C APÍTULO 4 R ECONSTRUYENDO LAS REDES , AMPLIANDO LOS ESPACIOS En las historias de vida reconstruidas en este trabajo, la puesta en práctica del
4.1. A DAPTACIÓN AL NUEVO MEDIO
4.1.1. E L ATERRIZAJE : CHOQUE CON LA REALIDAD
De los entrevistados son mayoría quienes entraron como turistas: Adán, Amanda, Bernardo, Berta, Camilo, Cándida, Cecilia, Conrado, Esther, Francisca, Gerardo, Jesús, Leandro, Néstor, Nemesio, Olga, Osvaldo, Ramón, Raquel, Sandra, Teresa. De éstos, Adán, Conrado y Esther consiguieron dentro de un plazo razonable, tarjeta de residente, vinculada a un contrato de trabajo. Los demás, una vez vencidos los tres meses de estancia permitida, permanecieron como ilegales, a la espera de que poder solucionar el problema del estatuto por alguna de las vías que analizaremos en un apartado específico. Otro grupo de pasajeros entraron con pasaportes comunitarios: Antonio, Elisa, Enrique, Fabiana, Gisela, Juan, Lucas, Marcelo, Marcos y Norberto como españoles y Ambrosio, Arturo, Celia, Laura y Natalio como italianos. Irma e Inés tenían un visado de reagrupación familiar. Luna entró con visa de estudiante.
La pregunta por la financiación del viaje nos revela algunos detalles sobre las condiciones de partida, pero también sobre cómo los migrantes piensan su proyecto migratorio. Lo primero que llama la atención, es que en general no se endeudaron para emprender el traslado279. Algunos, como Marcelo se vinieron “con una mano atrás y otra
279 Hay excepciones, como Gerardo, que pidió prestado a un amigo. O Laura, que financió la primera estadía en Madrid con su novio boliviano con dinero que había estado ahorrando para tal fin, la segunda vez le pide prestado a su abuela alemana para pagar el pasaje. Todavía su pareja se encuentra en Argentina a la espera de poder financiar el traslado. Olga, que ya tenía una hermana viviendo en Madrid, también tenía ahorros, pero además sus padres le ayudaron.
adelante”. Bernardo vino con 200 dólares en el bolsillo, Juan con 400. O Luna, que había estado ahorrando el último año para poder pagar el pasaje, además de que recibió prestado, y se vino con 600 euros. En Madrid, al igual que lo había estado haciendo en Buenos Aires, simultanea los estudios universitarios con distintos trabajos para sobrevivir280. Francisca vino sabiendo que tenía ahorros para poder vivir durante dos meses. Muchos declaran que tenían ahorros, pues al tomar la decisión de migrar llevaban años trabajando y sus ingresos habían sido buenos o, al menos, aceptables, aunque en algunos casos recientemente se hubieran quedado sin trabajo: Amanda, Bernardo, Berta, Camilo, Cándida, Celia, Esther, Néstor, Natalio, Ramón o Sandra apuntan en este sentido281. Pocos de nuestros interlocutores vinieron con tantas reservas como para montar un negocio en España, pero también los empresarios están representados, como es el caso de Adán, quien vino con un capital que había juntado de lo que le habían dejado sus empresas, después de venderlas.
Otros cuantos testigos dicen haber tomado la decisión de migrar justamente por haber cobrado una indemnización de la empresa en la que habían estado trabajando, por acogerse a un régimen de retiro voluntario: podríamos decir, entonces, que Celia, Leandro o Ramón concretaron su proyecto porque contaban con un dinero adicional. Osvaldo también contaba con una plata de más, pero debido a que vendió uno de los taxis que tenía en su pequeña empresa: al pagar las deudas pendientes aun le quedaban 2.000 euros, y con ese dinero inicial se vino a España.
Muchos de los que eran propietarios de una vivienda en Argentina, siguen siéndolo. En tanto vínculo material y simbólico, tener una casa en el lugar de origen es un dato significativo para valorar la reversibilidad de la migración. Lógicamente, quien como Gisela viene “a probar”, y sólo en el caso de encontrar trabajo se traslada definitivamente, no va a vender la vivienda porteña. Sandra, además de tener los padres y su hermana (y el marido e hijos de ésta) en Buenos Aires, mantiene también su casa. La familia de Amanda sigue teniendo su casa y, de hecho, el traslado a España estaba proyectado por un periodo limitado de un par de años (Amanda, incluso conserva su trabajo). Adán y Natalio también mantienen sus viviendas, con la certeza de que retornarán a la Argentina dentro de un tiempo. Esther sigue manteniendo su departamento:
“Lo sigo teniendo, y..., bueno, tuve que quitar las cosas y dejarlo para alquilar, ¿no? Porque bueno, una nunca sabe, digamos... [¿Ya lo tienes alquilado?] Sí, sí, sí, sí. Lo que pasa que en este momento, digamos, en la Argentina la situación económica también es muy mala, devaluación mediante, eh... Si yo vendo ahora el piso allí realmente no me sirve (…). Se ha desvalorizado cuatro veces la propiedad, y no tiene
280 El caso de Raquel es parecido: tenía ahorros para vivir en España durante un mes. En cambio Enrique, quien vino a cursar un doctorado tiene tantos ahorros que por el momento no necesita trabajar.
281 Varias de estas personas, como Esther, Fabiana o la pareja de Berta, además vendieron el coche para aumentar el capital con el que iban a emprender la migración.
sentido. Entonces, prefiero mantenerlo, para, por un lado, ver cómo me ubico yo aquí... No creo que tenga ningún problema, pero de todas maneras, como hace poco que estoy, prefiero ubicarme aquí, mientras tenerlo alquilado, y después, bueno, siempre tengo tiempo de venderlo allá, si aquí me va bien, ¿no?”
Cándida, después de tenerlo alquilado un tiempo lo quiso vender, pero le pilló el corralito en medio. Justamente a fines de noviembre de 2001 había viajado a la Argentina, en medio de una situación personal muy difícil –tanto por su separación en España como por los problemas de salud de su madre en Argentina. Pero no sólo no pudo vender su piso, que dejó a cargo de un amigo suyo, al que nombra apoderado, después de haber tenido una mala experiencia con un inquilino. Sino que también se hicieron trizas las esperanzas de regresar a la Argentina:
“Este... desde el punto de vista social entré en un estado de crisis, de depresión muy grande. Mi país... que no me había pasado... había pasado malos momentos, pero no tan así. Porque veía a mis amigos sin trabajo, con enfermedades, con tensiones anímicas y psicológicas muy difíciles, con una clase media muy empobrecida, muy empobrecida, y los pocos que quedaban, digamos luchando muchísimo para poder sostenerse. Con lo mismo de siempre, con esa clase que está enquistada en el poder, y que es muy poderosa porque tiene dinero, pero dinero, bueno, gracias a todas las componendas que ha hecho, exteriormente e interiormente, diría. Y ahí tomé una decisión, porque dije, bueno, porque fui a Argentina, volví con la esperanza remota de decir, bueno, a ver cómo están las cosas, y si veía que podía, inclusive, tal vez, tener una oportunidad laboral, quedarme. Bueno, pero ni soñar, ni soñar en eso”.
Frente a estos testimonios de migrantes que mantienen la propiedad de sus viviendas en origen porque piensan retornar o, simplemente, por las dudas, porque el futuro está abierto, otros la vendieron para, de esta manera, poner punto final al capítulo argentino: Como Lucas que afirma que vendió su departamento para venirse a España: “Pero no porque necesitase el dinero para venir, sino que mi venida acá (…), mi viaje a España fue algo definitivo. En su momento yo lo consideré definitivo”. Teresa, que se vino un año después que su marido, Bernardo, vendió la casa que tenían en Rosario, pero mantiene la que heredó de los padres. Conrado tiene una casa en propiedad, que compró con el dinero que heredó cuando murió su padre. Cuando se vino a España, la dejó prestada. Ahora, que tiene claro que se quiere quedar aquí, al menos de momento, tiene intención de rentarla: aunque con el cambio actual el dinero que pueda sacar no le supone nada en España, si a su madre y familia en Argentina le puede servir. Frente al relato de éxitos que nos cuenta, orgulloso, Conrado, quien no sólo parte de condiciones comparativamente favorables en origen, sino que también encuentra una buena inserción en Madrid, otras historias nos hablan de situaciones de emergencia bastante más dramáticas. Marcos vendió la casa en Rosario que había heredado de los padres, “para venir aquí, a España”. Juan e Irma, que se quedaron sin nada, incluso perdieron la casa, tuvieron que migrar por etapas: primero vino
él, con el dinero que sacaron de vender un tapado de piel (que había sido un regalo de Juan a Irma); buscó trabajo en Madrid y un año después había podido juntar suficiente dinero para pagar el pasaje de su esposa. Norberto fue repatriado por el Consulado español, al que presentó un escrito pidiendo su repatriación, argumentando que se encontraba en una situación económica grave. Una vez en Madrid, inició las gestiones para conseguir el certificado de emigrante retornado.
Sea que vienen con la intención de quedarse un tiempo largo, que vienen para una temporada o sea que simplemente vienen a probar cómo les van las cosas, la mayoría de los entrevistados se enfrentan en Madrid con un comienzo bastante más complicado de lo esperado. Incluso para muchos que en principio venían con un cierto afán aventurero, la realidad cotidiana se les presenta con insospechadas adversidades a la hora de aclimatarse, incrementadas por la sensación de desarraigo. Obviamente no todos se encuentran en la misma situación, persiguen los mismos objetivos ni parten de las mismas condiciones. Acabamos de ver que el capital económico con el que cuentan es variable. En el capítulo anterior hemos analizado el capital humano y cultural de partida, así como los vínculos reales e imaginados que les unen a España. Ahora es el momento de juzgar la calidad de esas redes sociales y de analizar el proceso de adaptación. A Jesús le habían dicho que para venir a España tenía que tener una de las tres “p”: plata, papeles o parientes. Y aunque ni él ni su mujer contaban con ninguno de estos recursos, decidieron emprender la migración y comenzar de cero en Madrid. Al medio año de haber llegado, después de seis largos meses de luchas, no está arrepentido, para nada. Pero es que Jesús tampoco venía pensando que el traslado iba a ser fácil. En cambio otros muchos repiten una y otra vez que, desde Argentina, imaginaban que en España les esperaba el primer mundo con los brazos abiertos y con trabajo. Ponemos por ejemplo los siguientes testimonios en los que se contrapone la visión de España antes y después de la migración:
“Yo me lo imaginaba, como muchos te lo pintan: ‘Andate a España, que conseguís trabajo enseguida. Realmente no es así. Yo, porque tuve la suerte, y le agradezco hasta el día de hoy a Dios porque me ayudó mucho y he visto a muchas personas peor que yo, en otra situación. La he tratado de ayudar, es lógico, porque somos compatriotas, pero bueno. La visión que yo tenía desde allá era esta: de que vas a España y te ayudan un montón, que somos todos descendientes, que en su época nosotros ayudamos a los europeos, después de la Guerra, de la Segunda Guerra, que tu abuelo era italiano, que te van a ayudar si te vas a Italia. Yo llegó acá y hasta el día de hoy, después de un año, no consigo los papeles, cuando yo sé que llegaban ellos allá, bajaban del barco y le decían: ‘¿Usted qué sabe hacer?’ y le daban trabajo. Acá me ponen trabas para hacer un trabajo que a mí me apetezca, porque no me apetece ser camarero, sinceramente, que aprendí un oficio, y es por eso que estoy agradecido” (Osvaldo).
“Y, totalmente diferente. Claro, estando allá a gente te habla maravillas, te hablan de que las cosas funcionan, de que es el primer mundo, y llegás acá y te das cuenta de que no es así, que no todo funciona, que no es el primer mundo, y que, bueno, eh…, somos inmigrantes, por más que tengamos los papeles, por más que seamos ciudadanos europeos, somos inmigrantes, para todo, absolutamente para todo (…) Pero de todas formas siempre es mejor que allá (…). Yo, por mi parte, obviamente extraño a mi familia, a mis amigos, extraño los lugares, pero bueno…, acá, nada, qué sé yo, tenés mucho más, muchas más oportunidades…” (Ambrosio).
“Una imagen de una España alegre, divertida, con trabajo, con mucho trabajo. Un engaño, porque mis hijos vinieron y consiguieron trabajo. Pero yo…” (Marcos).
Por otra parte, la decepción que sufrieron muchos a su arribo, porque esperaban que las redes familiares o amicales les facilitarían su inserción en España. En lugar de eso, se encuentran desamparados y con que tienen que empezar a buscarse la vida. Bernardo se había imaginado que sus familiares andaluces le iban a recibir mejor e incluso que le iban a echar un cable. Por eso, antes de buscarse la vida en Madrid, donde no conocía a nadie, su primer destino fue Granada. Cuando comprendió que ahí era un extraño indeseado, partió a probar suerte en Madrid:
“Entonces decidí venirme acá a Madrid. Y no conocía a nadie. A nadie, a nadie, a nadie. A nadie. Ni tenía... Ni sabía a dónde iba a ir a parar, tampoco. (…) Entonces, agarré y empecé a hablar a gente en la calle: dónde me podía alojar, dónde... pues tenía muy poco dinero. Yo cuando vine acá, vine con 200 euros en el bolsillo. Mejor dicho, traje 200 dólares. Bueno. Y de ahí, cuando vine acá a Madrid, empecé a hablar a uno, a otro, y entonces conseguí una señora peruana que me dijo: ‘Yo te puedo dar lugar por unos días’. Porque ahí está... En un piso. Porque ahí había... eran todo mujeres. Y me dijo: ‘Yo, diez, quince días te puedo dar alojamiento’. Estuve cerca de un mes. Después me fui a otro lugar, ahí me echaron, porque me fui a empadronar, y me dijeron que no me podía empadronar (…). Yo fui buscar los papeles para empadronarme, y me dijeron que no, que no podía empadronarme. Me dicen: ‘Si vos ya estás haciendo todo esto, acá no puede estar más’. Y me echaron. Y fui a vivir al lugar que estoy ahora. Vivo (…). Sí, en un piso compartido, en Vallecas. Me tratan muy bien, te digo, y ahí sí... La otra vuelta... Lo primero que me preguntaron: si yo estaba empadronado. Cuando le dije, le comenté lo que me había pasado, me dijeron: ‘Bueno, yo te doy todos los papeles para que te vayas a empadronar’. (…) Y estoy ahí, sí. No es lo ideal, porque no estoy cómodo como si fuera un piso mío. Pero, te digo, estoy cómodo en el sentido de que me tratan bien, no te falta nada, vos podés dejar lo que vos quieras ahí, no te tocan... Estoy cómodo”.
Más adelante, a punto de llegar su mujer, Teresa, desde Argentina, pudo alquilar un un departamento para ellos sólos. Elisa, recién llegada a Madrid con su marido y sus dos hijas, se encuentra bastante desubicada, y su nacionalidad española no le sirve para solucionar sus problemas más elementales e inmediatos de encontrar alojamiento y trabajo. El choque es incrementado por el distanciamiento de su amiga de juventud, que inicialmente los había recibido:
“Vine a la casa de una amiga –si se puede decir amiga-, que me convenció que viniera a su casa, porque... Yo pensaba ir para Alicante, a vivir a Alicante, sin conocer nada de Alicante, ¿no? Pero por lo que había visto en internet, había visto en internet que era una ciudad tan linda, y las playas, y a mí
no me gustaba el frío, y decía 27 grados anuales promedio, y dije, bueno. (…) Ideal, vamos. A mí me gusta mucho la gastronomía. O sea puedo trabajar de camarera o de cocinera. Y nada, no iba a pasar por Madrid, porque con el poco dinero que teníamos, no queríamos gastar aquí en un hotel. Pero esta chica: ‘No, que sí, que te vienes a mi casa, que te vienes a mi casa’. En Madrid, y bueno, nos vinimos a la casa, (…) en la provincia de Madrid. (…) Al Sur. Y nada. A las dos semanas nos dijo: ‘No, nada, que me siento muy invadida, y que no, y no sé qué’... Nos dejó en la calle. Nos dijo, tienes cuatro... Cuando vino este puente que hubo en agosto, no me acuerdo qué fue... Una festividad de una virgen, no sé qué... Que hubo cuatro días, jueves y viernes no se trabajó… Una cosa así, no sé. Bueno, ella se iba el jueves de vacaciones, y nos dijo: ‘El lunes quiero, que cuando vuelva, ustedes no estén aquí. O sea que encima que era agosto, que no había ya propuestas de piso, era feriado. Así que nada... este…” Francisca no la tiene fácil en cuánto al trabajo, pero al menos fue muy bien recibida por los familiares de su madre española: reconoce que todo lo que consiguió hasta el momento es gracias a la familia que tiene acá. Enrique también tenía buenas redes iniciales, y el primer tiempo se quedó en la casa de un amigo argentino. Además de insertarse en un círculo de compatriotas, al poco de venir se puso de novio con una chica española.
Cuando Osvaldo aterrizó en Madrid, su única referencia era la hermana de la novia de un amigo. Aunque iremos analizando las distintas cuestiones relevantes para la progresiva aclimatación (o no) de los argentinos, escuchemos para empezar el relato de Osvaldo, casi típico y tópico de un migrante que llega a un lugar en el que no conoce a nadie y se va buscando la vida, encontrando inserción dentro de ese segmento secundario del mercado de trabajo, en servicios de hostelería, concretamente, sector del que probablemente no logre salir:
“Llegué a Barajas, pregunto dónde está el centro, me habían dicho que no tome taxi, entonces con las mochilas y todo, imaginate ir por metro, me perdí, estuve como dos horas para llegar acá. El centro era supuestamente la Puerta del Sol. Llegué acá. Bueno, esta chica, la hermana de la novia de mi amigo, ya estaba aquí desde diciembre, digamos, tenía 3 meses, más o menos, y yo le había pedido, por favor, le digo, de que si me podía tener los bolsos para buscarme un hostal barato. Porque ya me había comentado algo ella, me escribió tres o cuatro veces email. Y bueno, me digo que no tenía problema. Ella estaba currando en ese momento, pero estaba viviendo con una chica de Buenos Aires. Me tuvo los bolsos. Y yo salí con el mapa, imaginate, pero como hablamos el mismo idioma, preguntaba, y preguntaba por hostales baratos, hasta que conseguí uno barato. Y ya me instalé. Por la noche me la pasé dando vuelta por Madrid, conociendo, con el mapa, de excitado que estaba, en un lugar nuevo, imaginate. Y también con la preocupación de decir: ‘¿Qué pasa? ¿Y cómo sigue esto?’ (…). Y al segundo día, empezó, de esta chica, cuando voy a buscar los bolsos, vivía un mexicano, donde lo veo digo: ‘Uy, vos sos latino’. ‘Sí’. Empezamos a charlar, y le comento… le digo: ‘¿Qué estás haciendo vos?’ Y me dice: ‘Mira, estoy de tarjetero, de relaciones públicas en un pub cubano’. ‘Ah, mira vos, podría ir a verle’. ‘Sí, si estamos en la calle’. ‘Ah, bueno, te acompaño’. Da la casualidad que le acompañé ese día, y ese mismo día a él le ofrecieron un trabajo mejor y me ofreció ese: ‘¿Te querés quedar vos con ese trabajo?’. Estaba, me daban 12 euros por noche, para que te des una idea no me alcanzaba ni para el hostal, porque pagaba 13. Pero bueno, por lo menos, digo, bueno, me estoy, ya me estoy relacionando, qué sé yo, me voy haciendo amigos. Y bueno, tal y cual, pasó así. Me fui