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C APÍTULO 3 R ELATOS DE LA A RGENTINA Y LA BÚSQUEDA DE NUEVOS CAMINOS

3.1. A NTES DE LA MIGRACIÓN

3.1.3. M EMORIA DEL DESENCANTO

De los testimonios recogidos se extrae una visión de la historia reciente de Argentina y, en especial, de lo ocurrido a partir de la hecatombe de 2001 que, aunque es cierto que unos testigos difieren de otros en la interpretación de ciertos aspectos, tiene importantes elementos en común. Se trata de una sensación compartida de hartazgo y desencanto con la situación del país. De manera general, la frustración y la bronca con quienes son señalados como responsables del desastre encuadra en una explicación del declive que va más allá del empobrecimiento económico experimentado personalmente con mayor o menor intensidad, más allá del caos, la inseguridad y la crispación que invaden la vida cotidiana: tiene también un componente político en tanto que la corrupción y el fraude son percibidos como crónicos con lo que se anula cualquier esperanza de solución. Este doble proceso de pauperización, como consumidores y como ciudadanos, fue bautizado por Minujin y Anguita (2004) como “pobreza de futuro”262. Siguiendo a Bleichmar (2002) la combinación de rabia y desilusión conduciría a un proceso de desidentificación con la Argentina como proyecto de país, propiciando la búsqueda de soluciones en otra parte263.

262 “Los argentinos sufrimos de varios tipos de pobrezas. La pobreza económica es la más duradera y la más reconocida. Pero no es la única, hay otras también graves, como la que podríamos denominar ‘pobreza de ciudadanía’ y también la ‘pobreza de futuro’. La pobreza de ciudadanía está relacionada con la falta de ética de las instituciones públicas y privadas en la vida política y social. El proceso continuo de empobrecimiento, sumado a la pobreza de ciudadanía, produce la sensación de falta de futuro y también lo que acabamos de llamar ‘pobreza de futuro’. Decimos que estas pobrezas son graves pues enmarcan y profundizan la más reconocida pobreza económica produciendo un círculo vicioso del que hay que salir por algún lado. Ser ciudadano implica no sólo votar, no sólo tener la posibilidad de trabajar con un ingreso decente, sino también vivir y convivir con una ética moral y social, con instituciones en las que se pueda confiar, con reglas transparentes que todos respetemos, con una justicia en la que se pueda creer” (Minujin y Anguita, 2004: 17).

263 “Por eso el éxodo que está en el horizonte mítico de toda la sociedad argentina no es sólo un síntoma de la ausencia de salidas, sino el abandono de su búsqueda. El proceso de desidentificación se acelera, y el sentimiento de pérdida de referentes abarca a todos los grupos, sean sociales o generacionales. Cuando De la Rúa era aún presidente de la Nación dijo, ante el éxito de los jóvenes futbolistas del Sub ’20, que se sentía muy contento porque “ahora esos muchachos podían encontrar buenas oportunidades en el exterior”; su discurso no sólo fue patético, sino rayando en la inmoralidad, en la medida en que convalidaba la idea presente en la mayoría de que la única salida posible es hacia el exterior. Como el conjunto de nueva sociedad, el fútbol argentino se sostiene porque sigue nutriéndose de talentos que llenan el vacío dejado por el drenaje al cual está sometido constantemente; drenaje que no es sólo el

En un intento de sistematizar los significados que el pesimismo social que se extiende entre los ciudadanos tiene sobre el fenómeno migratorio, se señalan distintos aspectos: por un lado, los elementos más repetidos en los discursos para explicar las dimensiones de la bronca así como el carácter crónico del problema argentino; por otro lado, las distintas explicaciones acerca de cómo se ven afectadas las trayectorias personales; finalmente nos referimos brevemente a las acciones de protesta –los cacerolazos- en las que no pocos de los que terminarían saliendo del país, participaron.

Sin duda la crisis de la Argentina en el cambio de siglo se articula, al menos en el imaginario de las clases medias, alrededor de los sucesos de diciembre de 2001. A comienzos del mes el gobierno procedió al congelamiento de los depósitos bancarios –el famoso corralito- como medida para frenar la retirada masiva de fondos que se había estado produciendo en los días anteriores. Al mismo tiempo el Fondo Monetario Internacional se niega, ante el incumplimiento de las condiciones que había establecido, a aportar más dólares, lo que sitúa a Argentina al borde de la suspensión de pagos. En el intento de hacer frente a la deuda externa mediante la reducción de los gastos públicos, De la Rúa y y el ministro de economía Cavallo decretan medidas de austeridad y retrasan el pago de pensiones y sueldos a funcionarios. Como reacción a las medidas de austeridad y el impago de pensiones los acontecimientos se precipitan: fuertes estallidos sociales, huelgas generales, saqueos a supermercados, actos de violencia callejera y protestas en diferentes puntos del país. Las protestas sociales –los cacerolazos bajo el lema ¡Que se vayan todos!- culminan el 20 de diciembre con la dimisión de Cavallo y acto seguido del presidente De la Rúa. En pocos días se suceden tres presidentes peronistas, hasta que el 1 de enero de 2002 un cuarto peronista, Eduardo Duhalde, es designado presidente provisional para terminar el mandato hasta 2003.

Aunque resulta evidente que el desastre se venía anunciando, y así lo reconocen parte de los entrevistados, a muchos les pilló desprevenidos264. Interesante es rastrear en qué medida el derrumbe afecta en lo personal a nuestros entrevistados, qué significa para ellos producto de la voracidad de los dirigentes sino de la resignada aquiescencia de la hinchada convencida de que no hay ya posibilidad dentro del territorio que va de los Andes al Atlántico de que algo pueda fecundar, crecer y reproducirse en un ciclo sin fracturas” (Bleichmar, 2002: 41-42). También Novick (2007a: 302) se ha referido a las salidas al exterior como fracaso de la Argentina como “proyecto de país”, señalando que los actuales jóvenes emigrantes representarían de algún modo una insuficiente integración nacional”.

264 “Recordemos que hace muy poco, para fines del año 2001, la caída que venía anunciándose se hizo tan vertiginosa que muchos la percibieron como una suerte de explosión que los arrojó al vacío. ‘Ya me la veía venir’, afirman otros muchos. Pero la cantidad de ‘sorprendidos’ y acorralados por el ‘corralito’, así como los generalizados comentarios y análisis de corto plazo acerca del desastre argentino parece señalar que no existía plena conciencia de que el profundo proceso de empobrecimiento y cambio de la estructura social, cultural y económica del país lleva un largo tiempo” (Minujin y Anguita, 2004: 18).

vivir en un país al borde del naufragio (Minujin y Anguita, 2004: 41). Distintos testimonios describen la situación mencionando la pérdida del empleo o el deterioro de las condiciones laborales, la confiscación de los ahorros, la inseguridad y la violencia en la calle, la visibilización de la pobreza o los cortes de ruta. Asimismo, denuncian que los esfuerzos individuales que vienen realizando para abrirse camino no son recompensados, truncando el sueño argentino del ascenso social. Se refieren también a las consecuencias que el achicamiento del aparato estatal tiene sobre el sistema de salud o educación pública. Escuchemos algunos de los discursos típicos:

“Y bueno, económicamente se estaba muy mal, porque ya se... No, cuando yo me vine económicamente había comenzado el corralito. La gente muy desesperada, porque se tenía que manejar con 250 euros por día..., o sea, por semana, cosa que no alcanzaba para sus... Porque de golpe tenían que vivir con eso, pero tenías que cubrir tus cuentas: pagar tus deudas, tus créditos, tu comida, tu alquiler..., bueno, todos los gastos que tenías. Y la gente desesperada porque no podía sacar su dinero, o sea, no lo podía usar. Este..., socialmente, mucha violencia en la calle, muchos cortes de ruta... Yo, este, los últimos años trabajé en Buenos Aires, cosa que tenía que ir todos los días de la Plata a Buenos Aires, me encontraba con muchas manifestaciones que las tenía que esquivar, nos poníamos de acuerdo con un compañero, y tratamos de, horas antes, ver los cortes de ruta que teníamos, para ver qué rutas íbamos a ir a trabajar, este... Y bueno (...), estaba todo ese panorama. Eh..., yo me vengo después que lo destituyen a De la Rúa, cosa que toda la gran agresividad y manifestaciones que hubo, este..., las viví desde el mismo Buenos Aires, porque yo en esos días trabajaba en Buenos Aires. O sea que toda esa violencia la tuve un poco cerca. Si bien no participé, pero estuve ahí... Este..., y bueno, eso es lo que..., desde lo que es Buenos Aires, Capital Federal. Internamente, dentro del país, muchos desabastecimientos, también mucha necesidad de la gente, necesidad de salud, de comida, carencias en los hospitales, este..., Bueno, ya después, la paridad del uno a uno se disparó, empezaron a encarecer los productos, productos que empezaban a faltar, porque eran, porque son de importación y comprarlos afuera era mucho más caro. Y bueno, todo un malestar social, y mucha..., muy mal la gente socialmente, ¿no? Muy angustiada, muy mal, no sabe qué hacer... A consecuencia mucha gente se empezó a quedar sin trabajo... Ya, si bien se notaba, habían empezado a haber en ese años muchos despidos por parte de las empresas, bueno, se fue todo incrementando aún más. Y bueno, todo..., imagínate, gente sin trabajo, y sin posibilidad de trabajar de nada, este…, con la plata de la tenían en el banco, que no la podían usar, este... Y bueno, pues todo ese panorama un poco caótico, ¿no? Mal” (Néstor).

[¿Y cómo describirías la situación de Argentina cuando te decidiste ir?] Principalmente, bueno, económicamente sin ninguna salida. Ni a corto ni a mediano plazo. Largo va a depender de que la gente que pueda hacer algo, es decir las autoridades, el gobierno, se decida sentarse y preparar algo, un plan, ¿no? Y principalmente lo que se destacaba era la violencia. Es decir, secuestros permanentemente. Pero secuestros por…, no a grandes empresarios. Secuestros como te podía tocar a ti, o a mí. Es decir, por unos pocos euros, es decir –por hacerte un paralelismo-, por 100 euros, por 200 euros te secuestraban, te mataban, el... Es decir, era algo que era... Yo tenía mi coche, conducía mi coche y tenía miedo... Nunca fui una persona con miedo, en absoluto. Y tenía miedo de..., no sólo por las zonas, sino por las horas. Es decir, los asaltos eran permanentes, permanentes. Entonces, sí, una gran desprotección en todo lo que era salud, todo lo que es salud pública. No había absolutamente ninguna atención en los hospitales públicos. No por mala voluntad de los médicos y enfermeras, que yo creo que ponían todo

de sí. Sino que no tenían algodón, no tenían alcohol, no tenían nada... Es decir, lo esencial no lo tenían. Y una desprotección en todos sentidos. Es decir, en momento en que todos los ahorros que uno tenía en el banco no los podía sacar, no los podía disponer... Uno se pregunta si eso es un gobierno democrático. Porque si uno no puede disponer de los bienes de uno, ¿dónde está la democracia? Entonces, esa yo creo que era... La verdad que era una situación caótica totalmente, totalmente. Es decir, uno se sentía asfixiado por querer trabajar y no poder, querer sacar dinero del banco y no poder, querer atenderse y no se podía. Era como que lo más esencial que uno necesita en la vida no lo podía tener. Gente de buen nivel le cuesta, aun hoy, comprar la comida. Que uno dice, pero la gente de nivel medio o medio-alto, a veces vos decís: “Yo no como lo que quiero, sino lo que puedo comprar”. Y uno dice: “Si así está alguien que tiene un buen nivel, cómo tendrán que estar los demás”. No tienen qué comer. Es decir, de llegar... yo vivía en una zona de Buenos Aires medio..., de nivel medio-alto, no el barrio más elegante, pero muy buen nivel... Y es la primera vez en mi vida que veía gente revolver la basura, para sacar comida, ¿eh? Porque era eso sacaban. Y gente no del todo mal vestida. Eso es, gente que era de clase media-baja que, evidentemente, ha bajado varios escalones. Esa era la situación” (Esther).

“Pero, bueno, ¿qué te puedo decir? Y lo que me dolió fue, también, que uno, -o sea yo por lo menos- estuve 10 años pagando derechos de ejercicio de mi profesión. Trabajando en diferentes lugares. Y, por ahí, una vez que tenés tu vida más o menos organizada, que había logrado independizarme, que había conseguido, aunque fuera a muy… a pequeña escala, trabajar por cuenta mía, que tenía mi lugar y todo, tenía un par de laburos (laburo es un trabajo) que para mí eran soñados. Porque yo trabajaba en un colegio bilingüe, y trabajaba de profesora de profesores. Yo estaba feliz, en lo que era el nivel académico de mi laburo era excelente, estaba haciendo otra carrera universitaria. No pasaba un minuto en mi casa, pero bueno. Pero era feliz porque tenía todo lo que yo quería. Y sentir que, bueno, que poco a poco todos los proyectos que vos tenés se te van cayendo, que no puedes proyectar nada, que no sabés si el mes que viene vas a poder comer. Yo me vine, y para que a mí me pagaran los sueldos que me debían tuve que regalar mis vacaciones. ¿Sí? O sea que para cobrar lo que era mi derecho tuve que resignar a otro. Y eso me dolió mucho” (Francisca).

Teresa hace sobre todo referencia al desempleo: los negocios cerraron sus puertas, miles de pesonas están en la calle. “Un desastre”, repite una y otra vez. Fabiana habla de la inseguridad, muy parecida en su opinión a lo que estaba pasando en el gobierno militar; mientras entonces había desapariciones, ahora hay “secuestros express”. Una de las entrevistadas más jóvenes, Luna, tiene la percepción de haber crecido en un país que siempre estuvo en crisis, el desenlace no le sorprende:

“Desde que yo me acuerdo, mi país está en crisis, si querés que te diga. Yo tengo una visión bastante realista, me parece, por mi situación particular. Y de hecho tenía que dejar estudios, que no es tan fácil ir a..., poder viajar y conocer, pero ha sido por mucho esfuerzo. Pero mi país estaba en declive, cuando yo me vine. Y de hecho, yo no me vine porque estaba mal, sino por una decisión propia. Pero mi país estaba en declive, y se veía venir esto. O sea, a mí no me sorprendió. Era la gota que rebasaba el vaso. Que ya venía lleno. (…) Y desde acá, lo veo gris. Y cada vez somos más argentinos acá. Y en Italia. Y en los alrededores. Lo veo gris. Hay una desesperanza, una falta de esperanza, que yo creo que ni aunque asuma de presidente la misma... Madre Teresa de Calcuta, la gente cree. Ya no (...) nada. Están robando los cables de televisión, los cables de teléfono, para venderlos. Entonces, no se ve con solución. Eso es una ciénaga, y... ojalá, ojalá que salgamos pronto. Ojalá y de corazón. Y yo vine aquí a

estudiar y a formarme, porque quiero volver a mi país. Y en unos años voy a hacerlo. Yo he venido a formarme, para volver y llevar allá esa formación. Pero... ojalá seamos varios los que pensemos así”. Más allá de los síntomas descritos, distintos testigos se refieren al desencanto político, a la falta de confianza hacia los dirigentes. Esta sensación de engaño también ha sido llamada “dolor país”265. “La gente no cree en nada”, dice Conrado, quien critita este descrédito de la política:

“… y espero que la democracia nos dure, porque hoy está muy debilitada, y la gente no cree en nada. Eh..., a mi no me…, otra señal que no me gustó mucho en los últimos meses en la Argentina, que no me gustó nada, fueron las elecciones de octubre de 2001, en las que el radicalismo obviamente perdió, pero que mucha gente, especialmente en capital y Gran Buenos Aires, anuló su voto, o votó en blanco, o votó a Clemente –que es un cómic- o votó a Bin Laden, cualquier cosa... (…) Sí, y digo, bueno, está bien, ninguno de los políticos nos gusta, pero así no se construye nada, porque, en definitiva, le das el poder de elección a otro. Yo, bueno, ahí voté..., siempre hice mezclas: o sea, para diputado voté Izquierda Unida, y para..., no me acuerdo que más elegían, si senador o qué, voté algo del partido Cavallo, una cosa totalmente opuesta. Pero que bueno, que por lo menos me parecen auténticas las propuestas”.

Hacia el gobierno de Menem se observan dos actitudes distintas. Por un lado están aquellos que desde el principio se opusieron al rumbo que tomó la gestión política a principios de los noventa, con el giro decidido hacia el neoliberalismo. Así por ejemplo, Fabiana, quien había participado en el gobierno de Alfonsín y ocupado cargos partidarios, siempre fue opositora del gobierno justicialista y, además, se vio afectada directamente, porque la echaron de donde estaba trabajando en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Pero otros muchos reconocen que, al menos al principio, apoyaron las reformas estructurales del menemismo266. Enrique entiende que su política económica fue buena durante los primeros tres o cuatro años. Conrado siente que fue un iluso, porque pensó que las privatizaciones iban a terminar con tantos años de gestión desastrosa del Estado y confiesa que cuando tenía 18 años se encolumnó detrás de la política privatizadora de Menem. Néstor describe un mecanismo muy común en el razonamiento

265 “El ‘dolor país’ se mide también por una ecuación: la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se le demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta” (Bleichmar, 2002: 29). “Y cada día miles de argentinos pauperizados repetimos aterrados los índices que pueden arrojarnos a la calle, o permitirnos seguir viviendo con un costo cada vez mayor un una sensación de indignidad profunda. Este también es el ‘dolor país’: la imposibilidad de salir de la esterilidad condenada a la cual nos sentimos arrojados, de la cual sólo puede desatracarnos la convicción inexorable de que tenemos el derecho de recuperar los sueños…” (Bleichmar, 2002: 31-32).

266 Las presidenciales de 1989 llevan a Carlos Menem al poder. Las leyes de Reforma del Estado (agosto 1989) y de Emergencia Económica (setiembre 1989) ponen las bases para emprender un proceso privatizador y de reforma del Estado de largo alcance: privatización de numerosas empresas estatales y concesión de la mayor parte de los servicios públicos a proveedores privados, flexibilización de la legislación laboral, desregulación económica incluyendo una apertura financiera y comercial. En marzo de 1991 el ministro de economía Domingo Cavallo aprueba la ley de Convertibilidad, que establece la paridad peso – dólar, favoreciendo el auge de la inversión extranjera. El incremento de las importaciones “basura” conduce al derrumbe final de lo que quedaba de la industria nacional.

de muchos argentinos: explica que la estabilidad de los primeros años del gobierno de Menem permitió a la gente acceder a créditos, se modo que se pudo comprar una casa, un auto: “la gente empezó a confiar” y estaba muy contenta. Visto después del estallido de la burbuja, Néstor conviene que todo eso resultó ser falso, que el bienestar sólo era temporal y los hundió en lo que están hoy267. Aunque hacia mediados de la década de los noventa268