“Déjame llevarte, voy a los campos de frutillas. Nada es real y no hay de qué preocuparse.
¡Vivan los campos de frutillas! Vivir es fácil con los ojos cerrados, entendiendo mal todo lo que ves. Se está poniendo difícil ser alguien, pero parece funcionar y a mí ya no me importa nada.
¡Vivan los campos de frutillas!”
A
frontem os ahora las principales obj eciones peronistas, que pueden form ularse m ás o m enos así: “Aun suponiendo que el peronism o fuera culpable de los crím enes de autoritarism o y corrupción, y que desde el punto de vista de la soberanía hay a abundado en claudicaciones; ha sido tam bién el partido que im puso los derechos sociales y el que m ej or distribuy ó la riqueza”. Derechos sociales y redistribución de la riqueza; es decir: j usticia social. He aquí el logro que el peronism o se autoadj udica, con am plio consenso de la sociedad nacional.Com encem os por el prim ero de los argum entos, el de “los principios sociales que Perón ha establecido”, com o dice la m archita. Y bien, la m ism a m archita m uestra la concepción peronista del derecho, que –com o en todo sistem a autoritariono constituy e una conquista social de los ciudadanos sino una graciosa concesión del poder. Por eso m ism o es que los derechos peronistas son reversibles, se pueden dar pero tam bién se pueden quitar, com o dem ostró el peronism o de los Noventa. Sin em bargo, diga lo que diga el populism o, los derechos sociales no son una concesión del líder sino conquistas duram ente obtenidas por la lucha de los ciudadanos y los trabaj adores; aquí, com o en todo el m undo. De allí que varios partidos políticos argentinos los hay an defendido desde m ucho antes de que el peronism o existiera; en especial: el socialism o.
La Ley enda Peronista ha logrado im poner la noción de que la eventual inexistencia del peronism o habría llevado a la negación perm anente de los derechos sociales y del voto fem enino en la Argentina. En el im aginario peronista, la “contra” –es decir: los opositores al peronism o– se com pone desde siem pre por un grupo reaccionario cuy as fuerzas se agrupan alrededor de la Iglesia, las Fuerzas Arm adas, la Em baj ada de los Estados Unidos y la Sociedad Rural. Consecuentem ente, los partidos opositores al peronism o no representan para el peronista convencido una visión distinta del país sino la m era fachada tras la cual se esconden intereses espurios, contrarios a todo tipo de evolución social. La Iglesia, las Fuerzas Arm adas, la Em baj ada de los Estados Unidos y la Sociedad Rural constituy en las bestias negras, las encarnaciones visibles del Mal, para el peronism o.
Pero la Ley enda Peronista tiene la dificultad de toda ley enda: su escaso apego a la realidad. Perón era un alto oficial de las Fuerzas Arm adas y com o tal había participado de dos golpes m ilitares (1930-1943) y sido funcionario de las dictaduras que los siguieron. Su relación inicial con la Iglesia fue tan buena com o con el Partido Militar, hasta el punto de que llegó a reivindicar su m ovim iento com o la encarnación política de la Doctrina Social de la Iglesia y a sancionar la ley No 12.978, de 1947, por la que se im plantó la enseñanza religiosa en las escuelas públicas prim arias y secundarias; confirm ando el decreto sancionado en 1943 por la Dictadura que él m ism o había integrado. En los años de su rom ance con la Iglesia, Perón y Evita solían participar de los principales actos eclesiásticos, entre ellos la clausura del V
Congreso Eucarístico Nacional en Rosario, en la cual Perón pronunció la oración frente al altar del Parque Independencia. Y cuando Evita enferm ó, el Ministerio de Educación de la Nación ordenó celebrar m isas en todas las iglesias católicas pidiendo por su salud.
Aún hoy, el sector m ay oritario de la Iglesia argentina sigue viendo en el peronism o el ej ecutor de su Doctrina Social. Los peronistas de la Iglesia argentina son hábilm ente com andados por un Papa peronista venido de Guardia de Hierro, que no se ha privado de intervenir en la política nacional en apoy o al candidato peronista m ej or posicionado, Daniel Scioli. La razón es sim ple: si para m antener su relación estratégica con el peronism o la Iglesia pudo dej ar atrás la quem a de iglesias de 1955, no había m otivos para rom per esa alianza por unos desplantes y unos tedeum desplazados que le aplicaron los Kirchner al cardenal Bergoglio, o por unas pocas cam pañas de calum nias agitadas por Hebe y Verbitisky contra un Francisco recién elegido, para que después la plana m ay or del peronism o kirchnerista se congraciara con él para poder visitarlo en caso de apuro y sacarse fotos con Cristina regalándole m ates y rem eras de La Cám pora.
En cuanto a la em baj ada am ericana y la Sociedad Rural, am bas debieron esperar el fin de la fase de gloria y plata dulce populistas para ser consideradas dignas de respeto por el General. Lo cual sucedió en la segunda fase populista, la de pagar las cuentas, que com enzó en 1950 con un progresivo giro liberal y pro-cam po de la econom ía coronado por la visita de Milton Eisenhower, herm ano del presidente de los Estados Unidos; visita que fue anticipada por la elevación al Congreso, por parte de Perón, de una generosa ley de inversiones extranj eras. Hubo, adem ás, autorización a la transferencia de la sede del Frigorífico Swift a los Estados Unidos, con pago de beneficios al exterior; autorizaciones para aum entar los vuelos de Braniff y Pan-Am ; libre im portación de películas estadounidenses, com pra de dos cruceros obsoletos para la Marina de Guerra y, sobre todo, un generoso em préstito del Exinbank para com pensar la falta de divisas, oportunam ente recom pensado con la dem orada firm a del TIAR, Tratado Interam ericano de Asistencia Recíproca, principal instrum ento de la política de defensa estadounidense en el continente, al que se opusieron por “im perialista” los radicales, socialistas y com unistas, esos traidores a la Patria. El tem a no era banal: estaba en desarrollo la Guerra de Corea y el TIAR im plicaba el envío de tropas argentinas en asistencia de las estadounidenses, hazaña que sólo realizaría otro gobierno peronista, el de Menem , y que sólo la innecesariedad de la participación de las Fuerzas Arm adas argentinas en Corea im pidió en 1953. De “Braden o Perón” se había pasado a “Perón y Eisenhower, un solo corazón”. Después de todo, am bos eran generales que habían llegado a la presidencia.
La Ley enda Peronista tiene razón cuando afirm a que en los Treinta predom inaban las fuerzas reaccionarias, autoritarias y conservadoras; en la
Argentina com o en todo el m undo. En Europa se im ponían el fascism o m ussoliniano, el totalitarism o nazi y el falangism o español; Rusia había virado hacia una dictadura com pleta en la cual arreciaban las purgas, los fusilam ientos y las deportaciones. La propia dictadura de Uriburu, de la que Perón participó, dem uestra ese auge de las fuerzas totalitarias en el m undo. Pero a m ediados de los Cuarenta, cuando Perón accedió dem ocráticam ente al poder por prim era vez, la situación era bien distinta: las fuerzas dem ocráticas habían triunfado en la Guerra y los partidos argentinos habían acom pañado esa evolución, que llevaría a los Gloriosos Treinta (1945/1975) del New Deal am ericano y el consenso socialdem ócrata europeo.
Por eso, la Ley enda Peronista m iente cuando sostiene que Perón derrotó en las elecciones de 1946 a Braden y a un núcleo conservador. La derrotada fue la Unión Dem ocrática com puesta por la Unión Cívica Radical y los partidos Socialista, Com unista y Dem ócrata Progresista. El Partido Conservador (entonces Partido Dem ócrata Nacional), principal responsable del fraude electoral durante la Década Infam e y al que la Ley enda Peronista pretende ubicar en el rol de su opositor, fue excluido de la Unión Dem ocrática por exigencia del radicalism o, y sus principales referentes se unieron al peronism o. Significativam ente, el conservadurism o argentino sólo volvería al poder en 1974 cuando su principal dirigente, Vicente Solano Lim a, llegó a la vicepresidencia de la Nación acom pañando en la fórm ula “revolucionaria” del FREJULI peronista al odontólogo providencial, Héctor J. Cám pora.
Com o bien describe uno de nuestros m ej ores historiadores, Luis Alberto Rom ero, aquella Unión Dem ocrática no era un sim ple rej unte destinado a acabar con las conquistas sociales 39 . Sus antecedentes se rem ontaban al frente antifascista nacido en Argentina para apoy ar a la República española frente a la am enaza del franquism o, en un conflicto bélico que definiría la principal polaridad política del siglo XX: nacionalistas vs. republicanos, y que aún m arca la política argentina. Basta dar un vistazo a la plataform a electoral de aquella Unión Dem ocrática 40 para com prender que las fuerzas que representaba eran cualquier cosa m enos el com pacto bloque reaccionario que pretende el peronism o. Cito algunos de sus dieciséis puntos, m arcando con cursivas las que coinciden con el ideario peronista de aquellos años:
1- Unión de los argentinos para defender su régim en de gobierno republicano y dem ocrático; para afianzar sus libertades y asegurar su bienestar... 2- Restablecim iento de la norm alidad institucional y de las autonom ías provinciales, y aplicación integral de la ley Sáenz Peña 41 . 3- Conservación y extensión de las libertades cívicas del pueblo; libertad de pensam iento y de reunión; respeto de los derechos sindicales; libertad religiosa... trato generoso con la inm igración extranj era que llega al país para trabaj ar... 4- Represión severa del fraude electoral y adopción
de m edidas legales que hagan im posible su repetición. 5- Moralización adm inistrativa. Ley represiva del enriquecim iento ilegitim o de los funcionarios públicos. 6- Provincialización de los territorios nacionales; autonom ía política y financiera de la Municipalidad de Buenos Aires... 7- Acción contra el m onopolism o privado y abandono de la política económ ica de regulación estatal, concebida y practicada para enriquecer a una m inoría de privilegiados sin aliviar la pobreza de los que trabaj an. 8- Represión de las m aniobras que tienden al acaparam iento abusivo de los instrum entos y m aterias de producción de trabaj o, o a encarecer el alim ento, el vestido y vivienda de la población. 9- Explotación de los servicios públicos por el Estado nacional, las provincias, las m unicipalidades o cooperativas; nacionalización del petróleo, de la energía eléctrica, de los ferrocarriles, de los puertos y de los teléfonos. 10- Plan orgánico de obras públicas y de j ornadas de trabaj o para evitar la desocupación; fom ento de la educación profesional y técnica con carácter gratuito; seguridad de trabaj o para todos. 12- Am paro del trabaj o rural; régim en de salarios, de seguros nacionales, de viviendas y de asistencia social que haga posible el bienestar del pueblo argentino. 13- Protección a la niñez. Acción coordinada e intensa contra el analfabetism o. 14- Solidaridad activa con los pueblos en lucha contra la agresión nazifascista y ay uda económ ica a los m ism os... 15- Defensa de Am érica, de su integridad territorial y de sus instituciones dem ocráticas, en franca cooperación con los países del continente, y reprim iendo toda actividad que tienda a destruir sus libertades o que esté al servicio de la agresión extranj era. 16- Política internacional fundada en el reconocim iento de los derechos soberanos y de la autonom ía política de los pueblos... en colaboración entre todas las naciones para la elevación de nivel de vida de los trabaj adores, el progreso económ ico y la seguridad social.
Estos eran los crim inales obj etivos de la oposición com e-chicos, de la oposición entreguista, fundam entalista de m ercado y vendepatria contra la que el peronism o no ha dej ado de agitar y agitarse j am ás. Se puede o no coincidir con alguno de estos puntos, pero es difícil ver en ellos un atisbo de lo que el peronism o se em peña en denunciar. Com enta Rom ero: “En febrero de 1946 no se enfrentaron dos proy ectos radicalm ente diferentes o antagónicos. Lo serían después, pero por entonces tenían m ucho en com ún, pues am bos recogían la experiencia dem ocratizadora y las ideas del Estado de Bienestar surgidas durante la Guerra Mundial. La Unión Dem ocrática las tom ó de la social dem ocracia, m ientras que Perón m ezcló el laborism o inglés con Mussolini y la doctrina social de la Iglesia”. Casi todos estos puntos del program a de la Unión Dem ocrática están pendientes aún en el país surgido del 52% peronista de 1946, y que de allí en adelante gobernaría por 34 años el Partido Populista. Más de la m itad de las casi siete décadas transcurridas desde entonces lo hicieron baj o gobiernos peronistas; y tres cuartas partes, baj o el control de las fuerzas
antirrepublicanas nacidas con el golpe de 1930, im puestas al grito de “La Argentina no está m adura para la dem ocracia”, prim ero; y de “A la Argentina, sólo el peronism o la puede gobernar”, después.
Aun así, sostiene el peronism o, no se le puede negar el m érito de haber sancionado la m ay or parte de la legislación social argentina. Sin em bargo, aun si aceptam os los falsos m éritos del peronism o en este cam po, que y a desm entirem os, lo que de bueno hay a hecho en los Cuarenta y los Cincuenta fue abolido por otro gobierno peronista en los Noventa. ¿Cóm o pudo suceder? ¿Por qué el m ism o partido tuvo dos posiciones aparentem ente tan disím iles? Para responder a esta pregunta es necesario hacer algo que los peronistas detestan: incluir en el análisis la decisiva influencia del contexto global.
Los logros de una sociedad no pueden ser analizados en abstracto sino que deben considerarse en relación con lo que sucede en los dem ás países, y a que todo logro de un gobierno es inevitablem ente com parativo. Abolir la esclavitud en el siglo XIX fue un razonable m otivo de orgullo nacional; tener que hacerlo en pleno siglo XXI es razón para sentir vergüenza. En Argentina, el peronism o y su nacionalism o patriotero y om bliguista han logrado im poner el criterio contrario. La sociedad argentina suele analizar la realidad nacional com o si tuviera causas com pletam ente endógenas. Este nacionalism o infantil ha sido una de las taras que han trabado el desarrollo nacional, y sus efectos destructivos se han agudizado en los últim os tiem pos, y a que en una sociedad progresivam ente globalizada m eter la cabeza dentro del balde nacionalista im plica entender cada vez m enos de lo que sucede en el m undo y en el propio país, inescindible parte de la com unidad internacional. La Historia lo dem uestra, desm intiendo la visión nacionalista endógena que ignora la creciente im portancia de los procesos regionales y globales.
¿Abstracción? Tom em os los ciclos políticos argentinos del últim o m edio siglo. Durante los Setenta, el auge de procesos autoproclam ados “revolucionarios” e im pregnados de violencia supuestam ente “de izquierda”, así com o la posterior caída de la Argentina en la dictadura, por ej em plo, no pueden ser desligados de un factor global: la Guerra Fría, sin la cual no habría habido revolución cubana, terrorism o latinoam ericano, ni dictaduras apoy adas desde Estados Unidos para evitar la expansión planetaria del m odelo com unista. Tam poco se puede obviar el hecho de que casi toda Sudam érica cay ó sim ultáneam ente en algún tipo de secuencia guerrilla-dictadura durante los Setenta; ni que casi toda Sudam érica salió de ellas durante los Ochenta; ni que en esa década el ciclo de gobiernos de transición a la dem ocracia afectados por la crisis de la deuda externa tuvo, tam bién, dim ensión regional. Tam bién tuvieron dim ensión regional el neoliberalism o de los Noventa y el auge posterior de gobiernos que se reivindican de izquierda, y a fueran republicanos o populistas. Ni qué hablar de los ciclos económ icos argentinos, directam ente
dependientes de los sudam ericanos y de los países em ergentes: bonanza en los tardíos Sesenta y los tem pranos Setenta seguido de colapsos en cadena ligados a la crisis del petróleo desde 1973 al final, década perdida en los Ochenta, neoliberalism o relativam ente exitoso en los prim eros Noventa y en crisis a partir de la m itad de la década (efectos tequila, vodka, caipiriña, debacle en los tigres asiáticos y Turquía), seguido del auge de la prim era década del siglo XXI determ inado por la suba de los com m odities y desaceleración actual, causada por una baj a m enor pero real.
Todos estos fueron procesos regionales fuertem ente conectados con el escenario global, y no originalidades nacionales. Con sus m atices locales, la Historia nacional es, com o sostuvo Marx a m ediados del siglo XIX, un capítulo de la Historia m undial. No entenderlo, no sacar la cabeza del balde en el que nos la ha m etido el nacionalism o populista, es condenarse a la incom prensión y al error. Por eso, atribuir al peronism o los progresos de la legislación social y la distribución de la riqueza operados en nuestro país en la postguerra, era del New Deal estadounidense, el consenso socialdem ócrata europeo y sus epígonos populistas sudam ericanos, es tan necio com o adj udicarle al General el m érito de la aparición de la radio-televisión o la vacuna contra la poliom ielitis, acaecidas tam bién en aquellos años. Lo que distinguió a la Argentina que siguió al surgim iento del peronism o de los dem ás países de la región y del m undo no fue la excepcionalidad de su sistem a de protección social sino la inestabilidad y provisoriedad de sus avances en la m ateria, y la consolidación a largo plazo de fenóm enos políticos autoritarios, tanto elitistas com o populistas, que en otros países se desvanecieron sin dej ar m ay ores secuelas. Pero dej em os de lado a Europa y los Estados Unidos. Para analizar los supuestos logros de la legislación social peronista en el contexto regional, está la siguiente tabla.