C ASOS PARTICULARES
J. R OBERT O PPENHEIMER ,
2. E L CANTO DE LAS SIRENAS : C IENCIA PURA Y CIENCIA APLICADA
La diferenciación de Oppenheimer en su conferencia de 1947 entre la ciencia como búsqueda desinteresada de la verdad y la ciencia como actividad con profundos efectos en nuestras vidas reformula una distinción casi universalmente aceptada y con una larga historia. Está inspirada en una diferenciación paralela que se configuró en el seno de la Iglesia católica entre la vocación monástica y la vocación pastoral del sacerdote. Francis Bacon, el
apologista de la indagación científica del siglo XVII, escribió una breve fábula
sobre este tema, que resulta tener una moraleja. "Esfinge, cuenta la leyenda, era un monstruo", comienza Bacon. Después de relatar brevemente la historia de la Esfinge, se lanza de cabeza a su interpretación:
Esta fábula [de la Esfinge], a un tiempo refinada y sabia, fue al parecer inventada en alusión a la Ciencia; especialmente en su aplicación a la vida práctica. Acaso no sea absurdo calificar de monstruo a la Ciencia, que es pasmo de ignorantes y torpes... La Esfinge plantea asimismo al hombre toda una variedad de preguntas y enigmas que ha recibido de las Musas... [que] cuando pasan de las Musas a la Esfinge, es decir, de la contemplación a la
práctica [subrayado mío], con lo que se hacen necesarias acción, elección y
decisión, entonces empiezan a ser dolorosas y crueles...62
Si la Esfinge era un monstruo, la ciencia lo es también, presumiblemente creado por nosotros mismos. Esta consideración no la esperamos de Bacon; pero se explica con claridad. Igual que la Esfinge es una cabeza humana injertada en un cuerpo de león y en ella se unen las preguntas contemplativas de las Musas con opciones "dolorosas y crueles" planteadas por sus propias adivinanzas, así la ciencia debe pasar "de la contemplación a la práctica". Aquí Bacon no está afirmando la distinción convencional entre investigación pura y sus
aplicaciones, una distinción que se ha convertido en defensa principal de la ciencia frente al reto del conocimiento prohibido. En la figura del monstruo, Bacon está reconociendo la intención de distinguir partes diferentes y demostrando que la separación es imposible en la práctica. Bacon quiere que sepamos que la Esfinge existe y representa el lado amenazador de la ciencia. Aunque constituye una combinación antinatural de partes, la cabeza humana que sueña no puede separarse del cuerpo inquietante del león. En el injerto reside precisamente la monstruosidad de la criatura, de la que debemos cuidarnos. Porque las cavilaciones de la mente serán inevitablemente convertidas en "acción" efectiva por el cuerpo al que está unida: una unión monstruosa, símbolo del lazo entre ciencia y tecnología.
Hacemos grandes esfuerzos para negar la advertencia de Bacon. Una falange de asociaciones oficiales, de instituciones y universidades están consagradas a la investigación pura. Tecnología e ingeniería se definen como aplicaciones de un conocimiento más puro y más esencial. En un número de la revista Daedalus dedicado a "Los límites de la ciencia" (primavera de 1978), el ensayo del biólogo molecular David Baltimore es un enérgico alegato contra cualquier limitación de la ciencia pura. Baltimore no coincide con Bacon ni reconoce ninguna dificultad para separar la cabeza del cuerpo de la Esfinge: "Quiero hacer una distinción crucial. Los argumentos [a favor de una libertad ilimitada] atañen a la investigación científica pura, no a las aplicaciones tecnológicas de la ciencia. Al pasar de lo puro a lo aplicado, mis argumentos pierden valor". ¿Pero podremos alguna vez trazar una divisoria clara —o incluso tosca— entre descubrimiento y aplicación? Y si podemos, ¿tendríamos que sostener que los científicos responsables deben permanecer en el lado puro de la divisoria? Este fue el argumento de Oppenheimer en su conferencia de 1947. Presumiblemente, otros negociados e instituciones tendrían que decidir si, cuándo y cómo utilizar el descubrimiento. Pero lo que en un principio podría parecer una postura razonable no se sostiene mucho tiempo. Al finalizar el siglo
XX, pocos problemas hay que nos apasionen de modo más pertinaz que éste.
¿En qué punto podrían haberse interrumpido los trabajos de la bomba atómica para ganar la guerra sin ninguna pérdida innecesaria de vidas humanas? Entre los que conocían el asunto en Los Alamos, el debate ardió con intensidad y gran secretismo. ¿Tendrían que haber sido invitados a Alamogordo observadores internacionales? Nos temimos que no estallara la bomba. ¿Tendríamos que haber lanzado la primera bomba desde un avión sobre una isla desierta cerca de Japón? Sólo teníamos dos bombas y no podíamos "malgastar" una. No supimos dónde o cómo separar la cabeza del cuerpo. Hoy día nos enfrentamos a los problemas, inmensos y muy diferentes, de cómo "aplicar" el conocimiento "puro" que han producido la genética molecular y el Proyecto de Genoma Humano. Pero los propios científicos de investigación han borrado ya la línea de separación al participar en empresas comerciales para explotar los mercados de conocimiento genético. Baltimore y
muchos como él hablan como si pudiéramos observar en la investigación científica un principio de separación como el que regula los tres poderes de nuestros gobiernos y separa a la Iglesia y el Estado. Pero tendríamos que hacer caso a la advertencia de Bacon respecto a creer que podemos separar fácilmente el pensamiento contemplativo o puro de sus aplicaciones a nuestras vidas. Nuestras actuales instituciones científicas no lo están consiguiendo. La historia y teoría de las legislaciones de patentes revelan que su función esencial es alentar una intensa explotación comercial de los descubrimientos vendibles, más que restringir o proteger nuevos hallazgos. Los investigadores por su parte, desde Galileo y Leonardo a Oppenheimer y James Watson, no han observado esta divisoria en sus propias vidas y obras. Incluso Einstein, máxima figura de la investigación pura, cuyo laboratorio era una pizarra, se sintió obligado a escribir una carta al presidente de Estados Unidos instándole a que aplicara la teoría atómica a la construcción de una bomba. La frontera entre conocimiento puro y aplicado es un fantasma que aparece en muchos mapas pero no es fácilmente localizable sobre el terreno.
Hay un relato épico de la antigüedad, en uno de cuyos episodios se describe lo que podría interpretarse como una compleja estrategia para obtener un conocimiento peligroso sin capacidad para utilizarlo o aplicarlo en modo alguno. En el libro XII de La Odisea, Circe previene a Odiseo sobre el canto de las Sirenas, con las que se encontrará en breve. Si él y su tripulación se abandonan al hechizo de la música, perecerán. Circe le instruye sobre el modo de escucharla, si es que quiere hacerlo, sin sucumbir. ¿Por qué no le dice que se tape los oídos con cera como Odiseo ordena a sus marineros que hagan? ¿Por qué aprovecha Odiseo esta posibilidad de oír este canto mortalmente peligroso? ¿Por qué acepta Circe y posiblemente admira la fuerte curiosidad de él hacia algo que no necesita saber? Por último, ¿por qué, al querer ayudarle, le consiente Circe su curiosidad cuando sabe que, por sí solo, carece de fuerza para resistirse al canto de las Sirenas?
La Odisea presenta un universo ambiguo poblado de dioses, semidioses y favoritos de los dioses. Las instrucciones de Circe dejan en libertad las percepciones y la mente de Odiseo mientras impiden la reacción de su cuerpo. Circe le otorga la posibilidad de conocimiento protegido por una distancia prudencial, sin la inmediatez de un contacto directo, lo cual le costaría la vida. Antes y después de los hechos, cuando está a cubierto de la tentación, Odiseo se conforma con aceptar este conocimiento indirecto o incompleto. Homero narra el episodio al lector u oyente con un gesto admonitorio: "Escucha esto con cuidado", dice citando las palabras de la Señora Circe a Odiseo, "y un dios armará tu espíritu". Cuando más adelante Odiseo relata este encuentro a Alkinoos y a su corte, comienza así: "Más de un hombre, y más de dos, queridos amigos, debe saber estas cosas que Circe previó en beneficio nuestro".
La estrategia de comprometerse irremediablemente por adelantado con una línea de conducta restringida sirve de lección a todas las personas de poca
voluntad. Al recitar seis estrofas del canto de las Sirenas en su narración, Odiseo demuestra su lograda conversión de conocimiento mortal en conocimiento inocuo; y lo logra gracias a unas restricciones autoimpuestas siguiendo un consejo confidencial.
La supervivencia de Odiseo depende de una frontera cuidadosamente trazada que separa el conocimiento de lo que en anteriores capítulos he llamado "experiencia"63. Pero esta situación no puede durar. Odiseo no genera ninguna inmunidad permanente frente a las tentaciones de la vida mortal. El episodio de las Sirenas traza una divisoria entre el conocimiento puro y el aplicado, pero precisa de asistencia divina para establecer estrictas limitaciones interrelacionadas sobre las operaciones de indagación. Sin estas condiciones, la mayor parte de la investigación intelectual se desarrolla en una cuesta resbaladiza entre el conocimiento puro y la probabilidad de su aplicación al mundo real.
La concepción, creación y uso de la bomba atómica nos ofrece la ilustración más cruda. Sabemos que a la decisión de Roosevelt de 1939 de construir la bomba iba a seguir, si el proyecto salía adelante, una "madura deliberación" sobre su posible uso. Pero seis años después, con un nuevo presidente, como ha señalado Alan Cranston, "la cadena nuclear de acontecimientos había cobrado vida propia". Estábamos realizando ya horribles bombardeos incendiarios en Alemania y Japón. Nos impulsaban muchas consideraciones estratégicas. Truman no obstaculizó el plan militar vigente de lanzar esta nueva bomba en Japón. En otras palabras: una vez iniciado el proceso de fabricación, el uso militar de la bomba casi se decidió por sí mismo en virtud de una especie de impulso tecnológico. La madura deliberación no se produjo antes sino después del hecho. Desde la talismánica fórmula de Einstein, E = m2, hasta Hiroshima hubo una cuesta abajo cada vez más resbaladiza escasamente afectada por las buenas intenciones y los remordimientos de conciencia individuales.
Hoy día no tenemos divinidades que intercedan por nosotros. ¿Quién, si es que hay alguien, estaría dispuesto a atar a nuestros científicos a un mástil? David Baltimore concluye el párrafo del que he citado anteriormente declarando: "Hay muchas posibilidades tecnológicas que tendrían que estar restringidas". En el mismo artículo acepta limitaciones matizadas incluso a la investigación pura. "La sociedad, aunque debe determinar el ritmo de las
63 No sería en modo alguno erróneo el concluir que lo que Odiseo deseaba era quedarse
con las dos cosas, pues, al navegar junto a las Sirenas atado al mástil, se permite una forma de conocimiento sin responsabilidad. Al abstenerse así de la experiencia plena, sigue un curso de acción no muy diferente al de la princesa de Clèves y de la faceta de Emily Dickinson presentada en el Capítulo IV. Las tres figuras recorren un largo trecho hacia la prueba máxima de la vida; y no llegan a dar el paso último autentificador o destructor. Al contenerse, esperan conservar la libertad de la imaginación frente a aplicaciones en exceso particulares o vinculantes. Adquieren una especie de integridad altiva. John Elster hace muchas observaciones jugosas sobre las Sirenas y las ciencias sociales.
innovaciones científicas básicas, no debe intentar dictar su dirección". Sin diosas que nos guíen, sin embargo, se vuelve muy difícil establecer la divisoria entre investigación pura e investigación aplicada y entre excesiva rapidez y excesiva lentitud en la apertura de un campo. Tendemos a suponer que cualquier verdad científica que merezca ser conocida tiene alguna significación para nuestras vidas y que limitar su conocimiento o su aplicación contradice la naturaleza misma de la verdad.
El punto más sensato al que dirigirse para iluminar estos dilemas no es la especulación sino los casos específicos.