3.1 Política exterior de la Federación de Rusia
3.1.5 La política de reseteo de los Estados Unidos con Rusia.
En el año 2009, Barack Obama asumió la nueva presidencia de los Estados Unidos con la promesa de dar un giro a la política exterior estadounidense. Uno de sus primeros viajes presidenciales fue a la Cumbre del G20 en Londres, en donde pudo entablar sus primeras conversaciones con el presidente Medvédev. Tras esta reunión, Rusia permitía nuevamente el acceso aéreo de las fuerzas norteamericanas dirigidas a Afganistán sobre su territorio. Asimismo, se acordó en rechazar cualquier intento de programa nuclear de parte de Irán, un tema que preocupaba mucho a la seguridad de Israel (Cooper, 2009). Unos meses más tarde,
44 Obama visitó Rusia con las intenciones de conversar con Putin, sin embargo, la recepción no fue la misma. El reinicio o reseteo de las relaciones ruso americanas de parte de la administración de Obama era visto como un intento muy optimista y tardío por el primer ministro ruso (Reuters, 2009b).
Las armas nucleares le brindaban un rol importante a Rusia en el orden mundial y era clave en su relación con Estados Unidos, ya que le ofrecía el mismo protagonismo que tenía cuando era una superpotencia. Sin embargo, Estados Unidos dejó de lado el desarme nuclear durante la guerra de Iraq, que más bien le obligó a gastar mucho en material bélico (Kuhrt, 2011). El Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, por sus siglas en inglés, START, había sido firmado por el Gobierno de Rusia y Estados Unidos en los noventas con el objetivo de reducir las armas nucleares de ambos países. Sin embargo, este tratado tenía que ser renovado ya que culminaba su periodo de vigencia a fines del 2009. En Ginebra, ambas delegaciones de los Gobiernos buscaron llegar a un consenso para poder reanudar este tratado. Finalmente, los países llegaron al nuevo acuerdo START II, que reducía los misiles nucleares a la mitad y establecía un nuevo sistema de control e inspección de estas armas hasta el 2018 (Landay & Rohde, 2017).
Consecuentemente, en setiembre del 2009, Obama declaraba a la prensa la cancelación de los planes del Escudo Antimisiles en Polonia (The Guardian, 2009). Sin embargo, Obama no estaba abandonando el proyecto en su totalidad, ya que los planes, inicialmente bilaterales entre Estados Unidos y Polonia, pasaron a formar parte de la Defensa de Misiles Balísticos Aegis de la OTAN. La reformulación del Escudo Antimisiles fue anunciada un mes más tarde por el Vicepresidente norteamericano, Joe Biden. Esta se basaba en la instalación de interceptores SM-3, que tenían un menor alcance que los misiles antibalísticos del plan original, dentro de la Defensa de Misiles Balísticos Aegis, un sistema integrado por cruceros en el Mediterráneo con el objetivo de prevenir misiles de corto o mediano alcance lanzados contra Europa. Además, se tenía prevista la instalación terrestre del programa Aegis en Rumania para el 2016 y Polonia en el 2018, colocando los mismos interceptores SM-3 sobre tierra, algo que seguiría incomodando al Gobierno ruso a pesar de su menor alcance (Baker, 2009).
Las relaciones entre Rusia y Ucrania habían empeorado tras la Revolución Naranja en el 2004, la cual consistió en una serie de protestas en contra de las acusaciones de fraude en las elecciones presidenciales. Rusia consideraba estas protestas como un peligro para su
45 estabilidad interna y su influencia sobre el Gobierno ucraniano. La cercanía de Occidente a quien había sido un aliado estratégico de Rusia desde su existencia, era cada vez más notable. Los deseos de ingresar a la Unión Europea desestabilizaban la política del “imperio liberal” que venía desarrollando el Gobierno ruso. Al mismo tiempo, la idea de Rusia como una sucesora de la identidad soviética venía ganando más credibilidad dentro de las élites del Gobierno (Kuhrt, 2011).
En el discurso anual de la Asamblea Federal del 2005, Vladimir Putin, presidente en ese momento, había declarado que el colapso de la Unión Soviética había sido un gran desastre geopolítico (Chivers, 2005). El concepto de la Unión Soviética como un experimento ideológico fallido fue olvidado y más bien se buscó estudiar las lecciones que había dejado la superpotencia en el pasado. El revisionismo histórico era descrito como un peligro para la seguridad rusa según la Estrategia Nacional de Seguridad del 2009, durante el Gobierno de Medvédev. De la misma forma, los eventos como la Segunda Guerra Mundial eran conmemorados por el Gobierno como la victoria de Rusia sobre el fascismo, reconociendo la fortaleza de la identidad rusa (Gill, 2011).
En medio de fuertes protestas y desaprobación de parte del pueblo ruso, Vladimir Putin volvería a ser electo presidente en el 2012. Estas protestas reflejaban el descontento de las clases medias urbanas, principalmente de Moscú, que demandaban menos corrupción, más democracia, mayores libertades y rechazaban este intercambio entre Medvédev y Putin. Este nuevo mandato sería el más largo de todos con seis años de duración, es decir, hasta el 2018, y significaría el final de la política de reseteo del Gobierno de Obama (Ballesteros, 2016). Tras su llegada, un nuevo Concepto de Política Exterior fue planteado en el 2013 con el principal objetivo de consolidar los avances logrados hasta ese momento. El rol central del Consejo de Seguridad para la política exterior rusa es una constante presente en todo el documento, así como la constatación de un Nuevo Orden Mundial multipolar motivado por la disminución de la hegemonía estadounidense. También se demanda mucha atención y cuidado a los intereses de las empresas rusas en el extranjero, debido a las barreras que ponía la Unión Europea frente a la monopolización del gas ruso. Asimismo, se llama al diálogo constructivo entre civilizaciones, en un momento en donde Rusia busca frenar la expansión del radicalismo islamista del Cáucaso norte a las repúblicas del Volga Medio (Ruiz, 2013).
46 3.1.6 Los problemas con Ucrania.
Una de las promesas de Vladimir Putin fue la expansión de la “Unión Aduanera Euroasiática”, la cual funcionaba desde el 2010 como una unión aduanera entre Rusia, Bielorrusia y Kazajistán, siendo Ucrania el país más llamado a integrarla. Sin embargo, el Gobierno ucraniano se encontraba muy dividido sobre si ceder ante este mecanismo propuesto por Rusia (De la Cámara, 2012). La decisión del presidente de Ucrania, Víctor Yanukovich, de posponer la firma de los acuerdos de Asociación y Libre Comercio con la Unión Europea fue el catalizador para una nueva serie de protestas en Ucrania. Estos acuerdos hubieran imposibilitado la membresía a la Unión Aduanera Euroasiática, y de igual manera, simbolizaban un paso importante para que Ucrania ingresara a la Unión Europea. En setiembre del 2013, la ocupación de la Plaza Maidán en Kiev, como forma de protesta en contra del aplazamiento de la firma de los acuerdos, generó un conflicto de mayor escala a nivel nacional. La mayoría de ucranianos de las regiones del oeste eran más proclives a la integración con la Unión Europea, mientras que las regiones del este como Járkov, Donetsk o Lugansk, se encontraban más alineadas a la influencia rusa (Ballesteros, 2016).
El discurso de Vladimir Putin del Primer Congreso Mundial de compatriotas en el extranjero del 2001, había introducido por primera vez la noción de un mundo ruso que se extendía más allá de las fronteras geográficas y la etnicidad rusa. Cinco años más tarde, Putin volvería a utilizar este concepto basándose en el sentido de unir un pueblo con el mismo lenguaje y cultura. A partir de la idea del mundo ruso, Putin estaba reivindicando los intereses geopolíticos o nacionalistas que había perdido Rusia en los noventas pero a la vez, trataba de construir una identidad basada en una misma cultura, lenguaje, religión o historia que entendía la idea de ser ruso como ser parte de una civilización, al estilo de la antigua Roma o Grecia. Este concepto serviría para justificar la anexión de Crimea en el 2014 (Laruelle, 2015).
La península de Crimea, históricamente rusa desde las guerras ruso-turcas del siglo XVIII, había sido transferida a la República Ucraniana en 1954. Sin embargo, con la caída de la Unión Soviética, las tensiones entre Rusia y Ucrania por el control de la península emergieron. Para Rusia, Crimea siempre fue un punto estratégico para su seguridad, debido a la salida que tenía al Mar Negro y el Estrecho de Bósforo que le brindaba acceso al Mediterráneo.2 En 1997,
la firma de un acuerdo para repartir la flota del Mar Negro, que había sido ruso-ucraniana hasta
47 ese momento, y el arrendamiento a Rusia de la base en Sebastopol por veinte años a cambio del reconocimiento de la soberanía ucraniana en Crimea, apaciguaron las tensiones. No obstante, en medio de las protestas de Maidán y la salida del presidente Yanukovich, Rusia declaró la anexión de la península de Crimea mediante un referéndum el 16 de marzo del 2014 (Ballesteros, 2016). Unos días antes, el pueblo de Crimea declaró su independencia y restableció la constitución de 1992 (utilizada hasta 1995), que le brindaba autonomía con ciudadanía e instituciones propias. Asimismo, la movilización de tropas rusas dentro de Crimea no permitió la interferencia de Ucrania sobre la proclamación de independencia o el referéndum de la anexión a Rusia (Colás, 2014).
A partir de abril de 2014, la región este de Ucrania se vio envuelta en un conflicto civil entre las fuerzas del Gobierno interino de Ucrania y las autoproclamadas repúblicas independientes de Donetsk y Lugansk. Las fuerzas separatistas recibían dinero y armas de Rusia para mantener una guerra que pudiera continuar con el control e influencia de Moscú sobre Ucrania. El conflicto recibió la total desaprobación de la Unión Europea, que decidió imponer sanciones económicas para obligar a Rusia a cesar el apoyo. La escalada del conflicto llegó al punto más crítico cuando un avión con destino a Malasia fue derribado por un misil proveniente de las fuerzas secesionistas apoyadas por Rusia, según el Gobierno ucraniano. Sin embargo, los rusos negaban esta versión diciendo que fue el Gobierno ucraniano quien ocasionó el siniestro (Ruiz, 2014). A pesar de esto, la Unión Europea culpó a Rusia de intervenir en Ucrania, volviendo más severas las sanciones al Gobierno ruso. La crisis financiera rusa y el colapso del rublo, ocasionados en parte por las sanciones, llevarían a Rusia a reducir su influencia militar en las regiones del este ucraniano. Sn embargo, debido al rechazo de Moscú por cumplir los acuerdos de Minsk II, un paquete de medidas acordado en febrero del 2015 que obligaba a los secesionistas a rendirse, la Unión Europea mantiene las sanciones sobre Rusia hasta la actualidad (Sputnik, 2017a).