2. Cuatro posiciones en las categorías de salud y enfermedad y
2.4. Mujeres trabajadoras
2.4.2. La difícil posición de la buena madre trabajadora
Buena madre es la que trabaja por la familia y se entrega a ella poniendo los intereses familiares sobre los suyos propios. Buena madre, en el terreno alimentario, es la que dedica todo el tiempo y esfuerzo necesario para elaborar comidas a la vez sanas y sabrosas. Este esquema de base, como vimos, es central en las madres de clases populares. Sin embargo, en estas madres trabajadoras la escasez de tiempo empuja hacia la comodidad en las tareas domésticas y en la cocina, y a renunciar en muchos casos a cocinar las comidas que se cree que se deberían hacer. La situación de la madre trabajadora las coloca en una difícil posición frente al esquema popular de la buena madre. Esta tensión es fundamental para entender sus discursos sobre el trabajo femenino, pero también para entender sus posicionamientos frente a la relación entre alimentación y salud.
- DE TODAS FORMAS, OS HE PREGUNTADO POR LA ALIMENTACIÓN SANA Y HABÉIS HABLADO TODO EL TIEMPO DE VUESTROS HIJOS 3- Además, verdad
- Que… porque… no sé el porqué, porque tú no echas cuenta; porque es verdad, yo soy de los que co... yo como lo que mis hijos dejan; como decía ella, yo soy de las que no me siento con tal de recoger la cocina antes de irme; entonces voy, traigo los platos de la mesa y te co... no me paro a sentarme yo tranquilamente a comer, pues no
- O comes en la cocina, con el plato así (gesto: sobre las piernas). Sí, sí, es así, es verdad; o mientras estás haciendo la comida estás comiendo, cuando te has dado cuenta ya no tienes ganas de comer, ya lo único que te lías a terminar de la cocina y... - Yo en mi casa, en mi casa ¿sabes qué pasa? En mi casa cuando más se come, más tranquilo se come, es de noche; yo, mucha gente “es que yo esta noche me he tomado un filetito...”; no, en mi casa no, porque en mi casa mi marido no viene a comer, a mediodía; los niños comen viendo los dibujitos y yo como en la cocina, entonces cuando nos sentamos tranquilamente es de noche; que muchas veces dices “¡ojú, que hartón de comer me he dado!”. Y es que... yo es que al mediodía como de pie y corriendo; para... seguir la marcha tuya otra vez
- Claro
2- Aparte que es eso, que... estamos pensando en la comida pero... pensando en lo que... en los niños; en lo que quie..., en lo que le gusta a los niños, en lo de...
-No, que si por ti fuera la mitad de los días ni comías, te haces un bocadillo... (se ríe) (- El bocadillo...) ¡Oh, si yo fuera por mí, yo no guisaba!
- No comías
2- ... si fuera para ti. Es como, mira, yo por ejemplo, las albóndigas, las que vienen hechas ya, que no hay nada más que freírlas; si fuera por mí, yo no liaba ni una bola, ¡ni una! (Mujeres trabajadoras Sevilla)
El esquema de la buena madre como madre sacrificada persiste en este grupo. Como muestra la cita anterior, estas madres tienen siempre en el pensamiento a sus hijos: todas sus elecciones culinarias, todo su trabajo en la cocina, están en función de ellos: de lo que comen y de lo que rechazan. Y esta dependencia de los gustos filiales se presenta como una entrega: si fuera por ellas, comerían todo precocinado, industrial; la buena madre no mira por sí misma, sólo por sus hijos. Todo el trabajo que realizan en la cocina es un trabajo entregado, un don a la familia.
Pero, por otra parte, el esfuerzo desplegado es en muchos casos menor al de las amas de casa o al de sus propias madres. El cansancio y la falta de tiempo provocan que se vaya a la comodidad, que no se pueda tener la olla como antiguamente. Frente a las madres antiguas, ellas van a lo rápido. Las madres de antes eran las que cocinaban de verdad, las que hacían de comer natural. Frente a ellas, ahora no se comería natural ni sano.
4- Pero eso es la falta de tiempo, es la incorporación de la mujer al trabajo. En sí es muchas cosas; que antes no; tu madre... quien dice tu madre vamos a decir tu abuela...
- ¡Claro!
4- ... Ya no eso, tu abuela o tu madre, que tenían eso, que ellas vivían para estar en la casa, para ser simplemente amas de casa. Mucho trabajo, muchas historias, todo... el trabajo muy duro...
1- Pero es que si no se trabaja ahora los dos pues... no da el sueldo - Nada
4- Pero es que ahora mismo es distinto, que la vida de ahora no tiene nada que ver 1- Que es más caro todo
- No hay más remedio que trabajar los dos en la familia
1- Si se necesita un sueldo para pagar facturas... (- ¡Hombreee!) Un sueldo nada más que para pagar facturas. Y ahora el otro sueldo para... ver...
- ¡Claro!, no tienes más remedio que... 6- Para tirar, digamos
- Bueno, para vivir
6- ... para que te llegue a... comprar y a...
- ... más o menos a final de mes (Mujeres trabajadoras, Sevilla)
Además de subrayar que el sacrificio –en tiempo, en esfuerzo para cocinar- se hace por los hijos, no por una misma, un segundo argumento central sirve para presentarse a sí mismas como buenas madres: el sacrificio que supone el trabajo fuera del hogar. Nosotras no somos como nuestras madres, no porque nos sacrifiquemos menos, sino porque nos sacrificamos con nuestro trabajo fuera del hogar. Un trabajo
que, para mantener la lógica del sacrificio, de la entrega, no puede presentarse como una libre elección, como algo que se realiza para elevar el estatus familiar o el nivel de consumo –y, ni mucho menos, para escapar a la reclusión en el hogar-, sino como una obligación familiar71–no hay más remedio, para tirar-. El trabajo fuera del hogar
introduce una nueva legitimidad que se opone a la del ama de casa tradicional desplazando el esquema del sacrificio: nos sacrificamos, y de sobra, con nuestra doble jornada; por ello no podemos cocinar como las que son simplemente amas de casa.
- Y eso cuando tienes tú tiempo de poner tú la olla, que si no, lo compras de lata y se ha acabado
- No, yo de lata hasta hoy no lo he comprado nunca (- De lata, de bote...) a mí no lo he usado nunca, ni para las espinacas, ¡eh!; yo el otro día hice...
- Yo, no, nunca, nunca
3- Eso se enjuaga, eso se enjuaga, niña. Hay que ir, hay que ir todo práctico, que estamos en la calle (se ríen). Eso se va, se enjuaga, se mete debajo del grifo, con un escurridor se enjuaga (barullo) Ahí está; la lata, la lata de... ¡cállate!, pues yo le hago eso; lo enjuago y la lata de... ¿de cómo es?, de callos... de ternera, venga, hace miga todo, venga ya está, el plato de comida en la mesa, ya está, venga, a comer. A ver, ¿qué vas a hacer? (Mujeres trabajadoras, Sevilla)
- Pero bueno, volvemos otra vez a lo mismo, las espinacas las compras ya congeladas, con los tacos; ¿tú te vas a entretener a coger hoja por hoja…?
- Y lavarlas y prepararlas; yo cuando mi padre me las manda, que me las manda algunas veces, me pongo mala.
- Ah, yo no, yo no me pongo mala porque yo lo que hago es que me las trae ella directamente lavadas y cocidas; así que tú tienes que decir que te las mande lavadas y cociditas, lavadas y cocidas
- Mujer, pero mi padre no me las va a mandar lavadas y cocidas ¡qué coño!; por no decirle que no... A mí me saca de mis casillas (Mujeres trabajadoras, Sevilla)
71 En la discusión precedente se ve bien cómo se va formando el consenso en torno a conceptualizar el trabajo fuera del hogar como una obligación: las intervenciones donde se avanza en el argumento de “no hay más remedio” se intercalan con otras donde se puede ver que el trabajo femenino supone una elevación del nivel de consumo familiar –la vida de ahora no tiene nada que ver, para vivir, el otro sueldo para…-. Las situaciones prácticas pueden ser muy distintas y en la decisión de comenzar a trabajar fuera puede jugar un papel la huida de la reclusión en el hogar, el no ser simplemente amas de casa –de hecho, como veremos enseguida, el trabajo femenino también se ve como un progreso, concepción contraria a la que se subraya aquí de una nueva obligación-. Así, conceptualizar el trabajo fuera del hogar como obligación es una de las opciones posibles de presentación de sí: en este caso, es la que se avanza para poder sostener el esquema de la buena madre entregada a la familia. Por otro lado, en la conceptualización del trabajo como obligación también juegan las propias dinámicas de consumo: una elevación del consumo familiar puede vivirse, en un primer momento, como superación, como medio de acceder a opciones de consumo que estaban excluidas. Una vez que la nueva dinámica de consumo se ha implantado, lo que antes podían ser deseos opcionales se convierten en consumos habituales, normales, en cierta medida obligatorios para una familia normal.
A partir de la legitimidad del trabajo obligatorio, las constricciones cotidianas de tiempo debidas a éste legitiman ir a lo práctico, a lo rápido: si recurrimos a estos alimentos preparados o industriales es porque nos lo imponen las circunstancias. Si no podemos alimentar a la familia de forma sana es porque estamos obligadas, porque no tenemos más remedio. El peso de las circunstancias, de la escasez de tiempo, se impone como argumento para intercambiar, en la discusión, múltiples anécdotas donde se afirma que se escogen determinados tipos de alimentos por su comodidad, porque son más prácticos, donde una se puede quejar de que su padre le trae espinacas del campo –mucho más costosas en trabajo que las congeladas- o de que los hijos prefieren el tomate frito casero (quejas que, entre las que no trabajan fuera del hogar, nunca aparecen: podrían en cuestión su condición de buena madre).
A partir de aquí, la mala madre es otra: aquella que, sin trabajar, cocina igual que ellas; el ama de casa que, abandonándose al ocio improductivo, se dedica a sí misma y se olvida de la familia. Nuevamente, como en las otras posiciones, tenemos una mala madre que se halla más allá de las prácticas del propio grupo y que legitima la propia posición: nosotras no hacemos de comer sano porque trabajamos fuera, pero están las amas de casa que, sin trabajar, tampoco hacen sano. Al igual que se desplaza el espacio donde la madre se sacrifica por la familia, se desplaza el esquema de la mala madre. Si entre las amas de casa, la mala madre era la que hacía de comer no sano frente a nosotras, las buenas madres, que cocinábamos sano; entre las trabajadoras ni la buena ni la mala madre cocinan sano: la diferencia está en que la buena está justificada por su trabajo fuera del hogar.
3- Sí, pero si todo estuviera como antes, las cosas como son, no podríamos estar la mitad trabajando...
- Hombre, exactamente. Ha ido prosperando en todo, en general (Mujeres trabajadoras Sevilla)
Pero el trabajo fuera del hogar no es sólo más sacrificio. También es un progreso. La legitimidad de la mujer trabajadora no se basa aquí sólo en el antiguo esquema del sacrificio; también se defiende como prosperar frente a la que es simplemente ama de casa. Por ello, el pasado idílico donde la madre entregada ponía la olla a fuego lento es también un tiempo negativo al que no se quiere volver. La pérdida de lo natural es la contrapartida de la ganancia en el nuevo papel de la mujer que ya no está limitada a ser ama de casa.
-Además esos sí que van a... hacer la pastillita de los astronautas, ¡ojalá, la hagan y no haya que hacer de comer! (ríe) porque nosotros ya, nuestra generación y... ya estamos comiendo porquerías, imagínate lo que venga detrás. Como no sea que haya un cambio
brusco de vida y ojalá no lo haya... por ese tema, no creo yo que se vuelva... a eso ya de antiguo, no; eso ya se ha perdido y está perdido (Mujeres trabajadoras, Sevilla)
Esta intervención, que viene en el grupo tras una larga recreación del pasado idílico, natural, perdido, muestra bien la nueva legitimidad del trabajo femenino. Por un lado, hemos perdido la naturaleza y esa pérdida es irreparable: “eso ya se ha perdido y está perdido”. Por otro lado, no queremos ese regreso al pasado –“ojalá no lo haya”- porque hemos ganado otras cosas a las que no queremos renunciar. La pastilla del astronauta condensa aquí las dos evoluciones. Por un lado, marcha hacia un universo cada vez más artificial, menos natural; por otro, frente al pasado idílico perdido, la imagen de un futuro idílico a ganar, el de la liberación final de la mujer de la cocina: “ojalá la hagan y no haya que hacer de comer”.
Esta nueva legitimidad provoca que, a diferencia de los otros grupos, aquí se pueda reconocer sin culpa que una va a lo rápido, que se niega a cocinar determinadas comidas por la cantidad de trabajo que suponen o que quiere evitar la cocina porque está cansada. La legitimidad del ama de casa ya no se funda principalmente en la cocina; la entrega a la familia se produce fuera del hogar; en el hogar la madre, como el padre, está cansada: por ello, en vez de insistir a los hijos en que coman bien, puede ceder y dejarles que coman lo que sea aunque estuviese conteniendo un veneno.
3- Así que... yo qué sé, si es todo; yo no sé, yo no sé; yo también, no sé, ya te digo, es que ya no tienes ni paciencia para aguantar niños, porque yo tampoco me veo tan vieja; y yo no tengo ni paciencia ya, así que el niño dice que quiere eso, pues toma eso, aunque estuviese conteniendo un veneno, pero bueno “cómetelo y déjame tranquila ya y con tal de que te quedes callada”; porque es así porque vienes harta de todo y lo que quieres ya es... relax; y ya tampoco ni lo escuchas mucho
- A mí mi mayor me dice “es que este niño, tan chico...”, porque se llevan como el perro y el gato...
- Como todos
- Eso es normal, eso es normal
- ... con los cuatro años; “tú es que eres, ¿por qué le das eso?”, digo “mira, con tal de no escucharlo, deja al niño y tú coge otro si te da la gana y déjame en paz”. Y eso es todo
2- Y este, y este, hoy por ejemplo, “cómete eso”, “pues mi hermano lo ha dejado”, “venga, pues déjalo, tú te lo pierdes” (risas), “¿no queréis comer?, pues no comáis ninguno, a tomar por saco” (Silencio) (Mujeres trabajadoras Sevilla)
Esta cita muestra el clímax de la nueva legitimidad y su límite. Si hace falta, que el niño se envenene, afirma una participante; que se coma lo que sea o que no coma y
me deje en paz, dice otra. Estos enunciados son impensables desde las otras posiciones. Significan la impugnación total del esquema tradicional de la buena madre. Pero, al mismo tiempo, han llegado demasiado lejos, incluso en este grupo: a ellos les sigue un silencio y un cambio de tema: no se quiere seguir por este camino. Este silencio es un índice de la tensión presente en esta posición: si, por un lado, se defiende con decisión una legitimidad de madre trabajadora contrapuesta a la ama de casa sacrificada; por otro, el esquema de la madre entregada para conseguir una alimentación sana y sabrosa tampoco puede ser impugnado hasta estos extremos, porque también pesa sobre estas madres. Es esta tensión la que provoca que, junto a despreocupadas afirmaciones de ir a lo práctico o de dejar que los niños coman lo que quieran porque se está cansada, coexistan autoacusaciones de ir a lo cómodo, de no ser madres como las de antes –aunque estos golpes de pecho siempre se maticen: son las circunstancias las que nos obligan-.