ovejas porque las
ovejas carecen de
orientación, no saben
guiarse por sí mismas
y son presa fácil de los
depredadores.»
Podríamos preguntarnos si la compasión es parte de nuestra pasión ¿Describe de alguna manera a la fuerza interior de las congregaciones para plantar iglesias? En otras palabras ¿Están todos sus esfuerzos canalizados en esta dirección? ¿Es el tema número uno de los congresos, retiros de pastores, campamentos, publicaciones, ense- ñanzas y predicaciones?
Pensemos por un instante en el apóstol Pablo. Él podría quedarse en Antioquía enseñando y predicando por mu- chos años, incluso podría iniciar nuevas iglesias en su re- gión, aun después de su primer viaje misionero con Berna- bé a la región conocida como Galacia. A su regreso podría establecerse allí y desarrollar todo lo que había recibido como una visión de Dios. Sin embargo, tenía lo mismo que el profeta Jeremías: “un fuego” metido en sus huesos, una enorme pasión que lo movilizaba a esforzarse más y más, tal como lo describió en su carta a los Romanos diciendo
“Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno” (Ro. 15:20). Como podemos ob-
servar en este texto, para Pablo “predicar el evangelio” sig- nificaba “edificar” donde Cristo no haya sido nombrado, y esto incluía indiscutiblemente el inicio de nuevas iglesias. Él no daba golpes al viento y jamás daba “una puntada sin hilo” sino que siempre trataba de enseñar, instruir y ca- pacitar a los nuevos creyentes a cómo vivir en comunidad en medio de una sociedad pagana. Era tal la pasión por el cuidado y perseverancia de los evangelizados que se le iba la vida de ansiedad por saber si seguían firmes o no en la fe, según 1 Tesalonicenses 3:8 donde escribió “porque
Ni a Pablo ni su equipo de trabajo les era indiferente la consolidación de una nueva iglesia. Se le iba la vida si la nueva congregación no permanecía. Se quería morir y se sentía morir si aquellos creyentes no continuaban firmes en el Señor. Y este sentimiento no surge sin el fuego de la pasión. Aquí percibimos el enorme apasionamiento por la perseverancia de los nuevos creyentes. Y esa perseveran- cia siempre es perseverancia con la comunidad de fieles, es perseverancia en la Iglesia, nunca fuera de ella.
Es la misma pasión que manifestó el profeta Isaías cuan- do escribió: “Por amor de Sión no callaré, y por amor de
Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha”
(Is. 62:1 a). Porque la pasión ignora al cansancio, la pasión se priva del descanso con tal de lograr su objetivo: “hasta
que su salvación se encienda como una antorcha” (Is. 62:1 b).
Es la misma pasión que se encendió en Moisés y Aarón cuando vieron morir a 14.700 israelitas por una plaga en- viada por Dios como un juicio por haber murmurado con- tra Él y Moisés. (Nm. 16:43-49). Cuando uno tiene pasión por salvar vidas se pone “entre los vivos y los muertos” para detener la mortandad.
La pasión por salvar hizo “correr”. Él se puso entre los muertos y los vivos, y “cesó la mortandad”. El incienso representa nuestra oración, como dice el salmista “suba como el incienso mi oración” (Sal. 14:1). Porque sin fuego el incienso no se enciende y si no se enciende no puede producir el humo que sube a la presencia de Dios.
Es la misma pasión que tenía Ignacio de Antioquía cuan- do iba en camino al martirio escribió una carta a la iglesia de Roma diciendo:
¡Que fuego o cruz, manadas de bestias, amputacio- nes, desmembraciones, descoyuntamiento de los hue- sos, miembros cortados, tormentos de todo el cuerpo, crueles azotes del diablo venga sobre mí, con tal de llegar a Jesucristo!3
La enorme pasión de Ignacio por el bien de las iglesias que iba visitando mientras era conducido al martirio en- cendió a miles de cristianos a enfrentar la persecución y la muerte como un ideal de vida cristiana.
Es la misma pasión que tenía San Jerónimo por la Biblia, que lo llevó no solamente a estudiar intensamente los idio- mas bíblicos para crear la traducción que fue conocida como La Vulgata, sino que estuvo animando a sus discípu- los a aprender de memoria los Salmos para orar apasiona- damente. Y en una de sus cartas escribió:
No hay más que un río que mana debajo del trono de Dios, y es la gracia del Espíritu Santo; y esta gracia del Espíritu Santo está encerada en el cauce de las Sagra- das Escrituras. Y corre este río entre dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en cada orilla se encuentra plantado un árbol, que es Cristo” Y a una mujer llamada Eustaquia le escribió “Sed muy asidua en la lectura, que el sueño os encuentre con el libro en
3 Las cartas de Ignacio de Antioquía, Documentos de la iglesia primitiva, Edi- ciones Desclée, de Brouwer, Buenos Aires, pp. 58
la mano y que sobre la página sagrada caiga vuestra cabeza agobiada por el cansancio”.4
Es la misma pasión que encendió a Martín Lutero, cuan- do el 18 de abril de 1521, de pie en la Dieta de Worms en- frentó a los poderosos de la tierra que podían quemarlo vivo en la hoguera para decirles:
Si no me convence mediante el testimonio de la Sa- grada Escritura o de la razón evidente, mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, pues obrar contra mi conciencia no es justo ni seguro. Dios me ampare. Amén5
Y tres años antes de la Dieta de Worms, cuando Lutero se dirigía a Augsburgo se le advirtió que no se le permitiría regresar nunca y que escapase mientras pudiese. El res- pondió: Cristo gobierna en Augsburgo, incluso en medio de sus enemigos” En Heidelberg le habían avisado seria- mente de que los italianos sólo querían quemarle, a lo que Lutero contestó con un torvo humor, tan invencible como su fe: “Si mi causa está perdida, la vergüenza es para Dios”6. Y resulta casi imposible ignorar el fuego ardiente
de Lutero con su lenguaje rudo, tosco y brillante en todos sus escritos y predicaciones para reformar la iglesia. Es la misma pasión que expresó David Brainerd en su diario cuando escribió:
4 Cartas Selectas de San Jerónimo, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, págs. 30, 31 5 Will Durant, La Reforma, Editorial Sudamericana, Tomo I, pág. 540
6 James Atkinson, Lutero y el nacimiento del protestantismo, Editorial Alianza, Madrid, España, pág. 187-188.
Me sentí capacitado para luchar con Dios en oración, en una forma sentida, ferviente, humilde, intensa e in- sistente, más de lo que he podido en los últimos me- ses. Nada me parecía demasiado difícil para que Dios no pudiera hacerlo; nada demasiado grande para mí que yo no pudiera hacerlo por él... Mi alma fue ardien- te en la oración, fue capacitada para luchar ardiente- mente por mí mismo, por los amigos cristianos, por la iglesia de Dios. Y sentí más deseos de ver el poder de Dios en la conversión de almas de lo que había sentido desde hacía ya mucho tiempo.7
Con sus oraciones apasionadas, David Brainerd encen- dió el fuego de un avivamiento en las comunidades indí- genas de su tiempo produciendo conversiones dramáti- cas entre ellos como nunca antes se había visto.
Es la misma pasión que tuvo John Wesley, del cual Basil Miller, su biógrafo, escribió:
Durante los años [más de cuarenta], que pasó a lo- mos de caballo, recorrió una distancia de cuatrocientos mil kilómetros, predicó cuarenta y dos mil sermones... John cabalgó un promedio de treinta y dos kilómetros diarios… aprendió a leer a caballo, y a menudo, mien- tras trotaba por los caminos rurales de Inglaterra, su pluma estaba ocupada escribiendo cartas o incluso to- mando apuntes para sus sermones.8
El impacto trasformador por el poder del Espíritu Santo que causó en los pueblos y ciudades de su país fue tan
7 Walter Serse, El testimonio personal de David Brainerd, Editorial Clie, Barcelona, p. 35 8 Basil Miller, John Wesley, Editorial Betania, pag. 125-126.
grande que algunos de sus biógrafos sostienen que evitó un derramamiento de sangre como el que ocurrió durante la Revolución Francesa.
La misma pasión condujo a William Carey a la India en 1793 para alcanzar a los paganos para Cristo, y no sola- mente creó escuelas, universidades, orfanatos, tradujo la Biblia en varios idiomas, sino que se lo considera el “padre de las misiones modernas”.
La misma pasión movió a Hudson Taylor para trabajar por más de 50 años en la China donde fundó más de 125 escuelas, moviendo a través de la oración a más de 800 misioneros para extender el evangelio en ese país.
Y como dice el autor de la epístola a los Hebreos “¿Y
qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac… etc... que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas…” y el tiempo nos
faltaría contando de Policarpo, Tertuliano, Agustín de Hi- pona, Francisco Javier, Savonarola, Juan Huss, William Booth, Charles Finney, Dwight Moody, Jorge Müller, David Livingstone y sobre miles de hombres y mujeres apasio- nados por Jesucristo que consumieron sus vidas hasta su último aliento en el servicio del Señor.