Professor of Management Accounting and Information Systems
L A INTEGRIDAD ESENCIAL
Esta distinción entre resultado y proceso nos permite observar nuestras acciones de una manera diferente. Como puede verse, toda acción tiene dos propósitos. En primer lugar, actuamos para orientarnos hacia un resultado deseado. Segundo, actuamos para expresar nuestros valores.
En el capítulo anterior, dije que la acción es nuestra respuesta a un desafío externo. Utilizamos nuestras habilidades y recursos para crear un futuro deseable. Podemos evaluar nuestros progresos analizando el grado de alineamiento entre los resultados previstos y los efectivamente alcanzados. Esta es la medida del éxito. En este capítulo sugiero que existe un parámetro adicional para evaluar nuestras acciones: también podemos observar cuál es el alineamiento entre nuestra conducta y nuestros valores. Esta es la medida de la integridad, o del éxito más allá del éxito. La mayoría de las personas consideran que la integridad es un valor específico, semejante a la honestidad, pero aquí yo la definiré como la adhesión a un código de valores.
Nuestra conducta es la manifestación de nuestros valores en la acción. Nuestra integridad depende de que los valores que se manifiestan en la acción sean coherentes con nuestros valores esenciales. Cuando eso ocurre, nos sentimos orgullosos. Por el contrario, cuando no es así, nos sentimos culpables. Podemos proclamar valores nobles, pero carecen de significado si no guían nuestra conducta. Enron tenía un impresionante código de ética, al igual que Tyco, WorldCom y muchas otras compañías involucradas en
escándalos corporativos. Esos códigos de ética, que proclamaban los más elevados principios morales, no impidieron que los ejecutivos de esas empresas actuaran de manera poco ética, contradiciendo los principios enunciados. Como dice el refrán: “Lo que haces habla tan alto que no puedo entender lo que dices”.
¿Usted desea ganar a cualquier precio? Antes de responder “sí”, considere esta otra pregunta: ¿Qué haría si para ganar debe apelar a una conducta poco ética? Tal vez esto lo haga dudar. En general, todos reconocemos la existencia de una línea divisoria que separa el bien del mal. Una línea que no debemos cruzar. Sin embargo, en medio de la acción a menudo nos olvidamos de ella. En momentos de impulsividad inconsciente solemos traicionarnos. La preocupación suprema por el éxito oculta cualquier escrúpulo acerca de la integridad. En esos momentos, nos enfrentamos exclusivamente a una cuestión de prioridades: poner la integridad en primer lugar y subordinar a ella él éxito, o por el contrario, dejar la integridad en segundo plano y sostener el éxito a cualquier precio.
Cuando actuamos con integridad, logramos el éxito más allá del éxito. La buena nueva es saber que podemos garantizar el éxito más allá del éxito incluso en un mundo donde el éxito está fuera de nuestro control, que siempre podemos decidir actuar con integridad, porque poseemos el control de nuestra propia conducta. Sin importar qué hagan los demás, como decía Gandhi, “[debemos] convertirnos en el cambio que aspiramos a ver en el mundo”. La integridad nos otorga el poder incondicional de expresar nuestras cualidades más admirables y sentirnos orgullosos de nosotros mismos. También nos ofrece la red de seguridad que constituyen la paz y la dignidad cuando las cosas no funcionan como esperábamos.
Consideremos este relato acerca de Bernardo, un gerente de planta de la industria automotriz. Bernardo y su equipo querían mejorar la calidad de una línea de montaje de camiones. Después de analizar el proceso de producción, identificaron el problema: algunas máquinas no funcionaban de acuerdo con las especificaciones. Por lo tanto, el equipo ajustó las máquinas. ¿Produjo esto un aumento en la calidad?
Desafortunadamente, no. La mejora en el proceso reveló que los defectos se originaban en otra planta de producción. Bernardo se dirigió con esos datos al gerente de la otra planta pero este lo rechazó: él no tenía autoridad para imponer su voluntad a un colega. A pesar del esfuerzo de Bernardo y su equipo, la calidad de los camiones se mantuvo por debajo de la esperada.
Desde el nivel de los resultados, Bernardo y su equipo fracasaron. No lograron la mejora de calidad que deseaban. Desde el nivel del proceso, la historia es diferente. Se desilusionaron, pero también se sintieron orgullosos. Los miembros del equipo trabajaron esforzadamente para enfrentar el problema y actuaron según sus valores. Dieron lo mejor de sí. Esta satisfacción les permitió aceptar el (momentáneo) fracaso sin abatirse. En poco tiempo, comenzaron a explorar modos alternativos de encarar el problema de la calidad. Bernardo y su equipo continuaron buscando el éxito más allá del éxito. Cuando cuento esta historia en mis seminarios siempre me preguntan si Bernardo y su equipo lograron finalmente encontrar la solución. Sin embargo, más importante es que nos preguntemos si actuar con integridad esencial para lograr el éxito más allá del éxito aumenta nuestra capacidad para lograr el éxito en términos convencionales. La respuesta depende del período de tiempo que consideremos. En el corto plazo, no necesariamente. En el largo plazo, absolutamente sí. El respeto a los valores esenciales impone restricciones a nuestra conducta, que no afectan a quienes hacen caso omiso de esos valores. Por lo tanto, las personas sin escrúpulos parecen gozar de mayor libertad que las personas con escrúpulos. Si se permiten “ganar” violando las normas que otros se sienten obligados a respetar, es más probable que sean ellos quienes ganen.
Durante un partido de fútbol entre la Argentina e Inglaterra, el famoso Diego Maradona hizo un gol de manera ilícita. Impulsó la pelota hacia el arco con la mano, pero el árbitro creyó que la había tocado con la cabeza y consideró válido el gol. Los ingleses estaban furiosos. Los argentinos, doblemente alborozados. Que la infracción no hubiera sido descubierta hacía que el gol fuera mucho más
admirado. Al finalizar el partido, Maradona se jactó de que no fue su mano sino “la mano de Dios” la que había impulsado la pelota. Yo me sentí avergonzado. Al día siguiente comenté mi decepción con un amigo argentino.
—¿Qué crees que debería haber hecho Maradona? —me preguntó desafiante.
—En mi opinión, debería haberle dicho al árbitro que el gol no era válido —le respondí.
—Pero eso habría perjudicado a la Argentina.
Di por sentado que no se refería al país sino al equipo, pero los aficionados al fútbol, y los nacionalistas militantes, a menudo confunden ambas cosas.
—Si, eso podía incidir en las posibilidades de ganar el partido, pero la reputación de la Argentina resulta mucho más perjudicada por la falta de integridad de su equipo, y por la manera en que los aficionados la celebran.
De acuerdo con la lógica, no se pueden lograr grandes resultados si las opciones son limitadas. Sin embargo, los seres humanos no son computadoras y a veces más opciones significan peores resultados. Si usted es un fumador que trata de abandonar ese hábito, es aconsejable que no haya cigarrillos a su disposición. Si está navegando y las sirenas lo hipnotizan con su canto será mejor que se ate al mástil. Del mismo modo, si desea obtener un éxito sostenible será mejor que se abstenga de poner en práctica estrategias poco éticas. En el largo plazo, la búsqueda virtuosa de la excelencia depara un éxito real que supera a la búsqueda desenfrenada del éxito material.
Imagine que Maradona era un CEO que utilizaba artilugios de contaduría para aumentar las ganancias anunciadas. Imagine incluso que el engaño pasaba inadvertido y lograba aumentar el valor de mercado de su compañía. Suponga que nunca lo descubrieron y que él se vanagloriaba de ello ante su equipo administrativo. Con su conducta, ¿qué mensajes les transmitía?: “La honestidad es para los
tontos. Para triunfar en esta organización tienes que hacer lo que sea necesario. Puedes mentir, estafar, y robar, en tanto no seas descubierto”. Seguramente, son pocas las probabilidades de que una compañía con una cultura tan corrupta sea exitosa en el largo plazo.
Más aún, el éxito, en última instancia, es aquello que los sabios han denominado una “buena vida”. Esa clase de vida siempre ha estado asociada con la integridad espiritual, no con el éxito material. Una de las principales enseñanzas de Sócrates, por ejemplo, es que un hombre que conserva su integridad nunca resultará perjudicado en el largo plazo. Las incertidumbres de este mundo son tales que cualquier persona puede ser privada de sus posesiones y encarcelada injustamente, puede quedar inválida a causa de un accidente o una enfermedad. Esos hechos fortuitos son parte de una existencia fugaz, que pronto terminará. Pero como decía Sócrates, si nuestra alma permanece impoluta, nuestros infortunios nos parecerán relativamente triviales. La verdadera catástrofe personal consiste en la corrupción del alma. Por ese motivo, él sostenía que una persona resulta mucho menos dañada al sufrir una injusticia que al cometerla.
[Sócrates] fue el primero [entre los filósofos] en enseñar la importancia primordial de la integridad personal, entendida ya no como las obligaciones impuestas a las personas por los dioses, la ley o cualquier otra autoridad sino como el conjunto de los deberes que una persona tiene para consigo misma [...]. Es una prioridad que ha sido reafirmada por algunos de los más grandes pensadores desde que [...] Jesús preguntó: “¿Qué gana un hombre si logra poseer el mundo entero a costa de su auténtico ser?” [...]. Y Shakespeare dijo: “Por sobre todo, esto: sé fiel a tu verdadera esencia”.2
Hay algunas diferencias importantes entre el éxito y la integridad. El éxito es algo futuro. Es el resultado de un proceso que lleva tiempo y depende de factores que están más allá de nuestro control. La
integridad está presente en todo momento y es incondicional. Cada vez que actuamos, podemos hacerlo en alineación con nuestros valores, o no. Elegimos estar o no alineados. En lo que atañe a la integridad, siempre podemos ser protagonistas. Es algo de lo que nadie puede privarnos.