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A RGUMENTACIONES A PARTIR DE LOS CONTRASTES QUE SE OBSERVAN EN LA HISTORIA

L A ARGUMENTACIÓN RACIONAL

B. A RGUMENTACIONES A PARTIR DE LOS CONTRASTES QUE SE OBSERVAN EN LA HISTORIA

En Pablo encontramos argumentos que se basan en tres grandes contrastes: el que hay entre judíos y no judíos (acápite 1), el que hay entre la sabiduría de Dios y la de los seres humanos (acápite 2) y el contraste que Pablo percibe entre él y los falsos apóstoles (acápite 3).

1. Judíos y gentiles

Para los judíos es evidente el contraste que hay en la historia humana entre ellos — pueblo de Dios, que es objeto de la Alianza y depositario de la Promesa de Dios— y el resto de la humanidad, los “gentiles” (las “naciones”), que viven —como acabamos de recordar— “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef 2,12). En los escritos paulinos encontramos dos argumentaciones diversas a partir del hecho de esta diferencia.

Por un lado, en la carta a los efesios el argumento se basa en que las comunidades cristianas paulinas están conformadas por judíos y gentiles; así, son una manifestación palmaria de que Cristo “es nuestra paz, el que de [ambos] pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” (Ef 2,14); el que creó “en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo” (Ef 2,15); el que “reconcilió con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz” (Ef 2,16); el que “vino a anunciar la paz: paz a ustedes [los gentiles] que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca [los judíos]” (Ef 2,17). La razón de fondo de esta superación de la diferencia es que “por Él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu” (Ef 2,18). La unidad de los pueblos diferentes se hace, por así decirlo, por arriba, por su encuentro en Dios.

Por otro lado, en la carta a los romanos el argumento parte del hecho mayor de que Israel, oficialmente, ha rechazado al Mesías Jesús y que este ha sido aceptado sobre todo por gentiles. El contraste es presentado en toda su intensidad, ya que “Israel buscaba una ley de justicia y no dio con ella” (Rom 9,31), mientras que “los gentiles, que no buscaban la justicia, alcanzaron la justicia” (Rom 9,30). La razón es que Israel buscaba la justicia “no a partir de la fe sino como de las obras” (Rom 9,32), no como regalo gratuito de Dios sino como conquista mediante el cumplimiento de la Ley, y así no se dio cuenta de que “el fin de la Ley es Cristo, para justicia de todo el que cree” (Rom 10,4), sea judío o gentil. Sin embargo, Pablo termina esta argumentación con una nota de esperanza: los gentiles, rebeldes a Dios en otro tiempo, han alcanzado misericordia a causa de la rebeldía actual del pueblo judío, que en el futuro también alcanzará misericordia (Rom 11,30-31), “pues Dios encerró a todos los seres humanos en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia” (Rom 11,32). La misericordia que Dios ha tenido ahora con los gentiles, incorporados a la fe en Cristo, es lo que hace creíble que, en un futuro no precisado, también el pueblo judío encontrará misericordia, a pesar de su actual rebeldía. 2. Sabiduría de Dios y sabiduría humana

En las cartas encontramos otro contraste, más englobante y decisivo que el anterior: el que hay entre la sabiduría de Dios y la de los seres humanos; en esta Pablo encierra a la vez la sabiduría griega y la judía. La sabiduría de Dios consiste en “el logos de la cruz, necedad para los que se pierden” (1Co 1,18). Esta sabiduría divina se presenta como débil para los judíos, que buscan signos del poder de Dios, y como necia para los griegos, que buscan una sabiduría teórica, de tipo filosófico; por eso, este Cristo crucificado es “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para los llamados, sean judíos

o griegos, un Cristo poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los seres humanos, y lo débil de Dios es más poderoso que los seres humanos” (1Co 1,23-25).

El argumento de credibilidad es la experiencia que hace el creyente de un Cristo que, en la aparente debilidad y necedad de la cruz, supera la sabiduría y la fuerza humanas. Una conclusión lógica es que “si alguno entre ustedes se tiene por sabio en este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios” (1Co 3,18-19).

En la segunda carta a los corintios encontramos un argumento puntual que puede situarse al interior de este contraste entre la sabiduría de Dios y la del mundo. Pablo habla de una tristeza “del mundo”, que lleva a la muerte, y de una tristeza “según Dios”, que mueve a la conversión y por lo tanto lleva a la salvación (2Co 7,9-10). Este argumento no se sitúa en el aire de la abstracción universal sino que refiere a la tierra firme de una experiencia que han hecho los corintios: una carta de Pablo los entristeció con esta tristeza “según Dios” y se convirtieron del mal camino que llevaban. “Miren — les dice Pablo— qué ha producido entre ustedes esa tristeza según Dios” (2Co 7,11) y detalla todo lo bueno que ha sucedido en la comunidad como reacción a su carta. ¿Habrá en nuestras actuales comunidades cristianas experienciasa las que referir para ayudar a los fieles a descubrir lo creíble que es la fe en Jesús?

3. Pablo y los falsos apóstoles

A los dos contrastes anteriores podemos añadir uno que en cierto sentido es más “doméstico”, pues se refiere al que el propio Pablo percibe que hay entre él y los falsos apóstoles, a los que llama “seudoapóstoles” (2Co 11,13) o, irónicamente, “superapóstoles” (2Co 12,11). La discusión lo lleva, por un lado, a mostrar, como en un rapto de locura, dice (2Co 11,16-17,21; 12,11), todas sus “credenciales” (2Co 11,23) como apóstol de Cristo, incluso sus visiones y revelaciones (2Co 12,1-6); por otro lado, es la ocasión que le permite exponer los criterios del auténtico apóstol de Jesús:

…mucha paciencia en las tribulaciones, en las adversidades, en las angustias; al soportar los golpes, en la cárcel, en las revueltas, en las fatigas, en la falta de sueño, en el hambre; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia, las de la derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos (2Co 6,4-10).

En la primera carta a los tesalonicenses encontramos una descripción de la manera como Pablo percibe que ejerce su ministerio, aunque sin ponerla en contraste con otros; es una manera a la vez paternal y maternal. En efecto, “aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Cristo —les escribe—, nos mostramos amables con ustedes como una madre que cuida con cariño de sus hijos” (1Tes 2,7); y “como un

padre a sus hijos, ustedes lo saben bien, a cada uno de ustedes los exhortábamos y animábamos, instándoles a que lleven una vida digna del Dios que los llama a su Reino y a su gloria” (1Tes 2,11-12).