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VENCEN A LOS UNITARIOS Luchas entre la s Ligas Unitaria

In document Historia Argentina-Ibanez Cosmelli José (página 179-181)

I I dados, a causa de su precaria sa-

VENCEN A LOS UNITARIOS Luchas entre la s Ligas Unitaria

y Federal

Con la firm a del Pacto Federal, la República quedó dividida en dos ligas antagónicas. E l partido unita­ rio triunfaba hasta esos momentos en el interior del país y su figura más destacada era el general P a - gobernador de Córdoba. Por sl1 parte los federales del litoral esta-

1 Esta cláusula está considerada como uno de los antecedentes del Congreso Constit 1 yente de 1852.

kan representados p or Juan M a ­ nuel de Rosas y Estanislao López.

gobernadores de Buenos Aires y Santa Fe, respectivam ente.

El momento era decisivo y el triunfo de cualquiera de las dos facciones aseguraría su preeminen­ cia en todo el territorio.

La Comisión Representativa se reunió en Santa Fe y, luego de designar a López jefe del ejército federal, dispuso iniciar al instante las hostilidades contra el general Paz. La provincia de Córdoba fue invadida desde varios frentes, mientras en Buenos Aires el ge­ neral Juan Ramón Balcarce se hacía cargo del mando de las tro­ pas porteñas.

A comienzos de febrero de 1831, contingentes santafecinos a las ór­ denes de los hermanos G u illerm o y Francisco Reinafé ocuparon bue­ na parte de la campaña cordobesa. El 5 de febrero una división de vanguardia porteña, al mando del coronel Á n g el Pacheco, venció en

Fraile M u e rto a las tropas del co­

ronel unitario Pedemera.

El caudillo Facundo Quiroga inició una violenta ofensiva y a comienzos de marzo tomó la villa de R ío Cuarto, después de vencer al coronel Pascual Pringles, quien ™e perseguido y muerto por los federales.

El T ig re de los Llanos prosiguió su campaña y luego de ocupar sin Resistencia la provincia de San , lts, marchó a Mendoza, cuyo go- ernador V idela Castillo lo en­ j u t ó en el Potrero Chacón, pero ayo vencido y sus tropas fueron lspersadas. La victoria permitió

a Quiroga ocupar la provincia cu- yana.

Prisión del general Paz

Las sucesivas victorias federales habían comprometido la situación del general Paz, rodeado virtual­ mente de en e m ig o v pues a los an­ teriores se había sumado Ibarra, el caudillo de Santiago del Estero, quien también avanzaba para ata­ carlo. A pesar de todo, el bravo m ilita r dispuso enfrentar a López, el jefe de los federales.

El general unitario se encontra­ ba con sus tropas cerca de E l T ío (a l sur de la laguna M a r Chiqui­ ta, Córdoba) cuando se adelantó para reconocer las posiciones del enemigo, pero con tan mala for­ tuna que en un momento de con­ fusión fue sorprendido y hecho prisionero por una partida federal

(10 de mayo de 1831).

El general Paz se internó a caballo por un bosquecillo y a insinuación de su guía tomó por un sendero que lo llevaba justamente al flanco del ene­ migo, el cual había cambiado de posi­ ción y cuyos hombres, en lugar de ostentar la divisa punzó, usaban ■—al igual que los unitarios— una chaque­ tilla? blanca. -

El jefe supremo de los unitarios fue reconocido en seguida por los monto­ neros; él, en principio, creyó que era un contingente de sus hombres y apu­ ró la marcha; sin embargo — cuando se dio cuenta de la situación— , trató de escapar, pero le bolearon el caballo y fue hecho prisionero.

Llevado en presencia de Estanislao López, el general Paz fue tratado con corrección y enviado —-más tarde— a Santa Fe *.

del S f "r1 general Paz fue trasladado a Buenos Aires. Según consta en las “ M em orias”

sioneroe ^ j recibió un trato correcto en los ocho años en que permaneció pri-

Los federales habían asegurado su victoria fin a l con el dominio sobre Córdoba y Cuyo. Cautivo Paz, fue reemplazado por el gene­ ral G regorio Lam adrid \ quien se retiró con las tropas hacia Tucu­ mán, pero fue. vencido por el cau­ dillo Quiroga en la Ciudadela (4 de noviem bre).

La guerra civil iniciada tres años atrás, con la muerte de D o­ rrego, había terminado con el triunfo federal. A comienzos de 1832, los hombres de dicho parti­ do controlaban toda la República. ( JUAN MANUEL DE ROSAS

El estanciero

E l 30 de marzo de 1793, nacía en la ciudad de Buenos Aires Juan

M a n u el de Rosas, prim er hijo va­

rón de León Ortiz de Rosas y de su esposa Agustina López Osornio, miembros de una fam ilia de hol­ gada posición económica.

A los ocho años, el niño ingresó en la escuela primaria de don Francisco Javier Argerich, donde aprendió a leer, escribir y contar.

Según lo relató el mismo Rosas a un hombre de negocios inglés en 1847, el maestro acostumbraba a decirle: “ No se haga mala sangre por cosas de libros; aprenda a escribir con buena letra, su vida va a pasar en una es­ tancia, no se preocupe mucho por aprender.”

Todos los años, sus padres lo llevaban por largas temporadas a la antigua estancia el “ Rincón de López” -— la que había perteneci­ do a su abuelo materno— , ubicada en la desembocadura del río Sa­ lado del sur. A llí se acostumbró a la vida agreste y a las rudas fae­ nas del campo que atraían al niño con irresistible inclinación. En ese medio concordante iba a desarro­ lla r su personalidad psíquica, f í ­ sica y política.

Cuando se produjeron las inva­ siones inglesas, Juan M anuel par­ ticipó en ambas campañas hasta la expulsión de los atacantes 2.

En 1811, don León confió a su hijo la administración de la estan­ cia, pues el joven — tenía dieciocho años— estaba capacitado para ase­ gurar la prosperidad del estableci­ miento.

Dos años más tarde, Rosas casó con Encarnación Ezcurra y luego de abandonar la administración de la estancia paterna se asoció con Nepomuceno Terrero para dedi­ carse a la salazón de carnes y pes­ cado, en el partido de Quilmes Más tarde, la sociedad compró campos en Guardia del M onte y así surgió la gran estancia “ Los Cerrillos” , donde Rosas se trans­ formó — escribe Saldías— en un “ señor de horca y cuchillo” , quien vigilaba celosamente la dura dis­ ciplina del trabajo, castigaba la ociosidad, la embriaguez y el robo

1 Según un relato del soldado Saturnino Gallegos, el general Paz declaró a López “ . . . falto yo, todo está perdido, pues Lam adrid, que es quien queda a la cabeza, es incapaz de sacar ventaja alguna de su posición, careciendo de aptitudes para llevar a cabo mis planes” .

2 A sí lo afirman los historiadores M anuel Bilbao y Adolfo Saldías. Por su parte Ernesto Celesia sostiene que Rosas no participó en la Defensa (1 8 0 7 ) y otros niegan que haya intervenido en ninguna de las dos invasiones.

Cuando se produjo la Revolución de Mayo, Rosas se encontraba dedicado a sus actividade.' rurales y fue en absoluto ajeno al movimiento, al que, además, nunca le asignó importancia

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Dice Ibarguren: “ La pampa nutrió a Rosas y modeló en su persona el ar-

uetipo del patrón. La estancia era un ilatado señorío: extensos dominios, rebaños numerosísimos, peones milita­ rizados, rudos trabajos y guerra contra los indígenas. El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e in­ terpretar su alma para dominarlos, ad­ ministrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y ma­ nejar a los hombres como si fueran ganados.”

El com ienzo de la v id a política

A partir del año 1818, Rosas comenzó a intervenir en la vida pública en defensa del progreso de la Campaña, y dos años más tar­ de colaboró activamente con M a r­ tín Rodríguez en equipar las tropas que defenderían a Dorrego, el go­ bernador interino de Buenós Aires. En los críticos sucesos del año 1820, ya estudiados x, el regimiento N 9 5, “ Los Colorados” , del coman­ dante Juan M anuel de Rosas, re­ presentó la fuerza más poderosa y organizada; apoyó la paz entre Buenos Aires y Santa Fe — Tratado de Benegas— y para asegurarla se comprometió personalmente a en­ tregar al gobierno santafecino una indemnización de veinticinco m il cabezas de ganado.

Cuando los unitarios ocuparon el gobierno en 1821, Rosas se apar­ tó de la vida política y se dedicó a v ig ila r sus intereses de hacen­ dado, particularmente contra el ataque de los indios. Con el trans­ curso de los años, acrecentó su

prestigio e influencia, no sólo en la campaña sino también en la ciudad de Buenos Aires.

Después de la caída de Rivada­ via, Rosas volvió nuevamente a la escena política, cuando el presi­ dente provisional Vicente López y Planes lo designó comandante ge­ neral de milicias de la campaña bonaerense.

Como hemos visto, luego de la revolución del 1 de diciembre, Dorrego se unió con Rosas, y fu ­ silado el primero, el segundo ven­ ció a Lavalle, quien debió firm ar las convenciones de Cañuelas y Barracas. A l efímero mandato de Viamonte, le sucedió el prim er go­ bierno de Rosas.

Retrato físico. Ideología

U n diplomático francés descri­ bió físicamente a Rosas como “ un hombre de talla mediana, bastante grueso y dotado, según todas las apariencias, de un gran vigor mus­ cular. Los rasgos de su fisonomía

— agrega— son proporcionados;

tiene la tez blanca y los cabellos rubios, en nada se asemeja al tipo español. H ay en su expresión una extraña mezcla de astucia y de fuerza; de ordinario mantiene un gesto apacible y hasta suave, pero por momentos la contracción de los labios le da una singular ex­ presión de dureza reflexiva. Se ex­ presa con mucha facilidad y como un hombre perfectamente dueño de su pensamiento y de su pala-

E1 escritor y militar argentino Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, descri- * Capítulo X.

. . A lfred de Brossard, diplomático que llegó al Plata en 1847. Autor de "Considerations j^storjques et politiques sur les Républiques de la Plata dans leurs rapport» avec la r *ance et l ’Anglaterre” . Traducción de José Lu is Busaniche.

bió a su tío de la sigu iente m anera: “ M i tío apareció: era un h om bre alto, rubio, blanco, sem ipálido, com binación de sangre y de b ilis; de fre n te p erp en ­ dicular, am plia, rasa com o una p la n ­ cha de m á rm o l frío , lo m ism o que sus concepciones; de cejas no m u y gu a r­ necidas, poco arqueadas, de m ira da fu erte, tem plada p or e l azul de una pup ila, casi perdida p o r el tenue del m a tiz, dentro de unas órbitas escon­ didas en concavidades insondables; de n a riz a filad a y correcta, tirando más al g rie g o que a l rom a no; de labios d el­ gados casi cerrados, com o dando la m edida de su reserva, de la firm e za de sus resoluciones; sin pelo de barba, p erfectam en te afeitado, de m odo que e l ju ego de sus músculos era p ercep ­ tib le .” 1

Rosas hizo de la vida en la cam­ paña su escuela política. A llí fue el jefe supremo, el más hábil, el más trabajador y también el más enérgico, el más duro e inflexible.

U nió al espíritu autoritario del es­ tanciero, la destreza del gaucho y la desconfianza del indio.

Cuando interpretó que los uni tarios desconocían los intereses de la campaña, Rosas se hizo heredero de Dorrego y levantó la bandera del federalismo, pero como simple mística, al solo efecto de lograr el apoyo de la mayoría. Espíritu au toritario, amante del orden y de los gobiernos fuertes, estaba per­ suadido de que las autonomías pro vinciales le impedirían controlar el país bajo su mando. En los lar­ gos años de su gobierno, prefirió no organizar a la República y continuar con un régimen provi­ sional, pues juzgaba prematuro es­ tablecer un orden constitucional 2. Insensible y cruel por cálculo político, persiguió a sus enemigos con saña implacable y los eliminó con astucia y rigor. Consiguió la

adhesión de la masa popular

— constituida por las clases hum il­ des— que no entendía a teóricos e ideólogos y llevó a la práctica un gobierno prim itivo, limitado a las exigencias del momento.

Defendió la soberanía del país contra el ataque extranjero y fue laborioso y honrado en el manejo de los negocios públicos.

Después de una larga perma­ nencia en el poder y cansado de tantos esfuerzos sin resultado po­ sitivo, Rosas se alejó de la escena nacional dejando tras de sí el re-

1 E l escritor, militar y diplomático Lu cio V . Mansilla (1 8 3 1 -1 9 1 3 ) era hijo de 'A gustín51 Rosas y del general homónimo.

2 A pesar de esto, impidió la disgregación del territorio, contuvo la anarquía y habituó a los gobernadores provinciales a aceptar las directivas del gobierno central.

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cuerdo de sus excesos y de su into- tura al término de una imponente

lerancia política. ceremonia.

PRIMER G O B IER N O DE RO SA S

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