HISTORIA, POLÍTICA Y CULTURA
1.2. Situación histórico-cultural de Europa en los siglos XV a XVII 1 Las Monarquías europeas España
1.2.1.1. Introducción histórica a la Monarquía hispánica
En el caso de la Monarquía española, el proceso de agrupación y unificación del territorio bajo un poder soberano se reforzó con el cambio de dinastía (en 1700). Esta trayectoria fue el resultado de múltiples factores. Inicialmente, del matrimonio, en 1469, de Fernando II de Aragón (1479-1516) e Isabel de Castilla (1474-1504), que llevó a la unión de las dos Coronas, así como del largo proceso de Reconquista, sobre todo de Castilla, que se completó en 1492 con la conquista del Reino de Granada.
La unión personal de las dos Coronas no anuló, de acuerdo con la idea de que se trataba de una monarquía compuesta, las diversas instituciones de los territorios que formaban cada una de las Coronas. La de Aragón constituía casi un imperio mediterráneo, liderado nominalmente por Aragón y de facto por Cataluña. Esta especie de confederación comprendía Cataluña, Valencia, Sicilia, Cerdeña y el reino de Nápoles. Nápoles había permanecido, a la muerte de Alfonso el Magnánimo (1458), como un dominio de Ferrante, hijo natural de Alfonso V, y fue reincorporado a la Corona de Aragón en los primeros años de las Guerras de Italia (1503), por Fernando el Católico66.
En el caso de Castilla, la jurisdicción se muestra más homogénea: muchas de las familias de la aristocracia militar y feudal participaron y fueron protagonistas de la Reconquista, que marcó profundamente las instituciones estructurales del reino. La unificación personal de las dos coronas, el espíritu de la Reconquista y la afirmación intransigente del catolicismo, desencadenaron el fundamento y las conciencias de una nueva identidad política, religiosa y cultural española (‘hispanidad’67). A este contexto
se le sumaron aspectos importantes para la Europa Moderna: la expulsión de los hebreos en 1492, de la Reconquista de Granada y la ayuda de Isabel de Castilla a Cristóbal Colón en la colonización de los nuevos territorios descubiertos.
Un logro importante en la historia de la monarquía española fue el trono español de Carlos de Habsburgo. Gracias a la hábil política matrimonial pensada por el emperador Maximiliano de Habsburgo, los reinos de Castilla y Aragón pasaron de hecho, en 1516, a las manos del joven archiduque Carlos, hijo de Felipe el Hermoso y de Juana, hija de los Reyes Católicos. Quedaba excluida del trono Juana, su madre, considerando que estaba demente por la muerte temprana de su marido. Carlos poseía todos los reinos españoles, italianos y americanos. Añadiendo el ducado de Borgoña por parte de la abuela materna y la herencia del Emperador Maximiliano a su muerte con el territorio de Alemania. En este aspecto la monarquía cambió por completo y fue necesaria entre otras la figura del corregidor para controlar tan vasto territorio.
Como he dicho, tras la muerte de Fernando el Católico, Carlos de Gante, su nieto, fue nombrado Rey de Castilla y Aragón (Carlos I). Llegó a la Península acompañado de sus consejeros flamencos, a los que dio importantes cargos, provocando el descontento de la nobleza y las ciudades locales. Con la muerte del Emperador, los intereses políticos y económicos peninsulares quedaron supeditados a la política de Carlos I y a sus intentos de conseguir el título imperial, lo que consiguió en 1519. Pero su gobierno en España no fue fácil: él era un monarca extranjero y esta situación no ayudó; el autoritarismo del monarca provocó el malestar de la población, que degeneró en revueltas en 1520 con la sublevación de las Comunidades castellanas. Estas revueltas tuvieron un origen urbano, pero pronto se propagaron al campo. Los
comuneros reclamaban una mayor participación de los concejos en el gobierno del Reino. Los comuneros fueron derrotados en la batalla de Villalar en 1521.
Por estas mismas fechas tuvo lugar en el Reino de Valencia la rebelión de las Germanías, que se extendió más tarde a Mallorca. Estas revueltas tenían un marcado carácter antiseñorial y de oposición a la oligarquía urbana. Los rebeldes fueron derrotados tras dos años de luchas, en 1522.
Siguiendo con este pequeño bosquejo pasamos a la Monarquía hispánica de Felipe II. El reinado de este Rey recibió propiamente el calificativo de “monarquía hispánica” debido a que al final de su reinado toda la Península estuvo bajo su mando, pues fue nombrado Rey de Portugal en las Cortes de Tomar en 1581, logrando la unidad ibérica con la que habían soñado los Reyes Católicos.
Felipe II se comprometió a respetar los fueros y las costumbres portuguesas así como a mantener los cargos existentes. Se creó un Consejo de Portugal, y se eliminaron las aduanas con Castilla. Esta unión con España fue apoyada por nobleza y comerciantes, pero no así por las clases populares portuguesas.
No obstante, aunque la monarquía ofrecía unidad, cada reino fue independiente y seguía convocando sus propias Cortes, mediante un sistema descentralizado. Felipe II, al contrario que su padre, se centró en los intereses hispánicos. Fue un monarca autoritario y buscó la defensa de la catolicidad fuera de sus territorios, lo que le llevó a enfrentarse a los franceses en San Quintín (1557) y a los turcos en Lepanto (1571). También tuvo problemas en los Países Bajos, donde se produjo una sublevación, que fue sofocada por el duque de Alba y sus famosos Tercios. Por último, también se enfrentó a Inglaterra, por la ayuda que prestaban éstos a los sublevados de los Países Bajos, con la llamada Armada Invencible, que naufragó antes de llegar a las costas británicas.
En cuanto a su política interior, el principal problema al que tuvo que enfrentarse fue la sublevación de los moriscos de Granada (1568-71).
Esta Monarquía española, bajo los Austrias mayores, estaba compuesta por grandes territorios y por una estructura política que mantuvo sus vínculos mediante unos principios de gobierno, la monarquía autoritaria, y un conjunto de instituciones nuevas en Europa, como era el Consejo de Estado, creado por Carlos I, y que estaba formado por representantes de los distintos reinos. Fue una monarquía autoritaria, con
un gran centralismo administrativo. También existían consejos territoriales en cada reino, así como el Consejo de la Inquisición y el de Hacienda. En las diferentes colonias existieron virreyes y regidores.
Las Cortes fueron perdiendo importancia, especialmente las de Castilla, que carecían de poder legislativo. En cuanto a la administración de justicia, los Austrias crearon nuevas audiencias, como la de Sevilla, y mantuvieron instituciones tradicionales como la Justicia Mayor y la Real Audiencia en Aragón.
A nivel local, el modelo estaba formado por municipios, que estaban cada vez más degradados debido a la compra de cargos. Tanto Carlos I como Felipe II se apoyaron en hombres de confianza, sin llegar al nivel de los validos posteriores, aunque en algunos casos, como fue el de Antonio Pérez, secretario de Felipe II, llegaron a traicionar al Rey. No obstante, este caso sirvió a Felipe II para aumentar su poder en el reino de Aragón.
El modelo político de los Austrias representaba unidad en la cumbre, pero pluralidad y descentralización en la base. Por otra parte, quedó ya fijada de forma definitiva la capital del reino en Madrid.
Económica y socialmente la población del siglo XVI se dedicaba fundamentalmente a la agricultura cerealista. La producción creció hasta 1590 pero, ante la imposibilidad de aumentar el rendimiento de la tierra, se aumentó la superficie cultivada, lo que provocó la oposición de la Mesta, que defendía los derechos de los ganaderos trashumantes al tránsito y al pasto del ganado. A pesar de esto la ganadería trashumante se mantuvo estable aunque cambió el destino de la lana producida, aumentando la que se destinaba al mercado italiano. La artesanía vivió un periodo de expansión debido a la gran demanda colonial, pero no se crearon grandes talleres sino que las manufacturas las realizaban pequeños artesanos urbanos organizados en gremios. El atraso de la artesanía española impidió hacer frente a la demanda americana y a la competencia europea. Las manufacturas destacadas fueron la lana, la seda y las herrerías vascas.
Respecto al comercio, éste fue el sector que experimentó mayor crecimiento, en especial las transacciones que se realizaban a las colonias americanas monopolizadas por la Casa de Contratación de Sevilla. Se exportaban productos manufacturados, vino y aceite; y se importaban metales preciosos, especias y materias
primas. La plata que llegaba de América provocó un aumento de la moneda y ésta, a su vez, un aumento de la inflación. Gracias al dinero procedente de América la corona española pudo financiarse.
En la segunda mitad del siglo XVI, la inflación y los impuestos iniciaron una decadencia del medio rural. A finales de siglo la carga fiscal sobre las clases populares llevó al declive del artesanado y de la población de las ciudades. Las continuas guerras supusieron un gran gasto, lo que llevó a un déficit crónico. Carlos I y Felipe II tuvieron que recurrir a nuevos impuestos, préstamos y deuda pública para financiarse, además de tener la necesidad de buscar el apoyo de banqueros europeos.
Estos cambios llevaron a España a un gran dinamismo demográfico, pasando de seis a ocho millones de habitantes. Los territorios de la Corona de Castilla eran los más densamente poblados. Las principales ciudades fueron Sevilla, Toledo y Burgos.
La sociedad continuó experimentando el crecimiento de los grupos privilegiados, y, aunque la alta nobleza fue desplazada de los cargos públicos, ésta mantuvo cargos militares y diplomáticos y su poder económico e influencia social. La exención fiscal de la nobleza propició que la burguesía quisiera alcanzar dicho estamento. La Corona puso en venta títulos y señoríos para obtener fondos, lo que originó el ansia de ennoblecimiento de la burguesía y el desprecio hacia el trabajo manual. El alto clero, también estamento privilegiado, contribuía al Estado con un tercio de los diezmos y con la venta de bulas. La carga tributaria recaía, por tanto, sobre burgueses y campesinado. La burguesía se desarrolló durante la primera mitad del siglo, siendo apoyada por los Reyes y llegando a ocupar importantes cargos en la administración del reino. Pero la llegada de metales precioso desde América, junto a la enorme subida de los precios en toda España, hizo imposible la competencia con las manufacturas europeas. Muchos burgueses no tuvieron otra salida que la de vender sus negocios e intentar conseguir un título de nobleza. La gran mayoría de la población eran campesinos o artesanos, siendo una pequeña parte los campesinos propietarios de tierras; el resto eran arrendatarios o jornaleros en las propiedades de la Iglesia o de la nobleza, y sufrieron unas duras condiciones de vida. La población urbana vivía en mejores condiciones, trabajando en pequeños talleres artesanos bajo la protección de los gremios.
Si reseñamos la cultura y la repercusión del humanismo, como ya he tratado con anterioridad, a finales del siglo XV penetraron en España las corrientes humanistas, de origen italiano. En la corte de los Reyes Católicos destacaron intelectuales italianos como Pedro Mártir de Anglería, políticos y juristas, como fue el caso de Guicciardini. La llegada de la imprenta a España fue un acontecimiento decisivo: las primeras obras impresas datan de los años setenta del siglo XV, localizándose en Segovia, Zaragoza y Valencia. Asimismo, en 1492, la lengua castellana recibía su reconocimiento con la obra que le dedicó el destacado humanista Elio Antonio de Nebrija, titulada Gramática de la lengua castellana. Por su parte, en 1508, bajo los auspicios del cardenal Cisneros, se creó la Universidad de Alcalá de Henares y se puso en marcha la edición de una obra excepcional, la Biblia Políglota. Las universidades del siglo XVI acogieron importantes novedades científicas, como la anatomía, al tiempo que progresaban la cartografía y las matemáticas. Pero la cultura española de aquel siglo estaba estrechamente conectada con la defensa del catolicismo. De ahí la importancia de la literatura religiosa, en especial de la poesía mística, en la cual destacaron San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. En este sentido, la defensa de la fe y de la pureza del catolicismo y la persecución de la herejía quedaron en manos de un tribunal eclesiástico, el Tribunal del Santo Oficio (la Inquisición), establecida por los Reyes Católicos para consolidar la unidad religiosa, que funcionó como un instrumento de control social fundamental en la monarquía hispánica.
España, asimismo, aportó en la primera mitad del siglo XVI una nueva orden religiosa, la Compañía de Jesús, fundada por el vasco Ignacio de Loyola. Posteriormente España fue el gran paladín del Concilio de Trento, en el que se fijaron las bases de la Contrarreforma católica.
En el plano artístico, el Renacimiento se introdujo en España con una marcada influencia de las tradiciones tardo-medievales que se plasman en el estilo llamado ‘plateresco’ (cuya mejor expresión es, quizás, la fachada de la Universidad de Salamanca). Hay que destacar entre otros muchos autores, a Gil de Hontañón (fachada de la Universidad de Alcalá), Pedro Machuca (Palacio de Carlos V de la Alhambra), Juan de Herrera (Monasterio de San Lorenzo de El Escorial) y El Greco (Entierro del
De un siglo conocido como “el de los Austrias mayores” pasamos al siglo XVII, al gobierno de los Austrias menores, al gobierno de los validos y de los diferentes conflictos internos. Los monarcas Felipe III, Felipe IV y Carlos II, conocidos como los Austrias menores, dejaron el poder en manos de sus favoritos, que recibieron el nombre de ‘validos’. Los tres reyes se caracterizaron por la debilidad de su carácter, razón por la cual no asumieron plenamente las obligaciones de la corona. Este ejercicio lo llevaron a cabo el duque de Lerma, valido de Felipe III, y el Conde-duque de Olivares, favorito de Felipe IV. Ellos fueron los dos principales personajes políticos del siglo y los que realmente gobernaron y tomaron las principales decisiones del momento, al margen incluso de las instituciones de la monarquía y de los Consejos, y que fueron el detonante de importantes conflictos que terminaron en importantes revueltas y sublevaciones interiores.
Los principales conflictos internos durante el siglo XVII fueron, en primer lugar, la revuelta de los moriscos durante el reinado de Felipe III, que terminó con su expulsión definitiva en 1609 del reino de Valencia; y, en 1610, de los reinos de Aragón y Castilla. Este hecho tuvo importantes consecuencias sociales y económicas, ya que la población morisca suponía una fuerza de trabajo especializada que fue imposible sustituir.
Durante el reinado de Felipe IV se produjeron las sublevaciones de Portugal y Cataluña, fundamentalmente provocadas por la política llevada a cabo por el Conde– duque de Olivares, que, con el objetivo de recuperar el prestigio y la hegemonía de la monarquía española, exigió a los reinos no castellanos de la Corona un aumento de la aportación económica para costear su política y la participación española en la Guerra de los Treinta Años. Mientras que la rebelión catalana fue sofocada (toma de Barcelona, 1652), Portugal obtuvo su independencia definitiva de España.
Analicemos con un poco más de detenimiento la sublevación catalana. En 1640 estallaron las sublevaciones de Cataluña, en primer lugar, y de Portugal, poco después. En Portugal se reconoció al duque de Braganza como Rey, y en Cataluña, al que sería Luis XIII de Francia. Portugal, por su parte, estaba cansado de que sus intereses estuvieran supeditados a los españoles, principalmente a los castellanos; Cataluña, por la suya, rechazaba el aumento del control político y las nuevas cargas económicas que el Conde–duque de Olivares pretendía sobre el territorio. La
sublevación portuguesa terminó con la independencia definitiva del Reino de la Corona española; la catalana, fue sofocada tras la rendición de Barcelona en 1652. La crisis económica no afectó por igual al litoral mediterráneo que a la Meseta. Las causas de esta crisis en Cataluña y Valencia fueron las guerras y la expulsión de los moriscos, respectivamente, mientras que en la Meseta la crisis fue más dura, provocando un descenso demográfico y económico. Galicia y las zonas del Cantábrico eludieron en gran medida esta crisis.
Las instituciones también sufrieron los efectos de la crisis: las Cortes de Castilla dejaron de convocarse mientras que cada vez era más habitual la corrupción y la venta de cargos públicos. Finalmente, en las últimas décadas del siglo XVII se inició la recuperación de la crisis económica.
Políticamente, durante el siglo XVII, la monarquía hispánica sufrió un claro proceso de decadencia que supuso el fin de la hegemonía de España en Europa, coincidiendo con los reinados de los Austrias menores. Esta decadencia estuvo marcada por la crisis económica castellana, los ataques turcos en el Mediterráneo y los enfrentamientos contra Holanda y Francia, en Europa, y contra Inglaterra, en los mares.
Durante el reinado de Felipe IV, el deseo de su valido, el Conde-duque de Olivares, de recuperar el prestigio y la hegemonía en Europa supuso la intervención en la Guerra de los Treinta Años contra Francia y sus aliados, que finalizó con la Paz de Westfalia (1648), con los aliados a Francia, y la Paz de los Pirineos (1659), con los propios franceses. Estos dos tratados marcaron la caída definitiva del Imperio español, que ya había comenzado su decadencia a finales del reinado de Felipe II, transformando a España en una potencia de segundo orden.
A Felipe IV le sustituyó su hijo Carlos II, que, al no tener descendencia, marcó la política exterior española de finales del siglo XVII. Su muerte, el 1 de noviembre de 1700, desencadenó la Guerra de Sucesión (1701-1713) al trono español, que se convirtió en un importante conflicto internacional por la hegemonía política en Europa68.
68 Es interesantemente sugestiva la descripción que de Carlos II y de su breve reinado nos da Luis Ribot en
El arte de gobernar. Estudios sobre la España de los Austrias. Madrid: Alianza Editorial, 2006. Véanse los capítulos 6 y 7 de la parte III “El fin de la casa de Austria”, p.199-276. Otro de los recursos interesantes se halla en el estudio de Antonio Domínguez Ortiz a la edición facsímil del Testamento de Carlos II, que describe la natural incompetencia del monarca, los pretendientes el trono y el testamento del heredero, todo
Económica y socialmente, el siglo XVII fue un siglo de crisis económica en Europa en general, en el Mediterráneo en particular, y, muy especialmente, en la Península Ibérica. En la Corona española la crisis fue más temprana y más profunda que en el resto de Europa. Ya en la primera mitad del siglo aparecieron serios problemas demográficos. Cruentas epidemias coincidieron con épocas de carestía y hambre, a lo que se sumó la expulsión de los moriscos en 1609, que supuso la pérdida del tres por ciento de la población, principalmente en Valencia y Aragón; y las frecuentes guerras exteriores y el incremento de los miembros del clero, que hizo descender la natalidad. La crisis golpeó con más fuerza a Castilla que a los reinos periféricos. En la segunda mitad del siglo, la crisis continuó y se agudizó. A la decadencia de la agricultura, agravada por la expulsión de los moriscos, se le unió la de la ganadería lanar, que encontró graves dificultades para la exportación, y la de la industria, incapaz de competir con las producciones extranjeras. El comercio también