2. MARCO TEÓRICO
2.2. La intervención social
2.2.1. Intervención en contextos urbanos desde el graffiti
El tratamiento que se le dan a los espacios que habitamos y transitamos diariamente, alude a diversas motivaciones experienciales que canalizan ideologías, deseos, imaginarios y
motivaciones que contribuyen a la transformación no solo del espacio, sino de la sociedad. A la construcción y conformación de redes y entramados que movilizan agentes que se activan hacia la intervención, acogiendo a miembros permanentes o transitorios de su comunidad que aportan desde la participación, rebelión, crítica o desinterés, convirtiendo estas intervenciones en acciones transformadoras, amenazantes y/o desestabilizadoras, según la percepción.
De este modo, entra en escena el concepto de espacio urbano y como forma adyacente la idea de espacio público, dos formas que se desarrollan vivamente en un territorio de ciudad, entendida más allá de la idea de lo físico y lo tangible, trascendiendo al ámbito inmaterial que es percibido por los sentidos. A partir de ahí toma auge y fuerza el graffiti, entre otras formas artísticas y/o expresivas que definen ciertas maneras de interactuar y comunicar en la ciudad, desplegando espíritus y voluntades que se desarrollan y desenvuelven de diferente manera, dependiendo de las necesidades que los impulsan y les permitan subsistir y conservar su existencia, no solo material si no emocional y psíquica.
En tanto, las acciones interventoras movilizan subjetividades y por ende permiten establecer puentes profundos que van más allá de la simple acción o de la puesta en escena, en donde no solo el individuo que realiza la intervención hace parte de esta, sino que logra congregar sentires de todo tipo que, afectan de diversas formas el mundo interior de cada persona que se cruza, estableciendo convenciones emotivas y discursivas que dan pautas para una interacción en torno
a esa manifestación; “un hacer que involucra al público en su nuevo tipo de relación y cuestiona el lugar de exhibición del objeto artístico.” (Quevedo, 2006, p, 25). Es por eso que la
intervención desde el graffti tiene una particularidad esencial, que no solo moviliza y afecta la subjetividad, sino que involucra una parte estética que activa imaginarios, ritos y prácticas políticas y sociales.
En el momento en que el grafitero realiza su intervención callejera se percibe como una actividad preformativa o teatral, donde intervienen elementos culturales o sociales de las personas que se encuentran en el momento de la creación, como también se puede considerar una actividad literaria debido a la representación figurativa que usa en el momento de la intervención. (Jiménez y Tovar, 2014, p, 46)
Lo valioso de estos actos en un espacio abierto, público y transitado, se orienta a que “la intervención del grafiti en la ciudad permite, que el arte y su concepto estén al alcance de todas las personas, un público sin distinción de clase, género o edad” (Ibíd., 2014, p, 46), promoviendo la interacción y ésta la emergencia de posibilidades interpretativas de la realidad, entendida como un texto en el cual cada individuo tiene participación, configurando interacciones sociales desde la multiplicidad de códigos mentales, significados y discursos pre constituidos en las prácticas del lenguaje; en donde los actores sociales seleccionan la herramienta más propicia para manifestarse, que para nuestro caso es la imagen, entendida como “la representación intencionada de la realidad.” (Óp. Cit., 2006, p, 23).
La intervención en contextos urbanos no tiene una estructura completamente definida, ya que, dependiendo del interés, el espacio y el momento; los métodos técnicos y expresivos dejan ver diversas propuestas creativas y comunicativas, fundado así las diferencias de una actividad a otra,
[…] permitiendo la flexibilidad en los modos de intervención y en los enfoques que esta pueda tomar de acuerdo a las necesidades de los participantes, esta forma de acción ya no se limita a la marcha callejera, sino que busca formas de vincular a la comunidad a sus formas de acción, por medio del aprovechamiento de los recursos y los espacios de los que dispone (creación de talleres, promulgación de festivales, intervención
callejera), rompiendo dinámicas hegemonías de control que se generan en dichos espacios. (Jiménez y Tovar, 2014, p, 29).
De esta forma, son los jóvenes quienes logran revolucionar las estructuras, levantando un espíritu de pertenencia con el contexto y los ideales políticos que establecen, de tal modo que se
promueven asociaciones que prestan vital atención e interés por las manifestaciones estéticas, artísticas y culturales, encontrando en la ciudad un “laboratorio de expresiones ciudadanas, que habla de confrontaciones de pensamiento, pero también de búsqueda de nuevos modos de agitar y construir las democracias desde las mismas calles o redes sociales.” (Silva, 9 de mayo 2014). Así, las nuevas precepciones participativas que constituyeron ligas asociativas y movilizadoras, estimulan nuevas voces que desde lo estético y creativo despegan lenguajes, significantes y significados que, adjudican lugar a lo simbólico y establecen múltiples realidades, vivificando espacios de socialización, cruce, interacción, diálogo y expresión, que se sitúan con fuerza en latitudes urbanas, dando valor a ciudades, barrios, calles y territorios periféricos. Para Aumont, J. El mundo y con él la ciudad y la calle, se han convertido en un flujo amnésico de imágenes de toda índole, en donde, gracias a la capacidad perceptiva del ciudadano que resulta convertido en espectador, la imagen cumple la función de afianzar, reforzar, reafirmar y precisar su relación con el mundo visual, y en donde además mediante un modo estético y simbólico el individuo puede establecer relación con la realidad externa. (Sánchez, 2010, p, 42).
Todas las prácticas culturales dependen del sentido que a estas se les asignen desde el lenguaje, el lenguaje entendido como un sistema de formas que se da como fenómeno social, el cual tiene diferentes facetas y rostros, que involucran no solo la lengua y el habla, sino que también está constituido por lo proxémico, kinestésico, cronénico, paralingüístico, lo visual, el tacto, el olfato, vinculando la realidad a esta multiplicidad de lenguajes y configurando así distintas relaciones experienciales. En este punto la experiencia cultural está atravesada por el lenguaje, dando nuevas formas de sentir y vivir territorios permanentes o pasajeros, leyendo el mundo de diversas formas, asumiendo sentires individuales y colectivos que llevan a manifestaciones perceptivas de diferente orden. Estos transitares fomentan la apropiación del territorio y lo asumen como una extensión de su subjetividad, produciendo acciones interventoras en la materialización de ideas y conceptos, aprovechando los recursos y los espacios que poseen en la producción de política de resistencia en proyectos de desarrollo en interacción flexible que se adapta a la comunidad, estableciendo relaciones emocionales que permiten generar significados que asocian a sus
miembros en contextos culturales; pues “lo individual, e incluso lo personal, lo subjetivo, es social, a saber, colectivo.” (Bourdieu, citado por Álzate, 2013, p, 22).
2.3.El lenguaje como agente social
En cada experiencia de la vida se aplican diversas capacidades, sin embargo, la comunicación y por ende el lenguaje siempre se hacen presentes permitiendo que la expresión del cuerpo, la voz, la disposición espacial, las capacidades cognitivas y el mundo emocional se movilicen en el desarrollo y evolución del ser, promoviendo desde la interacción de las dimensiones humanas la exposición a las formas de lenguaje de otros pares y desconocidos en múltiples situaciones. El lenguaje en su universo complejo de construcciones de significantes y significados que lleva a la elaboración de un entramado de sentido que solo es descifrable por aquellos que conocen el código y sus particularidades, por lo tanto, es fundamental reconocer el espacio en el que se está actuando, para de esta forma usar un tono correcto de voz, expresiones verbales y corporales, ya que no es lo mismo la actitud que se toma frente a los padres, maestros, amigos, desconocidos, etc.
Enfocándonos en el trabajo del lenguaje podemos apreciar como cada sujeto de forma individual y en colectivo, parte de conceptos de memoria que le permiten establecer conexiones neuronales apropiadas para cada momento, formando vínculos sensibles y creativos con la cultura, ya que “la creatividad forma parte de la médula misma de la naturaleza del ser humano.” (UNESCO, 2006, p, 1). Así, todo comportamiento social requiere de la participación de
emociones siendo el lenguaje un motor de desarrollo de las mismas, entendiéndolas como un proceso multi direccional que comprende el ámbito del conocimiento, la práctica, la
investigación y la creación; donde se desarrolla la sensibilidad, la experiencia estética, el pensamiento, la creatividad, la expresión y la comprensión. Es un suceso cognitivo, afectivo y crítico, donde el sujeto desde su juicio y experiencia, socializa con los demás individuos a partir de creaciones y componentes materiales e inmateriales que expresa en lenguajes visuales, sonoros, corporales, verbales, kinestésicos, proxémicos, cronémicos y espaciales, actuando en diferentes entornos disponiéndose a la emisión, recepción, decodificación e interpretación de mensajes a partir de su discurso personal.
De tal forma que el desarrollo emocional se va adquiriendo en la vida diaria, en el aprendizaje cotidiano, fomentando la apropiación de lenguajes que permiten a cada miembro de la raza
humana transmitir y entablar vínculos con sus pares, llegando a ser el lenguaje, entendido no solo como la verbalización, sino como la herramienta de expresión particular del mundo interno; una de las elaboraciones más sublimes del ser humano, desarrollando y evolucionándolo
constantemente, hasta llegar a involucrar en él elementos tecnológicos, científicos, académicos, de análisis, reflexivos, legislativos, interpretativos, artísticos, culturales, psicológicos y críticos con respecto a su forma, entorno y las relaciones que éste le permite al hombre entablar con sus semejantes.
En este desarrollo, el lenguaje se orienta hacia la construcción del tejido social, en donde cada colectivo va formando desde sus individualidades, contextos sociales diversos, no solo en lo relacionado con las particularidades de sus integrantes, sino que trasciende y se da la licencia de mutar y crear nuevos lenguajes que interconectan y comunican a sus miembros. Esto estimula nuevos procesos constructivos y constitutivos que desde la experiencia psico-emocional, afirman las culturas y dan cabida a variaciones culturales definitivas o transitorias, como los movimientos juveniles o tribus urbanas, proporcionando desde el lenguaje, experiencias sensoriales de
conservación de hechos y por lo tanto, la motivación de hacer partícipes a otros de esas experiencias sensibles, pues el cuerpo (físico, emocional, cognitivo, espiritual, afectivo y místico) “no solo es un templo, es una novela que relata letra a letra lo que somos.” (Sierra Uribe, 2007, p, 112).