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Las relaciones de pareja y de amistad

Cotidianamente nos hallamos en situaciones de conflicto con quienes convivimos y dependiendo de las variables personales y situacionales de cada uno se observa en mayor o en menor grado, lo que crea diversas problemáticas en nuestras relaciones sociales –rela- ciones de amistad y familiares– y en las íntimas –relaciones de pare- ja–. Cuando éstas se rompen hay una tendencia a culpar con dema- siada facilidad a la mala suerte de los fracasos. Pero no existe tal mala suerte en muchos de los que se quejan de esto, puede que el fracaso sistemático en las relaciones se produzca, por ejemplo, por incapaci- dad para establecer lazos afectivos de garantía y/o de compromiso.

En los fracasos matrimoniales o de noviazgo es muy socorrido culpa- bilizar siempre al otro de la desgracia de la ruptura de pareja. Siem- pre hemos oído decir que tal o cual tiene mala suerte con las mujeres o los hombres, o con los casamientos en el caso de los divorcios múl-

tiples o de las rupturas de pareja frecuentes. En estos casos es acon- sejable pensar que cuando sistemáticamente las relaciones que se emprenden dan al traste es porque tiene que haber algo que falla en uno mismo para que el resultado constantemente sea el mismo.

Así afirma la sufrida persona que se equivoca en la elección de pareja y que siempre le sale el tiro por la culata: “¡Qué mala suerte tengo!”. Muy clásico es el ejemplo observado en las clínicas psicoa- nalíticas cuando una mujer que ha sufrido de una educación autori- taria y censuradora, intenta buscar un hombre más bien progresista y liberal que rompa con ese patrón de conducta; sin embargo termi- na aproximándose a un hombre que con distintas artimañas, trata de someterla y actúa de esa manera machista que tanto le fastidiaba, la ruptura está garantizada ante la ambivalencia de sentimientos que se encuentra en estas circunstancias.

Del mismo modo ocurre con hombres que eligen mujeres que tras un velo de sensibilidad esconden unas intenciones castrantes que les llevan a sufrir de auténticas anulaciones en diversos campos de su vida. Por cierto, esta castración que menciono no tiene que ver exclusi- vamente con ese “Complejo de castración” que Freud enunció (1908) referente al temor del niño –motivado por el descubrimiento de la diferencia de sexos viendo que la niña no tiene pene–1a que se le cas-

trara probablemente como castigo por su deseo de exclusividad con la madre, tan duramente criticado. Esta tesitura debe de ser vista también en esta época más contemporánea como castraciones simbó- licas más bien intelectuales.

Es esa, al menos, mi opinión puesto que parece un factor de suma importancia la “castración psicológica” que sufren algunos infantes, por parte del entorno escolar y familiar, ante la imposibilidad de rea- lizarse en su fantasía o de satisfacer cuestiones intelectuales que se plantean los niños sobre el ambiente, el sexo, las relaciones...(Guerra Cid, 2001); temática generalizada en ciertas ocasiones a los adultos

1. No pretendo decir, ni mucho menos, que esto no sea causa de neurosis en algu- nas personas en su adultez. La cuestión es que no en todos los casos de perturba- ción psíquica podemos afirmar que en su etiología se encuentre este problema, sólo en algunos.

quienes topan con parejas o amistades –cuando no ambas– que tien- den a acortar la libertad del otro sea esta mental o física.

En las relaciones de amistad también se puede llevar continuamen- te un patrón de repetición en cuanto a que se parece tener muy mala suerte en las compañías que se escogen, pareciendo que las relacio- nes siempre “le salen rana” al individuo en cuestión. Habría que hacer un inciso para explicar que también hay quien cree fracasar en la amistad porque se empeña en ser amigo de toda la gente o porque interpreta que a partir de pequeños conatos de relación ya hay amis- tad, y esto es porque la gran soledad social que hay hoy en día hace que haya un continuo deseo de compañía y de poder catalogar al otro de amigo. La cuestión principal de todo lo dicho reside en que hay personas que dicen salir normalmente trasquiladas de toda amistad. Conozco muchos ejemplos que refrendan dicha circunstancia, pero fundamentalmente puedo hablar de tres situaciones bien dife- renciadas aunque por supuesto hay más, una es el de las personas altruistas, otra la de los narcisistas patológicos y por último las situa- ciones de quienes gustan de dar lástima porque siempre terminan perjudicados en sus relaciones.

En los altruistas auténticos2, es decir los que se ofrecen u ofrecen

cuestiones diversas a los demás desinteresadamente o con un interés de beneficio projimal, se da el fenómeno de que los otros antes o des- pués (no todos sino una proporción grande) quieren devorarlo, debi- do a la ya comentada desgraciada tendencia de la oralidad humana, una oralidad que tiene alta tendencia a coger los ofrecimientos –y los no ofrecimientos– mordiendo y destruyendo.

El buen altruista tiene buenos sentimientos hacia los demás y da dedicación e incluso se muestra incondicional con el prójimo. Llega- do un momento algunos van a poner de manifiesto la mala suerte que estas personas suelen tener, puesto que tratan incluso de quitar- les el sitio o devorarlos.

LOS ÁMBITOS DE LA MALA SUERTE: LA “SUERTE” EN LAS RELACIONES

2. Digo auténticos porque hay quien hace buenas acciones para, de cara a la gale- ría, resultar muy beatos y muy dignos cuando lo que hay de fondo es la satisfac- ción de un egoísta sentimiento narcisista.

En la mayor parte de los casos entran en juego la envidia que se tiene del otro y esa extrema oralidad de la que hablaba, habiendo una tendencia a chupar como se suele decir, son los chupones de nuestra sociedad. Aquí la mala suerte puede ser subjetiva –el que es vilipen- diado pone una parte masoquista de manera constante para que estos procesos se den– u objetiva, que como veremos en el próximo apartado refiere a una trama de concatenaciones azarosas que ponen en estado de desgracia a quienes las sufren.

El otro tipo de persona que suele tener muy mala suerte en las relaciones con los demás suele ser el narcisista patológico, este se queja de que antes o después las personas se quitan de su lado. La razón de su mala suerte con las relaciones suele ser clara: no le aguantan. Estas personas plantean siempre las relaciones de modo asimétrico, en vertical, siempre están por encima, son los “number one” de todo en lo que intervienen mientras que el otro es una pil- trafilla que no merece mayor atención. Sus problemas, apetencias y peticiones son los más inmediatos a resolver, lo de los demás son minucias que siempre pueden esperar, son secundarias.

Los narcisistas patológicos están en posesión de la verdad, nunca se equivocan y no están por la labor de la rectificación también dicen que tienen mala suerte con la gente porque se apartan de ellos o les ponen mala fama. Resulta hasta cómico que el insoportable e intrata- ble narciso de turno se pregunte por qué casi nadie le aguanta, están tan autocentrados que no tienen lugar ni para la reflexión ni para el análisis propio del “por qué” de su incompetencia social. A veces, incluso, tienen el valor de decir que la gente se aparta de su lado por- que les tienen envidia.

Hay un tercer grupo de personas que se ubican como sufridores, que de algún modo parecen gustar de salir rebotados de las relaciones, en ocasiones se fusiona con el conjunto de los altruistas y hasta dis- frutan del hecho de que sus buenas acciones den como fruto desplan- tes. Y todo porque hay a quien le place resaltar por ser mártir y dar “mucha penita” y si tiene un novio o novia que le pone los cuernos tanto mejor, así los demás pueden ver su desdicha en grado sumo. A eso se refiere la sabia cita del principio del capítulo. Quien utiliza

constantemente las armas, en este caso las de dar lástima al prójimo o negarse a responsabilizarse de sus hechos, termina comúnmente sólo. De hecho ese modo de actuar se les vuelve contra ellos mismos en unos casos, en otros los demás utilizarán sus mismas armas para no asumir tampoco la responsabilidad de atenderles en su sufrimiento.

Y claro, dirá el lector que estos planteamientos pueden resultarle crueles, pero la realidad, créame, a menudo lo es. Estas circunstancias de gente a la que gusta dar lástima para tener una parcela de protago- nismo la menciono con conocimiento de causa propia y ajena de per- sonas recibidas como pacientes y de otros que no entrarán en una con- sulta “ni locos”, –nunca mejor dicho– porque de estos hay muchos que lo están tanto que no tienen ni capacidad de confrontarse consigo mis- mos (nunca me cansaré de decir aquello de “los locos están fuera”).

* * *

Entonces, retomando todo el planteamiento tratado en el capítu- lo, ¿cómo es que sistemáticamente usted o alguien que conoce de cer- ca sigue cayendo una y otra vez en pésimas relaciones de amistad y/o de pareja? La explicación de la recurrencia de equivocaciones y desplantes tanto en la pareja como en la amistad de estos factores nos remite a un fenómeno que es curioso a la vez que paradójico. Y es que parece que lo que más se trata de no hacer se hace de modo recu- rrente en una espiral repetitiva constante que lleva a las personas a caer una y otra vez en la misma trampa.

Es algo parecido a aquello de no quererse parecer a tal o cual aspec- to de la madre o el padre, el ambiente en el que se educa esa persona le lleva irremediablemente –a través de procesos de identificación– a parecerse más de lo que quería a los progenitores. Cuanto más se luche contra esta circunstancia más se asemejan, a no ser que la lucha se tras- criba en una auténtica interiorización de defectos, apegos aprendidos y de una elaboración sistemática de las propias subjetividades.

Pero enfocado con el tema que nos ocupa, y me estoy refiriendo al tropezar de modo recurrente con relaciones de pareja y/o de amis- tad que ponen en peligro constante la estabilidad del individuo, nos acercamos a una tesitura humana curiosa y que produce un tremen- do sufrimiento consciente o inconsciente que Freud (1920) convino

en llamar “Compulsión a la repetición”, tesitura por la cual las per- sonas compulsivamente se empeñan en persistir de modo incons- ciente y en continuar inmersos en circunstancias análogas y simbóli- cas de otras realizadas anteriormente, por ejemplo, en el campo de los amores. Sin embargo este término resulta en ocasiones demasia- do cargado de tecnicismos relacionados con lo pulsional y con los sesgos múltiples que en ocasiones la ortodoxia plantea.

Por ello es más adecuado complementar dicha exposición –tal y como hacen autores como Numberg y Cencillo– con el efecto Zeigar- nick3. Grosso modo este efecto consiste en que nos enganchamos y

recordamos más las tareas inacabadas que las acabadas, hay por tan- to un continuo anhelo de finalizar determinadas tareas para que el sujeto se sienta realizado.

Y anhelar esto en el campo de lo afectivo se complica más todavía si cabe puesto que participaría la vida inconsciente y entrarían a for- mar parte de la fenomenología otra serie de aspectos diferentes. Este efecto en el campo de la psicología de la personalidad explica un cons- tante y compulsivo intento de finalizar la tarea de búsqueda afectiva que no se dio (o aunque se diera no se percibió o no se supo realizar la petición de este afecto en condiciones) y que se trata de llevar a cabo en las relaciones posteriores llenándolo, para rellenar el vacío sentido. Es algo que de manera común discuto con mis pacientes acerca de sus relaciones amorosas repetitivas y desastrosas, en las cuales siguen patrones semejantes con parejas similares. A menudo se defienden aludiendo a la casualidad y a la mala suerte de que esto ocurra. Yo, sin embargo, siempre incido en que, si bien determinadas cuestiones puntuales y aisladas se pueden deber a la mala suerte, cuando las relaciones empiezan a guardar una estructura y a conver- tirse en un sistema de vida son ellos los que tienen un papel activo y no la suerte. Se dan repeticiones de corte compulsivo que llevan una y otra vez a que ocurran los mismos problemas, incluso con parejas que tienen personalidades muy semejantes y que a menudo engan- chan por situaciones y analogías sospechosamente parecidas entre sí.

3. Para profundizar en este concepto le recomendamos las obras anteriormente mencionadas: “Transferir, contratransferir, regredir” (2001) y el “Tratado de la inso- portabilidad” (2004).

Hace varios años llegó a mi consulta Gloria. Era una mujer de 29 años con un estilo de vestir muy elegante y sofisticado, congruente con su estilo físico, pues era una mujer esbelta, de larga caballera y desenfadada. Ocupaba ya un cargo importante en una institución académica de prestigio y se había independizado hacía unos meses con un buen nivel de vida. Sin embargo, según decía, tenía un grave problema: los hombres.

Recordaba ser desde la adolescencia una persona muy poco valo- rada en su entorno familiar, especialmente por el padre, un hombre machista incapaz de reconocer sus aciertos, que le acusaba de tener la cabeza llena de pájaros. “Siempre he deseado que mi padre me reconociera e hiciera alguna alusión acerca de alguna de mis virtu- des, si es que tengo alguna, que lo dudo” me comentó en una oca- sión.

El caso es que Gloria, pese a ser una persona con éxito en el mun- do laboral y en el social, no terminaba de sentirse realizada, porque sus relaciones con los hombres eran anodinas y no terminaban de complacerla en cuanto a reconocimiento de sus virtudes. En un prin- cipio se mostraban comprensivos y ella fantaseaba con que le devol- vieran una opinión positiva de cómo la veían. “Pero las historias siempre terminan igual: nada más pasar el idilio del principio de la relación se comportan como unos machistas”.

En definitiva, las parejas que tenía no le reconocían su valía como mujer y como profesional salvo al principio. Curiosamente escogía varones con un perfil que, analizado a posteriori, encajaba más bien con un tipo de hombre duro y zafio, de poco nivel cultural y muy apegado a lo material. ¡Justo el tipo de hombre que tanto rechazaba! Una de las principales cuestiones en las que hubo de intervenir fue confrontar primero por qué la mayor parte de los hombres seguía el mismo patrón y por qué ella los elegía, además de por qué no se fija- ba en hombres más próximos a su entorno, con los que tendría una mayor capacidad de comunicación y de comprensión.

Durante los primeros meses hacía constante mención a que era mala suerte, que antes o después encontraría un tipo que le gustaría. La gente más afín a su entorno profesional se le antojaba, por otro lado, aburrida y sosa.

El efecto Zeigarnick y la compulsión a la repetición se ven aquí de modo claro. Conscientemente escogía hombres que parecían que iban a ser comprensivos, pero inconscientemente lo hacía para tratar de terminar una tarea pendiente. Ésta consistía en que aquellos hom- bres que representaban patrones muy semejantes a los del entorno familiar que no le reconocían sus méritos (en mi opinión porque en realidad la envidiaban dada su amalgama de virtudes) y en concreto al patrón del padre por fin le reconociesen y le dijeran “Tu eres váli- da” “Eres buena profesional, eres inteligente”.

La búsqueda inconsciente de varones semejantes proporcionaba a Gloria la trama de entrar en esta lucha de tratar que le dieran lo que consideraba como suyo, quedó anclada durante años en una secuen- cia de repetición, perdiendo recursos afectivo-energéticos además del tiempo, claro está.

Como el lector ha podido comprobar a través de las vivencias de Gloria, en el caso de las relaciones de pareja –y también en el resto– se dan las secuencias de repetición inconsciente de manera bastante manifiesta. Dichos planteamientos psicoanalíticos muestran con una explicación muy racional cómo las personas nos abocamos a tener una tremenda mala suerte en las relaciones desde el momento en el que vamos mendigando afectos como indigentes del amor y vamos con nuestro saquito –que a veces es un saco sin fondo– para que los otros nos lo llenen. Para colmo, seguramente iremos al sitio equivo- cado y recibiremos más de lo mismo.

En los capítulos dedicados al amor profundizaremos sobre esto, baste decir de momento que por conseguir o creer que se consigue un poco de afecto se pagan precios muy altos. Por obtener cariño y elu- dir el tremendo sentimiento de soledad, una soledad que a veces nos muestra un temor fóbico, se puede llegar a una quiebra emocional.