una a una, y hoja por hoja, declarando la hoja del borrador de dónde aquella cosa trae su origen y en- trada en la cámara, donde primero se asentó y lo firmó el escribano de la cámara”
(Fernández de Oviedo, 1870, p. 38 s.)
Se afirma a continuación que éste es el libro que había que mostrar al prínci- pe cuando éste quisiera ver el estado de su Cámara. Por consiguiente, debía ir es-
crito con buena letra, legible y llana, y tener un índice o abecedario aparte: “Y lla-
man a este libro los mercaderes y banqueros libro de caxa, y súbito por el dicho abe- cedario hallan por él lo que deben o se les debe a su caja” (Fernández de Oviedo, 1870, p. 39).
El cuarto y último libro se titulaba Libro del Inventario y en él se relacionaban por orden alfabético todos los documentos y escrituras sueltas de la Cámara, tan- to libramientos, como documentos secretos y de todo género que el príncipe orde- naba al Camarero que guardase. A cada legajo de documentos se le había de dar una letra del alfabeto y además un número. De esta manera, en el libro se había de describir brevemente el documento y su contenido, consignado la clave alfanu- mérica correspondiente al legajo donde estuviera incluido, de forma que con faci- lidad pudieran encontrarse los documentos buscados.
Acaba el capítulo con una afirmación un tanto desconcertante: “Con cada libro
de los que tengo dichos ha de haber su abecedario, excepto con este inventario” (Fer- nández de Oviedo, 1870, pp. 39 s.). Sin embargo, si hemos entendido bien su na- turaleza, no parece que el Borrador pudiera tener abecedario.
Por otra parte, en el capítulo correspondiente al oficio del Escribano de cáma- ra se nos dice que el Escribano, después del Camarero, era el oficio y oficial se- gundo de la Cámara, porque de todo lo que entraba y salía de ella había de tener
cuenta y razón, y “lo ha de firmar en el libro manual (alias borrador), que tiene a su
cargo el mozo de Cámara de las llaves de ella”. Ello confirma lo que se dejaba ya en- trever en el capítulo de los libros, es decir, que el Escribano tenía que llevar tam- bién al menos un libro de cuentas. Lo confirma Fernández de Oviedo al final del capítulo, al comentar que el oficio de Escribano requiere una persona de autori- dad y de buenas habilidades y diligencia, que tenga buena pluma y sea buen con- tador. Por otra parte, le aconseja que tenga uno y aun dos libros, conformes al Bo- rrador y al Libro Mayor. Además, le recomienda que este Libro Mayor no le excu- se de hacer otro de pliego horadado, en el que cada cosa esté por separado. De es- ta forma, cuando el príncipe quisiera ver el estado de un género concreto de su Cá- mara, no sería necesario llevarle el Libro Mayor completo, pues con llevarle los pliegos en que estuviera contabilizado el género en cuestión sería suficiente (Fer- nández de Oviedo, 1870, pp. 67 s.).
En la segunda parte del libro, o sea, en la adición escrita en Sevilla mientras es- peraba el barco para América, que se había demorado, Gonzalo Fernández de Oviedo habla brevemente del oficio de Tesorero general de los reyes de Castilla, comentando que es un grande y provechoso oficio, en el que puede beneficiarse uno a sí mismo y a otros muchos con cargos que dependen de él. Es curioso este tipo de comentario, que ya había hecho al hablar del Contador Mayor de Hacien-
da. El Tesorero General, usando las propias palabras de Fernández de Oviedo, “pa-
ga la casa real y oficiales de ella y las guardas y gente de armas; y todos los dineros de las rentas reales vienen a su poder, y por su mano y de sus tenientes y ministros
se distribuyen y gastan. Y en la casa real son mucha parte, y todos tienen mucha ne- cesidad de él, porque paga o libra las quitaciones; y tienen aparejo para hacerse ricos los tesoreros en poco tiempo, como lo han hecho algunos que yo sabría nombrar; y aun para ser pobres y perderse, si no son de buen recaudo y avisados, de los cuales también he visto algunos en mi tiempo” (Fernández de Oviedo, 1870, II, pp. 11 s.). Lo que se nos indica en este libro con respecto a la contabilidad llevada en la Casa del príncipe Don Juan resulta del mayor interés. A pesar de que la cuenta de los gastos efectuados con motivo del fallecimiento del príncipe está formulada con arreglo a la contabilidad por Cargo y Data, no parece que los libros de cuentas que se llevaban en la Cámara fuesen de esta naturaleza. Tampoco puede decirse que fueran llevados por partida doble completa; ello hubiera sido un caso de precoci- dad inusitada en el empleo de este sistema contable por parte de la Casa Real de una gran nación como la española. Es sabido que para esa época, e incluso para épocas anteriores, existían contabilidades que adoptaban denominaciones propias de la partida doble e incluso disponían sus libros de cuentas de igual manera, pe- ro su cuadro de cuentas y el juego de asientos no correspondían todavía a este sis- tema. Un buen ejemplo de ello lo proporcionan los libros de cuentas de la banca barcelonesa de Pere Descaus y Andreu d’Olivella (1376-1381) estudiados por Ra- fael y Delgado de Molina (1988), como ya se ha comentado. Por otra parte, si ello