El propósito de este informe no es volver a los debates sobre las definiciones de cultura ni desarrollo, ya que es- tán disponibles en muchos lugares, incluso en muchos documentos de la UNESCO (véase UNESCO: The cultural dimensions of development, La Haya, 1985). Más bien es presentar una apreciación global del papel central que la cultura tiene en el desarrollo.
Uno de los dilemas de incorporar la cultura como un ingrediente importante en el desarrollo ha sido, como ante- riormente se ha expresado, observar los factores físicos de desarrollo que los economistas han estado predican- do durante años y hacer caso omiso de las personas cuya información es esencial para la plena utilización de di- chos factores. Unido a esta opinión está el punto de vista erróneo de que donde tales factores estén disponibles, automáticamente tendrá lugar el desarrollo. En la teoría y en la práctica esto funciona muy bien, y de hecho se han desarrollado modelos informáticos que utilizan estos métodos de análisis. Las más importantes instituciones financieras internacionales adoptaron estos enfoques durante años hasta que comprendieron que, además de esos factores, había necesidad de prestar más atención a los estilos de vida de las personas «destinatarias de ayuda», su filosofía y maneras de hacer las cosas, en lugar de hacer aportaciones materiales.
Como Kottak (1985) observó, no se debe separar la adopción de una actividad económica en un contexto o cul- tura dados de las actividades culturales normales de esa cultura, aunque, como señala, los economistas aborre- cen ver lo que ellos llaman su ciencia reducida a solo otro aspecto de la cultura. Si de hecho, como la mayoría de las personas admite, la cultura es esencialmente el estilo de vida de un pueblo, implica que cualquier variación en este, ya sea un proyecto económico, una nueva tecnología, educación, sanidad, etcétera, tendrá que ser absor- bida e integrada en el estilo de vida de esa sociedad. Por ejemplo, el ahorro es una cultura, trabajar duro es una cultura, el papel dado a las mujeres en la economía es una cultura y promover que las mujeres sean parte del tra- bajo productivo es un privilegio de gran contenido cultural en muchas sociedades.
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Por consiguiente, en un momento dado, lo que las personas hagan o dejen de hacer estará muy ligado a sus apreciaciones culturales. Si uno toma el caso del sida, que está causando estragos entre muchas personas en el mundo en vías de desarrollo, aceptar o no aceptar los encuentros sexuales depende mucho de las actitudes cul- turales, y mientras que la educación puede modificar algunas de ellas, los ingredientes básicos tardan mucho en desaparecer. Si no se tienen en cuenta las raíces culturales básicas que conducen a esta conducta en cuestión, una campaña sobre la prevención del sida estaría condenada al fracaso.
Otro problema que se pasa por alto a menudo es el hecho de que las culturas que consideran que han tenido éxi- to solo tienen su ejemplo como estímulo para que otras cambien. Cuando hablamos de los países en vías de de- sarrollo, son los métodos que han tenido éxito en los países desarrollados los que se ven como la solución. Raras veces se cuestionan los contextos o las oportunidades que dieron paso a las condiciones predominantes en las otras culturas. El resultado es una hegemonización de enfoques que pasa por alto las diferencias de la fuente y/o el destino. A menudo el resultado de esta hegemonización se intenta apoyar plenamente, ya que la elite en el mundo en vías de desarrollo y en el mundo desarrollado son «hermanos de sangre». Como resultado, se pierden oportunidades locales y lo que prevalece es la divergencia entre las metas resultantes y las deseadas, que a me- nudo lleva a la desilusión de los perjudicados.
Está claro que ese desarrollo del pensamiento necesita adquirir un conocimiento de la cultura más amplio e inte- grar estas perspectivas en la planificación del desarrollo. Tradicionalmente, los expertos (que han sido los «habi- tuales» en las sesiones de planificación) han sido durante mucho tiempo especialistas en ciencias económicas. Al ver los fracasos económicos que nos rodean, sobre todo en las naciones en vías de desarrollo, queda claro que algo se ha hecho mal y que es necesario un nuevo enfoque.
Además de la necesidad de integrar la cultura en los procesos de planificación y reconocerla como la base para el desarrollo, vale la pena aceptar que muestra propiedades dinámicas en sí misma y en sus ramificaciones, que merecen la atención del desarrollo. Las diversas áreas de actividad en las esferas culturales tradicionales como artes, cine, televisión, confección artesanal como los batiks, teatro, peluquería, etc., emplea a un gran número de personas, sobre todo entre la juventud. Pero no solo generan empleo: un mundo sin belleza sería un mundo muerto, y un mundo sin diversión de ningún tipo sería igualmente un mundo muerto. Así, incluso en esta forma tradicional, la cultura es una empresa que vale la pena, ya que da un significado añadido más profundo a la ruti- na de la vida.
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