A RGUMENTOS REFERIDOS A LA CREDIBILIDAD DEL EVANGELIZADOR
B. L OS ARGUMENTOS EXTERIORES
2. La obra y la conducta
Cuando se trata de la conducta de Pablo y de lo que él hace, encontramos varios argumentos, además de lo que acabamos de ver acerca de su desinterés en la proclamación del Evangelio. En primer lugar, las obras que el Espíritu le ha dado hacer
en las comunidades y para el bien de ellas; es el aspecto carismático de Pablo (apartado a). Luego está su capacidad para soportar tribulaciones por el Evangelio que proclama (apartado b). Hay también la obra no tan espectacular del trabajo cotidiano con las comunidades, para irlas formando (apartado c). Un corolario de todo esto es que Pablo puede presentarse ante los destinatarios de sus cartas como un modelo que imitar; no por sí mismo, sino en cuanto él es, a su vez, imitador de Cristo (apartado d). Al final, intentamos descubrir la objeción a la que estos argumentos están tratando de responder (apartado e).
a) La fuerza del Espíritu
Pablo expresa su convicción de que en su acción apostólica en las comunidades está
movido por el Espíritu de Dios. Es el Espíritu el que le da la fuerza (o el poder19) para la
acción; Pablo sabe que “no está en la palabra el Reinado de Dios, sino en el poder” (1Co 4,20). Y sabe también que ese poder se hace presente en él, en su acción evangelizadora: “Esta será la prueba que ustedes buscan de que es Cristo el que habla por medio de mí: Él no se muestra débil con ustedes, sino que ejerce su poder en ustedes” (2Co 13,3); incluso bajo su apariencia débil y temerosa, como de vasija de barro:
Por mi parte, hermanos, cuando los visité, no llegué con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciarles el misterio de Dios, pues no quise saber nada entre ustedes, fuera de Jesucristo, y este crucificado. Y me presenté ante ustedes débil, temeroso y tembloroso. Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría, sino que fueron demostración de Espíritu y poder, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios (1Co 2,1-5).
El mismo tema reaparece en la segunda carta a los corintios: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros” (2Co 4,7).
Esta fuerza del Espíritu se hace palpable en Pablo incluso cuando él no está físicamente presente en la comunidad, como lo hace ver a propósito del hermano incestuoso de la comunidad de Corinto, al que han “entregado a Satanás” para su salvación, “reunidos en el nombre del Señor Jesús ustedes y mi espíritu y con el poder de nuestro Señor Jesús” (1Co 5,4). En esta afirmación se ve una vez más cómo el Espíritu y el Señor Jesús juegan en los escritos paulinos a menudo el mismo papel.
Esta fuerza del Espíritu se hace palpable también en los “signos y prodigios”20 que
realiza Pablo:
Porque no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por mi intermedio, para obediencia de los gentiles, de palabra y obra, por el poder de signos y prodigios, por el poder del Espíritu (Rom 15,18-19a).
Los signos del apóstol se vieron cumplidos entre ustedes: paciencia a toda prueba, signos, prodigios y milagros (2Co 12,12).
como hemos visto, poder, y refiere al poder bondadoso y salvador de Dios, que se hace concreto muy frecuentemente en la curación de los enfermos.
En otro pasaje, en lugar de esta fuerza que proviene del Espíritu de Dios, Pablo habla, equivalentemente a mi entender, de la gracia de Dios: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para mí no fue vacía, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15,10).
b) Las tribulaciones22
La experiencia le va mostrando a Pablo que la tarea apostólica de proclamar el Evangelio no es fácil; por el contrario, despierta la contradicción de parte de los adversarios del Evangelio; de ahí una petición como ésta: “Rueguen también para que nos veamos libres de los seres humanos malvados y perversos, ya que la fe no es de todos” (2Tes 3,2).
Pablo experimenta en carne propia la persecución, los golpes, la cárcel, la amenaza
de la muerte. Este tema aparece en varias de sus cartas. En la segunda carta a los Corintios se explaya más. Ahí habla de su “mucha paciencia en las tribulaciones, en las adversidades, en las angustias, al soportar los golpes, en la cárcel, en las revueltas, en las fatigas, en la falta de sueño, en el hambre” (2Co 6,4b-5). Cuenta que, al llegar a Macedonia, su “carne” “no tuvo sosiego, antes bien, nos vimos atribulados en todo: por fuera, luchas; por dentro, temores” (2Co 7,5). Hacia el final de esta carta, luego de haber hablado, como en un rapto de locura, de las revelaciones que ha recibido de Dios, reconoce este “aguijón en mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría” (2Co 12,7); dice que le ha pedido al Señor que lo libere, pero que él le ha respondido: “Mi gracia te basta, que mi poder se muestra perfecto en la debilidad” (2Co 12,9); ahora salta el Pablo vehemente: “Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Co 12,10).
El tema de la persecución está también en la carta a los gálatas: “Hermanos, si yo predicara todavía la circuncisión, ¿por qué me siguen persiguiendo?” (Gal 5,11).
En alguna cita anterior ha aparecido la mención de la cárcel. En varias cartas Pablo afirma estar preso23. Pablosoporta estas tribulaciones con entereza, porque las interpreta
como una participación actual en la pasión de Cristo: “Que nadie me moleste en adelante: yo llevo en mi cuerpo los estigmas de Jesús” (Gal 6,17). Y esta participación en la pasión le asegura también la participación futura en su resurrección:
Es cierto que Él [Cristo] fue crucificado en razón de su debilidad, pero vive por el poder de Dios. Así también, nosotros participamos de su debilidad, pero viviremos con Él por el poder de Dios para ustedes (2Co 13,4).
Esta palabra es digna de fe: Si hemos muerto con Él, viviremos también con Él (2Tim 2,11).
En la segunda carta a los corintios, acicateado por la necesidad de defender la autenticidad de su misión apostólica, puesta en duda en esa comunidad, hace largas descripciones de las tribulaciones por las que ha debido pasar; pero en ellas siempre se
enfrentan lo negativo con lo positivo: “Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados” (2Co 4,8-9). El contraste fundamental es entre muerte y vida:
Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues siempre nosotros los que vivimos estamos siendo entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal (2 Co 4,10-11).
De ahí que el apóstol se mantenga firme, sin desanimarse: “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2Co 4,16). Algo análogo leemos en la segunda carta a Timoteo: “Por eso estoy sufriendo estas cosas. Pero no me avergüenzo, porque sé en quién he puesto mi fe, y estoy convencido de que Él es poderoso para conservar mi depósito hasta aquel Día” (2Tim 1,12).
El apóstol da un paso más en su argumentación y afirma que sufre por el bien de los corintios; en general, de los que reciben el Evangelio por su intermedio. Así, las tribulaciones que soporta Pablo se convierten, al igual que la pasión de Cristo, en un bien para los evangelizados: Pablo sufre sus tribulaciones en favor de ellos: “De esa manera, la muerte hace su obra en nosotros, y en ustedes, la vida” (2Co 4,12). Este tema se repite en la misma carta y en otras:
Todo esto es por ustedes: para que al abundar la gracia, abunde también el número de los que participan en la acción de gracias para gloria de Dios (2Co 4,15).
Les pido, por lo tanto, que no se desanimen a causa de las tribulaciones [que padezco] a favor de ustedes: ¡ellas son su gloria! (Ef 3,13).
Pablo le recuerda a Timoteo el Evangelio que predica, “por el cual sufro hasta estar
encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso soporto todas estas cosas por los elegidos, a fin de que ellos también participen de la salvación que está en Cristo Jesús con gloria eterna” (2Tim 2,9-10). Finalmente, aparece la hondura cristológica: las tribulaciones de Pablo completan lo que falta a la pasión de Cristo: “Ahora me alegro en los padecimientos por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).
Como Cristo, Pablo soporta sus tribulaciones poniendo toda su confianza en Dios, sea que se trate de la carencia de lo necesario para la subsistencia o, más gravemente, de las amenazas contra su vida. En la carta a los filipenses se muestra capaz de soportar las carencias de lo necesario: “Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada” (Fil 4,12). Pero no se trata de una pura ascesis, como la que podría ejercer también un yogui o un santón hindú: “Yo lo puedo todo en aquel que me conforta” (Fil 4,13); una vez más, la fuerza que muestra Pablo le viene de la gracia, de
Jesús, de su Espíritu.
En otras cartas aparece el enfrentamiento de la muerte, que en Pablo es sereno por la confianza que ha puesto en Dios:
No queremos, hermanos, que ustedes ignoren la tribulación que debimos sufrir en la provincia de Asia, que nos abrumó hasta el extremo, por encima de nuestras fuerzas, hasta tal punto que perdimos la esperanza de conservar la vida. Hemos tenido nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. Él nos libró y nos librará de ese peligro mortal; en Él esperamos que nos seguirá librando” (2Co 1,8-10). La confianza en Dios se hace más nítida e intensa cuando le toca enfrentar el peligro de una sentencia de muerte sin apoyo de ningún hermano: “Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron. ¡Ojalá que no les sea tenido en cuenta! Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará [llevándome] a su Reino celestial. ¡A Él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén (2Tim 4,16- 18).
Este mismo destino de tener que sufrir por Cristo y el Evangelio aguarda a los sucesores de Pablo: “No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por el Evangelio, según el poder de Dios” (2Tim 1,8). “Comparte mis sufrimientos, como buen soldado de Jesucristo” (2Tim 2,3).
Pero también es el destino de los cristianos comunes y corrientes. La afirmación se encuentra en la carta a los filipenses, en la que se dice que Dios “les ha concedido a ustedes, por Cristo, la gracia no solamente de creer en Él, sino también de sufrir por Él, sosteniendo la misma lucha en la que ustedes me han visto empeñado y ahora saben que sigo sosteniendo” (Fil 1,29-30). La afirmación se repite varias veces en las dos cartas a los tesalonicenses: “Ustedes se hicieron imitadores nuestros y del Señor, recibiendo la Palabra en [medio de] muchas tribulaciones, con gozo del Espíritu Santo” (1Tes 1,6). “Cuando todavía estábamos con ustedes les anticipamos que íbamos a tener tribulaciones, y así sucedió, como ustedes saben” (1Tes 3,4). En el inicio de la segunda carta a los tesalonicenses, Pablo da gracias a Dios por el progreso de la fe y el amor de la comunidad
hasta tal punto —les dice— que, ante las Iglesias de Dios, nosotros nos sentimos orgullosos de ustedes, por la paciencia y la fe con que soportan las persecuciones y tribulaciones. Esto es señal del justo Juicio de Dios, en el que ustedes serán encontrados dignos del Reino de Dios por el cual sufren. Es justo ante Dios pagar con tribulación a quienes los atribulan a ustedes. En cambio, a ustedes, los atribulados, les dará el descanso junto con nosotros, en la revelación del Señor Jesús, desde el cielo, con los ángeles de su poder (2Tes 1,4-7).
Los textos que hemos leído y comentado en este apartado son, por un lado, enfáticos en afirmar el hecho de la persecución y de las tribulaciones que sufre Pablo. Afirman también que a los cristianos les toca sufrir la misma suerte. Por otro lado, dicen que la fuerza que le permite soportar y superar esta adversidad casi permanente es de Dios, de su gracia, de su Espíritu. Además, dicen que el padecer por Cristo tiene sentido, no solo por la participación escatológica en su resurrección, sino también porque ese
padecer, misteriosamente, en la fe, “completa” la pasión del mismo Cristo. ¿Qué más podría pedir un creyente en Él?
En la tribulación, sufrida y soportada sin desfallecer y con sentido, podríamos encontrar entonces un poderoso argumento de credibilidad: la fuerza que muestran estas personas, perseguidas como Pablo, viene de Dios. Sin embargo, situaciones análogas se pueden vivir —y de hecho se viven— también fuera de la fe en Cristo. Pueden ser creyentes convencidos de su propia religión, capaces —como muestra muchas veces la historia— de dar también, de igual manera que Pablo y los cristianos, su vida por ella; o pueden ser también fanáticos. Por lo tanto, el argumento de la tribulación soportada en la fe no puede ser presentado como un argumento apodíctico, que fuerza a la inteligencia a asentir, pero sí como un signo —que hay que despejar una y otra vez de las posibles adherencias de fanatismo— que apunta hacia el Dios de Jesucristo.
c) La relación con los cristianos y sus comunidades
En la relación de Pablo con las comunidades que él ha formado creo ver algunos aspectos que pueden servir como argumentos de credibilidad de su acción como evangelizador. En primer lugar, el amor que muestra Pablo por esas comunidades. Luego, el valor que tienen para Pablo estas comunidades, cuya fe lo afirma y lo consuela, así como su fe es ayuda y consuelo para la fe de las comunidades. Finalmente, la perseverancia de las comunidades en la fe aparece como el sello de que su apostolado es verdadero y como la garantía del premio escatológico que Dios le ha de dar.
(i) El amor
En varios textos muestra Pablo el amor que siente por las comunidades que ha fundado. Al despedirse de los corintios en la primera carta les dice: “Mi amor con todos ustedes en Cristo Jesús” (1Co 16,24). Y en la segunda carta a esa comunidad dice: “Por mi parte, de buena gana gastaré y me desgastaré por las vidas de ustedes. Si yo los amo con tal abundancia, ¿seré menos amado?” (2Co 12,15).
Es frecuente en las cartas paulinas el referirse a la comunidad o a determinados miembros de ella con el adjetivo “querido, querida”24, a veces unido a uno más intenso
que se puede traducir por “deseado”, “anhelado”25. En ocasiones Pablo expresa el deseo
intenso que tiene de ver a las personas a las que escribe26 y a las comunidades, sea a las
que él ha fundado27, sea a la de Roma28.
Un texto particularmente hermoso se encuentra en la primera carta a los tesalonicenses —el primer escrito del Nuevo Testamento, según los historiadores—, en que el amor de Pablo por esa comunidad se expresa, en un mismo pasaje, como amor maternal y como amor paternal. Luego de afirmar que, al evangelizarlos, no ha buscado gloria humana, se refiere a su autoridad como apóstol de Cristo; también ha renunciado a hacerla valer entre ellos, prefiriendo
ustedes, que deseábamos entregarles no solo el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos (1Tes 2,7-8).
La dimensión paternal del afecto la expresa a continuación: “Y como recordarán, los hemos exhortado y animado a cada uno personalmente, como un padre a sus hijos, instándoles a que lleven una vida digna del Dios que los llama a su Reino y a su gloria” (1Tes 2,11-12).
El amor de Pablo por las comunidades se expresa en su frecuente acción de gracias por ellas, porque su fe y su amor crecen29, lo mismo cuando se trata de algún
destinatario individual30. Se expresa también en su oración por el crecimiento de su fe y
de su amor31 y en orgullo por ellas32.
Cuando ha estallado un conflicto con la comunidad de Corinto, Pablo les anuncia una pronta visita y pregunta: “¿Qué prefieren, que vaya a ustedes con palo o con amor y espíritu de mansedumbre?” (1Co 4,21). Esto implica que el amor que siente por esa comunidad no le impide ser duro con ella, cuando ve que se desvía del camino correcto. El conflicto y su causa no dejan al apóstol intocado; por el contrario, lo han conmovido profundamente: “Les escribí en una gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas, no para entristecerlos, sino para que conocieran el amor desbordante que les tengo sobre todo a ustedes” (2Co 2,4).
No se trata de un amor sentimental, sino de obras. Porque los ama, Pablo ha querido trabajar con sus manos para así no ser gravoso a la comunidad: “Nos fatigamos trabajando con nuestras manos” (1Co 4,12a). A los tesalonicenses les recuerda en la primera carta “nuestro trabajo y nuestra fatiga; trabajando día y noche para no serles una carga les predicamos el Evangelio de Dios. Ustedes son testigos y Dios también de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con ustedes” (1Tes 2,9-10). Lo mismo se repite casi textualmente en la segunda carta (2Tes 3,7-8), en la que se añade: “Aunque teníamos el derecho de proceder de otra manera, queríamos darles un ejemplo para imitar” (2Tes 3,9).
En el conflicto con la comunidad de Corinto, aparece el argumento de que Pablo ha decidido proclamar gratuitamente el Evangelio en Corinto, sin aceptar nada de la comunidad. El apóstol se defiende: “¿Acaso tendré yo culpa porque me abajé a mí mismo para ensalzarlos a ustedes anunciándoles gratuitamente el Evangelio? (…) ¡Por la verdad de Cristo que está en mí!, que esta gloria no me será arrebatada en las regiones de Acaya” (2Co 11,7,10). Y termina preguntándose: “¿Por qué? ¿Porque no los amo? ¡Dios lo sabe!” (2Co 11,11), una respuesta que equivale a afirmar que sí los ama.
Es un amor que busca ante todo el bien de aquellos a quienes ama, su “edificación”. En la segunda carta a los corintios Pablo ha estado defendiéndose vehementemente de