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2. Educación y pobreza en un contexto de globalización (1980-2007)

2.1. Los efectos de la globalización en las relaciones entre educación y pobreza

2.1.1. La dimensión económica de la globalización y sus efectos en la educación

2.1.1.1. La educación como fuente de ventaja comparativa

La creciente movilidad de los factores de producción genera un cambio en los términos de ventaja económica comparativa de los estados nación (Green et al., 2007). Como comentamos anteriormente, la globalización modifica las reglas de creación de la riqueza e introduce cambios significativos en las fuentes de competitividad internacional (Brown y Lauder, 1997). En la era de globalización, los recursos naturales ya no son la base para asegurar una posición internacional competitiva. Es precisamente el capital humano, y en particular la educación, el principal factor para promover y asegurar la competitividad nacional. En la denominada “economía del conocimiento”, la educación se convierte en un elemento crucial para asegurar el desarrollo económico nacional y la participación de los países en la economía global. Efectivamente, a pesar de que el conocimiento siempre ha tenido un papel importante en la organización y el fomento del crecimiento económico, en la actualidad se consolida como el elemento distintivo del nuevo modelo de producción y se convierte en el conductor de la nueva economía global (Carnoy, 1993).

Dada la importancia del conocimiento para asegurar posiciones ventajosas dentro de la economía global, se refuerza la necesidad de aumentar los niveles de educación y formación de

la población como mecanismo para garantizar la competitividad nacional. En un contexto de globalización, es imprescindible formar a un tipo de población que pueda desarrollar el tipo de trabajos científicos y profesionales requeridos para conseguir el desarrollo tanto en términos tecnológicos como económicos. Dentro de esta lógica se argumenta que el compromiso de los gobiernos con el capital humano les permitirá convertirse en una “economía imán” (Brown y Lauder, 1997) que atraerá trabajos de alta calidad y con elevado nivel de calificación dentro de un mercado de trabajo global. De hecho, se argumenta que si los países quieren ser competitivos no tienen otra alternativa que moverse hacia áreas productivas con alto valor añadido, basadas en el conocimiento y la información.

Desde este punto de vista, la globalización estimula la expansión educativa y aumenta la importancia de los niveles educativos superiores para conseguir efectivamente una posición de ventaja comparativa en el mercado global. El proceso de globalización, por tanto, aumenta de forma crucial la importancia de la educación para reducir la pobreza, estimular el desarrollo y asegurar la competitividad nacional.

La creciente demanda de trabajos con alto nivel de calificación no sólo repercute en los procesos de demanda y oferta educativa de los estados nación. Paralelamente influye en las estrategias educativas de las propias familias e individuos. La percepción de los individuos sobre el incremento de años de estudio necesarios para garantizar su inclusión social y laboral se traduce en opciones de inversión educativa orientadas no sólo a mantener su posición social sino sobre todo a mejorar dicha posición. La inversión educativa se concibe como la mejor estrategia para acceder a trabajos de alta calidad y con elevada remuneración. Las credenciales se perciben como la base para progresar, para mejorar las condiciones de vida y disponer de más oportunidades, tanto a nivel laboral como social. En este sentido, y siguiendo la propuesta de Philip Brown (2003), se puede afirmar que bajo el contexto de globalización las credenciales se convierten en la nueva moneda de la oportunidad. Tal como argumenta Randall Collins (1979) en The Credencial Society, las credenciales se han convertido en la moneda cultural central de nuestros tiempos, la posesión de las cuales provee a sus poseedores de la entrada para varios tipos prestigiosos de ocupación. Es decir, las posiciones ocupadas por los individuos en la estructura social se explican casi exclusivamente a partir del uso que han hecho de las oportunidades educativas. Unas oportunidades educativas que se consideran iguales para todos y que, por tanto, omiten cualquier reflexión sobre las desigualdades sociales de partida.

Hay que tener en cuenta, además, que la demanda creciente de trabajos con elevado nivel de calificación va unida a la demanda paralela de trabajos con bajo nivel educativo. De este modo, se configura una tendencia a la polarización de los perfiles profesionales en función de sus niveles de formación (Carnoy, 1999). Este proceso, como señala Bonal (2003b), acentúa las

desigualdades en el mercado laboral entre una mano de obra altamente cualificada y con acceso a posiciones de elevada remuneración y estabilidad profesional y una mano de obra poco o nada cualificada sometida a rotación, precariedad en las condiciones laborales y pérdida constante de poder adquisitivo (Bonal, 2003b: 51). Como consecuencia de las crecientes diferencias salariales entre trabajadores cualificados y no cualificados, se refuerza de nuevo la importancia de la educación superior. Se convierte en una estrategia defensiva por parte de individuos y familias para no perder las posiciones ocupadas en la estructura social e incluso en la principal estrategia de movilidad social.

En un contexto de globalización, por tanto, la educación es más necesaria que nunca para el desarrollo, la movilidad y la reducción de la pobreza tanto a nivel nacional como individual. A pesar de su creciente importancia, se trata a su vez de una inversión cada vez más insuficiente para garantizar los beneficios que promete. Hay que tener en cuenta, que a medida que crece la demanda de educación, se genera una devaluación social de los títulos escolares adquiridos y, consecuentemente, aumentan los requisitos de la inversión educativa. En la era de la información, la educación es imprescindible para posibilitar estrategias de movilidad social y desarrollo nacional pero, paralelamente, se genera un desplazamiento de los niveles educativos mínimos para garantizar la eficacia de dicha inversión. Ésta es la paradoja del proceso de globalización: a medida que la educación se hace cada vez más necesaria es, a la vez, menos suficiente (Filmus, 2001).

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