Es raro tener que decirlo en el país con m ay or cantidad de psicoanalistas per cápita del m undo: no hay redención, ni salida, sin aceptación de las propias responsabilidades. Si se tapa todo, si se m ata al m ensaj ero, lo que hay es repetición. Repetición infinita. Retroceso en la Historia y pasaj e de la com edia a la tragedia, y de la tragedia al dram a. La vida en sociedad se transform a en un m uestrario de declaraciones edificantes y acciones vergonzosas, y el pus, de a poco, lo infecta todo. Si nos lim itam os al peronism o kirchnerista, la historia em pieza por un incendio en el que m ueren 194 chicos del que nadie se hace cargo y en el que es difícil salvar a uno solo de los responsables, víctim as directas e indirectas incluidas. Y sigue, sigue, sigue. Sigue hasta que un día hay una m afia a cargo de un país otra vez en llam as y un represor al frente de sus fuerzas arm adas y un fiscal con una bala en la cabeza cuatro días después de haber acusado a la Presidente de la Nación. Entonces, los m ism os que decían “Eso no va a pasar” se preguntan “¿Cóm o es posible que hay am os llegado tan lej os?”.
El dispositivo por el cual todo esto sucede es sim ple: se llam a nacionalism o, es intrínsecam ente autoritario, y consiste en ocultar baj o la alfom bra del bien com ún y en nom bre de los sentim ientos m ás sagrados los intereses de una elite de delincuentes. Es lo que Sam uel Johnson denom inó “el últim o refugio de los canallas”. Nacionalism o, el opio de los pueblos. El Partido Militar conocía bien sus propiedades m ágicas, por eso llam ó a la “defensa del Ser Nacional” y descalificó com o “apátridas al servicio de la sinarquía internacional” a sus enem igos poco antes de m asacrarlos. Y por eso después, cuando fue acusado de genocidio, se escondió detrás de la sociedad nacional, denunció la existencia de una “cam paña antiargentina” y respondió “Los argentinos som os derechos y hum anos”. El nacionalism o lo hizo.
Perfectam ente consciente de sus virtudes m anipuladoras, el Partido Populista nos propuso vivir con lo nuestro y defender la identidad argentina, descalificó com o cipay os al servicio de intereses extranj eros a sus críticos, denunció que el m undo com plotaba contra la Argentina nac& pop para evitar la propagación m undial de los éxitos del Modelo, y al ser acusado por su infinita corrupción respondió “Argentina,
un país con buena gente”, organizó su cam paña electoral baj o el berlusconiano lem a “Fuerza Argentina” y siguió la m ás exitosa de las tradiciones peronistas: correr a sus adversarios con el insulto de “gorilas” y “cipay os” -es decir: enem igos del pueblo y traidores a la patria-, j urando y perj urando que quienes no votábam os sus escandalosas ley es solo sabíam os oponernos por oponernos, y que quienes avisábam os que íbam os hacia un nuevo fracaso queríam os que al país le fuera m al. No le faltó tam poco, desde luego, im itar la estrategia de defensa de aberraciones y atrocidades de la Dictadura, alegando que las críticas al gobierno kirchnerista escondían un ataque el Pueblo y a la Nación e invocando la tradicional cam paña antiargentina. La últim a versión de este viej o hit nacionalista, el de la nación y el pueblo en riesgo por culpa de los aby ectos extranj eros e infiltrados, fue interpretado recientem ente por el gobierno de Cristina Kirchner con su denuncia de una fantasm al conspiración de los fondos buitres, las entidades j udías (AMIA y DAIA), el fiscal Nism an y los consabidos “enem igos internos”, cuy o obj etivo era m enoscabar la soberanía nacional; un libreto que parece sacado de Los protocolos de los sabios de Sion, el m ás célebre de los libelos nazis.
Perfectos conocedores de las culpas y debilidades de la sociedad argentina por el sim ple hecho de haber ej ercitado sus pecados con m ucho m ay or entusiasm o que los dem ás, los Kirchner apelaron sistem áticam ente a la división de la sociedad nacional y a la identificación y execración de chivos expiatorios. Junto al gorila y al cipay o reapareció así otro extraordinario éxito del Partido Populista: el “contrera”, que en su versión com édica encarnó en la televisión Juan Carlos Calabró y que en la vida real era ese estúpido que no entendía que las cosas iban extraordinariam ente bien y que el peronism o había vuelto a ser la encarnación visible de la Patria. Nuevam ente, criticar al gobierno se convirtió en un ataque a la sociedad nacional. Nuevam ente, y en m edio de otra Plata Dulce com o la que im plem entó la Dictadura en épocas del Mundial 78, la sociedad argentina se convirtió en una barra quilom bera que no dej aba-no dej aba de alentar. Así fue que la barra brava se convirtió en el m odelo de com portam iento social específico de la Década Saqueada y proliferó com o el desiderátum de las relaciones hum anas elogiado públicam ente por la Presidente.
Era una barrabrava particular; una barrabrava con m enos criterio que una barrabrava. ¿Im posible? Supongam os que Boca pierde un partido y los hinchas, al dej ar la Bom bonera, discuten las razones de la derrota. “Árbitro bom bero. No nos cobró un penal”, opina uno. “Mala suerte. Dos pelotas en los palos”, dice otro. “El arquero de ellos las sacó todas”, agrega el de m ás allá. Entonces aparece el contrera, el disidente, y dice: “Jugam os m al”. Se trata de la Doce, los m uchachos tienen pocas pulgas, van calzados, y la palabra pluralism o es extraña a su vocabulario. Sin em bargo, a nadie se le ocurre acusar al disidente de m ancillar las tradiciones bosteras, ni de querer que a Boca le vay a m al, ni de ser un hincha de Ríver
encubierto. Hasta es posible que lo escuchen con atención en lugar de golpearlo en nom bre de la defensa de los colores sagrados. Todos ellos, son m odos de conducta civilizados que brillan por su ausencia en el nacionalism o argentino.
Tan pronto com o la Doce dem uestra m ás racionalidad que la sociedad argentina en sus delirios de unanim idad, se abre un espacio para la discusión y la superación. Al m ism o tiem po que duele la adm isión de la propia responsabilidad (no fue el árbitro, no fue la suerte, no fue el arquero rival, no fueron “ellos”, sino nosotros) se abre la posibilidad de encontrar la falla (¿la defensa?, ¿el ataque?, ¿la preparación física?) e intentar repararla. Cuando eso no sucede, cuando la negativa a aceptar las propias culpas y responsabilidades se hace el postulado oculto que regula la vida nacional (y o no los voté, y o nunca los apoy é; fue el FMI, fue el capitalism o financiero internacional; es la globalización, los y anquis y sus aliados internos; fueron la sinarquía internacional, los rusos de Odessa, el Papa, la Mona Lisa) la herida se cierra sin haberse curado, la infección se difunde en el m edio interno y la Historia se repite. Diez años después, allí está de nuevo la sociedad argentina preguntándose: ¿cóm o es que llegam os tan lej os?
“El adoctrinamiento nacional representa para nosotros el punto de partida de una nueva Argentina que piensa de una misma manera, siente de un
mismo modo y obrará unánimemente en una misma forma” Juan Domingo Perón