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Uso del lenguaje del inconciente

In document La danza hipnótica de la pareja (página 173-200)

En la literatura abundan los peregrinajes en pos de una visión o un tesoro, las búsquedas de salvación, del Santo Grial o de alguna joya escondida cuyo hallazgo hará mucho más satisfactoria la vida. Este viaje metafó­ rico que emprende el ser humano para encontrarse a sí mismo y hallar contento y felicidad en sus relaciones es un viaje universal. También es el viaje a través de una psicoterapia. Lo que facilita este viaje es el lenguaje del inconciente: mito, símbolo, metáfora, ritual e imágenes. Paciente y terapeuta por igual crean este lenguaje.

Los rituales, símbolos, metáforas y mitos de la pareja representan la esencia del elemento aglutinante de una relación, la calidad «tras-cendente» del hecho primor­ dial: por qué dos personas forman pareja. En este capí­ tulo, describiré el uso estratégico de asignaciones de ri­ tual, de símbolo, de metáfora, de mito y de imágenes en el tratamiento de una relación de pareja que promueva «la experiencia de estar vivos».

Mito

«Nos contamos historias para vivir», dice Joan Didion en The white álbum (1979, pág. 1). Estas historias gene­ racionales son las que mantienen tradiciones, valores y pasajes de la vida, y obran a modo de hitos en todo viaje que emprendan un individuo o una pareja. Las historias o mitos describen los temas universales del inconciente: el nacimiento, el trascurso de la vida, la muerte y la re­ surrección o renacimiento. Las historias culturales son mitos que contienen símbolos, metáforas y un ritual. Los mitos reflejan temas universales, sirven a los «um­

brales interiores de pasaje» (Campbell y Moyers, 1988, pág. 4) y conducen a ellos.

Campbell describe el mito como aquello que «. ,*.le ayuda a uno a poner la mente en contacto con esta expe­ riencia de estar vivo». Nos dice qué es esa experiencia. En el caso del matrimonio, revela que es «la reunión de la diada separada. Originariamente, usted era uno solo. Ahora, ustedes son dos en el mundo, pero reconocen una identidad espiritual; el matrimonio es ese reconoci­ miento» (Campbell, 1988, pág. 6). Añade que quienes se casan porque esperan que el romance y la pasión sos­ tendrán su relación suelen divorciarse; en efecto, toda aventura amorosa termina en desengaño. Más aún: la supervivencia del matrimonio exige que los cónyuges sacrifiquen el falso yo en aras de la relación. Campbell identificó dos etapas en el matrimonio: lajuvenil, en que la pareja procrea, y la alquímica, en que ambos cónyu­ ges experimentan la unidad de la relación.

Cada pareja desarrolla su propio mito o historia so­ bre cómo y por qué estos esposos se casaron, perma­ necieron unidos y continúan la relación. Estas historias suelen recurrir mucho a los recuerdos que cada uno guarda de las luchas por la vida que libraron juntos. Hay historias sobre la superación de conflictos, sobre experiencias cómicas compartidas y sobre el compro­ miso sentido hacia el vínculo. En muchos casos, el tera­ peuta puede utilizar la mitología de otras parejas para comunicar un significado al inconciente de sus pacien­ tes, o bien aprovechar el uso del mito en la literatura.

Símbolo

Hacia el final de su carrera, Erickson solía valerse de los símbolos para comunicarse con el inconciente y fa­ cilitar el camino hacia la curación. Se emplean de diver­ sas formas: 1) para «absorber o desviar sentimientos» (Zeig y Erickson, 1984); 2) para hablar al inconciente acerca de la resolución de un problema; 3) para man­ tener ocupada la mente conciente mientras la mente inconciente emprende la curación; 4) para facilitar el

proceso de poiesls, por el cual, partiendo de la compa­ ración entre dos cosas, damos vida a algo que antes no existía (Cox y Theilgaard, 1986).

Un símbolo, en sentido lato, es el uso de un objeto para representar otro. En literatura es un tropo, una figura del lenguaje que utiliza un cambio de significado. Es «el uso de una palabra con un sentido distinto del correcto o literal; en esta acepción hace las veces de una comparación» como metáfora o símbolo. Al definir el símbolo, es importante discernir que se trata d e «. . .una imagen que evoca una realidad objetiva, concreta, y hace que esa realidad sugiera otro nivel de significado» (Holman, 1978, pág. 509).

Tendemos a vivir simultáneamente en dos diferentes mundos de experiencia: el del hemisferio izquierdo y el del hemisferio derecho (Sperry, 1968). Si bien ahora sa­ bemos que esta dicotomía no es del todo exacta, puesto que ambos hemisferios operan de manera constante, es principalmente en el hemisferio derecho donde el sím­ bolo, la metáfora, el ritual y las imágenes influyen sobre el individuo.

Metáfora

Es un modo de expresar una experiencia en varias dimensiones. Las metáforas contienen percepciones de un suceso global y de conjuntos de experiencias por cuyo intermedio vemos el mundo y entramos en con­ tacto con él. Son descripciones de sucesos subjetivos y, como tales, pueden comunicarse a la mente conciente y a la mente inconciente. Ciertas metáforas nos ayudan bastante en una etapa de la vida, pero es preciso cam­ biarlas en otra etapa ulterior.

Mary Catherine Bateson afirmaba que «nada hay más tóxico que una mala metáfora» (Moyers, 1989, pág. 347). Como psicoterapeutas, procuramos dar nuevos símbolos a nuestros pacientes o cambiar el significado de sus símbolos antiguos. Cuando nos atascamos en nuestro trabajo, tenemos que alterar las antiguas metá­ foras para los clientes y para nosotros mismos. Bateson

decía que somos nuestra propia metáfora central; cuan­ do ella cambia y tiene nuevas asociaciones, nos sucede lo mismo.

La metáfora es «una analogía implícita que identifica imaginativamente un objeto con otro y atribuye al pri­ mero una o varias cualidades del segundo, o lo inviste de cualidades emocionales o imaginativas asociadas con el segundo» (Holman, 1978, pág. 314). I. A. Richards percibió la diferencia entre el «tenor» y el «vehículo» de la metáfora. «El tenor es la idea que se expresa, el tema o la comparación; el vehículo es la imagen por cuyo interme­ dio se trasmite esta idea (. . .) El tenor y el vehículo, to­ mados juntamente, constituyen la figura del lenguaje, el tropo, el “giro” del significado que trasmite la metáfora» (Holman, 1978, pág. 314). Las características referen- ciales y emotivas de la metáfora pueden ir más allá de estos significados para comunicar una verdad.

El mago Merlín pudo aprovechar el poder del dragón y provocar una trasformación valiéndose del encanta­ miento. El chamán del mundo occidental es el psicote- rapeuta. En un proceso parecido a una «cura» provocada por algún cántico o ritual extraño, y en la que interviene alguna poción o trasformación mágica conseguida por la alquimia, el terapeuta provoca el cambio con la «ma­ gia» de su lenguaje y la ofrenda de su propio ser en una relación. La alquimia dramatiza el cambio a través de símbolo, metáfora; ritual y mito, en los que Erickson era un maestro. Estos agentes de cambio permiten al in­ conciente crear asociaciones en un nivel muy profundo. El paciente puede después expandir categorías y defi­ niciones personales y librarse de creencias autolimitan- tes. Estos vehículos quedan anclados en su inconciente para ayudarlo en su viaje por los mares agitados, cal­ mos, ignotos y familiares, mientras continúa desarro­ llando su personalidad.

Lenrow (1966) sostiene que:

«Las metáforas también pueden realzar las suposiciones tácitas de una persona sobre sus capacidades para ejer­ cer, en el futuro, una influencia efectiva sobre su entor­ no. De este modo, condensan su visión figurada de la suerte que le ha tocado en la vida, y le dan vivacidad.

Además, las metáforas pueden poner de relieve la con­ tribución activa del cliente a su propia situación y, de ese modo, indicar opciones que él tenga para modificarla» (pág. 146).

La metáfora es un dispositivo abierto, destinado a su­ gerir opciones ilimitadas para problemas específicos. De hecho, cumple mucha funciones como modalidad tera­ péutica:

1. Proporciona al terapeuta un medio de hablar al pa­ ciente sin interferencias concientes. El paciente no puede saber con certeza que el terapeuta está ha­ blando de él, y por eso está más abierto a la su­ gestión contenida en la metáfora.

2. A veces, encierra un humorismo capaz de distraer la mente conciente e impedirle experimentar una intrusión. Así el paciente puede escuchar más aten­ tamente al terapeuta sin sentir la menor vergüenza. 3. Su naturaleza simbólica le permite permanecer

largo tiempo en el fondo de la mente del paciente y generar nuevos significados (esto último depende­ rá de los nuevos contextos).

4. Sugiere soluciones a dilemas similares del pacien­ te, y le brinda la esperanza de que su resolución sea absolutamente posible.

5. Provee imágenes poéticas que adquieren vida pro­ pia y resuenan dentro del individuo mientras prosi­ gue su viaje.

6. Metáforas provenientes de lenguas diferentes ex­ presan ciertas emociones, acciones e ideas; su len­ guaje cultural peculiar influye tanto en la percep­ ción del lenguaje cultural como en su cognición (Whorf, 1969).

La metáfora contiene múltiples niveles de experiencia y significado y se comunica con la mente inconciente como no lo puede hacer la comunicación directa. Tur- bayne (1962) postuló la existencia de otras funciones de la metáfora, dignas de ser notadas. Al hacer foco sobre un aspecto y desenfocar otro, crean una perspectiva y desplazan o cambian actitudes. En la literatura, halla­ mos buenos ejemplos de metáforas que ilustran sobre

estos puntos. El primero es una metáfora poética de un conocido poema de Robert Frost, «The road not taken»:

Dos senderos divergían en un bosque, y yo. . . yo tomé por el menos transitado,

y eso fue decisivo.

Robert Frost (pág. 131)

Robert Frost emplea una hermosa imaginería poética para sugerir que las opciones de la vida, simbolizadas por los dos senderos que atraviesan el bosque, indican que el estilo de vida impuesto por la norma cultural pue­ de ser menos satisfactorio que el riesgo de vivir de otro modo. Para Frost, el sendero no seguido que da título al poema es el que pocos transitan, con lo cual da a enten­ der que, a su juicio, este camino ofrece más oportunida­ des y posibilidades creadoras. También nos trasmite su firme ilusión de que siempre podrá volver al punto en que se abren los dos senderos y tomar por el otro aun­ que, en realidad, sabe que no lo hará.

Por otro lado, Dysart, el psiquiatra de Equus, se ciega a su pasión latente por la vida, así como su joven pa­ ciente ciega a los caballos para que no vean su pasión sexual. Ante la imposibilidad de encontrar su pasión y compartirla con su esposa indiferente, sólo puede leer acerca de ella. Se autodescribe como «el marido afectado y criticador que contempla la Grecia mítica a través de sus libros de arte». Comprende su propia tragedia al describirse a sí mismo: «Encogí mi vida. Nadie puede ha­ cerlo por uno. Mi eterna timidez me indujo a contentar­ me con ser un hombre descolorido y provinciano». En una metáfora fuerte, Dysart alega por una percepción nueva, un lenguaje nuevo, un modo de crear significati- vidad. Dice: «Lo cierto es que estoy desesperado. ¿Ven? Yo mismo estoy usando esa cabeza de caballo. Así me siento, enjaezado en el viejo lenguaje y las viejas premi­ sas, pugnando por saltar, desherrado, sobre una pista existencial totalmente nueva, cuya presencia apenas sospecho. No puedo verla porque mi cabeza, educada y común, es sostenida en un ángulo inapropiado. No pue­ do saltar porque el freno me lo impide y mi propia fuerza

básica —mi caballo de fuerza, si así lo prefieren— es demasiado pequeña. Lo único que sé con certeza es es­ to: en conclusión, una cabeza de caballo me resulta in­ cognoscible». Esta metáfora pone en tela de juicio la tendencia de los terapeutas a casarse con determinada teoría o sistema de creencias en psicoterapia.

A. R. Ammons (1972) expresa en forma creativa la recursividad de los sistemas y el «reflejo» que nos pro­ porcionan otras personas, valiéndose de una hermosa metáfora poética: Reflexivo Encontré una hierba que tenía un espejo dentro y ese espejo se miraba en un espejo dentro de mí

que tenía una hierba dentro.

A. R. Ammons (pág. 170)

En la literatura, el mago o hechicero ha pasado largo tiempo descubriendo fuerzas del universo que revelan más aspectos de nosotros mismos, al par que nos pro­ porcionan modos de ver el mundo generadores de rela­ ciones más satisfactorias. El hechicero es un curador. Se interesa no sólo por curar problemas físicos, sino también por curar la psique. La práctica de la hechicería ayuda a borrar las cicatrices psicológicas y a crear per­ cepciones distintas. El hechicero aprende que la mejor instrucción no se imparte diciendo directamente algo a alguien, sino dándole oportunidades de experimentar

algo de manera diferente. Erickson no era en modo al­ guno un hechicero; sin embargo, recurría con frecuen­ cia al símbolo, la experiencia simbólica y la metáfora pa­ ra trasmitir una enseñanza por el uso de los recursos desechados u olvidados concientemente por quien la recibía.

La historia o la analogía metafóricas pueden servir de vehículo para abrir nuevas formas de pensamiento, per­ cepción y conducta. Deben centrarse siempre en la pareja y ajustarse a su situación específica. Un matrimonio que vino a solicitar tratamiento me contó que ya había visto a cinco terapeutas experimentados; había hecho cuatro sesiones con cada uno, pero creía que yo poseía cierta «magia» de la que ellos carecían. Respondí que me ha­ bían regalado una varita mágica. Traía un folleto de ins­ trucciones porque, si se formulaba incorrectamente un hechizo, su efecto sería contraproducente, y por cierto que yo no quería empeorar su situación, sobre todo te­ niendo en cuenta que sólo dispondríamos de cuatro se­ siones. Me aseguraron que habían oído hablar de mi reputación y deseaban tratarse por más tiempo. Dije que comprendía su plan, por lo demás bien concebido, pero su pauta indicaba la probable acción de alguna in­ fluencia sistèmica cósmica que los compelería a aban­ donar el tratamiento al cabo de cuatro sesiones. (Era una pareja de terapeutas que llevaba cuatro años ca­ sada en terceras nupcias y comprendía el significado y la importancia de una orientación sistèmica. Pero un sistema cósmico era en cierto modo una cosa diferente.)

Nuestro plan de terapia se basaría en cuatro sesiones a fin de que ellos recibieran todos los beneficios del tratamiento. Ahora bien, las instrucciones anexas a la varita mágica especificaban que el usuario debía soste­ ner la vara en la mano derecha, salvo que fuera zurdo, lo cual significaría, naturalmente, que la mano derecha sería la mano que quedaría para sostener la varita mági­ ca, salvo que uno estuviera de pie frente au n espejo. En tal caso, la mano derecha sería la mano izquierda refle­ jada en la imagen del espejo que sostendría la varita má­ gica que, naturalmente, era la mano correcta que que­ daba. Las palabras mágicas debían pronunciarse agi­ tando la vara sobre la pareja. «Leí las instrucciones hace

ya un tiempo, pero creo poder recordarlas», les advertí. Echaron a reír y, para ayudarme, empezaron a decir diversas palabras mágicas aprendidas en la infancia. «Abracadabra, las palabras mágicas son pronunciadas, la historia es narrada y el sueño se revelará», añadí. Y empecé a contarles la siguiente historia de un monje y una monja.

Benjamín era monje desde hacía cuatro años. Su ín­ tima amiga Marie, monja desde hacía cuatro años, solía estudiar con Benjamin y ambos pasaban muchos ratos de intimidad entregados a pláticas interesantes. No obs­ tante, los dos sentían que les faltaba algo, que cierta va­ cuidad irrumpía en su conciencia. Ambos deseaban de­ sesperadamente conocer el significado de la vida. Ha­ bían hecho estudios breves con muchos maestros, pero se diría que al rompecabezas de la vida le faltaba una pieza. Entonces Benjamin y Marie emprendieron un viaje largo, tedioso y cansador en busca del sabio capaz de esclarecer su espíritu. El monje y la monja buscaron en un país tras otro. Recorrieron grandes distancias hasta comarcas de costumbres extrañas e insólitas. Su afán de encontrar al sabio era tal que prestaron escasa atención al viaje en sí, a los lugares interesantes, a los pueblos fascinantes y a sus costumbres exóticas. Final­ mente, descubrieron al Maestro en las montañas de un remoto país. El Maestro permitió que el monje y la mon­ ja entraran en su morada para exponerle sus inquietu­ des. Entusiasmados y aliviados a la vez por haber ha­ llado a la única persona capaz de decirles lo que bus­ caban desde hacía tanto tiempo, el monje preguntó al Maestro: «¿Cuál es el significado de la vida?», y la monja suplicó: «Sí, ¡por favor!, ¿cuál es el significado de la vi­ da?». Con una sonrisa afectuosa, el Maestro extrajo un viejo trozo de pergamino, escribió en él unas líneas, se los entregó y les ordenó que se marcharan. Apenas sa­ lieron de la morada, el monje y la monja desplegaron el pergamino y advirtieron que esas líneas habían sido escritas en un idioma desconocido. Un tanto desalen­ tados, el monje y la monja buscaron infructuosamente a alguien capaz de interpretar esa escritura extraña.

El monje y la monja regresaron, pues, junto al Maestro y le preguntaron: «Por favor, señor, ¿cuál es el -significa -

do de la vida?». El Maestro ordenó al monje y a la monja que llevaran el pergamino consigo por la mañana tem­ prano y contemplaran la puesta del sol. Aunque tal di­ rectiva les pareció harto desconcertante, Benjamín y Marie la cumplieron al pie de la letra. Fue una hermosa puesta de sol y la pareja sintió la presencia de algo tan magnífico que los dejaba sin habla. Luego, volvieron a la morada del Maestro a compartir su experiencia con él, pero también a reiterarle su pregunta: «¿Cuál es el signi­ ficado de la vida? ¡Sabemos que usted tiene la respues­ ta!». El Maestro les dijo que tomaran el pergamino, en­ traran en el jardín y se sentaran con una rosa. El monje y la monja así lo hicieron: observaron una rosa durante tanto tiempo que empezaron a sentirse parte integral de ella. Percibieron que se fusionaban con la rosa, que pe­ netraban en ella de modo tal que se veían viajando ju n ­ tos sobre una molécula por la galaxia interior de la rosa. Fue un viaje espléndido: vieron un mundo parecido a la Vía Láctea, sólo que estaba contenido en una flor. Había colores centelleantes, jamás vistos, formas, ángulos y otras criaturas extrañas pero amistosas.

Volvieron junto al Maestro, le contaron la experiencia y le preguntaron una vez más: «¿Cuál es el significado de la vida?». El anciano les respondió con paciencia que pasaran un tiempo junto a sus seres queridos y se en­ tregaran a ellos generosamente. «Tómense de veras su tiempo para ir más despacio y comprender la relación. Y al final del día, pregúntense siempre cómo está su espí­ ritu».

Trascurrieron muchos años, hasta que un día Benja­ mín y Marie regresaron junto al Maestro. Parecían sere­ nos y llenos de paz; habían desechado sus hábitos, ves­ tían ropas informales y en la mano izquierda lucían sen­ dos anillos de oro idénticos. Entregaron el pergamino al Maestro, este lo desenrolló y vio que las líneas habían sido borradas. «Finalmente, comprendí el significado de la vida», dijo el ex monje. «El significado está en el espa­

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