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Interacciones hipnóticas pautadas

In document La danza hipnótica de la pareja (página 48-66)

La danza hipnótica de la pareja ocurre en el contexto interpersonal y contiene diversos componentes. Estos elementos interactuantes se pueden comprender a par­ tir de una posición cibernética de orden segundo, a sa­ ber: la conducta sintomática influye sobre el sistema de tal modo que este a su vez se desarrolla en torno del síntoma. Este capítulo examina aspectos de síntomas, estados de trance positivos y negativos, estimulación re­ cíproca de un trance entre los compañeros, y el lazo hip­ nótico.

Una dinámica individual y una dinámica sistèmica pueden entrar en acción recíproca para producir inter­ acciones hipnóticas. Jurg Willi (1982) ha delineado va­ rias pautas colusivas de conducta en parejas. Ha des­ crito el modo en que necesidades individuales y tareas evolutivas inconclusas contribuyen en el sistema de la pareja para mantener la pauta característica de la dan­ za conductal. Otros autores han esbozado diversas pau­ tas (Dicks, 1967; Mittelmann, 1948; Winch, 1958). Mit- telman (1948) expresa: «Dada la naturaleza continua e íntima del matrimonio, toda neurosis de una persona casada está fuertemente anclada en la relación matri­ monial. La presencia de una reacción neurótica comple­ mentaria en su cónyuge es un aspecto importante de la neurosis del paciente casado» (pág. 491). Estas pautas colusivas reflejan la danza hipnótica de complementa- riedad de la pareja en la que dos personas «armonizan» con una precisión exquisita. Cuidador/paciente, Madre Tierra/hijo infante, progenitor/hijo, amo/esclavo y ado­ rador/ídolo serían otros tantos ejemplos de posiciones complementarias. Otras pautas de la danza hipnótica pueden incluir las siguientes posiciones: madre domi­ nante/padre retraído, madre criticadora y acusadora/

hijo incompetente (o madre nutricia/hijo cariñoso) y pa­ dre criticador/hija rebelde. Estos roles contienen, en forma metafórica, suposiciones compartidas acerca de la relación matrimonial. En algunas relaciones comple­ mentarias se usa una identificación proyectiva. Un cón­ yuge acaso se angustie por algo. Tan pronto como el otro se hace cargo de este sentimiento, el primer cónyuge tal vez deje de angustiarse y hasta lo critique por preocu­ parse. Los seres humanos tendemos a producir deter­ minadas defensas en los demás, para luego defendernos de ellas con defensas complementarias o simétricas.

Pautas simétricas también pueden ser suscitadas en la danza de la pareja; todo depende de las suposiciones que teja un cónyuge sobre la conducta del otro, y de los significados o interpretaciones resultantes. A veces se observa una simetría en la competencia entre los espo­ sos por ver quién ejecuta mejor una misma tarea. Las parejas usan a menudo términos competitivos (ganar/ perder, mejor/peor) para describir sus interacciones. Roles que son aplicación de posiciones simétricas pue­ den incluir: madre competitiva/padre competitivo, hija rebelde/hijo rebelde, madre pasiva/padre pasivo, o pa­ dres o hijos cooperativos en pie de igualdad.

A esto se añade la frecuencia con que los individuos, en forma inconciente y recíproca, eligen por pareja a al­ guien que exprese las partes negadas o escindidas de su propia personalidad. El hombre «obsesivo-compulsivo» —un tipo clásico en psicodinámica— se relaciona con una mujer «histérica» a fin de que ella pueda expresar los sentimientos de él y él pueda expresar la inteligencia de ella. Estos rótulos son bastante simplistas y estereo­ tipados, pero es fecunda una descripción de la inter­ acción. Un psicólogo (Kelly, 1979, comunicación per­ sonal) propuso la idea de que en un matrimonio disfun­ cional «la mujer pierde su mente y el hombre su alma». En otras palabras, ella «se embrutece» y depende del marido para la toma de decisiones; él sacrifica su capa­ cidad de ser una persona independiente con necesida­ des legítimas. Quizá cada uno critique después aquellos aspectos del otro que representan las partes escindidas de su propia personalidad. Tal vez un cónyuge sea por­ tador del afecto, y el otro, de la capacidad cognitiva. Por

ejemplo, el marido mantiene una actitud estoica y la es­ posa llora en su nombre; o el marido carga con la ira de su mujer para que ella no tenga que sentirla. En ocasio­ nes, un cónyuge se angustia mucho más que el otro y, como los sistemas tienden a reflejar los extremos de una polaridad, su pareja se sentirá más tranquila.

El proceso de identificación proyectiva es una pode­ rosa dinámica de pareja. Sólo podemos conocer nuestro mundo fenomenológico, el mundo de la experiencia. Si las representaciones internas de quienes desempeña­ ban el rol de personas nutricias son portadoras de emo­ ciones conflictivas, es probable que sean proyectadas hacia afuera. Por ejemplo, el padre «malvado», que consti­ tuye un aspecto del self, es el padre malvado que una persona lleva adentro, que proyecta hacia afuera y que ve en otra persona. Del mismo modo, lo que alguien tie­ ne de madre cariñosa puede ser proyectado en su cón­ yuge. Desde luego, estos roles son reversibles. Joseph Zinker (1977) comenta acerca de este proceso:

«La proyección es una forma de escapismo (. . .) En una proyección patológica, la persona impotente colorea el mundo como castrador; la iracunda, como destructivo; la cruel, como sádico; la persona temerosa de su homo­ sexualidad ve un mundo de homosexuales airosos. Ca­ da individuo ve el mundo según el color de su vida inte­ rior. Una vida interior perturbada busca y encuentra pe­ sadillas, aunque tenga que alucinarlas» (pág. 15).

En cambio, la persona serena, emocionalmente estable, quizá busque y descubra fantasías agradables. Tene­ mos, pues, dos aspectos de la proyección: 1) retenemos cierta identificación con lo proyectado; 2) provocamos en otros, sobre todo en nuestra pareja, cierto modo de tratarnos, de comportarse con nosotros. Por eso es co­ mún que la gente se divorcie por las mismas razones que la llevaron a casarse.

A menudo, la vida interior proyectada hacia afuera impele al sistema hacia un frenesí destructivo. Recuer­ do el caso de una paciente que alternaba entre una ira intensa e impropia y una conducta seductoramente in­ fantil. Como esquivaba casi todas las interacciones, el

otro nunca sabía a ciencia cierta si se había convenido alguna acción entre ambos. Cuando la confrontaban con su ira y su conducta impropia, negaba haberse sen­ tido o comportado así. Para escapar de su depresión, buscaba pelea con su ex marido o se lanzaba a gastar desenfrenadamente. Cada interacción de ella dejaba al otro confundido y desorientado. Cuando su depresión era grave, solía enfurecerse con los hijos, parientes, etc. Se quejaba de que conspiraban contra ella. Era discuti- dora y propensa a sentirse despreciada. Sus hijos la tra­ taban con suma cautela y ellos mismos experimentaban una angustia considerable. El hijo mayor se confundía con facilidad; el menor adoptó una enérgica actitud de «tener derecho a todo» y se volvió asmático. La hija ma­ yor contrajo un trastorno en la alimentación; la menor parecía asustadiza. Esta madre bloqueaba casi todos los intentos de su ex marido por mantenerse involucra­ do en la vida de sus hijos. El padre se vio obligado a pen­ sar y a actuar de manera estratégica para sortearla; a menudo se sentía atrapado en interacciones desorien­ tadoras con su ex esposa. Al parecer, había un paralelo entre esta experiencia y sus comunicaciones pretéritas con su propia madre, lo que se combinaba con un fuerte mandato paterno de no herir los sentimientos de la ma­ dre; de ahí que se debatiera entre la culpa y la vergüenza por haber dejado ese matrimonio disfuncional y recla­ mado una vida propia. Descubrió que intentaba ser de­ masiado comprensivo e indulgente con su ex esposa porque, cuando niña, había sido víctima de abusos. Pero, al mismo tiempo, sentía que ella era no menos abusiva con él.

En su interacción con su ex marido, esta mujer se sentía victimizada por él y creía necesario proteger a sus hijos de un padre a quien juzgaba temible. Percibía cualquier bondad de su parte como un acto que la obli­ gaba y la hacía demasiado vulnerable. Su self parecía sufrir frecuentes colapsos, a los que respondía montan­ do otra vez en cólera contra sus hijos o su ex marido. Pa­ ra esta mujer, el mundo era un lugar inseguro y aterra­ dor en el que debía vivir en un estado de hiper-alerta a fin de apartar sus peligros. Detrás de cada interacción ha­ bía un intento de conservar el control.

Una conducta patològica en un sistema lleva a otros miembros del sistema a reflejar esa patología. En este caso, el padre notó que, cuando se veía obligado a Ínter - actuar con su ex esposa, ardía de ira y se le ocurrían pensamientos paranoides. Declaró que era el único con­ texto en que experimentaba tales sentimientos. En la in­ teracción y ante comunicaciones desorientadoras expe­ rimentaba un trance negativo, estado de conciencia ca­ racterizado por un foco introvertido en sentimientos terribles y desconcertantes.

La capacidad de desplazarse de una perspectiva in­ dividual a una posición sistèmica puede ayudar en un tratamiento a explicar una serie de interacciones des­ concertantes. Desde un punto de vista cibernético, es importante distinguir entre secuencias de conducta fa­ miliar. Lynn Hoffman (1985) juzga útil examinar «se­ cuencias de relaciones en una red de realimentación» para poder idear una intervención, y concluye que «el problema está en la pauta y no en el sistema» (pág. 386).

La reacción e inter-reacción de cada miembro de la familia a un síntoma y a cada uno de los demás define al sistema. Por consiguiente, el terapeuta necesita com­ prender cómo se involucra en el sistema cada uno de sus integrantes. Hoffman (1985) declara, refiriéndose a la enfermedad psiquiátrica: «Ya no podemos decir que está en la familia, ni que está “en" la unidad [espacial­ mente definida]. Está “en" la cabeza o el sistema ner­ vioso de todos los que intervienen en su especificación. La antigua epistemología implicaba que el sistema crea­ ba el problema: la nueva epistemología implica que el problema crea el sistema. El problema es aquello en que consistía la aflicción original, no importa en qué consis­ tiera esta, más todo aquello que esa aflicción consiguió captar en su alegre camino por el mundo» (págs. 386-7).

Como se habrá advertido en el ejemplo anterior, para comprender un problema es importante considerar las dinámicas individuales. El mapa interior del individuo, que sirve para crear una red interactiva de creencias, es a menudo la realidad problemática creada. Ese mapa se traza a partir de aprendizajes tempranos en el seno de la familia, de la constitución de personalidad y de apren­ dizajes acumulativos ganados en el desarrollo. Esta

realidad perceptual creada suele ocasionar dolor e insa­ tisfacción en vínculos cuando un individuo proyecta las pautas del mapa interior a una conducta de otro, y bus­ ca en ella una concordancia manifiesta o la confirma­ ción de esa realidad.

No es raro que se establezca una pauta colusiva en parejas y dentro de las familias, mientras la danza hip­ nótica prosigue su «alegre camino». Paul Wachtel (1985) describe un proceso similar dentro de lo que él llama teoría psicodinámica cíclica. Según Wachtel y Wachtel (1986), esta teoría destaca el papel del inconciente en materia de conflictos y defensas, que contribuye a man­ tener una imagen de sí. Por lo tanto, «desde este punto de vísta, el “mundo interior” oculto no es un reino en sí mismo, sino que es a la vez un producto, una simboliza­ ción y una causa de las pautas de interacción en que participa una persona» (Wachtel, 1985, pág. 18). En consecuencia, al formular un plan de terapia hay que tener en cuenta ambas dinámicas: la interpsíquica y la intrapsíquica.

Gracias a esta capacidad de desplazar las lentes, el terapeuta llega a sentir empatia por el individuo y respe­ to por el bienestar del sistema. Si una persona o un sis­ tema perciben que no se presta atención a una u otro, quizá respondan con una resistencia o con una actitud protectora. Podemos definir la resistencia como una res­ puesta ante el peligro, una maniobra para el manteni­ miento de la integridad familiar e individual.

La empatia es un respeto básico por la gente y su lu­ cha por la vida. En psicoterapia no hay lugar para la in­ culpación. Muchas veces, los terapeutas familiares han atribuido a los padres los problemas del hijo: inician una misión investigadora para poner en evidencia al «culpable», al responsable de la conducta patológica, y formulan la inculpación bajo la forma de matices sutiles que expresen desdén hacia los padres. Es una actitud similar a la que solían trasmitir los terapeutas indivi­ duales hacia la madre, a quien definían como el pro­ genitor patológico. Hoy, muchos terapeutas familiares incluyen al padre en su búsqueda de un culpable.

La teoría cibernética de orden segundo, donde «el problema crea al sistema», proporciona un paradigma

más útil. En vez de culpar al sistema parental por el pro­ blema presentado, postula que el problema, con su etio­ logía múltiple, sirve de estímulo al sistema en evolución. El sistema se organiza en torno del problema a ñn de manejar la dificultad. A medida que el problema se exa­ cerba, el sistema evoluciona para amoldarse a su mane­ jo (Kershaw, 1986; Hoffman, 1985). Ahora podemos ex­ plorar los componentes de la sintomatología compartida por las parejas.

Sintomatología

Cada síntoma es una forma valiosa de comunicación, indicadora de que algo anda mal. El dolor que causa señala a quien lo padece que algo se ha desequilibrado y descontrolado. Los síntomas son secuencias congeladas de conducta que son reiterativas y comunican la solu­ ción idéntica de un problema. Una conducta hipnótica espontánea aparece a menudo como un síntoma (Fran- kel, 1976). Los síntomas presentan diversos aspectos: complejo de conductas, tiempo de relación, conceptuali- zación y conducta alteradas, ideodinamismo y signifi­ cado simbólico.

Por lo común, surgen en torno de transiciones evo­ lutivas y constituyen complejas pautas de conducta. Quién dice qué a quién, el efecto que provoca y la res­ puesta recíproca crean la pauta de conducta implícita en un síntoma. En una pareja, la conducta sintomáti­ ca puede manifestarse poco después del casamiento, cuando se activan los introyectos de la familia de origen, comienza el proceso de proyección y la danza hipnótica de la pareja sigue su «alegre camino». Los problemas pueden empezar tras el nacimiento de un hijo, un cam­ bio de empleo, el inicio de la edad madura o el aleja­ miento de los hijos. Cualquier cambio o desplazamiento en la estructura familiar, cualquier transición percibida como una dificultad, pueden tener como consecuencia una formación de síntoma.

Suele haber absorción en las conductas sintomáticas a causa de la función que cumplen. Casi siempre, las

defensas sirven para manejar angustia, aunque lo ha­ gan improductivamente. Resulta difícil modificar acti­ tudes, conductas y sentimientos por medio de un tra­ bajo directo con la mente conciente, porque en el pasado ellos demostraron cierta eficacia para poner coto a la an­ gustia. El foco de la terapia consiste en alterar o desor­ ganizar el síntoma o la pauta de conducta habitual. To­ dos poseemos aprendizajes no reconocidos que hacen posible la resolución de problemas. El uso del incon­ ciente como agente de cambio puede conducir a una reorganización y resolución del problema. Para desarro­ llar un plan de cambio, conviene tener presente el tiem­ po de relación.

En una discusión sobre el dolor, Erickson y Rossi (1979) sostuvieron que el malestar tiene tres componen­ tes de tiempo relacional: recuerdo de malestares pasa­ dos, malestar presente y expectativa de malestares fu­ turos. Cualquier síntoma puede contener estos compo­ nentes. Habitualmente, los síntomas se contraen en respuesta a una situación muy tensionante cuando las defensas del individuo no logran manejar la circunstan­ cia. El síntoma hace las veces de inductor de trance por­ que la pauta de conducta introvierte el foco de atención del sujeto y reduce el campo de respuesta o congela las respuestas en apenas una o dos.

En medio de un síntoma doloroso, la pareja experi­ mentará estos tres componentes de tiempo relacional. Si el dolor del síntoma es manejable, quizá pueda utili­ zar el recuerdo de un malestar pasado y la expectativa de un bienestar futuro para resolver el síntoma tras des­ cubrir los recursos que en el pasado le permitieron su­ perarlo. Entonces podrá esperar el futuro conciente de que conoce los pasos que la saquen del aprieto actual. Por ejemplo, preguntar a una pareja cómo pasó la vez anterior de un conflicto a una convivencia pacífica quizá la ayude a redescubrir un recurso que ya sabía emplear: humor, descanso, apaciguamiento o alejamiento. Pero una persona sumida en un síntoma pierde el sentido del tiempo. Este se distorsiona —se retarda, se acelera o aun se detiene— y parece que las sensaciones negativas duraran desde hace meses cuando en realidad sólo pa­ saron minutos de tiempo objetivo (o cronométrico).

Por lo general, todo síntoma contiene alguna forma de fenómenos de trance: tal vez amnesia, distorsión del tiempo, alucinaciones positivas o negativas, anestesia o hipermnesia. La danza hipnótica sintomática comparti­ da por los cónyuges puede utilizar uno o varios fenómenos y ser «autodesvalorizante» (Gilligan, 1987). Los resulta­ dos de las investigaciones sobre disociación indicarían que esta acompaña normalmente al stress percibido (Sanders et aL, 1989).

Su ideodinamismo es otro elemento del síntoma. Las parejas suelen experimentar un problema como algo que escapa a su control. Se diría que surge sin que me­ die una acción determinada de su parte. Desde luego, no identifican el mecanismo de inducción recíproca del trance utilizado por ambos cónyuges.

Erickson creía posible que los síntomas simbolizaran un hecho traumático, recrearan circunstancias específi­ cas de la vida, fueran la adaptación a la circunstancia existencial o «. . .constituyeran [a la vez] defensas contra las mociones instintuales subyacentes y un castigo infli­ gido por ellas. Quizás enmascaren reacciones esquizo­ frénicas soterradas o refrenen depresiones suicidas» (CP IV, pág. 103). Determinar el significado de la representa­ ción simbólica ayuda al paciente a resolver los conflictos psicodinámicos subyacentes. De hecho, Erickson veía en los síntomas otros tantos recursos bloqueados. He- 11er y Steele (1987) comentan: «. . . Todos los problemas y síntomas presentados son, en realidad, metáforas que contienen una historia acerca de la verdadera naturale­ za del problema. Por consiguiente, incumbe al terapeuta crear metáforas que contengan una historia que, a su vez, contenga las soluciones (posibles). La metáfora es el mensaje» (pág. 30).

Los síntomas contienen a menudo la solución al pro­ blema. Las parejas suelen utilizar sus recursos de una manera excesiva o insuficiente, y este proceso puede conducir a la formación de síntomas. Varios autores proponen una frecuente equivalencia fenomenológica entre los síntomas y los fenómenos de trance (Gilligan, 1987, 1988; Frankel, 1974; Horowitz, 1983). El complejo de síntomas es una secuencia rígida de conductas y de actitudes inmovilizadas que se repiten una y otra vez.

En muchos casos, la solución se encuentra en la con­ ducta de trance empleada como parte de ese mismo complejo.

Estados de trance positivos y negativos

Gran parte de la obra de Erickson se basa en la pre­ misa de que la mente conciente es limitada y la incon­ ciente es un reservorio de recursos. Su notable capaci­ dad de observación —adquirida cuando, después de su­

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