CAPÍTULO 4: Abstracción, dialogía e identidad en el Estado de Chile Presentación
4.3. La construcción de la legitimidad del Estado.
En las primeras décadas del siglo XX, comenzaba a generarse en Europa una concepción del Estado que tenía diferentes vertientes: una, la socialdemócrata, que propugnaba un socialismo estatista, asociando socialismo con estatismo, y otra encabezada por Mussolini que enfatizaba el papel del estado autoritario con basamento social corporativo. Paralelamente, aunque con otra orientación, en 1926, Keynes comenzaba a teorizar acerca de las nuevas funciones que debía desempeñar el Estado, tema que luego sistematizará a raíz de la crisis mundial de 1929-30. En este contexto global, el período de estabilidad democrática en Chile desde 1932 a 1973 estuvo precedido por casi una década de inestabilidad política, que en una gran medida fue resultado del auge y caída de las ventas del salitre, el principal producto de exportación del país y también de las consecuencias de la gran crisis mundial de 1929 (Faúndez, 1988:14-19).
El historiador Gonzalo Vial señala que si bien el Estado ha sido un agente activo del progreso material y espiritual en Chile, no hay que olvidar que históricamente ha sido controlado por oligarquías ocultas, fenómeno que también sucedió en este período, siendo los partidos políticos asociados con algunos poderosos gremios, grupos extranjeros y otros grupos de presión que actuaban veladamente.
Por estas razones, desde fines de la segunda década del siglo XX, los liderazgos en Chile no pueden considerarse como un poder sólida o claramente identificable con una sola clase social. La aparición de partidos políticos de masas, de los Frentes Populares y de un liderazgo intelectual y universitario, donde figuras y un espíritu mesocrático se hacen visibles, impiden hacer una relación automática entre liderazgo y clase dominante (Salazar y Pinto, 1999:30).
“... el Estado chileno ha visto su acción penetrada y deformada por oligarquías ocultas. Entre 1891 y 1925, es la oligarquía una clase social determinada, todo poderosa, escondida bajo un aparente régimen parlamentario tipo europeo. Desde 1925, al caer el control político, progresiva y realmente en poder de los partidos (antes simples disfraces de las diversas facciones de la clase rectora)... se constituye una nueva oligarquía también oculta. La forman los partidos, combinándose con grupos de presión…ciertos gremios privilegiados de trabajadores, ciertas asociaciones de empresarios que requieren protección de precios, tarifas, aranceles, grandes consorcios económicos extranjeros con intereses en Chile, establishments profesionales y universitarios, etc.” (Góngora, 1981:311-312).
Cabe reiterar que durante los 12 años entre 1920 y 1932, Chile soportó la mayor crisis de su historia, desde el dramático estancamiento comercial por la disminución de los ingresos del Estado producto de la crisis salitrera hasta el colapso del comercio internacional en 1929. Estas crisis explican los sucesivos golpes militares y la inestabilidad política hasta 1932 (Faúndez, 1988:24). Desde 1924 hasta 1932, los gobiernos que fueron sucediéndose procuraron acomodarse a los cambios que ocurrían en los mercados mundiales del salitre. Sin embargo los esfuerzos no resultaron del todo exitosos, como demuestra la inestabilidad de dicho período. Aún así, tras el aparente caos del período, surge como una realidad la serie de importantes reformas implantadas
por algunos gobiernos que habían de contribuir a moldear el sistema político y económico que imperó con posterioridad a 1932 y, con variaciones, hasta 1973 42.
Así, según algunos autores, la idea de Estado en Chile entra en crisis a partir de 1920, situación definida como una crisis del llamado Estado liberal-parlamentario (un Estado con relativa neutralidad en temas económicos y sociales) que sólo fue superada a partir de las grandes
transformaciones políticas y sociales del período 1924-1931, que incorporaron la renovación de las instituciones paraestatales, posibilitaron la sindicalización legal, la previsión social, la intervención económica del Estado y una serie de otras modificaciones que introdujeron la negociación de los dirigentes de los partidos con el Presidente para la constitución de los sucesivos gobiernos (Góngora, 1981:367).
Se habla de una “revolución política pacífica del año 20”, que fue el final de una evolución social, impulsada desde mucho antes por algunos Partidos políticos como el Radical (Góngora, 1981:106) que termina con la sucesión de Presidentes promovidos y respaldados por la oligarquía capitalina. El proceso de cambios entre 1924 y 1932, fue una revolución de la sociedad civil, más extensa que proletarios y capitalistas, una presión ciudadana contra el sistema oligárquico de partidos políticos
que eran incapaces de resolver los conflictos de un sistema estatal que estaba en crisis43.
“... el poder político fue tomado por caudillos que se declaran jefes de la revolución, Alessandri e Ibáñez, y en ambos casos se proyectó o se dictó una amplia legislación social…lo social pasó a ser determinante del Estado, en parte por un sentimiento de culpa hacia “los de abajo”, pero también porque Alessandri e Ibáñez sabían que así incorporaban el proletariado y las clases medias al Estado, y frenaban la lucha de clases y la revolución social. Ya Valentín Letelier había dicho que este socialismo de cátedra o de estado, a la alemana, era el gran medio de contraer el avance del socialismo revolucionario...” (Góngora, 1981:162).
Para Letelier y sus partidarios, el socialismo que propugnaban era lo contrario del socialismo revolucionario de la lucha de clases; era la legislación que buscaba elevar el nivel de vida de los obreros (Espejo, 1912) En su forma final, el pensamiento de Letelier logró unir coherentemente un autoritarismo moderado en política con un socialismo de cátedra de fuente alemana en lo social, y con un jacobinismo en lo religioso (Letelier, 1917:9-10 y 696-697) 44.
42 Vitale, advierte que cualquier análisis de los cambios de gobierno de 1900 a 1930 debe tener en cuenta esta lucha inter imperialista, que se refleje en el apoyo a determinadas corrientes políticas o a los golpes militares. Esto se puso de manifiesto en la década de 1920, con la ascensión al gobierno de Arturo Alessandri Palma y de Carlos Ibáñez Del Campo, ambos con explícito respaldo de los EEUU (Vitale, 1998:40).
43 Cabe señalar que si bien las generaciones de jóvenes del año 1920 con la de 1925 eran diferentes, pues la primera era antimilitarista, ambas estaban en lucha contra los viejos políticos y militares simultáneamente, porque representaban una barrera a las demandas sociales de la época. Ambos grupos redescubrieron la llamada cuestión social, en que se tomó conciencia de no postergar la solución a las pésimas condiciones en que vivían las masas en Chile, declarándose solidarios de los pobres y las bajas clases medias.
44 En este ambiente social, el intento de golpe de estado de 1919, se puede caracterizar como el primer movimiento militar reformista, inspirado en el “populismo” o mejor dicho en el “proto populismo burgués” (Vitale, 1998:266-267), que comenzaba a surgir en otros países latinoamericanos. Vitale denomina al primer gobierno de Arturo Alessandri, entre 1920
Para el Presidente Alessandri era necesario incorporar al proletariado dentro del Estado, además de las clases medias que ya tenían medios de hacer escuchar sus demandas y anhelos, con el objetivo de evitar el socialismo revolucionario y el anarquismo .
Según Góngora, uno de los pensamientos favoritos de Alessandri era “la evolución que se retarda lleva a la revolución”, en el fondo, el socialismo de Estado que representaron Alessandri y después Ibáñez, es un recurso conservador contra la revolución social o a la alemana, como en los tiempos de Bismarck en Alemania. Alessandri es el personaje más significativo de la historia de la política chilena, “simboliza el final del liberalismo aristocrático y la entrada violenta de nuevos protagonistas del siglo que serán más puramente democráticos…tras el demagogo había un estadista”(Góngora, 1986:300).
Los gobiernos de la década del 20 introdujeron reformas económicas que aumentaron la capacidad de adaptación frente a la inestabilidad del sistema, con lo cual se pudo conseguir créditos en el extranjero hasta 1930, sin embargo el impacto de la depresión fue tan intenso (Faúndez, 1988:26) que a mediados de 1931 el gobierno de Ibáñez cayó y se produjo una intensa aunque breve crisis política. Rodrigo Hidalgo (2005:112) señala que la “actitud del Estado chileno hacia la década de 1920 ante los problemas sociales, fue de mayor compromiso y sus acciones estuvieron influidas por una nueva orientación que asumieron las políticas públicas del país”.
Afortunadamente, y a pesar de las revueltas y protestas de la población más afectada, esta crisis no logró provocar cambios revolucionarios violentos y tras un período breve retornó la estabilidad, adoptando formas legítimamente democráticas que ordenaron al Estado chileno por más de 40 años, consiguiendo dar un marco económico y social que lo modernizó, vigorizando el proceso de su desarrollo.
Los gobiernos que se sucedieron entre 1932 y 1973, diversificaron las bases de la economía, elaboraron los cimientos para la industrialización y dieron impulso a una nueva legislación y acción social dirigida y administrada por el Estado como constructor de un nuevo orden social (Faúndez, 1988:26).
La concepción del Estado como ente protector de todos los estratos de la sociedad es una idea que se consolida. Esta concepción supone que el Estado involucra a todos los sectores en el trabajo material y administrativo, con lo cual resulta necesario crear nuevos organismos estatales o semi estatales, con el fin de incorporar a nuevos grupos en su administración. Es la idea del Estado como agente del bien común (Góngora, 1981:187)45.