El desagradable tema de los abusos sexuales en la infancia1pare-
ce un hecho que solo toca a unos cuantos, pero por desgracia es un fenómeno muy extendido, más de lo que nos imaginamos.
Son muchos los casos que han salido a la luz pública relacionados con la pederastia, pero quizá uno de los que más han conmocionado a propios y extraños ha sido la noticia que a cierre de la redacción de
1. Para catalogar un hecho como abuso sexual en la infancia no es necesario que haya penetración genital o anal (que es el tipo de abuso sexual más severo, sobre todo si va acompañado de violencia), sino cualquier tipo de conducta sexual en la cual un adulto tenga la intención de obtener placer sexual a costa de un niño (cari- cias, conductas exhibicionistas, besos, frotamientos...) que a menudo no tiene capa- cidad para discernir sobre la naturaleza de la acción.
El límite de edad para que hablemos de abuso sexual en la infancia está en un máximo de edad de la víctima de 15-17 años (por encima se considerará violación o acoso sexual –López, 1993–) en relación con un adulto que tenga 5-10 años más que el agredido.
este libro (primavera de 2005) se ha producido. Se trata de la desarti- culación de una red de pederastas que se anunciaban como canguros para cuidar de niños y bebés de los que luego abusaban. Estas veja- ciones fueron grabadas en Collado Villalba y eran expuestas poste- riormente en internet.
Una de las cosas que, personalmente más me espeluznó, eran los amigables anuncios que ponían para hacerse publicidad. Tenían moti- vos infantiles, y además con el valor de anunciar que también ense- ñaban informática para niños. ¡Qué repugnante cinismo!
Y con estos hechos no se hace la suficiente justicia. Tenga en cuen- ta el lector, la certeza de que prácticamente ningún individuo que rea- liza estas actividades es un enfermo. No lo es en el sentido de que tie- nen plena conciencia de lo que hacen a la vez que tratan de no ser des- cubiertos. De hecho, los tres detenidos en todo momento se cuidaron mucho de no dejar pistas de ninguna clase. En realidad son psicópa- tas, sádicos que disfrutan con lo que hacen, no tienen delirios ni alu- cinaciones, ni escuchan voces que les obliguen a cometer violaciones con bebés de un año.
Traigo todo esto a colación porque creo que todos aquellos que nos dedicamos a la salud mental y durante años hemos observado los efectos devastadores que los abusos sexuales tienen, tenemos la obli- gación ética de demandar un recrudecimiento de las leyes con este tipo de repugnantes psicópatas. Además creo también que tenemos pleno derecho –pues los derechos humanos no son sólo para los que constantemente inflingen los de los demás– a saber y conocer quién tiene antecedentes en abuso de niños, pues su carácter reincidente suele ser bastante común.
Insisto, pese a que se suele tener la tendencia de pensar que los abusos sexuales a menores son esporádicos, desgraciadamente no es así. Yo mismo quedé sorprendido cuando comencé mi labor como clí- nico; así puedo observar a lo largo de los años como más de la mitad (aproximadamente un 60%) de mis pacientes femeninas habían sufri- do abusos sexuales en la infancia.
En datos más generales que este, se han realizado diversas inves- tigaciones con amplias poblaciones, que arrojan los siguientes datos:
• Hay un porcentaje de entre el 15-20% de mujeres de la pobla- ción general que han sufrido de abuso sexual (según Hallez, citado por Vazquez, 1997).
• En una revisión realizada por Finkelhor (citado por Cortés, 1997) en 21 países había una prevalencia de abusos sexuales en la infancia de 7% en mujeres y 3% en varones.
• En España Félix López (1993), señala que la incidencia de abu- sos sexuales es al menos del 22% en las mujeres y del 15% en varones.
Curiosamente muchas de las mujeres con las que los terapeutas trabajamos y han sufrido estos abusos, se ven sobre todo traumatiza- das por elementos que, en principio, parecen secundarios al mismo episodio del abuso. Lo que pretendo comunicarle es que en ocasiones no es tan traumático el episodio en sí como las consecuencias que se desprenden de él o las situaciones que hay asociadas a éste. Por ello las siguientes circunstancias son vistas en ocasiones como de alto impacto emocional (además, claro está, del trauma que por sí mismo crea malestar):
– El no creer a la víctima del abuso, incluso culparla por “inventar esas cosas”. Tachar a la víctima de mentirosa y extender esta supues- ta actitud de niño con tendencia a mentir a otras áreas de su vida.
Es un dato curioso y observado que cuando el agresor es ajeno a la familia puede que ésta se una con el infante agredido y trate de apoyarlo. Sin embargo, hay una mayor probabilidad de no creer a la víctima cuando el abusador pertenece a la familia. Algunas veces incluso se hace la “vista gorda”, para desgracia y consiguiente trauma del niño.
– Unido a lo anterior que pese al conocimiento que un adulto –familiar o no– tenía de la situación no hizo nada por denunciarlo y/o impedirlo.
– La sensación por parte de quien ha sufrido el abuso de que ha sido engañado por el adulto. Ocurre frecuentemente que el adulto
mediante un juego o la promesa de alguna recompensa engañe al niño para obtener una gratificación sexual.
– Que la experiencia en el momento de ocurrir, siempre y cuando no haya habido violencia ni penetración en el abuso, no sea intensa- mente traumática para el niño (por ejemplo besos o caricias). Pero en el momento de comunicación del hecho a la familia esta reaccione muy negativamente y esto sea lo que aumente la intensidad traumáti- ca del infante.
– La sensación –a veces una realidad más que una mera sensa- ción– que le queda a la víctima de que le ha sido robada tanto su infancia como su ingenuidad. Pierden su inocencia y su seguridad en el mundo que les rodea así como de su entorno más inmediato con una tremenda rapidez.
* * *
Las problemáticas que estos abusos tienen son múltiples creando diversos tipos de patologías y de padecimientos en las víctimas. Entre las consecuencias que dan lugar estos abusos sexuales, está la perso- nalidad histérica que Freud estudió y trató dando lugar a la aparición del psicoanálisis como un método de mayor alcance terapéutico tanto para alcanzar un mejor conocimiento del origen de los traumas como su posterior subsanación.
Ferenczi (1933) también teorizó sobre los efectos que los abusos sexuales tenían en el niño. Señalaba que determinados adultos –per- versos sin duda– confunden e interpretan juegos del niño, en los que solamente hay una manifestación de ternura, como eróticos. Por ejem- plo, un juego en el que el niño hace de cuidador o de papá/mamá del adulto para mimarle. De este modo interpretan el juego infantil como una demanda sexual (como si el niño fuese un adulto que demandara esto). Cuando se produce el abuso el niño queda a merced de su agre- sor, cediendo en sus pretensiones.
Dicha coyuntura provoca en el infante una sensación de culpa. Esta desazón culpógena que el niño siente, en realidad no es suya –él no tie- ne las capacidades para evaluar lo correcto o incorrecto de esa situa- ción– sino que está provocada por la proyección que el adulto realiza
sobre el niño. El adulto que abusa es quien en realidad se siente culpa- ble por ser él, quien está capacitado para analizar la circunstancia. Sin embargo, el mensaje que le da al niño va encaminado a culpabilizarle a él, así que el sádico abusador suele decirle a su pequeña víctima que lo sucedido es algo de lo que no se puede hablar porque se podrían enfadar con él por ser un “niño malo” o “por hacer cosas sucias”.
La personalidad histérica o la sensación de impotencia por some- terse al agresor son algunas de las consecuencias prototípicas en cuan- to al tema que estoy tratando, pero no son las únicas ya que hay otras que se pueden desglosar en varios apartados. López (1993) señala que entre los efectos iniciales –es decir, los que se hallan entre el episodio del abuso y los dos años siguientes a éste– se encuentra la culpa en el agredido (entre el 25 y el 64%), el miedo (entre el 40 y el 80%) y senti- mientos de depresión (25 %).
Esta depresión es un efecto que también se observa a largo plazo. Las víctimas que han sufrido abusos sexuales tendrán más probabilidad a lo largo de su vida de tener un cuadro depresivo. Otra tendencia que López ha señalado es que estas personas tienen una mayor tendencia a sufrir abusos en edad adulta (fenómeno denominado revictimización). En varias investigaciones se han observado rasgos y síntomas coin- cidentes en esta población clínica. Con sintetizaciones y compilaciones de datos realizadas como las de Vázquez (1995) o Cortés y Cantón (2000) se pueden ver los siguientes efectos comunes a largo plazo, en comparación con otras poblaciones las víctimas de abuso sexual tienen:
• Mayor aislamiento.
• Autoestima más baja.
• Mayor temor a los hombres (básicamente en las mujeres abu- sadas).
• Son más retraídos socialmente.
• Mayor tendencia a los ataques de ansiedad.
• Mayor grado de utilización de drogas y alcohol.
• Mayor riesgo de suicidio.
• Mayor riesgo de prostituirse.
• Menor competencia social y más agresividad.
Desgraciadamente estas no son las únicas consecuencias, dado que también se observa a menudo una disfunción en la canalización de la sexualidad, bien sea por exceso o por defecto.
En una canalización de la sexualidad “por exceso” puede haber ninfomanía en la mujer y satiriasis en el hombre o un comportamien- to en el que la persona se posiciona como un objeto sexual. Cuando es por defecto se encuentran graves dificultades para tener relaciones sexuales, por ejemplo dolores genitales o inhibiciones en el deseo sexual. En la edad adulta suelen ser habituales cuando esa misma per- sona ha sufrido de abusos en la infancia.
En general hay problemáticas de seguridad de la persona en sí misma y ciertas tendencias dependenciales –incluso simbióticas con los demás–. Este es un problema que, a menudo, se tiene menos en cuenta y que es sumamente importante puesto que crean graves con- flictos en las relaciones, los cuales a su vez derivan en otras conse- cuencias como puede ser soportar a una pareja sádica.
Por ello, y esto es también una observación personal, las personas que han sufrido de abusos sexuales en la infancia, tienen una menor capacidad para establecer lazos amorosos de manera realista y sana. Con ello quiero decir que hay una clara tendencia a implicarse en rela- ciones de pareja problemáticas. Aquí es donde encontramos, además de todos los problemas que se han mencionado anteriormente, una afectopatología.
Y no solo porque incluso pueda haber nuevos abusos y maltratos –revictimación– sino que esta revictimación puede ser extensible a otro tipo de factores como establecer lazos dependenciales-masoquís- ticos con la pareja, sufriendo en un porcentaje muy elevado de mal- trato psicológico. De la mayoría de los casos (me atrevería a decir que prácticamente todos) que he conocido por mí o por otros profesiona- les, sobre todo en mujeres, que han sufrido de abusos sexuales, poste- riormente se han visto involucradas o se involucran en relaciones en las cuales hay claros elementos de maltrato psicológico, en ocasiones acompañado de físico.
Se puede perder la capacidad para amar al otro al mismo tiempo que la persona no se respeta a sí misma. Porque amar a otro de mane- ra incondicional –haga lo que te haga– ya no es amor sino masoquis- mo y autodestrucción. Cuando la persona tiene esa sensación de que ha sido engañada y abusada desde temprana edad, se puede confor- mar luego con muy poco para obtener un poco de cariño.
Ya trabajé sobre esta idea en “El tratado de la insoportabilidad” hay quien por obtener un poco de lo que creen que es afecto invierten en una relación un tremendo exceso de energía personal y de renun- cia a su propia autoestima. Sobre todo cuando la pareja les trata como trozos de carne que están por debajo de ellos.