2 1 Luego nos volvimos y partimos hacia el desierto, por el cami-
24 Levantaos, partid y pasad el torrente Arnón Mira, yo pongo en tus
manos a Sijón, el amorreo, rey de Jesbón, y todo su país. Comienza la conquista; provócale al combate. 25 Desde hoy comienzo a infun-
dir terror y miedo de ti entre todos los pueblos que hay debajo del cielo: al tener noticia de tu llegada temblarán todos y se estreme- cerán».
V. 4 La Vulgata transfiere «tened cuidado» al comienzo del v. 5. Los LXX leen «ellos tendrán cuidado de ti».
V. 5 El Pentateuco Samaritano, después de «tierra», añade «como una herencia». V. 6 Muchos mss de los LXX omiten «por dinero».
V. 7 En lugar de «tu», los LXX leen «nuestro», y después de «gran» añaden «y terri- ble». Con el fin de armonizar las versiones de Nm 20,14-21 y Dt 2,2-8, el Pentateuco Samaritano inserta Nm 20,14a.17-18 entre los vv. 7 y 8.
V. 9 Los LXX dicen «ataquéis» y «provoquéis».
V. 11 Los LXX omiten «como a los anaquitas se los tenía por refaítas». V. 16 La Vulgata simplemente traduce «murieron».
V. 21 En lugar de «corpulento» los LXX traducen «más corpulento».
Este capítulo puede dividirse fácilmente en dos grandes secciones: A) 2,1-25 (ó 23): infiltración pacífica desde Cades hasta el Arnón por los territorios de Seír-Edom (vv. 2-8), Moab (vv. 9-16) y Amón (vv. 17-23): y B) 2,26(ó 24)-37: conquista violenta del reino de Sijón. El relato de la transición por cada territorio contiene cinco elementos (aunque no en todos los casos): 1) Israel continúa su viaje; 2) Yahvé le da órdenes a Moisés en función de cada territorio; 3) historia previa del territorio; 4) provisión para la marcha; 5) Israel parte del territorio o lo conquista y se establece en él.
Tras el desastre del fracasado ataque a los amorreos (1,41-46), fru- to de la desobediencia del pueblo, éste obedece la orden de Yahvé dada en 1,40 y se pone en marcha hacia el desierto rodeando la mon- taña de Seír (2,1). Esta primera etapa de Cades a Moab es de infiltra- ción pacífica y duró, según el v. 14, una generación. En general, se vislumbra una crítica a la política expansionista de Judá frente a las naciones vecinas de Edom, Moab y Amón (no así frente a otras), pue- blos que son presentados como hermanos o parientes de Israel: Edom (desde el golfo de Áqaba hasta el torrente o wadi Zéred, que entra al Mar Muerto por el sur) es el territorio de «vuestros hermanos, los hijos de Esaú» (vv. 4.8; véase Gn 25,19-27; 36,8) y tanto Moab (desde el wadi Zéred hasta el wadi Arnón) como Amón (zona desértica al este del reino de Sijón y al norte de Moab) pertenecen a los descendientes de Lot, el sobrino de Abrahán (vv. 9.19; véase Gn 19,30-38; Sal 83,9). De ahí la prohibición divina de atacarlos (vv. 5.9.19). Obviamente, este relato también sirve para explicar por qué estos territorios no siempre estuvieron sometidos a Israel. Si bien en términos generales se considera que Dt 1-3 son exílicos, algunos autores consideran que
el relato referente al cruce de los territorios de Edom, Moab y Amón reflejaría la situación de finales del siglo VII a.C., con la perspectiva de la independencia política frente a Asiria o, en cualquier caso, ten- dría un origen preexílico, pues sería muy difícil de entender una visión tan fraterna y optimista de Edom después del 586 a.C., cuando los edomitas se aprovecharon de la destrucción de Jerusalén y de la deportación israelita a Babilonia. La literatura anti-edomita es relati- vamente significativa en el Antiguo Testamento a raíz de estos acon- tecimientos (véase Gn 27,39-40; Sal 137,7; Am 1,11-12; Is 34; 63,1-6; Jr 49,7-22; Ez 25,12-17; 35; Abd 1b-7; Ml 1,2-4).
El encuentro de Israel con Edom narrado en Dt 2,2-8 difiere un tanto de la versión de Nm 20,14-21. En ésta, los israelitas piden per- miso a Edom para cruzar su territorio, lo que no les es permitido, siendo, además, amenazados por los edomitas, lo que refleja la impo- tencia israelita. Sin embargo, según Dt 2,2-8, los israelitas, si quisie- ran, podrían derrotar a los edomitas, pero no lo hacen porque Yahvé se lo prohíbe al tratarse de pueblos hermanos. El v. 5 presenta a Yahvé como un soberano que distribuye su territorio entre sus vasallos: Yahvé prohíbe que los israelitas ataquen Edom porque no les dará nada de una tierra que ya había dado en posesión a Esaú. Consecuen- temente, la infiltración israelita debe ser pacífica, comprando a los edomitas la comida y bebida (v. 6), y confiando en Yahvé, quien siem- pre ha bendecido a Israel en sus empresas a lo largo de los últimos cuarenta años (v. 7; véase Dt 1,31). La expresión «Yahvé tu Dios te ha bendecido» es característica del Deuteronomio (véase 14,29; 15,10.18; 16,15; 23,21; 24,19; 28,8.12). El Targum Neofiti palestinense ofrece un giro radical del v. 6. Los israelitas no necesitarán ni siquiera comprar la comida y el agua a los edomitas, porque Yahvé los ha bendecido enviando maná del cielo y haciendo que un pozo de aguas los acom- pañe. El v. 8 señala la transición desde Edom hasta Moab, por el cami- no de la Arabá, de Elat (¿actual Tell al-Halifa?) y de Esión Guéber, dos lugares del golfo de Áqaba de incierta ubicación, utilizados como puertos en tiempos de Salomón (véase 1 R 9,26). Elat cayó en poder de los edomitas en tiempos de Jorán (véase 2 R 8,20-22), pero fue recuperada y reconstruida por Ozías (véase 2 R 14,22). En el v. 9 Yahvé se dirige personalmente a Moisés y no al pueblo («me dijo»; a diferen- cia del v. 4) para ordenarle que no ataque a Moab, pues no le dará
nada de su tierra, ya que se la entregó en posesión a los hijos de Lot (de modo similar al v. 5). En este versículo (y también en el v. 29) se utiliza el término Ar (en hebreo, “ciudad”) para referirse en general al territorio de Moab.
Los vv. 10-12 (sobre los antiguos habitantes de Moab) y los vv. 20-23 (sobre los antiguos habitantes de Amón) no son únicamente apuntes de carácter etnográfico, sino fundamentalmente notas de carácter teológico que sirven para subrayar la absoluta soberanía de Yahvé al regir la historia de los pueblos que ocupan lo que será luego la tierra de Israel. Los emitas (“terribles”) son descritos dramática- mente, como un pueblo grande, numeroso y corpulento, igual que los anaquitas (véase Dt 1,28), y ambos considerados como refaítas (vv. 10-11). Éstos formaban parte de una legendaria raza de gigantes ori- ginarios de Basán (Dt 3,13; véase Gn 14,5), también encontrados en otras partes de Transjordania (véase Dt 2,10-11.20-21; Gn 15,20; Jos 13,13). Fueron considerados también descendientes de los nefilim o héroes de la antigüedad (véase Gn 6,1-4), en ocasiones identificados con divinidades del inframundo (Is 14,9; Ez 32,27; véase Sal 88,11), al estilo de otras divinidades semejantes hititas y mesopotámicas (los anunnaki mesopotámicos del inframundo recuerdan, al menos eti- mológicamente, a los anaquitas de Dt 2,11). En cuanto a los joritas mencionados en el v. 12 (quizá su sentido etimológico sea el de “habi- tantes de cuevas”), debe tratarse de una designación pseudo-étnica aplicada a la región de Edom-Seír (véase Gn 36,20), y no, como gene- ralmente se ha pensado, de otra denominación de los hurritas.
La orden dada por Yahvé de levantarse y cruzar el torrente o wadi Zéred (en la frontera sur de Moab) separa a la generación israelita del desierto, que desconfió de Yahvé, de la futura generación que entrará exitosa en la tierra prometida (v. 13). El v. 14 especifica que el viaje de Cades a Transjordania duró treinta y ocho años, lo que no se deja cla- ro en Nm 33,36.38. Mientras que, para la tradición sacerdotal del libro de Números, Cades forma parte de la última etapa del viaje, para el Deuteronomio no es más que el comienzo de otra etapa. El mismo versículo subraya el carácter militar de la conquista de la tierra al hablar de la desaparición (consecuencia del castigo decretado por Yahvé en Dt 1,35-39; véase Sal 95,10-11; Jc 5) del campamento de «la generación de hombres de guerra» y no simplemente de los varones
mayores de veinte años, como en Nm 14,29 y 32,11. El final de la generación del desierto no será por causas naturales, sino por «la mano de Yahvé» (v. 15), expresión que generalmente designa castigos de Yahvé relacionados con la peste (Ex 9,3.15; 1 S 5,6.7.9.11; 6,3.5.9; 2 S 24,16.17) y que también aparece en Ugarit (UT 54,13).
Tras el exterminio de los hombres de guerra, Yahvé vuelve a diri- girse personalmente a Moisés para ordenarle, de manera similar al v. 9, que cruce la frontera de Moab hasta Amón, pero que no le ataque, pues su territorio se lo entregó a los hijos de Lot (vv. 16-19). Los vv. 20-23, al igual que los vv. 10-12 con relación a Moab, son una digre- sión sobre los antiguos habitantes de Amón, que muestra el dominio absoluto de Yahvé sobre la historia de los pueblos: los refaítas, llama- dos por los amonitas zanzumitas (nombre que tiene el sentido de “el pueblo cuyo habla suena como un zumbido”), posiblemente los zuzíes de Ham mencionados en Gn 14,5, fueron exterminados por Yahvé al llegar los amonitas (vv. 20-21), como lo fueron los joritas a manos de los hijos de Esaú (v. 22 en paralelismo con el v. 12) y los avitas (en Jos 13,3-4 se dice de ellos que habitaban al sur de Filistea) a manos de los caftoritas (v. 23; Caftor suele designar el territorio de los filisteos; véa- se Gn 10,11; Am 9,7; Jr 47,4; So 2,5). Los vv. 24-25 sirven de transición entre la etapa pacífica que cruzaba los territorios de Edom, Moab y Amón y la irrupción violenta al otro lado del torrente Arnón (el wadi Mugib, que desemboca en el Mar Muerto a media altura de su ribera oriental), a la vez que anticipan la conquista del reino de Sijón descri- ta en los vv. 26-37. Ambos versículos subrayan que es Yahvé quien entrega en manos de Israel los territorios conquistados. El v. 25 es una hipérbole de caracteres cósmicos y desproporcionados al territorio real que ocupará Israel: Yahvé infundirá terror y miedo de Israel a «todos los pueblos que hay debajo del cielo».
Conquista del reino de Sijón (2,26-37)