E L RECURSO A LA E SCRITURA
A. L A ESCRITURA EN EL CORPUS PAULINO
2. La tesis central
La tesis central de Pablo —como hemos visto abundantemente en la sección anterior— es que Dios nos justifica no por el cumplimiento (las obras) de la Ley, sino por la fe en
Jesucristo (apartado a). Este contrapunto entre la fe y las obras se da ante todo en la justificación, pero también en otros aspectos de la vida de la fe (apartado b).
a) La Ley no justifica
En lo que respecta a la justificación, encontramos en el corpus paulino tres tipos de argumentos diferentes.
El primer tipo son textos tomados de la Escritura:
En un salmo el salmista le dice a Dios: “No entres en pleito con tu siervo, pues no hay ser vivo justo frente a ti” (Sal 143,2 según la traducción de la BJ a partir del hebreo).
Pablo toma la segunda parte del versículo y le añade el tema de la Ley, afirmando: “Por
lo tanto, por las obras de la Ley nadie será justificado ante Él [Dios]” (Rom 3,20a; la idea se repite en Gal 2,16).
Encontramos también en la carta a los gálatas una cita del profeta Habacuc y otra del Levítico: “Que nadie se justifica ante Dios por163 la Ley es evidente, ya que el justo por la fe vivirá (Hab 2,4). En cambio, la Ley no procede de164 la fe, sino: “quien los practique [se subentiende: los preceptos de la Ley] vivirá por ellos” (Lev 18,5; Gal
3,11-12)165.
El contraste entre la justificación por la fe en Jesucristo y la búsqueda de Israel queda patente en el siguiente texto: “Los paganos que no buscaban la justicia, alcanzaron la justicia, la que proviene de la fe; mientras que Israel, que buscaba una ley de justicia, no dio con ella” (Rom 9,31-32a). Y esto llevó a los israelitas a “tropezar en la piedra de
tropiezo, según está escrito: He aquí que pongo en Sión piedra de tropiezo y roca de escándalo; pero el que cree en Él no será confundido” (Rom 9,32b-33, citando Is
28,16).
Que la Ley solo justifica a los que la cumplen íntegramente se repite varias veces en el corpus paulino166; en algunos lugares, con apoyo de citas de Escritura167.
La tesis de la justificación por la fe y no por las obras aparece algunas otras veces en el corpus paulino sin apoyo de citas de la Escritura168.
Un segundo argumento es de fe cristiana: si la justicia viniera por la Ley, sería inútil la muerte de Cristo169; de ahí que Pablo afirme que ya no quiere la justicia de la Ley170.
El último argumento es de razón: se apoya en el carácter universal de Dios: “Pensamos que el ser humano es justificado sin las obras de la Ley. ¿Acaso Dios es solo de los judíos? ¿No es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles” (Rom 3,28- 29). En cambio, la Ley es particular, solo del pueblo judío.
b) La Ley no otorga la herencia prometida, ni el Espíritu, ni la gracia
La contradicción entre la fe en Jesús y las obras de la Ley no se da solo en lo que respecta a la justificación, sino también en cuanto a otra serie de realidades de la fe bíblica.
sino por la fe en Jesús171. Pabloañade un argumento que podemos llamar cronológico a
favor de la promesa: la Ley viene 430 años después de ella, y no la anula172.
Tampoco el Espíritu se obtiene por las obras de la Ley sino por la fe173. De ahí el
contraste entre estar bajo la Ley o bajo el Espíritu174 y la afirmación de Pablo de que
contra los frutos del Espíritu no hay Ley175.
En algunos pasajes, en lugar de la fe el corpus habla de la gracia como el medio de la justificación176. De ahí el contraste entre estar bajo la Ley o bajo la gracia177.
3. ¿En qué queda el valor de la Ley?
El corpus paulino parece quedar enredado en una cierta contradicción ante la Ley (apartado a). La salida a esta aparente contradicción es, por un lado, Jesús mismo (apartado b); por otro, la toma de conciencia de la impotencia de la Ley para dar al ser humano la capacidad de cumplir sus preceptos (apartado c).
a) ¿Contradicción ante la Ley?
Pareciera que en el corpus paulino hay una contradicción, en la medida en que, por un lado, se afirma que en Cristo hemos quedado liberados de la Ley178. Por otro, sin
embargo, se le reconoce autoridad a la Ley, pues Pablo argumenta a partir de ella179. Por
lo demás, no puede desconocer que la Ley es parte de la Escritura, que es Palabra de Dios.
Afirma también expresamente: “Entonces, ¿por la fe privamos a la Ley de su valor? ¡De ningún modo! Mas bien, la afianzamos” (Rom 3,31). “Según eso [la argumentación que ha estado desarrollando], ¿la Ley se opone a las promesas de Dios? ¡De ningún modo!” (Gal 3,21a).
b) La solución: Jesús
En los escritos paulinos la solución a esta contradicción es la persona misma de Jesús. En primer lugar, porque Él es la meta, finalidad o término180 de la Ley: “El término
de la Ley es Cristo, para justicia de todo el que cree” (Rom 10,4). Que la justificación se obtiene por la fe en Cristo es, por lo demás, una realidad que está atestiguada por la misma Ley: “Ahora, independientemente de la Ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la Ley y los Profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna” (Rom 3,21-22). Cuando Pablo habla de “la Ley y los Profetas” está refiriéndose al conjunto de la Escritura, como ya sabemos.
A esto se añade la afirmación de que el papel de la Ley no ha sido otro que el del pedagogo; la Ley tuvo una función en el tiempo previo, antes de la llegada de Cristo, una función preparatoria:
a quien estaba destinada la promesa (…). Así, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la Ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe (Gal 3,19,23-24).
Pero, por lo mismo que Jesús es la finalidad a la que apuntaba la Ley, la transforma. Hay dos aspectos en esta transformación de la Ley por Cristo.
La Ley se concentra ahora en el mandamiento del amor. Lo dice en la carta a los romanos:
Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque lo de: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás (Ex 20,13-17=Dt 5,17-21), y cualquier otro mandamiento, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 18,19). El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley (Rom 13,8-10).
Lo dice también en la carta a los gálatas: “Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gal 5,14).
Y el amor al prójimo consiste concretamente en ayudarse unos a otros a llevar las cargas: “Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas y cumplan así la Ley de Cristo” (Gal 6,2). Pablo habla aquí de una “Ley de Cristo”. En otro lugar afirma que esta Ley de Cristo opera en el Espíritu y se opone a la Ley del pecado y de la muerte181.
El segundo aspecto de la transformación operada por Cristo consiste en que el cristiano queda liberado de la Ley, gracias a que el mismo Cristo vino bajo la Ley y se hizo maldición para liberarnos de la maldición de la Ley: “Cristo nos liberó de esta maldición de la Ley, haciéndose Él mismo maldición por nosotros, porque está escrito:
Maldito el que está colgado de un madero” (Gal 3,13; la cita es de Dt 21,23). Ahora, el
que cree en Cristo ha muerto, para pasar a ser del Resucitado182; por la Ley, ha muerto a
la Ley, para vivir para Dios183.
c) Lo que manda la Ley y la (in)capacidad humana para cumplirlo
Para terminar de comprender la postura de Pablo ante la Ley, tenemos que hacer una distinción entre lo que manda la Ley y la capacidad del ser humano para cumplir ese mandato.
Lo que manda la Ley viene de Dios, y es santo, justo y bueno. A eso, me parece, se refería Pablo al hablar del valor positivo de la Ley, como ya vimos. Es por eso que los judíos, al no cumplir la Ley, provocan que los pueblos blasfemen de Dios: “Porque el
nombre de Dios, por causa de ustedes, es blasfemado entre las naciones, como está
escrito” (Rom 2,24; la cita es de Is 52,5 LXX y Ez 36,20-22).
En otro lugar Pablo reprocha a los judíos que, teniendo la circuncisión —es decir, el signo corporal de la pertenencia al pueblo de la Alianza—, sin embargo no cumplen la Ley184.
Por otro lado, Pablo reconoce que hay gentiles que, sin tener la Ley de Moisés, cumplen sus mandamientos, porque los tienen inscritos en su conciencia, y esto les vale
como circuncisión del corazón185.
El problema de fondo de la Ley es que el ser humano no tiene en sí mismo la capacidad para cumplir sus mandamientos a cabalidad, y la Ley misma no se la puede dar, porque —como vimos— solo da el conocimiento del pecado. Pablo expresa esta situación con toda claridad en la carta a los gálatas: “Si de hecho se nos hubiera dado una Ley capaz de vivificar, en ese caso la justicia vendría realmente de la Ley” (Gal 3,21b).
Por eso puede hablar de una “Ley del pecado y de la muerte” (Rom 8,2) y de su “impotencia”186 (Rom 8,3).
Debido a esta impotencia de la Ley, que manda lo que es justo, pero no capacita para cumplirlo, el ser humanoqueda en una situación insufrible: no hace lo que quiere en su “hombre interior”, en su “mente187”, sino lo que no quiere, forzado por sus
“miembros”, por su “carne” (Rom 7,15-23,25). Es de esta situación desgraciada que Jesús “nos libera” (Rom 7,24-25)188.
4. El precepto
Nos queda por ver los lugares en que el corpus paulino emplea la palabra “mandamiento” o “precepto” [entolh, entolé].
En tres pasajes “mandamiento” se refiere a los preceptos de la Ley de Moisés. Dos los hemos visto ya: que los mandamientos se resumen en amar al prójimo189; y que el
mandamiento de honrar padre y madre es el primero que trae aparejada una promesa190.
En el tercer pasaje no hay citas textuales de la Escritura, sino dos alusiones globales, una a la circuncisión, la otra a los mandamientos en general: “La circuncisión no es nada, ni tampoco el prepucio, sino el cumplimiento de los mandamientos de Dios” (1Co 7,19).
En dos lugares, “mandamiento” se refiere a lo mandado por el Señor Jesús191 y en
otros dos tiene un sentido que no refiere ni a la Ley (del Antiguo Testamento) ni al Evangelio (del Nuevo); en uno tiene un sentido religioso negativo (Tit 1,14 habla de “mitos judíos y mandamientos de seres humanos”) y en el otro, un sentido que podemos llamar simplemente humano: en la despedida de la carta a los colosenses, Pablo dice: “Los saluda también Marcos, el primo de Bernabé, acerca del cual han recibido ustedes instrucciones192 que, si llega donde ustedes, lo acojan” (Col 4,10b).