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Las características constructivistas de la política exterior rusa.

3.4 La influencia religiosa, la competencia energética y los principales actores del Medio Oriente sobre la Crisis de Siria

3.5.2 Las características constructivistas de la política exterior rusa.

La segunda teoría de relaciones internacionales utilizada para analizar el comportamiento de la política exterior rusa ante el orden mundial es el constructivismo. Esta teoría se encuentra resumida en las ideas de Alexander Wendt (1999), quien pretende identificar las ideas como el centro de las interacciones entre los actores internacionales. El constructivismo no niega el materialismo de los Estados, es decir, los intereses territoriales, políticos o económicos, sino que busca entender por qué es importante este materialismo para los Estados. Dentro de las ideas se desprenden las identidades e intereses ocultos de los grupos de personas que controlan el Gobierno, quienes son los que manejan el poder y pueden tomar decisiones de acuerdo a estas ideas. Las relaciones entre los Estados quedan circunscritas a normas, reglas

116 no tácitas que se encuentran en un proceso continuo de formación. La identidad del “yo” es generada en relación a la identidad del “otro”, en otras palabras, sin el reconocimiento de los demás y sus diferencias, uno no puede distinguir su propia identidad. Estos conceptos ayudan a entender la relación que ha tenido Rusia durante siglos con el Occidente.

Para Tsygankov (2013), la política exterior de Rusia ha sido influenciada por tres corrientes principales: la escuela occidental, la estatista y la civilizacional. La primera se origina de las tradiciones occidentales tomadas por la política exterior rusa para ser parte integral del mundo occidental. Mediante la adopción de ideas liberales y democráticas, el Gobierno de Boris Yeltsin intentó fundir la identidad propia de Rusia con la identidad del Occidente. Sin embargo, se ha podido observar el rechazo de ser parte de la identidad del “otro”, teniendo en cuenta la desilusión que la relación con Occidente representó para el pueblo ruso tras la caída de la Unión Soviética (Ziegler, 2012). Durante el Gobierno de Medvédev, gracias a un nuevo acercamiento de parte de la política exterior de Barack Obama, Rusia intentó acercarse y resetear sus relaciones, basándolas en los aspectos comerciales y financieros. No obstante, Moscú no tenía la misma apertura que había mostrado diez años atrás o la misma debilidad económica o política. Por lo tanto, como se ha podido observar al inicio de este capítulo, la relación entre Estados Unidos y Rusia no mejoró del todo y terminó por enfriarse nuevamente. La decisión de abstenerse de parte del Gobierno de Medvédev durante la votación del proyecto de resolución para iniciar los bombardeos de la OTAN en Libia, evidenció esta ambigüedad o conflicto dentro del Gobierno de Moscú. Vladimir Putin y Sergei Lavrov criticaron fuertemente esta decisión, señalando como dejaron los intereses económicos y estratégicos rusos de lado, mientras que Medvédev la defendía sobre la base de converger con los intereses occidentales. Si bien la identidad occidental sigue siendo parte de la idiosincrasia rusa, esta ha optado por separarse de ella en años recientes.13

La segunda corriente es la más cercana a la identidad independiente de la política exterior rusa, ya que se encuentra basada en la habilidad del Estado para gobernar y preservar el orden político y social, capaz de brindar equilibrio al orden internacional. La escuela estatista

busca la identidad propia o la construcción del “yo” en el reconocimiento del “otro”, es decir, al mantener una diferencia entre la identidad de Rusia y la del Occidente, la política exterior de Rusia puede volverse más independiente y actuar bajo sus propios intereses. Esta es la corriente que más ha definido la relación entre Rusia y el Occidente durante toda su historia

117 (Tsygankov, 2013). A través de esta teoría se puede entender mejor por qué Rusia rechaza el unilateralismo de los Estados Unidos o la expansión de la OTAN cerca de su zona de influencia. Sin embargo, la identidad de Rusia también podría sentirse amenazada si China empezara a reemplazar la hegemonía occidental. Inclusive, de manera mucho más alarmante debido a la cercanía e influencia china en los territorios del este ruso. No obstante, la política exterior rusa sigue basada en utilizar a los Estados Unidos como su principal contra identidad, quizás debido al legado cultural de la Guerra Fría (Hopf, 2002).

Finalmente, la corriente civilizacional es tal vez la más peligrosa de todas, ya que busca la identidad propia de Rusia mediante la síntesis cultural y el diálogo civilizacional basado en los orígenes eslavos y la religión ortodoxa. Esto puede ser contraproducente debido a que Rusia es un país multicultural que guarda distintas poblaciones con diferentes orígenes culturales, religiosos o étnicos (Ziegler, 2012). Al limitar la identidad rusa basada en una sola idea, religión o cultura, un conflicto mayor entre las poblaciones internas puede desencadenarse. Similar al concepto de Huntington sobre el “choque de civilizaciones”, el diálogo cultural entre Rusia y el Occidente también puede volverse conflictivo al ser civilizaciones muy distintas. Así como existen distintos centros de poder global, también existen diferentes polos de civilización (Lo, 2015). “Una y otra vez, se ha intentado privar a los rusos de su memoria histórica, incluso de su lenguaje, y han sido sometidos a una asimilación forzosa.” (2014, p. 3) enunciaría Putin tras la intervención en Crimea. La falta de claridad sobre la identidad rusa puede llevar a posturas muy anti occidentales. Al comenzar la intervención en Siria y tras la declaración de la Iglesia ortodoxa rusa de que esta era una “guerra santa”, algunos medios de prensa relacionaron la identidad ortodoxa del Gobierno ruso con la liberación de los pueblos cristianos esclavizados por el Estado Islámico (Tharoor, 2015; Agence France-Presse, 2015). Esta legitimización de la religión ortodoxa como parte del interés ruso en Siria justifica una visión civilizacional en sus asuntos exteriores. Cada una de estas tres corrientes ha demostrado tener mucha influencia sobre la política exterior rusa dentro de sus relaciones con el Occidente o el orden mundial. Para Wendt (1999), la “auto ayuda” o supervivencia del Estado se ha dado a partir de la búsqueda en mayor o menor medida de su seguridad, la cual ha estado basada sobre la propia percepción de la anarquía. En otras palabras, las relaciones internacionales basadas en la seguridad de los Estados surgen sobre las ideas propias que estos tengan de la anarquía que les rodea. Rusia ha incrementado sus capacidades militares en la región del Medio Oriente de acuerdo a su percepción del caos o la anarquía que representaba para su seguridad. La influencia del islamismo radical dentro de sus fronteras, presentes a través de la inmigración

118 de poblaciones de Asia Central o el Cáucaso, es un peligro latente para la seguridad rusa (Sakwa, 2008). Sin embargo, esta percepción propia se encuentra basada en cuán inestable puede ser la relación con los pueblos musulmanes alrededor de sus fronteras. Por ejemplo, el programa nuclear de Irán fue un problema de seguridad grave para el Gobierno ruso, pero siempre se mostró dispuesto a entablar negociaciones con el Gobierno iraní, incluso continuando la venta de armamento, reacomodando su percepción de seguridad sobre la base de sus intereses al relacionarse con el país (Parker, 2015).