San M artín reunió en Santiago una junta de guerra, a la que asis tieron los jefes militares y en ella impuso su opinión de reorganizar en el acto el ejército para salir a luchar contra el enemigo, a fin de proteger a la capital de un se guro ataque.
El capitán-fraile Luis Beltrán se dedicó nuevamente a la fabrica ción de armas y municiones, m ien tras todos los trabajos militares contaron con apoyo unánime de la población, de tal manera que a co mienzos de abril logróse equipar a 5.500 hombres. En pocos días el ejército unido, compuesto de nue ve batallones — cinco chilenos y cuatro argentinos— , se había or ganizado sobre la base de la d ivi sión de Las Heras.
San M artín acampó con sus tro pas a diez kilómetros de la ciudad
lar, de manera que ambos beligerantes — a la vista uno de otro— tenían de por medio un valle longitudinal, de mayor amplitud hacia el oeste que al este.
Cuando San Martín observó que los realistas efectuaban un movimiento táctico desfavorable, en dirección al camino que llevaba a Santiago, excla mó: “Osorio es más torpe de lo que
yo pensaba”, y luego dijo a sus ayu
dantes: “El triunfo de este día es nues
tro. El sol por testigo.”
La batalla de M aipú se libró en la mañana del domingo 5 de abril de 1818.
San M artín dividió el ejército independiente en tres cuerpos. La derecha a las órdenes de Las H e- ras, la izquierda al mando de A l- varado y la reserva dirigida por el general H ilarión de la Quintana. A causa de su herida, O’H iggins había quedado en Santiago.
A nte la intención de Osorio de cortar el camino que conducía a la capital chilena, San M artín in i ció el combate al ordenar el avan
ce de su ala derecha, que logró su objetivo al desalojar a los realistas de los cerrillos de Errázuri, pero la izquierda de Alvarado se trabó en furiosa lucha con el grueso de la infantería española y sufrió se rios tropiezos. En esas circunstan cias el general argentino dispuso que la reserva de Quintana embis tiera al enemigo en orden oblicuo. Esta arriesgada maniobra produjo la desorganización de las filas ene migas, las que retrocedieron y an tes de rendir sus armas hicieron una última resistencia en la ha cienda del Espejo.
En momentos en que San Martín se disponía al último ataque sobre la ha cienda del Espejo, llegó al campo de batalla el general O’Higgins, quien, pasando su brazo izquierdo por el cue llo del militar argentino, exclamó: “ Gloria al salvador de Chile.” El ven cedor le replicó: “ General: Chile no
olvidará jamás su sacrificio presentán dose en el campo de batalla, con su gloriosa herida abierta."
de Santiago, sobre una meseta lla mada Lomas Blancas (por su sue lo calizo), próxima al río M a ip ú 1. Por su parte, Osorio prosiguió su avance cautelosamente, por cuan to la retirada de Las Heras le im pedía valorar las fuerzas del ad versario, y dispuso atacar la ca pital por el sudoeste; y con este propósito cruzó el río M aipú y a llí avistó al ejército patriota. Ubicó sus fuerzas sobre una meseta de forma triangular, uno de cuyos vértices daba sobre la hacienda del Espejo.
El lugar elegido por San Martín para enfrentar a los realistas era una extensa llanura limitada al norte y al oeste por serranías, al este por el río Mapocho y al sur por el río Maipú o Maipo (en idioma indígena “ la tierra nativa” ) .
En esta llanura podía observarse una serie de elevaciones del terreno y sobre la más baja — la Loma Blanca— el general San Martín se situó con su ejército. Desde allí dominaba los tres caminos que conducían a la capital, distante pocos kilómetros.
Las tropas de Osorio acamparon de frente y en línea paralela a los inde pendientes, sobre una meseta triangu
V ? “ I o s . t r a b a > ° s í l e l ° s i n v e s t i g a d o r e s p u e d e l e e r s e i n d i s t i n t a m e n t e " ^ 3 “ Maipo. N o t o d a s l a s o p i m o n e s c o i n c i d e n c o n r e s p e c t o a l v e r d a d e r o n o m b r e , a u n q u e M f “p o h i s t o ™ d o r e s - c o m o e l c h i l e n o A l b e r t o d e l S o l a r - a f i r m a n q u e l o c o r r e c t o e s
Resultados y consecuencias de la b a talla
La victoria había sido reñida, pero completa. Los realistas deja ron m il muertos en el campo de la acción, casi todo su material bé lico y cayeron, prisioneros sus principales jefes, entre ellos Ordó- ñez y Morgado x. Por su parte, los patriotas — entre muertos y he ridos— tuvieron igual número de bajas que sus enemigos.
El triunfo del ejército unido ase guró definitivam ente la libertad de Chile y consolidó al mismo tiempo la independencia argentina amenazada por los realistas a tra vés de los Andes. Perm itió contar
con una base segura para la expe dición al Perú, desbarató el plan de reconquista soñado por Pezuela y sembró el desconcierto entre los que aún sostenían la causa del rey en tierras americanas.
El capitán O’Brien retiró del campo de batalla de Maipú una valija que contenía la correspondencia recibida por Osorio, y la entregó a San Martin. Éste encontró en ella varias cartas que comprometían a ciudadanos de San tiago, quienes — creyendo al enemigo triunfante después de Cancha Rayada— se declararon partidarios del rey, para salvar sus vidas e intereses.
El vencedor leyó aquellas constancias que hubieran servido para ajusticiar a más de uno, y en magnánimo gesto 1 E s t o s j e f e s r e a l i s t a s f u e r o n c o n f i n a d o s — c o n o t r o s p r i s i o n e r o s — e n l a c i u d a d d e S a n L u i s y a l l í s e s u b l e v a r o n e l 8 d e f e b r e r o d e 1 8 1 9 . L a i n t e n t o n a f r a c a s ó y e n l a l u c h a p e r e c i e r o n e l b r i g a d i e r O r d ó ñ e z y e l c o r o n e l M o r g a d o .
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procedió a destruirlas por el fuego. Años después, O’Brien construyó en ese sitio una casa quinta y en ella erigió una columna conmemorativa, para re cordar, a través de los años, el ejemplo moral de San Martín.
Muerte de los herm anos C a rre ra y de Rodríguez
Por esas épocas se produjo un suceso de honda repercusión en el país tras andino. Los hermanos Juan José y Luis Carrera se encontraban presos en Men doza, acusados de conspirar contra la revolución chilena desde territorio ar gentino.
Después de la sorpresa de Cancha Rayada, Toribio Luzuriaga, el gober nador de Cuyo, temió por los presos confiados a su custodia y, aconsejado por Bernardo Monteagudo, resolvió eli minar a los detenidos. El 8 de abril, los hermanos Juan José y Luis Carrera fueron fusilados.
Mientras tanto, y al día siguiente de lo ocurrido, en la ciudad de Santiago, la esposa de Juan José Carrera inter cedió ante San Martín por la vida del detenido, ignorando ambos el trágico fin de los hermanos. El general argen tino — olvidando anteriores agravios— transmitió el pedido a O’Higgins, “ para suplicarle se sobresea en la causa que se sigue” ; el director chileno accedió a lo solicitado por su amigo, “ aun cuan do la causa de la patria peligrase por la existencia de esos hombres” .
Todo fue en vano, por cuanto los Carrera ya habían sido ajusticiados. El episodio dio motivos para que. los enemigos de San Martín y O’Higgins acusaran a ambos — infundadamente— de complicidad en la tragedia.
Otro suceso de consecuencias seme jantes ocurrió el 24 de mayo, día en
Poco antes de su ejecución, los herm a nos Juan José y Luis C a rre ra son asis tidos espiritualmente por un sacerdote. El sacrificio de estos hombres fue esté ril y produjo honda repercusión en Chile. (Litografía de Beaubeuf.)
que el chileno Manuel Rodríguez fue asesinado por el oficial encargado de su custodia, quien pretextó la fuga del detenido.
Rodríguez había desarrollado intensa actividad en la “ guerra de zapa” , pero luego ingresó en el partido de los Ca rrera y en consecuencia militó entre los opositores de San Martín y O’Hig- gins.
G estiones de San M artín en Buenos A ires
T a l como hiciera después de Chacabuco, San M artín partió una vez más hacia Buenos Aires, a los pocos días de la victoria de Maipú. Para eludir los homenajes, hizo su entrada en la ciudad en la madru gada del 11 de mayo de 1818, pues el único objetivo de su viaje era obtener recursos para la futu ra expedición libertadora al Perú. A pesar de su natural modestia, no pudo im pedir el caluroso reci bimiento popular y el homenaje que le tributó el Congreso el 17 de mayo. Ese día, el general San M artín se presentó en la sala de sesiones acompañado por el Direc tor Pueyrredón y funcionarios del gobierno, entre el júbilo de la po blación, que colmaba las calles ad yacentes.
Resultados y consecuencias de la b atalla
La victoria había sido reñida, pero completa. Los realistas deja ron m il muertos en el campo de la acción, casi todo su m aterial bé lico y cayeron, prisioneros sus principales jefes, entre ellos Ordó- ñez y Morgado Por su parte, los patriotas — entre muertos y he ridos— tuvieron igual número de bajas que sus enemigos.
E l triunfo del ejército unido ase guró definitivam ente la libertad de Chile y consolidó al mismo tiempo la independencia argentina amenazada por los realistas a tra vés de los Andes. Perm itió contar
con una base segura para la expe dición al Perú, desbarató el plan de reconquista soñado por Pezuela y sembró el desconcierto entre los que aún sostenían la causa del rey en tierras americanas.
El capitán O’Brien retiró del campo de batalla de Maipú una valija que contenia la correspondencia recibida por Osorio, y la entregó a San Martín. Éste encontró en ella varias cartas que comprometían a ciudadanos de San tiago, quienes ■— creyendo al enemigo triunfante después de Cancha Rayada— se declararon partidarios del rey, para salvar sus vidas e intereses.
El vencedor leyó aquellas constancias que hubieran servido para ajusticiar a más de uno, y en magnánimo gesto 1 E s t o s j e f e s r e a l i s t a s f u e r o n c o n f i n a d o s - c o n o t r o s p r i s i o n e r o s - e n l a c i u d a d d e S a n L u i s y a l l í s e s u b l e v a r o n e l 8 d e f e b r e r o d e 1 8 1 9 . L a i n t e n t o n a f r a c a s ó y e n l a l u c h a p e r e c i e r o n e l b r i g a d i e r O r d ó ñ e z y e l c o r o n e l M o r g a d o .
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procedió a destruirlas por el fuego. Años después, O’Brien construyó en ese sitio una casa quinta y en ella erigió una columna conmemorativa, para re cordar, a través de los años, el ejemplo moral de San Martín.
Muerte de los herm anos C a rre ra y de Rodríguez
que el chileno Manuel Rodríguez fue asesinado por el oficial encargado de su custodia, quien pretextó la fuga del detenido.
Rodríguez había desarrollado intensa actividad en la “ guerra de zapa” , pero luego ingresó en el partido de los Ca rrera y en consecuencia militó entre los opositores de San Martín y O’H ig gins.
Por esas épocas se produjo un suceso de honda repercusión en el país tras andino. Los hermanos Juan José y Luis Carrera se encontraban presos en Men doza, acusados de conspirar contra la revolución chilena desde territorio ar gentino.
Después de la sorpresa de Cancha Rayada, Toribio Luzuriaga, el gober nador de Cuyo, temió por los presos confiados a su custodia y, aconsejado por Bernardo Monteagudo, resolvió eli minar a los detenidos. El 8 de abril, los hermanos Juan José y Luis Carrera fueron fusilados.
Mientras tanto, y al día siguiente de lo ocurrido, en la ciudad de Santiago, la esposa de Juan José Carrera inter cedió ante San Martín por la vida del detenido, ignorando ambos el trágico fin de los hermanos. El general argen tino — olvidando anteriores agravios— transmitió el pedido a O’Higgins, “ para suplicarle se sobresea en la causa que se sigue” ; el director chileno accedió a lo solicitado por su amigo, “ aun cuan do la causa de la patria peligrase por la existencia de esos hombres” .
Todo fue en vano, por cuanto los Carrera ya habían sido ajusticiados. El episodio dio motivos para que. los enemigos de San Martín y O’Higgins acusaran a ambos — infundadamente— de complicidad en la tragedia.
Otro suceso de consecuencias seme jantes ocurrió el 24 de mayo, día en
Poco antes de su ejecución, los herma- nos Juan José y Luis C a rre ra son asis tidos espiritualmente por un sacerdote. El sacrificio de estos hombres fue esté ril y produjo honda repercusión en Chile. (Litografía de Beaubeuf.)
Gestiones de San M artín en Buenos A ires
T a l como hiciera después de Chacabuco, San M artín partió una vez más hacia Buenos Aires, a los pocos días de la victoria de Maipú. Para eludir los homenajes, hizo su entrada en la ciudad en la madru gada del 11 de mayo de 1818, pues el único objetivo de su viaje era obtener recursos para la futu ra expedición libertadora al Perú. A pesar de su natural modestia, no pudo im pedir el caluroso reci bimiento popular y el homenaje que le tributó el Congreso el 17 de mayo. Ese día, el general San M artín se presentó en la sala de sesiones acompañado por el D irec tor Pueyrredón y funcionarios del gobierno, entre el júbilo de la po blación, que colmaba las calles ad yacentes.
La bienvenida estuvo a cargo del presidente de turno del Congreso, quien en un conceptuoso discurso agradeció a San Martín los servicios prestados en bien de la patria.
El Libertador replicó con suma mo destia y “ se empeñó — consta en la “ Gazeta”— en aminorar su influencia en la victoria para realzar los servicios de sus compañeros de armas” .
El ilustre argentino dedicó más de tres meses a realizar diversas gestiones para conseguir el apoyo tan necesario a sus planes futuros. En una reunión a la que asistieron el Director Supremo y los más des tacados miembros de la Logia Lau taro, obtuvo la promesa de 500.000 pesos para el Ejército de los Andes, dinero que podría conseguirse me diante un empréstito interno.
Resuelto el motivo fundamental de su viaje, San M artín empren dió el regreso, pero al llegar a Mendoza se enteró de que el go bierno estaba imposibilitado para conseguir la ayuda monetaria. La noticia echaba por tierra sus pro yectos y ante el problema plan teado optó por presentar su renun cia como jefe del ejército unido.
La determinación de San M a r tín provocó justificada alarma, tanto en Buenos Aires como en Santiago. A l poco tiempo, Puey rredón le solicitó el retiro de la re nuncia, a la vez que le prometía buena parte de la ayuda estable cida.
El rigor del invierno le impidió el cruce inmediato de la cordillera y recién pudo hacerlo a mediados de octubre; el 29 de ese mes el lib erta d or llegó a Santiago.
N ueva ca m p a ñ a a! sur de Chile
Después de Maipú, los realistas retrocedieron y se hicieron fuertes
al sur de Chile. Para term inar con esta guerra crónica, San M artín destacó al general A n ton io G on
zález Balcarce, quien al frente de
sus tropas ocupó la línea del río Bío Bío — enero de 1819— con el propósito de desalojar al enemigo de toda esa región.
El ejército independiente logró ocupar Talcahuano, pero los espa ñoles se atrincheraron en V a ld i via. Luego se inició una lucha de guerrillas encabezada por el realis ta Benavídez, quien contó con el apoyo de los indios araucanos.
Aunque como bien se ha dicho sólo restaba por hacer “ una guerra de mera policía” , la resistencia se prolongó hasta 1826 en que cayó en poder de los patriotas el archi piélago de Chiloé.
La escu ad ra chilena
El dominio de las aguas era in dispensable para llevar la guerra al Perú y de acuerdo con el plan concebido por San M artín se fue materializando en Chile la form a ción de una escuadra.
Luego de vencer numerosas di ficultades lograron equiparse cua tro embarcaciones, que fueron lla madas San M a rtín , Lautaro, Cha-
cabuco y Araucano. El mando su
perior fue confiado al coronel de artillería M a n u e l Blanco Enca
lada, nacido en Buenos Aires.
En octubre de 1818, las naves independientes se hicieron a la ve la para enfrentar a un convoy es pañol de once transportes, el que, protegido por la poderosa fragata
M a ría Isabel, navegaba por las
costas chilenas para desembarcar refuerzos al enemigo. Blanco En calada enfiló sus embarcaciones hacia Talcahuano y a llí sorprendió a la fragata española anclada bajo
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la protección de las baterías terres tres.
Después de ruda lucha, la “ M a ría Isabel” fue capturada y se su mó a la armada patriota con el nombre de O ’H igg in s; más tarde también cayeron cinco transportes enemigos, con lo que fracasó el intento de auxilio enviado por los españoles.
En el mes de noviembre arribó a Valparaíso el almirante inglés
Tomás Alejandro Cochrane, quien
había sido contratado en Londres para d irigir la escuadra indepen diente. Blanco Encalada renunció al mando y aceptó quedar a las ór denes del nuevo jefe, que en el acto asumió sus funciones.
En enero de 1819, la flota zar pó con destino al puerto del Ca llao, donde con gran audacia y por dos veces consecutivas atacó' a la escuadra española en su fondea dero.
Cochrane prosiguió su actividad naval en favor de los indepen dientes y en febrero de 1820 tomó
el puerto de V aldivia, importante reducto del sur de Chile, donde se habían hecho fuertes los realis tas. La costa del país trasandino había quedado libre de naves ene migas.
Acritud de San M artín ante las lu chas fratricid as
En febrero de 1819, San M artín se trasladó a Mendoza a fin de intentar una mediación que paci ficara las Provincias Unidas, por cuanto la anarquía asolaba el te rritorio y la guerra civil se había desatado en el litoral. La amenaza de una expedición española que se disponía a partir de Cádiz para el Río de la Plata motivó que el Libertador ordenara el repaso de los Andes a la primera división de su ejército, aunque dejó en Chile otros efectivos.
El gobierno de Buenos Aires exigía que el Ejército de los Andes se retirara de Chile para defender al país de los peligros internos y externos.
Para concluir con la guerra civil, San Martín envió comunicaciones a los caudillos Artigas y Estanislao López y en ellas fijaba Su posición de no in tervenir en rencillas internas, por cuan to “M i sable jamás saldrá de la vaina
por opiniones políticas”.
Una delegación de la Logia Lautaro se trasladó a Mendoza para apoyar ca lurosamente la empresa del Perú, pro yecto al que el ilustre general no re nunciaba, a pesar de todas las dificul tades. Enterado de que la expedición española no había partido, San Martín desechó la idea de trasladar sus efec tivos a Buenos Aires.
A comienzos de junio, el Direc tor Pueyrredón presentó la renun cia y fue reemplazado en su alto cargo por el general José Rondeau, quien ordenó a San M artín que se trasladara con sus tropas a la ca pital, para combatir en favor de los unitarios contra el alzamiento de los caudillos federales. Firm e en su determinación de no complicar se en luchas fratricidas, el vence
dor de M aipú resolvió no cumplir la orden.
Escribe el historiador Ricardo Leve-
ne: “ San Martín se hallaba frente a
dos deberes: o mezclaba su ejército en la guerra civil para sostener al go bierno o desobedecía la orden para pro seguir su campaña de emancipación. Estimaba que la independencia de su patria no estaba todavía asegurada, que era poderosa y fuerte la resistencia es pañola del Perú, hasta donde debía llegar para consolidar la emancipa ción.”
“ Por otra parte, la anarquía era un
fenómeno político que estaba en la na turaleza del pueblo y no sería por cier to un ejército el medio más adecuado para detener la potente fuerza y rea lidad de una evolución histórica." El A cta de R a n cag u a
Para d irigir personalmente los preparativos de su empresa conti nental, San M artín se trasladó a Chile en enero de 1820, pero debió cruzar los Andes en una cam illa 1
1 D e s d e t i e m p o a t r á s , e l g e n e r a l s u f r í a d e u n a g u d o r e u m a t i s m o , e n f e r m e d a d q u e p e r i ó d i c a m e n t e l o p o s t r a b a e n c a m a y l e o b l i g a b a a s o m e t e r s e a u n t r a t a m i e n t o d e b a ñ o s t e r m a l e s .
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