LA STORIA D’ITALIA
3.1. Aproximación inicial
3.1.3. Operadores conceptuales de la Storia d’Italia
Es pertinente analizar en este punto cuáles son los conceptos ideológicos renacentistas que permiten entender con mayor profundidad la cosmovisión del Renacentismo tardío y cómo operan éstos en una obra historiográfica de referencia como la Storia d’Italia. Este análisis es extensivo a la producción literaria de
143 Montaigne escribió estas palabras a propósito de otro historiador, una generación anterior a Guicciardini
(Philipe de Commynes), en sus célebres Essais (1580), en los que hace una valoración, en general positiva, de Guicciardini, aunque le retrae a éste su excesivo pesimismo sobre la condición humana. Véase Michel de Montaigne, Ensayos, II, 10. Madrid: EDAF, 1971, p.411-412, citado en Fernando Sánchez Marcos (edit.), Invitación a la historia, Barcelona: Labor, 1993, p.153.
144 Vincent Luciani, Francesco Guicciardini and his European Reputation. Nueva York: 1936. Existe una
traducción italiana de esta obra, a la cual he podido acceder en Florencia (BNCF), que recensiona brevemente el estado de los estudios guicciardinianos hasta la fecha (1936-1948). La versión y el prefacio son de Paolo Guicciardini. Vincent Luciani, Francesco Guicciardini e la fortuna dell’opera sua. Florencia: Leo S. Olschki Editore, 1949.
Guicciardini (especialmente a los Ricordi) pero vamos a tener en cuenta que la redacción de esta obra se produce en la madurez intelectual del autor. Por ello vamos a tratar de situar y evaluar el funcionamiento de ocho conceptos clave en momentos determinantes de esa obra, para más adelante tratar de comparar su actividad en las ediciones compendiadas (Sansovino y Nato di Betissana) y en las traducciones (Felipe IV y Nato di Betissana), teniendo en cuenta, sobre todo, que estas dos últimas se realizan en la España del siglo XVII, no obviando los cambios en la concepción del mundo barroco, que es muy contrastado.
Vamos a tratar de evaluar, después, de qué manera los operadores conceptuales presentes en la obra historiográfica de Guicciardini son recibidos en sus versiones barrocas en el contexto de la Monarquía Hispánica y, en todo caso, en el de la Historiografía del siglo XVII.
Las referencias a la Storia d’Italia, salvo indicación expresa, pertenecen a la edición de 1971 a cargo de Silvana Seidel Menchi146.
Si bien como concepto no aparece explícito en la Storia d’Italia, uno de los más importantes a tener en cuenta en su obra histórica y política es de ‘tradición’, y de él parten los conceptos que atraviesan la Storia. Podemos entender esta noción desde una óptica de la propia experiencia personal de Guicciardini, para quien la reflexión historiográfica y política surge de la tradición familiar; la tradición de los estratos sociales que habían gobernado Florencia durante siglos.
Si para Savonarola la tradición consistía en la adecuación a los valores absolutos y suprahistóricos de un orden inmutable (el providenciado por Dios), para Guicciardini fe y política eran ámbitos escindidos; con lo cual la tradición no era una adecuación ad voluntatem Dei sino una concreción temporal de los consensos civiles y éticos en los que habían sido educados los ciudadanos florentinos. Una tradición de sabiduría de los hombres sabios y prudentes entrenados en la habilidad política sin avales trascendentales.
Derivados de esta noción del mundo, ‘orden’ y ‘crisis’ son otros dos conceptos fundamentales en la obra historiográfica de Guicciardini, pues parten de la problemática política e histórica con que se inicia la obra. Del primero se deriva el
segundo ya no por razones trascendentes ni por presupuestos éticos: el gobierno de los prudentes y de los sabios sucumbió ante la irrupción de lo imprevisible147; en este caso la llegada de las tropas francesas en el otoño de 1494. Ello indica que la crisis histórica es inmanente al orden, y ésa es la constatación de Guicciardini en la Storia: que hay contingencias racionalizables pero sin una posible generalización.
Es por ello que es difícil, en la práctica de la vida, deducir de los acontecimientos ocurridos modelos a los cuales acogerse en los casos singulares. Deben ser repudiadas, así, las reglas generales, pues la historia no es maestra; deben ser acogidas como buenas, eso sí, la discreción y la experiencia; cualidades que Guicciardini observa en algunos hombres notables, como el Rey Fernando de Aragón. La repetición de los acontecimientos de la historia puede educar, eso sí, en la preparación para el futuro.
Sobre la naturaleza humana, Francesco Guicciardini coincide con Maquiavelo en su concepción: el hombre es de una naturaleza inmutable, cuya fragilidad lo hace tendente a la maldad. Esa maldad se expresa en su imprudencia, en su insidia y en su afán por satisfacer su egoísmo. El hombre también es, para él, desleal, indiscreto e ingrato.
Esta consideración negativa de la naturaleza humana no es para nada exclusiva del Renacimiento, sino que es común en todo el pensamiento oocidental, desde Platón hasta la Ilustración, con más o menos matices.
Su concepción del hombre general no excluye la consideración del hombre virtuoso, el cual puede hacer honrosa cualquier situación en que se encuentre mediante el aprovechamiento de sus capacidades naturales y la adquisición de buenos hábitos de conducta.
De esta forma, el representante ideal del hombre virtuoso es el sabio, es decir, el que sabe regir los impulsos y las pasiones mediante su racionalidad.
Caracterizan a ese hombre sabio su discreción, entendiendo este concepto como la intuición que lo guía en la compleja realidad de la vida y que lo lleva a valorar con justicia la peculiaridad y excepcionalidad de los casos históricos singulares.
147 Sobre la relación entre orden e imposibilidad de previsión, véase Gennaro Maria Barbuto, La politica
dopo la tempesta. Ordine e crisi nel pensiero di Francesco Guicciardini. Nápoles: Liguori Editore, 2002, p.11-126.
‘Fortuna’ y ‘previsión’ son dos de los conceptos más complejos, y aparecen explícitos bien pronto en el texto de la Storia d’Italia:
“Cuán perniciosos son á sí mismos y siempre a los pueblos los consejos mal medidos de aquellos que mandan cuando solamente se les representan á los ojos ó errores vanos ó codicia presente, no acordándose de las muchas mudanzas de la fortuna, y convirtiendo en daño de otro el poder que se les ha concedido para el bien común”148.
La fortuna es, para Guicciardini, responsable de los límites de la acción humana, y representa la fuerza irracional y oscura que el hombre docto debe conocer para saber sortear. Su poder interviene constantemente en la Storia y deriva del hecho de tener responsabilidad política o militar, y su presencia inicial en el relato viene acompañando a la repentina muerte de Lorenzo el Magnífico.
La fuerza de la fortuna nunca es tan superior como para librar de responsabilidad al protagonista de las decisiones y de las acciones.
Dos operadores profundamente éticos son los de ‘prudencia’ y ‘virtud’: el primero consiste, según Guicciardini, en ejercer cautela a la hora de tomar en consideración todas las particularidades de las cosas, por mínimas que sean, ya que de esas cosas se derivan siempre grandes consecuencias. Es una característica del hombre sabio, cuya prudencia le obliga a abstenerse de dar discursos inútiles sobre el futuro.
La prudencia es la virtud política por excelencia, no sólo para los pensadores políticos del Renacimiento, sino también para todo el pensamiento social desde la época clásica. Para Aristóteles (en su Ética a Nicómaco149) el rasgo distintivo del
hombre prudente es “el ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente
sobre las cosas que pueden ser útiles y buenas para él; no bajo casos particulares,
148 I, 1. En esta ocasión, traducción de Felipe IV de España, tomo I, p.2. Madrid: Librería de la Viuda de
Hernando, 1889.
149 Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro VI, capítulos IV, “De la prudencia” y VI, “Relaciones de la
prudencia con la ciencia política”. Traducción de Patricio de Azcárate. Madrid: Espasa Calpe, 1997 (1978), p. 248-250 y p.254-256.
como la salud y el vigor del cuerpo, sino las que deben contribuir en general a su virtud y a su felicidad”; es decir, el prudente es el que sabe deliberar bien.
Subyace aquí, por tanto, la idea de un cálculo racional sobre las acciones a llevar a cabo: la prudencia es, así, “una facultad que, descubriendo lo verdadero, obre
con el auxilio de la razón en todas las cosas que son buenas o malas para el hombre”.
Y, también en palabras del estagirita, “la ciencia política y la prudencia son una sola
y misma disposición moral (.) La ciencia política es a la vez práctica y deliberativa”.
El auténtico coraje es posible sólo para quien está dotado de tal virtud, y la prudencia dará a ese sabio la capacidad de ser paciente y moderado ante lo que observa. El prudente será, por ello, capaz de esperar el momento propicio para tomar una determinación y actuar en consecuencia; a la vez que será discreto y reservado ante los demás. Son así sinónimos de ‘prudencia’ la templanza, la moderación y la sensatez.
En la Storia d’Italia a menudo el concepto ‘prudencia’ viene señalado bajo su antónimo ‘mucha ambición’, entendiendo ‘ambición’ como una característica no eliminable de la naturaleza humana a la vez que no condenable por el hecho de ser capaz de infundir estímulo para realizar acciones generosas o de utilidad pública.
Cuando Guicciardini contrasta la virtud de la prudencia con su defecto (es decir, la gran ambición) califica a esta última como forma perniciosa, es decir, como deseo irrefrenado de poder cuyo único fin es simplemente la grandeza: en este caso es reprobable.
He aquí algunos ejemplos expuestos en la Storia, especialmente al describir la apacible tranquilidad en que vivían Florencia e Italia hasta las primeras discordias entre príncipes italianos. Guicciardini recuerda cómo los males y los accidentes de Italia fueron en gran medida fruto de malos consejos, de la codicia y de la vanidad, sin tener en cuenta los cambios de la fortuna, que muchos gobernantes ocasionaron
“per poca prudenza o per troppa ambizione” (I, 1).
Lorenzo de Medici, por el contrario, a pesar de su juventud (murió en abril de 1492 a los cuarenta y tres años), fue responsable de una larga paz en Florencia “per
la riputazione e prudenza sua e per lo ingegno attissimo a tutte le cose onorate e eccellenti” (I, 2). También de prudente califica al Rey de Aragón Fernando a lo largo
militar de Alfonso: “perché grandissima era per tutto la fama della prudenza di
Ferdinando, né minore quella del valore di Alfonso nella scienza militare” (1,4); y
como fruto de su propia grandísima experiencia (I, 5)150.
En otros pasajes la prudencia es también condición para los consejos (II, 3), guía (II, 14), antónimo de temeridad (II, 14), de mala fortuna (III, 7), de pusilanimidad (IV, 2), de negligencia (IV, 4), de avaricia (IV, 8) e incluso de temeridad (VI, 15).
En otras ocasiones considera que el triunfo en una batalla fue “parte per
beneficio della fortuna, parte per l’imprudenza degli inimici” (XIV, 7) o que una
deliberación correcta fue hecha “con prudenza fu anche accompagnata dalla fortuna” (XIV, 7).
La virtud, en todo caso, consiste en la cualidad del gobernante que confiere a su naturaleza y al Estado el sentido más completo.