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II.1 L A SOLIDARIDAD EN C HILE : HISTORIA DE UNA MUTACIÓN

II.1.2 L A SOLIDARIDAD HOY

II.1.2.2 L AS PRÁCTICAS SOLIDARIAS

En cuanto a las prácticas solidarias, en los últimos años se han realizado dos encuestas sobre la solidaridad practicada en Chile, una realizada desde la Universidad Alberto Hurtado (Román, Ibarra, et al., 2014; Román & Ibarra, 2008) y la otra desde la Pontificia Universidad Católica de Chile (González, Cortés, Lay, Valencia, & Castillo, 2010; González, Cortés, Manzi, Lay, & Herrada, 2012; González & Cortés, 2009). A estas se agregan los estudios de la Fundación Trascender (en alianza con la consultora Collect) sobre voluntariado y otros asuntos vinculados (Trascender - Collect, 2011). Como anticipaba, estos datos muestran que existe una distancia entre las solidaridades valoradas y aquellas que se practican con más frecuencia.

Estos estudios en sus distintas versiones (pues cada uno ha sido repetido y revisado al menos una vez), permiten identificar dos tipos de prácticas como las más frecuentes en los chilenos: la primera asociada a la donación de dinero y la segunda vinculada a una solidaridad de

convivencia (Román, Ibarra, et al., 2014; Román & Ibarra, 2008, 2012).

Donar dinero es una acción frecuentemente realizada por los chilenos, según la encuesta de la Fundación Trascender y Collect (2011) el 93% de los encuestados responde que sí a la

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este porcentaje se ha mantenido estable en los últimos años: 90% el 2007, 91% el 2008 y 95% el 2009 (Trascender - Collect, 2011).

De acuerdo a la Encuesta de Solidaridad de Román e Ibarra en la Universidad Alberto Hurtado, el año 2007 donar el vuelto de una compra de supermercado o farmacia era la

práctica más realizada, el 82,1% de los encuestados declaró realizarla una vez por semana o una vez al mes (Román, Ibarra, et al., 2014; Román & Ibarra, 2008). Para el 2012, este porcentaje descendió levemente a 71%, pasando a ser la segunda práctica más frecuente (la primera es dar el asiento en el transporte público a una persona que lo necesita) (Román & Ibarra, 2012). En esta encuesta la donación de parte del vuelto es la práctica más frecuente el 2009 y el 2010, un alto porcentaje de encuestados declara realizarla siempre o casi siempre: 75,1% (González & Cortés, 2009) y 66,5% (González et al., 2010), respectivamente. En ambos estudios, le sigue dar dinero a la Teletón 69,1% el 2009 (González & Cortés, 2009) y 65,2% el 2010 (González et al., 2010). Esta preferencia se invierte para el año 2012, el 62,8% da dinero a la Teletón siempre o casi siempre, y el 62,3% dona parte de su vuelto con esa frecuencia (González et al., 2012). Si tomamos los datos desde el 2007 a la fecha podemos ver que la donación del vuelto ha descendido según ambos estudios: de acuerdo a Román e Ibarra descendió del 82% el 2007 al 71% el 2012 (Román, Ibarra, et al., 2014; Román & Ibarra, 2008, 2012), según el MIDE-UC del 75% el 2009 al 62% el 2012 (González et al., 2012; González & Cortés, 2009). La donación del vuelto es una práctica frecuentemente realizada que ha tenido una leve disminución en los últimos años.

En el estudio del MIDE-UC la donación de dinero se mantiene como la práctica más frecuente en tanto esté vinculada a catástrofes (45,1%) o alguna institución: además de donar el vuelto y a la Teletón, el 42,6% de los encuestados dona siempre o casi siempre en colectas nacionales, y el 34,7% dona a instituciones. Solo el 27,7% da dinero a las personas en la calle (González et al., 2012).

Estos resultados son inconsistentes respecto de las valoraciones de la solidaridad y las atribuciones de responsabilidad, las personas declaran realizar de manera más frecuente una solidaridad asociada a una compra, en relación a instituciones del tercer sector y el privado con

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fines de lucro. En este contexto, se hace interesante preguntarse ¿de qué manera se reproduce una solidaridad que criticada por una parte, pero ampliamente practicada por otra?

Tanto en las encuestas de Román e Ibarra (2008; 2012) como en las del MIDE UC (González et al., 2010, 2012; González & Cortés, 2009) se consideró un segundo grupo de prácticas, vinculadas a las solidaridad de convivencia. El índice de la solidaridad construido por el MIDE-UC (Pontificia Universidad Católica de Chile), consideró en su primera versión el año 2009 únicamente la donación de dinero como una acción solidaria (González & Cortés, 2009), en las versiones 2010 y 2012 se agregó donación de objetos materiales y de tiempo personal (González, Cortés, Lay, Valencia, & Castillo, 2010; González, Cortés, Manzi, Lay, & Herrada, 2012). La inclusión de la donación de tiempo personal como práctica solidaria refuerza lo que Román e Ibarra (2008; 2012) muestran en sus resultados, esto es, la consideración de lo que en otro momento pudo considerarse como una práctica de cortesía (como ceder el asiento en el transporte público) como una práctica solidaria. Desde una tesis de la neoliberalización de la vida en sociedad, puede postularse que la consignación de estas prácticas cotidianas como solidarias reflejan un movimiento donde los cambios en las prácticas se sostienen a nivel de las

significaciones; es decir, ante el debilitamiento de ciertas prácticas solidarias, otras pasan a ser significadas como tales. Como consecuencia, desaparece la práctica en cuestión, pero la solidaridad sigue circulando a nivel de los sentidos.

De este grupo de prácticas, en la encuesta de Román e Ibarra (2008; 2012) la acción más realizada corresponde a dar el asiento en el transporte público a una persona que lo necesite (76%) y le siguen entregar algún consejo a una persona que requiera apoyo emocional o psicológico (58%) y dar información u orientación a personas en la calle u otros espacios públicos (54%).

La encuesta realiza por el MIDE UC presenta datos un poco más bajos, el 2010 el 32,2% declara dar apoyo emocional frecuentemente, siempre o casi siempre, para el 2012 aumenta levemente a 34,3%. Le sigue participar en actividades benéficas con la misma frecuencia, 25,2% el 2010 y 34,2% el 2012. En cualquier caso, todas las solidaridades reunidas en la dimensión donación de tiempo personal son aproximadamente un tercio de las categorizadas en la dimensión donar dinero; así, para cada dimensión que va de 1 a 10, la dimensión de donar

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tiempo personal es 2 y 2,26, el 2010 y el 2012 respectivamente, en contraste a la dimensión de donar dinero 6 y 5,61.

Estas diferencias entre las encuestas del MIDE UC, con las realizadas por Román e Ibarra, probablemente se debe a diferencias metodológicas, pues la dimensión de donación de tiempo personal de la encuesta del MIDE UC incluye acciones que en el trabajo de Román e Ibarra fue considerado como voluntariado, como “Visitar personas en hogares”, “Preparar/servir comidas a personas”, “Trabajar gratuitamente” o “Dar clases gratuitamente”. Las prácticas de voluntariado se declaran con una baja frecuencia en la encuesta de Román e Ibarra (2012), sólo un 12% realiza una práctica de este tipo con alguna regularidad. Esto es similar a lo obtenido en la encuesta de la Fundación Trascender, a la pregunta ¿ha realizado alguna actividad de voluntariado? Respondieron que sí el 7% el 2006, el 9% el 2009, el 8% el 2008 y el 10% el 2011 (Trascender - Collect, 2011).

En este sentido, las prácticas que demandan tiempo por parte de quien las realiza, como el voluntariado o las consignadas como donación de tiempo personal, gozan de escaza participación, mientras que se practica con mayor frecuencia aquellas formas solidarias que involucran la donación de dinero.

En términos más generales, los datos revisados permiten concluir que la solidaridad se

encuentra lejos de desaparecer, los individuos realizan acciones solidarias de manera frecuente. No obstante, ha permanecido gracias a dos transformaciones fundamentales, la primera es acoplándose a prácticas de consumo (como la donación del vuelto) y la segunda, es

semantizando de manera solidaria prácticas que antiguamente eran tematizadas como acciones de cortesía, como dar el asiento en el transporte público.

Esta primera transformación es fundamental a esta tesis. Esta mutación es lo que en otras partes hemos nominado como solidaridad de mercado (Energici, Román, Ramos, & Ibarra, 2012) que para efectos de este trabajo será rebautizado como solidaridad neoliberal para destacar su carácter híbrido y paradójico: la sobrevivencia de un valor supuestamente destinado a desaparecer en el neoliberalismo.

En términos muy generales, se pueden pensar dos formas de comprender la sobrevivencia de la solidaridad en el neoliberalismo: como una práctica de resistencia o, en caso contrario, como

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una acción que se hace funcional al modo de operar neoliberal. La primera interpretación ha sido la más tradicional, la solidaridad se piensa en oposición al neoliberalismo; las prácticas solidarias colectivizan, crean demandas sociales y reivindican el espacio público, por tanto, amenazan un arreglo social que opera sobre el individualismo, la competencia y una tendencia hacia la privatización de los asuntos sociales. No obstante, como los datos anteriormente expuestos muestran, la solidaridad no se constituye en la práctica de resistencia anticipada, las acciones más frecuentes se realizan de manera individual, a través del consumo (o en

actividades cercanas a este), es mayoritariamente una acción monetarizada y que demanda poco tiempo por parte de quien la realiza. Por tanto, es difícil sostener la interpretación de la

resistencia. Más bien, dado su acercamiento a las actividades de compra, mi trabajo se sostiene en el supuesto de que la solidaridad cumple una función específica en la gubernamentalidad neoliberal chilena, esto es, cumple un rol para conducir las conductas de los sujetos (Foucault, 2007) en una modalidad neoliberal.

En este sentido, propongo estudiar la solidaridad no como la sobrevivencia de una esencia cultural chilena que potencialmente puede articularse como una resistencia al orden neoliberal, sino como uno de los dispositivos en que se gestiona una población y un sujeto que son necesarios para la reproducción de una gubernamentalidad de este tipo. Para desarrollar esta hipótesis, a continuación reviso las particularidades de la gubernamentalidad neoliberal chilena, enfatizando particularmente en las operaciones esenciales tanto para la instalación, como para la posterior reproducción del modelo neoliberal.