- Nelson Mandela Por más de cuarenta años he estado plantando iglesias en diferentes lugares, muchas de las cuales son ahora congregaciones florecientes, otras tienen un crecimien- to mucho más lento y algunas desaparecieron. En conse- cuencia, durante todos estos años he aprendido algunos principios para iniciar obras nuevas y consolidar a los nue- vos creyentes sin caer en los mismos errores.
Como en todas las cosas, uno aprende por distintas vías: sea por la lectura y el estudio de diferentes libros y publicaciones que tratan del tema; también se aprende por biografías, testimonios y experiencias que alimentan nuestra imaginación y nos dan una visión aproximada o tenue de lo que significa establecer una iglesia en un lu- gar. Uno aprende por su propia observación de los mode- los que tiene a su alcance o, por medio de una profunda investigación de campo haciendo entrevistas, hablando con pastores, misioneros o líderes de experiencia que han plantado iglesias. Por último, también se aprende de los propios desaciertos si se tiene la capacidad de reflexionar, cambiar o modificar el curso de acción.
En este proceso aprendí que la plantación de iglesias no es el resultado de un solo factor determinante o que aque- llo que dio resultado en un lugar, necesariamente tendrá éxito en cualquier parte. Porque en la parábola del sem-
brador que nos enseñó Jesucristo, vemos que el resultado no dependió del sembrador ni de la semilla sino del tipo de terreno, es decir, de las condiciones propias de la re- ceptibilidad del lugar.
Aprendí, además, que la plantación de iglesias no de- pende del dinero que se dispone para este fin. Sin duda, una buena inyección de dinero puede dar un notable im- pulso a cualquier proyecto, porque se puede contar con propiedades y con recursos para la edificación de tem- plos o lugares de reunión, equipos de multimedia, Biblias, revistas y una enorme cantidad de impresiones gráficas, medios de transporte, etc. Sin embargo, muchísimos han contado con todo esto y terminaron sus ministerios frus- trados y desilusionados.
Incluso, en ocasiones puede ocurrir que la abundancia de medios económicos en lugar de favorecer la expansión de la obra, puede paralizarla. Por ejemplo: Hace un tiem- po atrás oí acerca de un misionero que fue al África para trabajar con las tribus establecidas en el margen de un río. Su sueño fue tener un bote equipado con dos motores fuera de borda, con un proyector de películas, pantalla, parlantes, micrófono y provisto de esos elementos y lle- gar a cada poblado ribereño, proyectar la película Jesús, hacer un llamado a la conversión y, si la respuesta es po- sitiva, dejar iglesias establecidas. En consecuencia, con las ofrendas generosas de muchas iglesias de su país su sueño se hizo realidad. Su bote fue equipado con todos estos valiosos elementos y el impacto que eso tuvo fue tremendo. Los nativos, que nunca habían visto una pelícu- la, se agolpaban para ver esa maravilla. Muchos recibieron a Cristo y el sueño del misionero se hizo realidad. En cada
aldea quedó una comunidad cristiana. El los bautizó y dis- cipuló en cada visita. Pero después de un tiempo notó que ningún miembro de las iglesias que había plantado hacía el mínimo esfuerzo para salir a evangelizar a otras tribus y poblaciones cercanas. Todos sus cursos sobre evange- lización y discipulado quedaban en la nada. Percibía que todos estaban como ciegos y sordos cuando eran motiva- dos a evangelizar y plantar iglesias. Al final, bastante frus- trado preguntó a uno de los líderes de una comunidad el motivo por el cual nadie hacía nada. A lo cual le respondió: Hermano, nosotros no podemos evangelizar porque no tenemos un bote con dos motores que usted tiene, no tenemos un proyector con energía solar de pelícu- las como usted tiene, no tenemos parlantes ni micró- fonos, como usted tiene… la evangelización no es para nosotros, es para los que tienen dinero y estos recursos. El dinero y el mejor equipamiento soñado por este mi- sionero, resultó la mayor traba para la expansión del evan- gelio en esa región. Supe que luego, ese hombre de Dios cambió su estrategia, descendió al nivel de los poblado- res, y como Pablo “se hizo débil para ganar a los débiles” (1 Co. 9:22), se deshizo de todo su equipamiento e inició una iglesia en el contexto y con los recursos que disponía la gente, y la historia de la evangelización y la plantación de iglesias cambió.
Aprendí, además, que uno de los secretos de la expan- sión se encuentra en la guerra espiritual. Descubrí que si logramos expulsar los demonios que se nos oponen, ha- bremos obtenido la victoria y las multitudes serían alcan- zadas. Porque es indudable que no tenemos lucha contra
“carne y sangre, sino contra principados, potestades, gobernadores de las tinie- blas” (Ef. 6:12). No obstan-
te, también descubrí que podemos ganar esta batalla y al mismo tiempo perder otra: la batalla con nosotros mismos, con nuestras du- das, temores, deficiencias,
tentaciones, prejuicios e ignorancia. En esta batalla debe- mos luchar con los conflictos que a veces se levantan en nuestra propia familia, nuestro matrimonio, nuestros hijos y nuestras amistades o debemos luchar con el liderazgo de la iglesia a la cual pertenecemos, con su apatía, desin- terés o incluso su oposición a cualquier programa de ex- pansión.
¿De qué vale una victoria sobre las fuerzas demoníacas si luego malogramos las oportunidades y cerramos las puertas del crecimiento por nuestras decisiones erradas y falta de sabiduría? ¿De qué sirve hacer discípulos para enseñarles si nosotros mismos somos inconstantes, des- ordenados, infantiles o iracundos? Mucho fruto se ha per- dido en el campo por la impericia y por las decisiones ace- leradas de obreros entusiastas que han carecido de tino y de sentido común, o por un manejo autoritario e irracional de los conflictos en la congregación.
La plantación de nuevas iglesias, fuertes, autosuficien- tes, autogobernadas y con visión misionera depende de muchos factores que se combinan, entrecruzan, interre- lacionan y se potencian. En consecuencia, no depende