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oraciones fervientes.»

In document RED DE MULTIPLICACIÓN 2021 (página 69-74)

que suben “como el incien- so”, y es por eso que la oración de Elías subió hacia Dios

“porque Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, pero hizo la diferencia porque “oró fervien- temente”. Me resulta difícil imaginar la plantación de una

iglesia sin que esté impulsada y sostenida con oraciones fervientes.

FERVOR EN LA PREDICACIÓN

Lucas, refiriéndose a Apolos dijo que era “varón elocuen-

te y poderoso en las Escrituras” y escribió en Hechos 18:25: “Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemen- te lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el

«Me resulta difícil

imaginar la plantación

de una iglesia sin

que esté impulsada

y sostenida con

bautismo de Juan”. Notemos que Apolos, porque tenía un

“espíritu fervoroso” “hablaba y enseñaba diligentemente lo

concerniente al Señor”. En otras palabras: la diligencia y el

arduo trabajo de Apolos fueron impulsados por la pasión. Como Jeremías tenía el fuego metido en sus huesos. O como dice en los Salmos “El que hace a los vientos sus

mensajeros, y a las flamas de fuego sus ministros” (Sal.

104:4)

Se dice de Carlos Spurgeon, que evangelizó a más de 10 millones de personas, dedicó una parte de su tiempo para capacitar y enseñar a futuros predicadores. Al final de su ministerio, cuando estaba enfermo y dolorido, predicó un mensaje a sus estudiantes que tituló “Luz, fuego, fe, vida, amor” y en uno de sus párrafos dijo:

Cuando Dios nos visita con poder para salvar las al- mas, es como si una llama devoradora bajara del cielo y viniera a morar en nuestro seno; y en este caso, es muy posible que las fuerzas todas se derritan, sin em- bargo, que sea así: invitamos humildemente a la llama sagrada… la elección de cada uno entre nosotros es preciso que sea, ser siervos del Señor ardientemente, apasionadamente, vehementemente, cueste lo que cueste el fervor divino en cuanto a cerebro, corazón y vida… Como los objetos consagrados, es preciso que seamos consumidos por el fuego o rechazados.1

Spurgeon no solamente animaba a sus predicadores a ser “consumidos por el fuego” en su servicio a Dios, sino que él mismo, hasta el fin de su vida, fue un apasionado

1  C.H. Spurgeon, Un Ministerio Ideal, London, The Banner of the Truth Trust, pag. 216-217

predicador, sin “pelos en la lengua” para decir lo que que- ría decir, y debido a su pasión, sus escritos hasta el día de hoy siguen encendiendo los corazones.

Michael J. Anthony y James Estep, en su libro Adminis-

tración básica para iglesias y ministerios, en un párrafo

mencionan a dos investigadores que intentaron descubrir las características comunes de los que han logrado el éxi- to en sus organizaciones:

Condujeron un amplio estudio sobre aquellos que fueron considerados líderes eficaces en sus organiza- ciones. Tratando de determinar cuáles podrían ser las características comunes evidentes entre los altos triun- fadores, los investigadores descubrieron que a la ca- beza de la lista se encontraba un apasionado líder que tenía un claro entendimiento de hacia donde debía ir la organización. Conocían su visión y se habían compro- metido a llevar a la organización hacia esa dirección.2

Podemos subrayar la frase “un apasionado líder que te- nía un claro entendimiento de hacia dónde debía ir la or- ganización”, para indicar a la persona considerada como un líder eficaz. Porque un líder apasionado no solamente trabaja con pasión sino también habla con pasión. Y el que habla con pasión, habla con denuedo tal como habló el apóstol Pedro en Jerusalén despertando la admiración de sus oponentes: “Entonces viendo el denuedo de Pedro y

de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vul- go, se maravillaban, y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hch. 4:13).

2  Michael J. Anthony, James Estep, Administración básica para Iglesias y minis-

Aunque la palabra “denuedo” hoy se aplica para referirse al “brío, al esfuerzo, al valor y a la intrepidez” para encarar un nuevo proyecto, en griego se emplea esta palabra para indicar al que habla con “franqueza y lo que dice, lo dice con seguridad, convicción y firmeza”. Por eso, para noso- tros, el denuedo puede identificarse en una sola palabra:

pasión. Porque es una fuerza interna que moviliza a una

persona para lograr un objetivo. Por ejemplo, una persona apasionada puede amar su trabajo de tal manera que otros no pueden comprenderlo, o que ama tanto la música que pierde el sentido del tiempo y puede estar horas y días sin comer o dormir por su enorme pasión. Como ocurrió con Georg Friedrich Handel cuando compuso su oratorio “El Mesías” en 1741. En sólo 23 días, a veces sin dormir ni comer, con la salud debilitada por un ataque de parálisis y afligido por deudas y las críticas, cuando terminó el coro de su Aleluya dijo a su asistente “Creo que he visto el cielo delante de mí, y también a Dios”.

No podemos imaginar la expansión del evangelio y de la Iglesia sin apasionamiento por Jesucristo, apasionamiento por la misión de cumplir el Gran Mandamiento de “hacer

discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19). No podemos

imaginar la expansión del evangelio salvando distancias y abriendo fronteras sin una batalla apasionada de oración

“derribando fortalezas y llevando cautivo todo pensamien- to a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:5). No podemos ima-

ginar la expansión sin la disposición apasionada para su- frir por amor a Cristo. Porque cuando Pedro y Juan fueron azotados públicamente por predicar el evangelio, en lugar de deprimirse o lamentar por lo que les habían hecho, en Hechos 5:41 leemos “Y ellos salieron de la presencia del

concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de pa- decer afrenta por causa del Nombre”.

La pasión por la salvación de aquellos que nunca escu- charon el evangelio ha llevado a muchos a internarse en la selva para predicar a tribus desconocidas y olvidadas, pasar años aprendiendo su cultura y su lengua para tradu- cir la Biblia en su idioma. Esa pasión ha llevado a otros a trabajar en barrios marginados, con niños de la calle, con prostitutas, con chicos destruidos por las drogas, para darles una esperanza y un mejor futuro. Esa pasión por la salvación de los perdidos ha llevado a otros a nuevas fronteras en los desiertos, en los países bajo el Islam y el terrorismo, y a otros a los campus universitarios alcanzan- do a miles de jóvenes con el mensaje redentor de Jesucris- to. Así como hay otros que han visto la digitalidad como respuesta a la necesidad de acercamiento, en tiempos de distanciamiento humano debido a la pandemia.

Tal vez Dios está encendiendo en tu corazón una nueva pasión para evangelizar tu país, para alcanzar a cientos de poblados pequeños donde no hay ningún testimonio de Cristo, o llegar a los asentamientos que no están lejos o tocar los corazones de los que viven en barrios privados y otros tantos encerrados en los departamentos de las torres de las grandes ciudades. Todos necesitan de Jesu- cristo, y tal vez Dios hoy te está llamando para la misión, una misión que incluye una predicación y una enseñanza apasionada. Sin pasión no hay expansión.

Uno de los libros que marcó profundamente mi vida en mis primeros años de servicio a Dios fue Pasión por las

almas, escrito por un canadiense llamado Oswald Smi-

th. Mientras lo leía, más y más crecía en mí una profunda compasión por aquellos que están perdidos, sin fe, sin es- peranza, sin luz, sin paz para toda la eternidad.

Jesús miró a la multitud y los vio como ovejas sin pas- tor. “Y al ver las multitudes,

tuvo compasión de ellas, porque estaban desam- paradas y dispersas como ovejas que no tienen pas- tor” (Mt. 9:36). Y uno podía

ver bien la diferencia entre una oveja con pastor y una oveja sin pastor. Las ovejas

sin pastor estaban famélicas, enfermas y sin tener quien las cure, lastimadas, porque nadie las defiende; con gusa- nos en sus narices y ojos, porque nadie está para ungirlas con aceite. Las ovejas sin pastor no saben dónde ir, por lo cual se sienten perdidas. Jesús comparó a la gente con las ovejas porque las ovejas carecen de orientación, no saben guiarse por sí mismas y son presa fácil de los depredado- res. En otras palabras, Jesús se compadeció de ellas por todo lo que estaban sufriendo en su soledad y desamparo. Si queremos crecer y multiplicar nuestras iglesias debe- mos mirar a la gente del mismo modo que las miró Jesús. No las miró para criticarlas, ni para juzgarlas, ni las miró con indiferencia como una masa o un número, o como hombres y mujeres sin rostro que no le afectaban. Tam- poco las miró para condenarlas, sino que las miró para compadecerse de ellas. Porque vio que sus colaboradores eran pocos y la gente necesitada era mucha. Por eso les dijo a sus discípulos “rogad al Señor de la mies, que envíe

obreros a su mies” (Mt. 9:38). Dicho de otra forma: Pidan

a Dios que multiplique a la gente que enseña, predica y sana, del mismo modo que lo hago yo, con compasión.

«Jesús comparó

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