I I dados, a causa de su precaria sa-
VENCEN A LOS UNITARIOS Luchas entre la s Ligas Unitaria
y Federal
Con la firm a del Pacto Federal, la República quedó dividida en dos ligas antagónicas. E l partido unita rio triunfaba hasta esos momentos en el interior del país y su figura más destacada era el general P a - gobernador de Córdoba. Por sl1 parte los federales del litoral esta-
1 Esta cláusula está considerada como uno de los antecedentes del Congreso Constit 1 yente de 1852.
kan representados p or Juan M a nuel de Rosas y Estanislao López.
gobernadores de Buenos Aires y Santa Fe, respectivam ente.
El momento era decisivo y el triunfo de cualquiera de las dos facciones aseguraría su preeminen cia en todo el territorio.
La Comisión Representativa se reunió en Santa Fe y, luego de designar a López jefe del ejército federal, dispuso iniciar al instante las hostilidades contra el general Paz. La provincia de Córdoba fue invadida desde varios frentes, mientras en Buenos Aires el ge neral Juan Ramón Balcarce se hacía cargo del mando de las tro pas porteñas.
A comienzos de febrero de 1831, contingentes santafecinos a las ór denes de los hermanos G u illerm o y Francisco Reinafé ocuparon bue na parte de la campaña cordobesa. El 5 de febrero una división de vanguardia porteña, al mando del coronel Á n g el Pacheco, venció en
Fraile M u e rto a las tropas del co
ronel unitario Pedemera.
El caudillo Facundo Quiroga inició una violenta ofensiva y a comienzos de marzo tomó la villa de R ío Cuarto, después de vencer al coronel Pascual Pringles, quien ™e perseguido y muerto por los federales.
El T ig re de los Llanos prosiguió su campaña y luego de ocupar sin Resistencia la provincia de San , lts, marchó a Mendoza, cuyo go- ernador V idela Castillo lo en j u t ó en el Potrero Chacón, pero ayo vencido y sus tropas fueron lspersadas. La victoria permitió
a Quiroga ocupar la provincia cu- yana.
Prisión del general Paz
Las sucesivas victorias federales habían comprometido la situación del general Paz, rodeado virtual mente de en e m ig o v pues a los an teriores se había sumado Ibarra, el caudillo de Santiago del Estero, quien también avanzaba para ata carlo. A pesar de todo, el bravo m ilita r dispuso enfrentar a López, el jefe de los federales.
El general unitario se encontra ba con sus tropas cerca de E l T ío (a l sur de la laguna M a r Chiqui ta, Córdoba) cuando se adelantó para reconocer las posiciones del enemigo, pero con tan mala for tuna que en un momento de con fusión fue sorprendido y hecho prisionero por una partida federal
(10 de mayo de 1831).
El general Paz se internó a caballo por un bosquecillo y a insinuación de su guía tomó por un sendero que lo llevaba justamente al flanco del ene migo, el cual había cambiado de posi ción y cuyos hombres, en lugar de ostentar la divisa punzó, usaban ■—al igual que los unitarios— una chaque tilla? blanca. -
El jefe supremo de los unitarios fue reconocido en seguida por los monto neros; él, en principio, creyó que era un contingente de sus hombres y apu ró la marcha; sin embargo — cuando se dio cuenta de la situación— , trató de escapar, pero le bolearon el caballo y fue hecho prisionero.
Llevado en presencia de Estanislao López, el general Paz fue tratado con corrección y enviado —-más tarde— a Santa Fe *.
del S f "r1 general Paz fue trasladado a Buenos Aires. Según consta en las “ M em orias”
sioneroe ^ j recibió un trato correcto en los ocho años en que permaneció pri-
Los federales habían asegurado su victoria fin a l con el dominio sobre Córdoba y Cuyo. Cautivo Paz, fue reemplazado por el gene ral G regorio Lam adrid \ quien se retiró con las tropas hacia Tucu mán, pero fue. vencido por el cau dillo Quiroga en la Ciudadela (4 de noviem bre).
La guerra civil iniciada tres años atrás, con la muerte de D o rrego, había terminado con el triunfo federal. A comienzos de 1832, los hombres de dicho parti do controlaban toda la República. ( JUAN MANUEL DE ROSAS
El estanciero
E l 30 de marzo de 1793, nacía en la ciudad de Buenos Aires Juan
M a n u el de Rosas, prim er hijo va
rón de León Ortiz de Rosas y de su esposa Agustina López Osornio, miembros de una fam ilia de hol gada posición económica.
A los ocho años, el niño ingresó en la escuela primaria de don Francisco Javier Argerich, donde aprendió a leer, escribir y contar.
Según lo relató el mismo Rosas a un hombre de negocios inglés en 1847, el maestro acostumbraba a decirle: “ No se haga mala sangre por cosas de libros; aprenda a escribir con buena letra, su vida va a pasar en una es tancia, no se preocupe mucho por aprender.”
Todos los años, sus padres lo llevaban por largas temporadas a la antigua estancia el “ Rincón de López” -— la que había perteneci do a su abuelo materno— , ubicada en la desembocadura del río Sa lado del sur. A llí se acostumbró a la vida agreste y a las rudas fae nas del campo que atraían al niño con irresistible inclinación. En ese medio concordante iba a desarro lla r su personalidad psíquica, f í sica y política.
Cuando se produjeron las inva siones inglesas, Juan M anuel par ticipó en ambas campañas hasta la expulsión de los atacantes 2.
En 1811, don León confió a su hijo la administración de la estan cia, pues el joven — tenía dieciocho años— estaba capacitado para ase gurar la prosperidad del estableci miento.
Dos años más tarde, Rosas casó con Encarnación Ezcurra y luego de abandonar la administración de la estancia paterna se asoció con Nepomuceno Terrero para dedi carse a la salazón de carnes y pes cado, en el partido de Quilmes Más tarde, la sociedad compró campos en Guardia del M onte y así surgió la gran estancia “ Los Cerrillos” , donde Rosas se trans formó — escribe Saldías— en un “ señor de horca y cuchillo” , quien vigilaba celosamente la dura dis ciplina del trabajo, castigaba la ociosidad, la embriaguez y el robo
1 Según un relato del soldado Saturnino Gallegos, el general Paz declaró a López “ . . . falto yo, todo está perdido, pues Lam adrid, que es quien queda a la cabeza, es incapaz de sacar ventaja alguna de su posición, careciendo de aptitudes para llevar a cabo mis planes” .
2 A sí lo afirman los historiadores M anuel Bilbao y Adolfo Saldías. Por su parte Ernesto Celesia sostiene que Rosas no participó en la Defensa (1 8 0 7 ) y otros niegan que haya intervenido en ninguna de las dos invasiones.
Cuando se produjo la Revolución de Mayo, Rosas se encontraba dedicado a sus actividade.' rurales y fue en absoluto ajeno al movimiento, al que, además, nunca le asignó importancia
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Dice Ibarguren: “ La pampa nutrió a Rosas y modeló en su persona el ar-
uetipo del patrón. La estancia era un ilatado señorío: extensos dominios, rebaños numerosísimos, peones milita rizados, rudos trabajos y guerra contra los indígenas. El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e in terpretar su alma para dominarlos, ad ministrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y ma nejar a los hombres como si fueran ganados.”
El com ienzo de la v id a política
A partir del año 1818, Rosas comenzó a intervenir en la vida pública en defensa del progreso de la Campaña, y dos años más tar de colaboró activamente con M a r tín Rodríguez en equipar las tropas que defenderían a Dorrego, el go bernador interino de Buenós Aires. En los críticos sucesos del año 1820, ya estudiados x, el regimiento N 9 5, “ Los Colorados” , del coman dante Juan M anuel de Rosas, re presentó la fuerza más poderosa y organizada; apoyó la paz entre Buenos Aires y Santa Fe — Tratado de Benegas— y para asegurarla se comprometió personalmente a en tregar al gobierno santafecino una indemnización de veinticinco m il cabezas de ganado.
Cuando los unitarios ocuparon el gobierno en 1821, Rosas se apar tó de la vida política y se dedicó a v ig ila r sus intereses de hacen dado, particularmente contra el ataque de los indios. Con el trans curso de los años, acrecentó su
prestigio e influencia, no sólo en la campaña sino también en la ciudad de Buenos Aires.
Después de la caída de Rivada via, Rosas volvió nuevamente a la escena política, cuando el presi dente provisional Vicente López y Planes lo designó comandante ge neral de milicias de la campaña bonaerense.
Como hemos visto, luego de la revolución del 1 de diciembre, Dorrego se unió con Rosas, y fu silado el primero, el segundo ven ció a Lavalle, quien debió firm ar las convenciones de Cañuelas y Barracas. A l efímero mandato de Viamonte, le sucedió el prim er go bierno de Rosas.
Retrato físico. Ideología
U n diplomático francés descri bió físicamente a Rosas como “ un hombre de talla mediana, bastante grueso y dotado, según todas las apariencias, de un gran vigor mus cular. Los rasgos de su fisonomía
— agrega— son proporcionados;
tiene la tez blanca y los cabellos rubios, en nada se asemeja al tipo español. H ay en su expresión una extraña mezcla de astucia y de fuerza; de ordinario mantiene un gesto apacible y hasta suave, pero por momentos la contracción de los labios le da una singular ex presión de dureza reflexiva. Se ex presa con mucha facilidad y como un hombre perfectamente dueño de su pensamiento y de su pala-
E1 escritor y militar argentino Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, descri- * Capítulo X.
. . A lfred de Brossard, diplomático que llegó al Plata en 1847. Autor de "Considerations j^storjques et politiques sur les Républiques de la Plata dans leurs rapport» avec la r *ance et l ’Anglaterre” . Traducción de José Lu is Busaniche.
bió a su tío de la sigu iente m anera: “ M i tío apareció: era un h om bre alto, rubio, blanco, sem ipálido, com binación de sangre y de b ilis; de fre n te p erp en dicular, am plia, rasa com o una p la n cha de m á rm o l frío , lo m ism o que sus concepciones; de cejas no m u y gu a r necidas, poco arqueadas, de m ira da fu erte, tem plada p or e l azul de una pup ila, casi perdida p o r el tenue del m a tiz, dentro de unas órbitas escon didas en concavidades insondables; de n a riz a filad a y correcta, tirando más al g rie g o que a l rom a no; de labios d el gados casi cerrados, com o dando la m edida de su reserva, de la firm e za de sus resoluciones; sin pelo de barba, p erfectam en te afeitado, de m odo que e l ju ego de sus músculos era p ercep tib le .” 1
Rosas hizo de la vida en la cam paña su escuela política. A llí fue el jefe supremo, el más hábil, el más trabajador y también el más enérgico, el más duro e inflexible.
U nió al espíritu autoritario del es tanciero, la destreza del gaucho y la desconfianza del indio.
Cuando interpretó que los uni tarios desconocían los intereses de la campaña, Rosas se hizo heredero de Dorrego y levantó la bandera del federalismo, pero como simple mística, al solo efecto de lograr el apoyo de la mayoría. Espíritu au toritario, amante del orden y de los gobiernos fuertes, estaba per suadido de que las autonomías pro vinciales le impedirían controlar el país bajo su mando. En los lar gos años de su gobierno, prefirió no organizar a la República y continuar con un régimen provi sional, pues juzgaba prematuro es tablecer un orden constitucional 2. Insensible y cruel por cálculo político, persiguió a sus enemigos con saña implacable y los eliminó con astucia y rigor. Consiguió la
adhesión de la masa popular
— constituida por las clases hum il des— que no entendía a teóricos e ideólogos y llevó a la práctica un gobierno prim itivo, limitado a las exigencias del momento.
Defendió la soberanía del país contra el ataque extranjero y fue laborioso y honrado en el manejo de los negocios públicos.
Después de una larga perma nencia en el poder y cansado de tantos esfuerzos sin resultado po sitivo, Rosas se alejó de la escena nacional dejando tras de sí el re-
1 E l escritor, militar y diplomático Lu cio V . Mansilla (1 8 3 1 -1 9 1 3 ) era hijo de 'A gustín51 Rosas y del general homónimo.
2 A pesar de esto, impidió la disgregación del territorio, contuvo la anarquía y habituó a los gobernadores provinciales a aceptar las directivas del gobierno central.
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cuerdo de sus excesos y de su into- tura al término de una imponente
lerancia política. ceremonia.
PRIMER G O B IER N O DE RO SA S