• No se han encontrado resultados

La arquitectura tangibiliza el conocimiento social.

CAPÍTULO 1: Abstracción Presentación

1.4. La arquitectura tangibiliza el conocimiento social.

Este fenómeno que se ha descrito anteriormente en la actualidad se ha amplificado. Kostof (1977), señala que en el período llamado moderno se inició una reestructuración del orden social y cultural pasando de una economía agraria y artesana a una dominada por la máquina y la industria, donde la arquitectura occidental fue lanzada hacia un futuro incierto producto del proyecto de modernidad iniciado con la Revolución Industrial. La búsqueda de verdades fundamentales o de una

universalidad más abarcante que la de Grecia y Roma, como reacción contra las formas barrocas, rococó y en general contra los cánones clásicos, impuso una nueva visión del mundo, según Kostof.

La racionalización cultural y social de la modernidad produjo también transformaciones en el pensamiento y en las prácticas sociales que redefinieron la relación entre capital y trabajo, así como la capacidad del ser humano de transformar y controlar la naturaleza, situación que antes no se conocía ni se concebía (Martín, 2006).

Muntañola (2002) señala que antes de la modernidad, existía un equilibrio entre ciencia, arte y política, y la arquitectura se apoyaba en el reconocimiento y aceptación del papel “hospitalario” del espacio, como férrea disciplina social. Si un cierto conocimiento de la arquitectura permanecía en el tiempo, era porque ofrecía mejores garantías de vida segura. La modernidad contemporánea, en cambio, pretendía unificar ciencia, arte y política como un solo proceso de formalización, que convertiría a cada proyecto de arquitectura en una aventura irrepetible, creativa y útil, objetivo que fue tergiversado por posturas como la del Estilo Internacional, con secuelas que hasta hoy se padecen, por la idea de una arquitectura estándar que pretende ser la única válida (Muntañola, 2000: 104).

Desde este punto de vista, se reconoce la realidad como una construcción social cuyas

características hoy son la relatividad, la heterogeneidad y la especificidad, y que propone el rescate de rasgos locales de dimensiones globales, considerando idiosincracias específicas, historias locales y valores propios, así como un conocimiento relativo a quien lo concibe y lo construye. Hoy la realidad es una co-construcción individual y colectiva, en circunstancias diversas y es

configurada por múltiples factores de un contexto social cada vez más complejo (Muntañola, 1996). El mismo autor advierte positivamente en la modernidad una “mutación moderna del

conocimiento”, reconocible en el fenómeno de vislumbrar y promover nuevas perspectivas, actitudes y formas dirigidas a la comprensión de la realidad. Estas perspectivas tienen diferentes resultados en diferentes lugares, haciendo la advertencia de la presencia de

“...una explosión del arte, de un big-bang artístico en el que las técnicas modernas se mezclan con las arcaicas, donde se condensan todas las “estéticas” anteriores con innumerables “estéticas virtuales” y se expresan en oleadas cada día más aceleradas de “modas” más y más efímeras que se autorepresentan y se mezclan una y otra vez, explorando un sinfín de historias “posibles” en una “ficción” que parece tan inagotable como lo es el avance técnico científico.” (Muntañola, 2002:25).

Un aspecto cognoscitivo central de la producción arquitectónica del siglo XX, junto con el

fraccionamiento del conocimiento, es la “visión representacional de la realidad multidimensional” (Zárate, 2001), la cual intenta reflejar el mundo atomizado de la realidad a través del lenguaje, del cual nos hacemos representaciones y que actúa sobre todas las dimensiones del habitar.

El lenguaje es clave en detectar las intenciones del autor de un edificio, pues las estrategias proyectuales surgen de una necesidad de diálogo entre sociedad y objeto, donde el sentido de habitar es más amplio que el de morar, pues involucra a la cultura, las aspiraciones sociales y a las creencias, que a partir de un acontecimiento histórico y social pasan a ser parte del contexto y demandan un lugar físico para existir (Krahe, 2008).

Podemos detectar estas intenciones en los elementos de arquitectura, o en las soluciones

funcionales o formales de la creación del objeto construido. De esta manera la abstracción pasa a ser considerada un reflejo social que es claramente justificada mediante figuras retóricas. El significado social de la arquitectura se insinúa en el carácter de la forma construida, el cual se encuentra en la abstracción de una retórica, en la transformación de un objeto construido a partir de una demanda social, como metáfora arquitectónica (Derrida, 1999), como investigación que deconstruye una retórica individual.

La relatividad social de la realidad y del conocimiento es una condición por pertenecer a contextos sociales específicos (Berger y Luckmann, 1967), por lo tanto, es necesario ocuparse de todo lo que una sociedad dada considera como conocimiento, intentando captar los procesos sociales por los cuales ello se realiza, de manera tal que una realidad ya establecida se tangibilice para el hombre de la calle.

Esta construcción social de la realidad es muy relevante en arquitectura, está en la esencia de su origen, por cuanto son las obras las que tangibilizan el conocimiento social que se hace realidad y que le dan validez y perdurabilidad.

Es así como la arquitectura llega a ser la articulación del significado virtual de la democracia a la vez que soporte de su significado simbólico, constituyéndose en un modelo político del espacio y del tiempo, característico de la modernidad que el Estado ha querido consolidar en Chile en el período analizado.

Muntañola en su libro “Topogénesis. Fundamentos de una nueva arquitectura” (2000) señala que existe un puente entre el sujeto y la historia, este puente es llamado “el lugar”, sin el cual se rompe la razón entre ambos. Juntos, sujeto, historia y lugar son capaces de multiplicarse y desarrollarse.

“Esto es lo que ocurre en realidad. Siempre se habita el lugar desde la historia y siempre se analiza la historia de un sujeto “estando” en los lugares que ha

ocupado. En ambos casos el lugar sirve de vehículo y de puente entre la historia y el sujeto. Esta es la razón del lugar.” (Muntañola, 2000: 17).

Muntañola basa su propuesta de lugar en sus indagaciones e investigaciones en sujetos infantiles, que combinan los conceptos lógicos abstractos con la experiencia física empírica y mezclan intuición y lógica (Piaget, 1974) y en el “sentido unitario de lugar” que da la mezcla del sueño o el mito ( entendido como ideologías, estatus, etc.) con la realidad, o bien la mezcla entre lo sentido y lo pensado (Rapoport, 1978, cp Muntañola 2000).

Este sentido de lugar se ha ocultado en cierta forma, por la pérdida de un vínculo directo y evidente entre cultura y naturaleza. Poéticamente, Muntañola nos advierte que se ha dejado de soñar, y aunque el sueño contemporáneo se llame “ciencia”, no ha dejado de tener “fuerza mítica”, es decir, se le reconoce a cierta arquitectura moderna la capacidad de animar un esfuerzo de

transformación y crítica del medio físico y social, aludiendo a la preocupación de Lewis Mumford en “El mito de la Máquina” (1967), donde el lugar como mito tiene la potencia de desencadenar hechos que existen entre el cuerpo y la historia, de la misma manera que el lenguaje verbal. Lo importante, concluye Muntañola, es que el proyectar y usar el lugar construido permita leer la historia, como en un “salir del cuerpo”, pues para evitar mitificaciones y producir los cambios, ha de conectarse el cuerpo con la historia, para que el lugar sea la clave de la interpretación de la historia colectiva y de la vida individual.

Documento similar