Este No Es Un Libro de Autoayuda Tratado de La Suerte, El Amor y

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Luis Raimundo Guerra

Tratado de

la suerte, el amor

y la felicidad

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ESTE NO ES UN LIBRO

DE AUTOAYUDA

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L u i s R a i m u n d o G u e r r a C i d

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ESTE NO ES UN LIBRO

DE AUTOAYUDA

Tratado de la suerte, el amor y la felicidad

Prólogo de José Luis Marín

2ª edición

C r e c i m i e n t o p e r s o n a l

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reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sgts. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

© Luis Raimundo Guerra Cid, 2006

© EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER, S.A., 2006 Henao, 6 - 48009 Bilbao

www.edesclee.com info@edesclee.com

Impreso en España - Printed in Spain ISNB: 84-330-2069-2

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ÍNDICE

Prólogo por el Dr. José Luis Marín . . . 13

Introducción: seguimos siendo insoportables. . . 19

1. Los impulsos humanos y su destructividad. . . 23

1. ¿Qué son los impulsos? . . . 23

2. Algunos comportamientos derivados de los impulsos humanos . . . 26

3. Vitalidad y destructividad humanas . . . 34

4. El impulso y su incapacidad para aceptar la realidad . . . . 36

2. La dinámica de la suerte. . . 41

1. Lo objetivo y lo subjetivo . . . 41

2. Buena-mala suerte y locus de control . . . 43

3. Genealogía de la mala suerte. . . 46

3. Los ámbitos de la mala suerte: La suerte según el envidioso . . . 49

1. Diversos registros de la mala suerte . . . 49

2. ¿Qué es la envidia? . . . 50

3. Y el envidioso dijo: ¡Qué buena suerte tiene, a mi nunca me pasan esas cosas! . . . 54

4. “Tú tienes más suerte porque te ayudaron más”: la dinámica de los celos y la suerte . . . 58

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4. Ámbitos de la mala suerte: la “suerte” en las relaciones de pareja y amistad. La “suerte” en el mundo laboral

y académico . . . 61

1. Las relaciones de pareja y de amistad . . . 61

2. El trabajo y los estudios . . . 68

3. La mala suerte objetiva. . . 74

5. Encontrar la felicidad . . . 77

1. Seamos negativos . . . 77

2. Pero no tan negativos como para obtener beneficios de ello . . . 79

3. ¿Pero qué es la felicidad? . . . 80

6. Felicidad y libertad . . . 89

1. “Necesito sentirme libre para realizarme” . . . 89

2. ¿Queremos ser libres?: el miedo a la libertad . . . 92

3. “Disfrute de su libertad pero no a costa de lo que sea” . . . 101

4. “¡No me digas qué tengo que hacer, o hago lo contrario!” . . . 105

7. Felicidad y deseo . . . 109

1. “Tengo tantos proyectos para ser feliz que no me da tiempo a serlo”. . . 109

2. Felicidad e identidad . . . 111

3. “¿De qué va pues la vida?: la vida es la doma del deseo” . . 120

8. El des-arte de amar . . . 127

1. Yo amo, tú amas, él ama. . . 127

2. “¿Qué es eso de amar?, ¿qué es eso de sentir emociones?” 133 3. Bien, entonces ¿qué es el amor? . . . 136

4. “Ame y reparta”: la difusividad del amor . . . 139

9. Un caso concreto del amor: el enamoramiento . . . 143

1. Cómo y por qué nos enamoramos: el proceso del enamoramiento . . . 143

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10. Afectopatologías del amor: traumatismos sexuales

infantiles y el anti-amor narcisista . . . 155

1. Los daños severos en la dinámica del amor: las afectopatologías . . . 155

2. Los abusos sexuales y sus consecuencias emocionales. . . . 160

3. Traumatismo sexual y personalidad histérica . . . 166

4. Afectopatología de la seducción. El amor histérico . . . 173

5. La afectopatología del narcisismo: anti-amor narcisista. . . 176

11. Afectopatologías del amor: amor compulsivo y temor al abandono. . . 179

1. El constante temor a la pérdida: el amor compulsivo . . . . 179

2. La neurosis de abandono . . . 182

3. Abandonismo y no-valoración . . . 190

12. Afectopatologías del amor: la dinámica sádico-masoquista . . 193

1. Una extraña relación . . . 193

2. Diversos registros de la dinámica sádico-masoquista . . . . 195

3. “¿Por qué sostengo mi masoquismo? ¿Soy imbécil o es que estoy enfermo?”. . . 200

13. Epílogo: una esperanza para el amor. . . 207

Síntesis biográfica de los principales autores de interés comentados: . . . 213 • Adler, Alfred. . . 213 • Cencillo, Luis . . . 215 • Ferenczi, Sandor. . . 218 • Freud, Sigmund . . . 219 • Fromm, Erich . . . 221 • Reik, Theodor . . . 223 Glosario de términos . . . 225 Bibliografía . . . 233 ÍNDICE

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Para Llum. Con el deseo de que sepa buscar su suerte, encuentre la felicidad y pueda disfrutar de modo sano y objetivo del amor, es decir amar y ser amada.

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prima la comunicación digital e interactiva y no la comunicación más humana. Y esto ocurre al mismo tiempo que, de forma cada vez más generalizada, la sociedad moderna, “civilizada” y materialista es alexi-tímica, ni reconoce ni expresa emociones humanas profundas.

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PRÓLOGO

Mi querido amigo Raimundo Guerra escribe este libro en una vorágine vital tan creativa como agotadora para los que asistimos, pasmados, a su demostración de capacidad (en todos los órdenes), “sucumbiendo” a las presiones de quienes, como yo, disfrutamos tanto de su obra anterior, “Tratado de la insoportabilidad, la envidia y otras «virtudes» humanas”. En esta suerte de continuación, aunque sigue con una trama argumental acerca de la insoportabilidad propia y ajena, trata otros temas que en la obra citada no pudo desarrollar, sobre todo aspectos fundamentales de las grandezas y miserias del ser humano y de sus problemáticas relacionales, como son las rela-ciones de pareja, la búsqueda de la felicidad y, más que esa búsque-da, los componentes que han de darse para llegar a ella de manera parcial, pues la felicidad total (como aparece en Hollywood o en alguna forma de literatura) es inalcanzable para el ser humano, pre-cisamente por la capacidad de deseo incolmable e infinito que tiene. Esta misma felicidad es también difícilmente alcanzable dada la capacidad, tan humana (véase cualquier programa de televisión), de amargarse estúpidamente la vida agarrándose de manera constante a lo destructivo que hay en el entorno y en nosotros mismos. Por si les parece poco, el autor se atreve con otros elementos básicos sobre los que siempre se ha escrito pero, con demasiada frecuencia, de manera muy frívola: el amor, la suerte y la felicidad.

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Para explicar estos temas tan complicados y abstractos, nuestro valeroso amigo, el Dr. Guerra Cid, recurre a distintas explicaciones del psicoanálisis, la psicología cognitiva y la antropología social. Así, en esta su sexta obra, retoma a un pensador importante de la psico-logía dinámica para dar explicación a distintas tesituras presentes en el campo de las relaciones humanas. Mientras que en “Transferir, contratransferir, regredir“ rescata los pensamientos de Ferenczi y Cencillo para la correcta articulación de la psicoterapia, en “Antro-pología, personalidad y tratamiento” lo hace con Reich, Ferenczi y la escuela antropológica de cultura y personalidad. Y si en el “Tratado de la insoportabilidad” lo hace con Adler y Cencillo, en esta ocasión recurre a Erich Fromm, sobre todo en lo tocante al amor.

Pero no es la única referencia rescatada. Para el tema de la suerte trae a colación temas olvidados (pero absolutamente vigentes) como la compulsión a la repetición y la neurosis de destino de Freud, la neurosis de fracaso de Laforgue o el efecto Zeigarnick, que Cencillo retomó en su obra de psicoterapia. A través de ellos establece una dis-cusión sobre si la suerte existe realmente o nos la buscamos nosotros. El resultado de dicha dialéctica se resuelve con la división de la suer-te en objetiva (la que realmensuer-te se puede ensuer-tender como tal, por ejemplo cuando toca la lotería) o subjetiva (la que nosotros mismos nos buscamos, sobre todo la mala, en la cual median constantemente factores inconscientes que no se controlan y ubican a la persona en posiciones muy desfavorables).

En el tratamiento de la felicidad nuestro joven e intrépido inves-tigador critica, sobre todo, la facilidad con la que algunos promueven que ésta pueda conseguirse. La mayor parte de las veces filtrándola con una espiritualidad más que sospechosa o, por el contrario, en la consecución de metas materiales y físicas concretas más sospechosas todavía. Una de las conclusiones más valiosas que realiza el autor reside en proponer tres pilares básicos para la consecución de la feli-cidad: la vivencia de libertad autónoma y éticamente orientada, la identidad sólida y genuina y el control del deseo.

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Pero sin duda, la parte más excitante del libro se refiere, como no podía ser de otra manera, al amor, a la capacidad del hombre para amar y a la dinámica del enamoramiento, esa forma asombrosa de “enajenación mental transitoria”. Más en profundidad, el Dr. Guerra hace un estudio, tanto de la obra de Fromm como de su biografía (al final de la misma hay un glosario de términos y otro de autores). A través de libros como El arte de amar, El miedo a la libertad o Tener o ser, realiza también una apuesta en la definición y explicación de dife-rentes elementos relacionados con la dinámica de amar.

Más adelante la recesión se encamina a lo que el autor llama “afectopatologías”, que no tiene que ver con el concepto de patología afectiva, sino con los desajustes severos que se observan en la diná-mica de amar y en la gestión que hacen de los recursos afectivos algu-nos sujetos.

Con afectopatologías el autor se refiere a relaciones de enganche neurótico, como la dinámica sádico-masoquista, o a la pésima capa-cidad para amar objetivamente, que muestran diversos caracteres como la personalidad histeroide, la personalidad abandónica, el “antiamor” del narcisista o la alexitimia de quien es incapaz de expresar verbalmente sus sentimientos.

Por otra parte, el título fundamental “Este no es un libro de auto-ayuda”, alude a una trama argumental en todo el texto que es rom-per con el discurso gratuito de ayuda fácil que algunos “teóricos” (estúpidos, pero teóricos) propugnan. Efectivamente, un problema general de los llamados “libros de autoayuda” es que te ofrecen rece-tas para conseguir estados de cosas (la felicidad, la autoestima, la espontaneidad, caer simpático, enamorar, olvidarse de un aconteci-miento doloroso, etc.) que es erróneo plantearse como metas alcan-zables mediante procedimientos racionales. Tomemos el caso de la felicidad: es absurdo, grandilocuente y curiosamente vacío intentar de manera premeditada y consciente ser feliz; así, a las bravas, en abstracto, de buena mañana, leyendo un librito. Por lo general, lo que se quiere son cosas más concretas que la felicidad: se quiere acabar una novela, una sinfonía o un cuadro, ser correspondido

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mente, conseguir el Premio Nobel de Medicina, ser reelegido para un cargo político o que el Atlético de Madrid gane la Liga (se han dado casos); y es mientras se está en ello, o inmediatamente después, cuan-do la felicidad sobreviene, nos visita en silencio sin haberla convoca-do de manera expresa.

Por tanto, el autor alude constantemente a la gran dificultad y al arduo trabajo que supone el poner las condiciones para “tener suer-te” (“la inspiración viene, pero mejor que te encuentre trabajando”, decía Picasso), encontrar la felicidad o amar con calidad de manera genui-na y objetiva, sin apetencias infantiles ni pulsiogenui-nales, con un poco de madurez.

El libro que estamos prologando, igual que el anterior Tratado de

la insoportabilidad, está basado en la observación de la cultura que nos

rodea, en la práctica clínica propia y en la ajena, además de en posi-cionamientos teóricos diversos. Por ello, muchas de las explicaciones están aderezadas con casos clínicos que plasman mejor la realidad del sufrimiento humano.

En definitiva, nuestro joven y ya experto autor escribe a través del conocimiento del sufrimiento humano observado en la vida coti-diana, desgajando cuáles son los mecanismos que hacen que las per-sonas lleguen a ser desgraciadas. Pero sin pretensiones de ningún tipo, en cuanto a que eso se erija como un modo de aplicación de “autoayuda”, simplemente de comprensión para la mejora, en la medida de lo posible, de las complicaciones neuróticas y de malestar que hay en nuestra cultura actual.

Hay ciertos elementos de su obra anterior (Tratado de la

insoporta-bilidad) que se vuelven a tratar, como la envidia, los celos, el odio o el

narcisismo, pero desde ópticas diferentes y relacionadas con otro tipo de valoraciones y de problemáticas. Por ejemplo, la envidia ya no se trata desde su fenomenología sino desde su etiología, sus diferencia-ciones con otras tesituras emocionales con las que suele confundirse (por ejemplo los anhelos) o la manera de explicar la suerte propia y ajena el envidioso. Con el odio ocurre lo mismo, ya no se centra el

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autor tanto en qué consiste sino más bien en el freno que supone para la actividad creativa del amar que el hombre tiene.

Ignoro los motivos por los que mi amigo Raimundo Guerra Cid me ha solicitado prologar su magnífico libro, él sabrá. Pero no me lo voy a preguntar (tampoco a él). Disfrutar del privilegio de su afecto y de la primicia de la lectura de esta obra es uno de esos factores que, sin buscarlo, me hace feliz.

En París, comenzando el año 2006. José Luís Marín Presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicología Médica.

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INTRODUCCIÓN:

SEGUIMOS SIENDO INSOPORTABLES

Este texto que le presento está escrito con la intención de que pue-da reflexionar sobre algunos de los aspectos que preocupan al ser humano, coyunturas que están en su constante proceso vital, como el amor, el enamoramiento o la felicidad y que quizá en nuestro ante-rior “Tratado de la insoportabilidad, la envidia y otras «virtudes» humanas”1 (2004 b) no quedaron del todo claros o suficientemente

desarrollados. La cuestión es que hace años ya que desarrollé la idea de aquel libro en mi cabeza, y a día de hoy me doy cuenta de que seguimos siendo insoportables. El ser humano sigue maltratándose y maltratando, sigue siendo muy negado para amar y experto en amar-gar y amaramar-garse la vida, lo que para algunos llega a ser un verdade-ro arte, como señalaba Watzlawick.

En este libro algunos argumentos que por aquel entonces traté, vuelven casi sin querer a relacionarse con los nuevos temas que pro-pongo. Es el caso de la dinámica de la envidia, el análisis antropoló-gico de ciertas variables sociales y culturales que intervienen en la manera en la que nos relacionamos entre nosotros o la frustración humana que surge en el intento de ser feliz. Pero he intentado que se asocien a planteamientos renovados, para que no sea una mera

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tición de lo ya dicho, sino nuevas conexiones en la comprensión de la complejidad de los comportamientos humanos.

Por ello, este libro (que no es de autoayuda) pretende ser una continuación, que no una segunda parte –que se suele decir que nun-ca fueron buenas– de la citada obra, para así abordar más en profun-didad otras temáticas, como la dinámica del amor, hasta qué punto la suerte es algo en lo que nosotros no influimos, la felicidad o la impul-sividad humana.

El caso, y por aquí empezaré, es que algunos llevamos ya algún tiempo hartos de la banalidad de aquellos discursos que todo lo solu-cionan con ser positivo y tener calma. ¿Y cómo se consigue esto de manera tan fácil? Muy sencillo, con quererse mucho a sí mismo y hacer siempre lo que se desea para no estar coaccionados (está muy manido aquello de que no me quiten libertad ni me traumaticen).

También se pretende solucionar el sufrimiento con discursos de superchería, donde, dependiendo de variables tan caprichosas como un horóscopo o la lectura del futuro de unos más que dudosos viden-tes, se te soluciona la vida. ¡Y a esto le llaman algunos espiritualidad! La consecuencia principal es que hablan de una supuesta “espiritua-lidad” con un claro matiz irrisorio y carente de sentido, sobre todo si se mezcla de manera chabacana con algo de filosofía oriental –que se desconoce.

Todo resuelto o eso parece, porque posteriormente la realidad nos muestra que no es tan sencillo; cada vez hay mayor problemáti-ca en las relaciones interpersonales. A menudo –afortunadamente no siempre– los seres humanos nos devoramos anímicamente o somos sádicos con los hijos, padres, amigos y/o la pareja y esto no tiene que ver con ser más o menos espiritual o más o menos creyente. Y es que el término creyente, hoy en día, queda a veces ridiculizado y es, en ocasiones, hasta peyorativo por las desastrosas conductas que algu-nos que así se autonominan han llevado a cabo.

Por estos “creyentes” y en nombre de Dios (da lo mismo de qué religión), se ha sembrado la historia de muertos –y se sigue hacien-do–, y sin ser tan drásticos se han convertido muchas veces en entes

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persecutorios de los demás, evaluando y juzgando sus comporta-mientos como censurables y pecaminosos. Incluso quien es muy espiritual o evolucionado puede estar como una “maraca” y entor-pecer más que ayudar, o en el peor de los casos dañar y agredir al congénere. O aquel que se automenciona como “muy practicante” –algunos de ellos son de comunión y misa diaria– y que no cumple ni con una cuarta parte de los 10 mandamientos.

No pretendo con esto cargar contra ningún creyente –nada más lejos de mi intención–. Si acaso tratar de arrojar un poquito de luz, señalar que no todo el mundo tiene buenas intenciones a través de sus prácticas religiosas y que en ocasiones lo que se pretende es manipular a otros a través de una falsa ayuda.

Así, a menudo, se mezclan temas religiosos, espirituales y psico-lógicos para tratar de conseguir un batiburrillo mágico de ayuda inmediata. Puede que Ud. sea uno de tantos que ha quedado defrau-dado –y hasta haya sido perjudicado– por seguir consejos gratuitos de esos que algunos libros de autoayuda propugnan (aunque no todos lo hacen así, pues hay libros encuadrados dentro de esta cate-goría que no pretenden que se autoayude sino que reflexione).

O quizá ha sido aconsejado por alguno de esos “iluminados visionarios” que hay sueltos por el mundo y se ha quedado perplejo ante la estupidez de sus planteamientos. Máxime cuando empiezan a mezclar encuadres pseudocientíficos con otros de tipo esotérico y cuasireligioso.

Este libro no es de autoayuda, es una apertura a los conocimien-tos aplicados que el psicoanálisis, la psicología cognitiva y la antro-pología pueden aportarnos en el conocimiento humano –la búsque-da de amor, la felicibúsque-dad, el bienestar psíquico...– que paradójicamen-te no han sido objeto de estudio predilecto de estas disciplinas, des-de las cuales voy a tratar des-de abordar este texto.

Pero no entienda el lector que lo que se trata es de demonizar toda lectura de autoayuda. No es así, en primer lugar porque hay obras dentro de este género que son loables y no tienen que ver con los usos horteras habituales. En segundo, porque lo más

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te de quien intenta ayudar de modo chabacano es el discurso de la solución fácil y mágica que hiere y desinforma a los interesados. Y esto es independiente de que esté encuadrado en un libro de autoa-yuda o no.

Con esta obra no pretendo abrirle los ojos y que quede prendado de las teorías psicoanalíticas, cognitivas y antropológicas o de mis opiniones, sólo que en la medida de lo posible reflexione sobre la variedad de entresijos que la realidad contiene y vea que las cosas son más complicadas de lo que parecen, al menos ésta es mi opinión. Intentaré mostrar cómo muchos de esos tópicos que se han pre-tendido inculcar son frecuentemente inocuos. Se verá que esas for-mulas mágicas para ligar más –nótese que mucho “aventajado” que se precia de conocer estas lides ni siquiera dice amar– no son tan sen-cillas en la práctica, puesto que a menudo la inmadurez con la que se afrontan las relaciones humanas provoca un estrepitoso fracaso.

Tampoco es fácil ser afortunado ni encontrar la felicidad. Hay quien, por más que lo intente, sigue siendo un desgraciado de “toma pan y moja”. Y todo porque no sabe manejar diversas variables que sólo puede conocer a través de su propio análisis objetivo, cuestión a su vez dificultosa puesto que para ello se necesita de un segundo que observe la situación.

En otras ocasiones no se encuentra la buena ventura simplemen-te porque se nació ya estrellado –en vez de con estrella– y lo único que se puede tener es una alta tolerancia a la frustración, un desape-go de los deseos y una personalidad sólida a la vez que comprensi-va. ¡Y esto, querido lector, sí que es espiritual!

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LOS IMPULSOS HUMANOS

Y SU DESTRUCTIVIDAD

“Dejados en libertad para proseguir sus objetivos naturales, los instintos básicos del hombre serían incompatibles con toda asociación y preservación duradera: destruirían incluso lo que unen”.

Herbert Marcuse, 1953.

1. ¿Qué son los impulsos?

El fin didáctico que persigue el presente libro supone que al prin-cipio deba exponer algunos términos de corte técnico para que usted tenga posteriormente un mejor entendimiento global de lo temas abordados. Aunque estos le puedan resultar complicados, no deses-pere, verá como tendrá el fruto posterior de una mejor comprensión global de este libro. Por ello vamos a empezar por explicar concep-tualizaciones básicas para que el texto finalmente vaya “cogiendo cuerpo” y sea más comprensible y aprovechable para usted. Lo cier-to es que, sobre cier-todo para los que son ajenos a la materia, los con-ceptos más clásicamente psicoanalíticos son algo complejos, pero tra-taré de ir introduciéndolos poco a poco y con varios ejemplos, para que le sean digeribles.

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Centrándonos en este cometido ha de decirse, en primer lugar, que el concepto de impulso es tremendamente complicado de definir debido a las múltiples connotaciones que tiene. El impulso, en textos más técnicos de psicoanálisis, suele denominarse pulsión, por lo cual se suelen utilizar como sinónimos. Por el contrario no es aconsejable usar como sinónimos los conceptos de pulsión e instinto –cuestión que en innumerables ocasiones se encuentra en diferentes escritos–. Este problema proviene de la traducción del alemán al castellano, que se ha realizado erróneamente como si ambos conceptos signifi-caran lo mismo.

Pulsión (trieb) proviene del verbo alemán treiben (empujar) mientras que instinto se escribe de modo diferente –instinkt– e impli-ca otras connotaciones. Por ejemplo, en la cita con la que comenza-mos este capítulo Marcuse pretende referirse a la pulsión y no al ins-tinto, pese a que aparezca así escrito.

Freud reservaba el término instinto para referirse a comporta-mientos heredados de los animales y que son más o menos fijos en una misma especie, por ejemplo el instinto de mamar en los mamífe-ros. Mientras que instinto es un concepto que tiene que ver más con la etología y la psicología clásica, pulsión es un término total y prin-cipalmente freudiano.

En el término impulso o pulsión encontramos un sesgo bastante común –que además suele ser una de las más típicas críticas al psico-análisis– que reside en pensar que el concepto de impulso siempre tiene que ver con un impulso sexual o una derivación de esto, tal y como Freud describía y teorizaba en sus primeras hipótesis y traba-jos sobre dicho tema. Como veremos a continuación, no es esta la úni-ca connotación de los impulsos, pues tienen una amplia gama de registros y comportamientos observables, además de complejos dina-mismos internos implicados.

El concepto de pulsión tiene su origen en el “Proyecto de una psi-cología para neurólogos” y fue acuñado como tal en 1905. Posterior-mente se va a definir como:

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“Un concepto límite entre lo anímico y lo somático; como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, que arriban el alma” (O.C. II, p. 2041. –1915 b–).

Esta definición puede resultar sumamente abstracta y tecnifica-da, y en términos más coloquiales refiere a que los impulsos provie-nen del interior de la persona y se manifiestan a nivel psicológico. Si tomamos otra de sus definiciones clásicas lo veremos más claro toda-vía. En concreto aquella que señala que bajo el concepto de pulsión:

“No comprendemos primero más que la representación psíquica de una fuente de excitación, continuamente corriente o intrasomática, a diferencia del estímulo producido por excitaciones aisladas procedentes del exterior”

(O.C. II, p. 11911).

Ha de decirse que muy probablemente estas definiciones le resul-ten difíciles de enresul-tender por la manera de expresarse que tiene el autor. Esto es debido, en gran parte, al modelo materialista imperan-te en la psiquiatría de finales del S. XIX y primeros del S. XX (nunca ha de olvidarse la obviedad de que Freud fue un hombre de su épo-ca). Por ello nos da siempre la sensación en estas definiciones de que se está hablando de algo físicamente palpable, puesto que Freud es un pensador muy esquemático, que como buen neurólogo trabajaba a menudo con metáforas físicas de los fenómenos mentales.

Profundizando un poco en las definiciones y siguiendo a Villa-marzo (1989) para tratar de hacerlas manejables, lo que más clara-mente se quiere siempre explicitar es que los impulsos o las pulsiones provienen del interior y son diferentes de los estímulos exteriores.

Para resaltar esta circunstancia se subraya la función de “límite” que tiene la pulsión. Dicha pulsión está entre lo más biológico e inter-no y se representaría en lo exterinter-no mediante representaciones psí-quicas como determinados comportamientos, fantasías o demandas. Por tanto la pulsión es también intrasomática (algo así como

prove-LOS IMPULSOS HUMANOS Y SU DESTRUCTIVIDAD

1. Aunque este fragmento se encuentra en los tres ensayos para una teoría sexual de 1905, el mencionado párrafo es una agregación realizada en 1915.

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niente de dentro del cuerpo), sus raíces están en la biología interna de la persona, lo cual no quiere decir que los impulsos destructivos que algunos llevan a cabo estén causados por su “biología” que les lleva a ello (lo cual suele ser la excusa), sino por elementos psicológicos que son en su mayor parte motivacionales.

Otra cuestión básica al respecto de los impulsos humanos y que no podemos dejar en el aire, es que cada pulsión tiene un fin. Éste normalmente está relacionado con la satisfacción de dicho impulso. Por ejemplo, la satisfacción de un impulso sexual puede tener como

objetollevarlo a cabo con la pareja. Dicho fin se divide en dos:

1) El fin último –que es invariable– y consiste en descargar esa pulsión.

2) El fin inmediato –que es variable– y se relaciona con cómo se consigue la descarga, es decir, a través de qué actos concretos. No es lo mismo la satisfacción de un impulso sexual de mane-ra afectiva y cariñosa, que de una manemane-ra violenta, forzando a la pareja a tener la relación sexual. Es, por cierto, este último aspecto algo acerca de lo que muchos “machitos” deberían de reflexionar, pues en ocasiones fuerzan –violan– a su pareja sin saber interpretar un “no”.

2. Algunos comportamientos derivados de los impulsos humanos

Otro concepto, que se antoja fundamental para adentrarnos más en el estudio del impulso o pulsión, es el de fuente2de la pulsión, que

2. Con el concepto de fuente, además de los otros mencionados anteriormente de fin y objeto de la pulsión, tenemos casi todos los conceptos básicos asociados al tema que tratamos. El cuarto y último es el de intensidad, término que refiere al mayor o menor grado con el que se manifieste dicha pulsión. No es lo mismo que una per-sona muestre un anhelo comedido de poseer una propiedad –intensidad modera-da– a manifestarlo de un modo que conlleve ansiedad y tácticas no éticas para la obtención del objeto –intensidad extrema–.

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especifica el lugar corporal de donde provienen los impulsos. Como hemos venido explicando anteriormente, este lugar es intrasomático y proviene de zonas corporales determinadas.

Freud daba prioridad a tres zonas –que él denominaba erógenas– como fuente de la pulsión: la anal, la oral y la genital. Para que todo esto se entienda con más facilidad, hemos de situarnos en un marco de psicología evolutiva que nos ayude de modo retrospectivo a enfo-car el proceso por el que “nos vamos haciendo” personas, es decir la manera en la que vamos desarrollándonos.

Desde el preciso momento en que nacemos y tenemos que apren-der a respirar, a comer y a convivir con sensaciones como el frío, empezamos a evolucionar. Las distintas etapas que atravesaremos han de entenderse como psicoevolutivas y no excepcionalmente como psicosexuales, como algunos sectores del conocimiento psico-lógico suelen afirmar.

Esta última cuestión asusta, y mucho, a determinadas personas por el exceso de interpretación sexual que le dan. Si se dice que el niño obtiene placer en el chupeteo de un juguete (algo propio de la etapa oral), no lo hemos de entender como algo sexual, en los térmi-nos de placer sexual del adulto. No tiene nada que ver con esto sino más bien con la gratificación en general que se obtiene de determi-nados actos.

Este tipo de confusiones suele producirse en primer lugar por la óptica freudiana que daba un papel predominante a la sexualidad –al menos en la primera parte de su obra– y en segundo término porque tratamos de observar los comportamientos infantiles desde la subje-tiva y contaminada perspecsubje-tiva del adulto.

LOS IMPULSOS HUMANOS Y SU DESTRUCTIVIDAD

3. Si el lector no está familiarizado con estos conceptos le remito al glosario de tér-minos ubicado al final del libro donde los encontrará debidamente explicados. Del mismo modo puede revisar las obras: Transferir, contratransferir, regredir (Amarú, 2001) y Tratado de la insoportabilidad, la envidia y otras virtudes humanas (Desclée De Brouwer, 2004).

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Estas etapas del desarrollo a las que me refiero son la oral, la anal, la fálico–edípica, la de latencia y la puberal fundamentalmente3y se

relacionan con la fuente de la pulsión y sus zonas corporales. El estan-camiento de la libido –concepto que en términos generales podemos entender como energía psíquica en general– en estas fases, produciría diferentes fenomenologías a observar en nuestra vida cotidiana.

Con este estancamiento me refiero a que hay ciertas personas que sufren de una regresión desde un periodo de la edad adulta a otras etapas del desarrollo anteriores más típicas de la infancia de los indi-viduos. A continuación exponemos algunas de estas regresiones pro-ducidas por los estancamientos de esa energía psíquica que ayuda a percibir, motivarse, desear... la libido:

– Por una parte estaría la extremada oralidad de quien siempre está demandando y que nunca tiene suficiente. Usted le tiene que dar constantemente y atender de manera continua e incondicional a sus demandas. La personalidad oral está imbuida en un continuo uso de un impulso parcial que no controla.

Si usted se fija detenidamente hay mucho “chupón” suelto, qui-zá –y entiéndalo en tono meramente descriptivo– hasta usted lo es un poco. Hay quien lo hace solapándose, situándose de manera parasi-taria, y hay quien lo hace “mordiendo” simbólicamente, es decir, toma lo que quiere incluso de manera violenta y forzada.

La oralidad también se observa en esa gente adhesiva, que se pega a uno “para chupar rueda”. ¿Se ha fijado alguna vez en esos peces que siempre van acompañando al tiburón? Son los denomina-dos peces piloto, se sitúan a ambos ladenomina-dos de este animal y aprove-chan la fuerza motriz de sus movimientos para moverse, yendo a rebufo. También comen de las sobras que éste deja. Hay sujetos que hacen esto mismo, se incorporan en la marcha vital de una o varias personas y van subsistiendo a base de la energía sobrante de ellos, así como de su red social, trabajo, recursos económicos...

Hay incluso quien arrebata directamente los recursos de los otros más que esperar “a ver qué cae”, por lo cual son más peligrosos, pues por regla general serán más agresivos en su oralidad.

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Esta actitud vital de demanda continuada y de necesidad de gra-tificación, no sólo se produce por circunstancias pulsionales. En un discurso más “adleriano” puede situarse la educación mimosa del niño como el origen de un futuro adulto que tenga la necesidad cons-tante de seguir siendo el centro de la atención y querer para sí todas las necesidades posibles, lo que posteriormente derivará en una per-sonalidad oral.

– Otro impulso proviene de la analidad, que se ve reflejada en los impulsos de retención y posesividad de los objetos. Es típico obser-var en esta circunstancia algunas personalidades con un núcleo de carácter anancástico (es decir obsesivo). Se trata de las típicas perso-nas que quieren poseer y dominar al otro sin dejarle autonomía.

En esta tesitura encontramos a muchos de los maltratadores, tan-to físicos como psicológicos (acosadores morales). No quiero decir que su comportamiento esté estrictamente motivado por las pulsio-nes anales de apoderamiento, sino que en muchos casos tienen un notable gradiente de importancia. Estos sujetos, ante el afán de domi-no y control sobre el otro, experimentan verdadera rabia si aquel empieza a tomar autonomía y quiere llevar a cabo tareas novedosas y de crecimiento personal.

Por ello muchos maltratos comienzan cuando uno de los miem-bros de la pareja se quiere poner a estudiar o a trabajar para tener un cierto grado de independencia. El sádico siente una pérdida de con-trol sobre el otro y ,ante el temor de quedar indefenso por el creci-miento de su pareja, maltrata para, rabiosamente, recuperar el esta-tus anterior.

Esta disposición encaminada a reducir los espacios del otro para que el sádico siga sintiéndose con poder, viene a menudo condicio-nada por la envidia que suscita el despegue o el triunfo de la pareja,

LOS IMPULSOS HUMANOS Y SU DESTRUCTIVIDAD

4. Este mecanismo de defensa consiste, básicamente, en que un sentimiento o una actitud se transforma en lo contrario por resultar intolerable a quien así la siente. Ejemplos de ello son la transformación del amor en odio o la idealización en envidia.

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que en ocasiones se destruye, haciendo de menos todo aquello que el envidiado va a emprender.

Es curioso cómo muchas de estas parejas no reconocen la envidia que se les tiene pues, utilizando los mecanismos de defensa de la idealización y la formación reactiva4,hablan muy bien de la persona

envidiada. Se le lisonjea para que no parezca que se le envidia, aun-que haya un profundo odio interno aun-que desea su fracaso.

Las distintas vertientes de la analidad no se observan sólo en estas circunstancias que he explicado hasta ahora. Los efectos que dicha tesitura crea también se ven en aquellas personas que denomi-namos tacañas y que, a menudo, correlacionan con el egoísmo. En ellas observamos una tendencia casi automática a proteger inmedia-tamente sus intereses y, en la medida de lo posible, a no compartir con los demás sus bienes –básicamente los materiales–.

Al igual que el niño que aprende mediante un juego de sí-mismo con su organismo a retener las heces como si fuera algo que acumu-lándolo le diera más consistencia, hay quien en la adultez sigue inser-to en este comportamieninser-to, almacenando bienes materiales porque percibe más seguridad en la vorágine del tener.

Pero ese niño, cuando sea un poco más mayor, tiene, que apren-der a compartir sus juguetes e incluso su comida –labor ésta muy complicada para algunos–. Se observa que en esta tarea muchos adul-tos fracasan, pues son incapaces de darse al otro sin calibrar en pri-mer lugar qué es lo que les puede beneficiar a ellos de esa interacción. Son sujetos que, de modo bastante paranoico, suelen pensar que el otro siempre tiene una razón oculta para llevar a cabo sus acciones o acercamientos, cuestión en la que participa el mecanismo defensi-vo de la proyección (es decir, que en realidad son ellos mismos los que piensan de esa manera pero se lo atribuyen a los demás).

Si se participa de manera exagerada en esta pulsión de apodera-miento nos encontramos con una gran incapacidad para compartir y con un acusado sentido de la propiedad: –palabras preferidas serán “mío, mía, mis” y por supuesto “yo”.

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Una cualidad continua de este impulso que estamos comentando es el sadismo permanente de las acciones efectuadas. Este puede ser más o menos acusado, pero lo que no repara duda es que está inser-to en inser-todos esinser-tos comportamieninser-tos.

El desajuste psíquico prototípico de esta fijación es la neurosis obsesiva. En la persona obsesiva se manifiesta siempre un sadismo que va en dos direcciones:

• Hacia el entorno exterior, puesto que a menudo sus obsesiones y compulsiones implican a quienes conviven con ellos. Por ejemplo, el tener que comer a una hora determinada, que cier-tos objecier-tos tengan que estar colocados de una forma específica e invariable o que los demás tengan que acoplarse al pensa-miento del obsesivo, teniendo que darse las circunstancias tal y como él propone. Todo esto implica un comportamiento sádico con los otros que en muchas ocasiones traspasa la barre-ra del maltbarre-rato psicológico sobre los que tienen que sufrirle y acoplarse a sus deseos arbitrarios y caprichosos de manera constante.

• Hacia sí-mismo, puesto que las exigencias continuas que el obsesivo a menudo se hace, los reproches y las extrañas y típi-camente absurdas cuestiones que se propone realizar, indican un comportamiento autopunitivo en el que cual se va a encon-trar con una actitud que continuamente le desgasta, le hace perder recursos y lógicamente le separa del entorno que, dadas sus continuas exigencias, termina por rechazarle.

– En el impulso edípico se observan comportamientos que nor-malmente tienen que ver con ciertas conductas competitivas y rivali-zadoras. Es el caso de las personas que siempre tratan de alcanzar cotas más altas, habiendo una comparación continua con los demás. Circunstancias que provocan que estos siempre estén intentando “parecerse a...” olvidándose de quiénes son ellos mismos en realidad y dejando de lado su propia identidad, motivo por el que empiezan a ser desgraciados y a preparar un buen caldo de cultivo para la infelicidad.

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Los terapeutas vemos en ocasiones cómo pacientes con una es-tructura de personalidad débil tratan de copiar nuestros comporta-mientos, disposiciones e incluso nuestras trayectorias en un intento de hacer más sólido su carácter. Hemos de señalarles que esto es sólo un espejismo, pues se están alejando de sí mismos para parecerse al terapeuta –que es idealizado en muchas ocasiones–.

Como ven, la pulsión es algo que se debe de observar y canalizar de manera constante. Y es mejor esto que promulgar que la pulsión salga a borbotones porque es lo que “el cuerpo me pide”, circunstan-cia que hoy en día se sigue defendiendo por algunos para que no haya represiones de los impulsos que provoquen frustración.

Y esta actitud se mantiene precisamente en algunos libros de autoayuda, lo cual me parece absurdo. Defienden que cada uno haga lo que le venga en gana sin que por ello deba de molestar a los demás, como, por ejemplo, no ducharse e ir apestando por la calle, lo cual no debería ser motivo de enfado para los otros, sino de respeto, porque es lo que han optado por hacer con su cuerpo.

El mismo peligro esconde otro mensaje prototípico que se suele dar en la ayuda “gratuita”, que pasa porque uno “se quiera mucho”. Circunstancia que es contraproducente, dado que el hombre, a poco que se le estimule a este respecto, puede interpretar en clave de soberbia que es lícito ir pisando a los demás u obtener gratificaciones a costa de lo que sea.

En definitiva, constituye todo ello un discurso sin lugar a dudas delirante dado que uno, por hacer lo que le venga en gana, no va a ser más feliz, sino que más bien podrá ir desarticulándose en su per-sonalidad, convirtiéndose en un puro haz de impulsos encaminados a la gratificación constante e improductiva.

También parece que algunos sectores de la autoayuda cifran su discurso en llenar de pájaros la cabeza del lector con ideas extrañas sobre lo que es la espiritualidad, mezclando en una miscelánea dudo-sa contenidos teológicos, de superchería y hasta de psicologicismos gratuitos, dando lugar a un auténtico “batiburrillo” absurdo e inope-rante para la mejora de la persona.

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Más bien ayuda a empeorar aún más a ciertos individuos, po-niéndolos incluso al borde del brote psicótico, pues a sus problemas iniciales se suma el pensamiento paranoico de estas rodeado de entes siniestros que tratan de comunicarse.

Por ello pretendo, ya desde este capítulo, que este no sea un libro de autoayuda –al menos en estas claves que acabo de expo-ner–. Para que se pueda alcanzar cierto nivel de ayuda desde uno mismo debe haber una base importante de salud mental, lo cual escasea bastante en la sociedad actual. La ayuda correcta que se puede dar desde uno mismo debe ser conocedora de las herramien-tas y recursos que esa misma personalidad posee, para así poder propulsarse hacia el avance.

Para concluir con este apartado, hay que decir que no todos los impulsos conllevan o terminan en fines negativos, ni mucho menos, fundamentalmente cuando estos son sublimados a través del meca-nismo defensivo de la sublimación.

Así, quien tiene impulsos agresivos los puede sublimar en activi-dades que conlleven esfuerzo físico o en trabajos que connoten cor-tar, despedazar, destruir... Por ejemplo, un carnicero puede sublimar sus impulsos más agresivos cortando grandes trozos de carne. Tam-bién se pueden sublimar pulsiones más puramente sexuales en acti-vidades sociales, artísticas e incluso científicas. Esto se hace a través de la canalización hacia otros fines y objetos.

Otro de estos impulsos que se puede entender desde una pers-pectiva no destructiva es la “pulsión de saber” del niño curioso que “tirotea” con sus “qués y por qués” interrogantes a sus padres. Bási-camente sobre temas sexuales que luego transcenderá –en la mayor parte de los casos porque no entiende las respuestas o porque siente que le mienten–, para hacer otro tipo de preguntas.

En la pulsión sexual también se puede hacer una sublimación hacia sentimientos más tiernos y manifestaciones amorosas. Pero esto no ha de entenderse como una explicación sistemática para toda manifestación de amor, de hecho esta explicación de la ortodoxia

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freudiana ha sido duramente criticada por diversos autores (Adler, Fromm, Reik...).

El acto de amar de modo sincero es algo mucho más complejo que una mera sublimación de impulsos sexuales. Como veremos, la dinámica de amar comporta complejos dinamismos cognitivos cons-cientes e inconscons-cientes.

3. Vitalidad y destructividad humanas

Continuando con el tema de los impulsos humanos, la última articulación freudiana (1920) se va a realizar en base a dos impulsos contrapuestos. En definitiva se puede decir que hay dos grandes tipos de pulsiones: las sexuales y las de autoconservación, que luego llamará pulsiones de vida y de muerte. El eros (pulsiones de vida) y el thanatos5(pulsiones de muerte).

El thanatos se establece dentro del “ello” y va a poner en juego el principio de autodestructividad para conseguir una tensión cero (“el principio de nirvana”). Esta es la máxima cota que persigue el prin-cipio del placer, el no acusar tensiones de ningún tipo, la percepción cero, el esfuerzo cero, lo cual implica en último término la destensión y la muerte.

Quien acusa en modo elevado esta pulsión provoca un problema para que él mismo se siga conservando con vida, por ello, para man-tener la integridad vital, proyecta esta pulsión de muerte hacia el exterior. De esta manera pueden observarse conductas agresivas, dirigidas hacia el entorno y hacia diversos elementos del mismo.

5. Aunque en realidad Freud nunca menciona “Thanatos” en sus obras escritas, sí sabemos, gracias a la biografía escrita por Erns Jones, que lo utilizaba en las reunio-nes científicas con sus compañeros, de ahí que se conserve el término con esta nomenclatura.

6. En términos técnicos lo que se viene a decir es que el conflicto interinstancias se va a radicalizar en el mismo ello. Y este conflicto interinstancias no es otro que el conflicto dado entre las estructuras yo, ello y superyó. Para más información revise el glosario de términos.

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Resumiendo: los impulsos derivados del thanatos en primer lugar se dirigen hacia el interior y secundariamente hacia el exterior y podemos ver una agresión6.

El eros, por su parte, representa a los impulsos de vida, todo prin-cipio de autoconservación humana y pulsiones sexuales. Éstas tien-den no solo a la conservación de estructuras vitales sino también a la construcción de estas estructuras más amplias. Por ello muchas gra-tificaciones no provienen nunca del eros, tal y como se cree, por ejem-plo con la drogodependencia, puesto que se hace un “parasuicidio” en el que el drogadicto puede dirigirse a un estado inorgánico, que conlleva la función de hacer desaparecer o atenuar las tensiones de su proceso vital –de nuevo pulsiones derivadas del Thanatos–.

De este modo, cuando las consecuencias derivadas de esa pulsión thanática (de muerte, destructiva) se exteriorizan en exceso, provo-can conductas que atentan contra la propia libertad a la par que con-tra la de los demás. Por ello, diversas pulsiones como las de apode-ramiento, las de gratificación continua o las agresivas, han de ser necesariamente controladas.

Así que, reitero, me parece especialmente peligroso alentar a deter-minados individuos, como algunos libros de autoayuda argumentan, a ser felices “sin más”, a quererse “sin más”, a valorarse “sin más”... Hay quien no sabe interpretar esto y cree que ser él mismo se basa, si es necesario, en pisotear a los demás para obtener lo que necesita.

La razón por la que este libro que tiene entre manos comienza escudriñando la impulsividad humana no es por casualidad, sino porque mantengo la tesis de que al ser humano no se le puede dejar, sin más, al libre fluir de sus impulsos –y no me refiero a que exclusi-vamente haya que reprimirlos o censurarlos sino educarlos y canali-zarlos–, pues de no ser así, antes de que la persona se dé cuenta, esta-rá actuando de manera egoísta y despótica. O, a lo peor, limitando los derechos y libertades de los demás.

Esto que enuncio puede resultarle hasta atrevido, pero la realidad es que es sumamente complicado que personas muy acomplejadas

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canalicen sus impulsos porque les proporcionemos la simple suges-tión de que deben quererse y hacer lo que gusten para ser felices. En el peor de los casos puede interpretarse de modo psicopático, apare-ciendo una tendencia a colocarse por encima del otro de manera sumamente sádica y mezquina.

No entienda esto de manera extrema. No quiero decir que ningún libro de autoayuda valga, ni que por leer algo que nos lleve a autoa-firmarnos nos vayamos a convertir en psicópatas abusones. Sólo afir-mo que, en general, al ser humano no se le puede dar mucha cancha para que despliegue todos sus mecanismos narcisísticos, pues sin una ética adecuada puede ser a la larga perjudicial tanto para sí mis-mo comis-mo para su entorno.

4. El impulso y su incapacidad para aceptar la realidad.

Para comenzar con este epígrafe le invito a que se fije en otro dato muy relevante de algunos sectores de la sociedad, en los que desta-can los más jóvenes –aunque no son los únicos– los cuales no pare-cen encontrar un patrón mínimamente ético de manejo de sus impul-sos.

Una de las cuestiones que más me llamó la atención cuando empecé a ejercer fue que muchos jóvenes que acudían a mi consulta por diferentes problemas de fracaso, no respondían a los patrones clásicos de autoridad excesiva sobre ellos. De hecho, cuando buscaba las presiones que el superyó hacía en ellos me di cuenta de que éste apenas existía.

Este superyó es el guardián interno de cada individuo que se rige por el principio del deber y dictamina qué es lo que se debe hacer. Por regla general, en la época de Freud el superyó de los individuos era muy poco elástico y severo. No es que hoy en día no haya gente con un superyó de estas características, pero en cada vez más casos de gente joven se ve un alto grado de dejadez, anhedonia, desidia y apatía ante las demandas que la realidad propone.

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Eso sí, mucho compromiso social cara a la galería, del tema de moda o de turno que muchas veces los mismos medios se encargan de poner en boga (una guerra, el maltrato de género, el 0,7 % para los países desfavorecidos...), pero sin una integración de valores, sino como mera repetición primate. Afortunadamente no todo el que va a estas manifestaciones lo hace sin sentido, pero sí cada vez son más los que lo hacen por un mera moda, sin saber en realidad cuáles son las motivaciones que les inclinan a ello.

Por lo cual, más que un superyó sádico y cruel, observamos en muchas ocasiones un infrayó, tal y como el Profesor Cencillo lo denominó en una ocasión en la que tratábamos el tema7. Es decir,

paradójicamente en determinados sujetos –y muy al contrario de lo que la técnica del psicoanálisis clásico promulgaba– no habría que lidiar y desreprimir materiales; se tendría que crear, tejer una red de valores e instaurar la necesidad ética para consigo mismo y los demás.

Así nos traen los padres a muchos adolescentes o adultos jóvenes, que operan bajo la ley del mínimo esfuerzo y que están parasitando en sus casas sin hacer nada, o hacen que estudian –son los típicos que pasean la carpeta y duermen en vez de ir a clase– y pretenden que el terapeuta le “arregle” al hijo (a veces me da la sensación de que pien-san que llevan un electrodoméstico roto en vez de un hijo). Y aquí el principal problema proviene de la educación que los padres le han dado, anormativa “porque se les puede traumatizar por darles un grito o un azote”, cuando suele ser más traumático para ellos el que nunca se les ponga límites.

En este tipo de problemáticas la educación es un elemento alta-mente preventivo –aunque no infalible–. Pero la educación falla

cons-LOS IMPULSOS HUMANOS Y SU DESTRUCTIVIDAD

7. Entiendo que este infrayó hace referencia a una instancia psíquica que ocupa el lugar del superyó y que manifiesta un principio del deber atenuadísimo, casi imper-ceptible lo cual implica que no haya un conjunto de reglas por las cuales el indivi-duo se rija. Es algo muy parejo a una atrofia del superyó aunque en vez de simple-mente atrofiarse se transforma más bien en una instancia infrayoica muy cercana a regirse por el principio de placer.

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tantemente como método; uno de los problemas fundamentales que concurren en los errores de la educación es que los padres en concre-to y los educadores en general tienen una amnesia, un olvido de lo que fue su propia infancia. Sandor Ferenczi (1908) nos indicaba la importancia que tiene el hecho de que el adulto no recuerde su niñez, con sus temores y miedos, así como con sus inseguridades. Si el modo de educar no es adecuado e incluso es negativo, en parte se debe a que los educadores a su vez han olvidado su infancia y los fac-tores que le fueron traumáticos en ella.

Esto hace no sólo que no se apoye al niño en sus escenas temidas y en sus miedos singulares, sino que tampoco se tenga conciencia de que hay que enseñarle ciertos valores flexibles por los cuales deba guiarse, además de mostrarle poco a poco ciertas frustraciones que contiene la vida.

Insisto en la idea de que una educación en exceso permisiva es tan traumática o más que una represiva. Desde esta perspectiva debe, entonces, el adulto “hacer memoria” e hipotetizar sobre porqué no ha tenido una mayor tolerancia a la frustración o porqué el exceso de represión traumática hace que no sepa actuar objetivamente en la educación del hijo al cual le permite y le otorga todo para que no se sienta mal.

Si esta reflexión es correcta, verá el educador adulto cómo hubo diversos errores en su proceso educacional que le condujeron a tener variedad de traumas relacionados con no saber manejar las realida-des o gestionar las frustraciones.

Enlazando esto con la problemática con la que comenzábamos esta diserción, por regla general es más difícil tratar a los sujetos infrayoícos que a otros que tuvieron una educación severa y están reprimidos.

En el segundo caso se sabe donde operar, pero en el primero muchas veces se maniobra a ciegas pues no muestra la anatomía de la personalidad del individuo unos sistemas obvios de conflicto don-de podon-der trabajar con ellos. Simplemente son unos don-desganados sin

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motivación para nada y sin querer jugar a ser mayores –algunos de estos conectan con lo que hay quien llama el síndrome de Peter Pan– ni aceptar la regla que dictamina que para obtener beneficios uno se ha de sacrificar (y a veces ni con sacrificio se obtienen).

Pero no entienda que este problema solo se da en la gente joven, hay otros no tan jóvenes que a mediana edad siguen sin encontrar su trabajo ideal o su profesión deseada y mientras tanto viven de los demás –normalmente de los padres–. Otros mas rebuscados pasan su existencia “haciendo como que hacen” incluso pueden tener un pues-to de trabajo que puede tener hasta un alpues-to prestigio. Pero son pues-todo movimientos cara a la galería, auténticos fraudes pues muestran ser quienes no son.

Si además a estos grupos de gentes se les alienta para que disfru-ten de la vida y sean felices desde un discurso de desrepresión y de que todo vale para alcanzar la dicha, nos encontraremos con verda-deros monstruos oralizantes. Si sus impulsos fluyen libremente en un intento de aprovechar descarnadamente el aquí y ahora se producirá un malogro de esa personalidad, un despilfarro de vida y energía.

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LA DINÁMICA DE LA SUERTE

“Muchos creen que tener talento es una suerte. Casi nadie piensa que la suerte puede ser cuestión de talento”.

Jacinto Benavente.

1. Lo objetivo y lo subjetivo

Por regla general, frecuentemente oímos y nos escuchamos a nosotros mismos hablar de que tal hecho o tal otro se debe a buena o mala suerte. Tenemos clara tendencia a pensar que el azar siempre es caprichoso y que nosotros no participamos con un papel activo para que determinadas cosas ocurran, sobre todo las negativas.

Esto de achacar nuestros males, de manera continuada, a la mala ventura suena a justificación y a no saber perder, ni a tener capacidad para fracasar, algo tan doloroso y tan humano a la vez.

Muchas veces la mala suerte no es tal, sino que nosotros mismos ponemos en juego determinados dinamismos que implican que las cosas no salgan en condiciones favorables. Es como tratar de vendi-miar la uva en Junio y decir “¡Qué mala suerte, este año el vino ha salido malo!”. En ocasiones lo que llamamos mala suerte se basa en que no contamos con determinadas variables espacio-temporales y de interacción humana que van a poner freno a nuestras aspiracio-nes, las cuales incluso van a hacernos daño.

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En la consecución de la mala suerte puede ser que nos cieguen nuestros deseos o nuestros impulsos y tratemos de manejar las varia-bles de manera chapucera sin ponderar pros y contras, para así decir cuando todo salga mal “¡Qué mala suerte tengo!”.

A través de estos ejemplos tenemos la base para que podamos empezar a diferenciar entre lo que comúnmente se dice que es obje-tivo y lo que es subjeobje-tivo, aplicándolo al campo de la suerte.

Por lo general, entendemos por objetivo la valoración de un obje-to. Éste puede ser una circunstancia, un hecho, una cualidad, una concatenación de acciones, rasgos de personalidad... Dicha valora-ción ha de ser perteneciente o relativo al objeto en sí y no a nuestro

modo de pensar o de sentir.1Es decir, que para que algo sea objetivo

necesitamos ponernos fuera para observar sin implicarnos –“ser objetivos”–.

Lo subjetivo en cambio es lo contrario, a saber: las tendencias a involucrarnos en los hechos, explicaciones y vivencias de todo cuan-to nos rodea de manera que no somos capaces de abstraernos en aquello sobre lo que es objeto de atención. El objeto es evaluado con todo nuestro prejuicio.

Por supuesto nunca se puede ser objetivo al 100% por mucho que lo intentemos puesto que siempre vamos a estar implicados en mayor o menor medida. De hecho una de las principales causas por las que los terapeutas de las diversas escuelas psicoanalíticas realizan una psicoterapia personal es, para además de estar sanos mental-mente, ser lo más objetivos posible.

En la suerte (sea esta buena o mala) también hay un factor de objetividad y otro de subjetividad. El que se tenga un accidente de coche porque en ese momento hay niebla, se cruce un animal y no respondan los frenos aún cuando íbamos despacio y habíamos revi-sado el coche parece más bien una mala suerte objetiva.

Si en cambio vamos a 150 Km/h, no revisamos habitualmente el coche, estamos distraídos y sufrimos un accidente no está ni mucho

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menos esto condicionado por la mala suerte, aunque comúnmente el accidentado puede decir que la tuvo. Esto es mala suerte subjetiva. En mi opinión la mala o la buena suerte es subjetiva cuando el sujeto que se ve involucrado en la acción pone mucho de su parte –de manera consciente o inconsciente– para que tal hecho ocurra. En cambio en la mala suerte objetiva es muy complicado que el sujeto pueda no verse involucrado en ella, por mucho que hubiera querido evitarlo, como por ejemplo cuando un ser querido fallece repentina-mente.

Por ello ciertamente se puede hablar de una mala suerte objetiva, como aquella que nos coloca en diferentes disposiciones y circuns-tancias negativas para nosotros. Pero no se le olvide que la mala suer-te es a veces real (objetiva) y a veces supuesta (subjetiva). A conti-nuación y de manera más gráfica trataremos ambas circunstancias pormenorizadamente.

2. Buena-mala suerte y locus de control

Como decimos a menudo, el ser humano tiene una tendencia bas-tante automatizada de explicar hechos a través de la buena o mala suerte que se ha tenido para que tal u otro hecho ocurra. En esta cir-cunstancia explicativa se observa ya el primer sesgo, que consiste en atribuir con mayor probabilidad los hechos positivos a nuestra peri-cia y los negativos a la mala suerte. En términos de Rotter (1966) el primer ejemplo respondería a un locus de control interno y el segun-do a un locus de control externo.

Esta última tendencia es probablemente la que se suele dar en mayor proporción, por ello cotidianamente oímos frases como: “Logré conseguir una rebaja en el coche” frente a “No me lo quisie-ron rebajar” o una de las preferidas del estudiante “He aprobado la asignatura” frente a “Me han suspendido”.

Pero no siempre se da el sesgo en la dirección que lo hemos pro-puesto, por ejemplo, hay personas con caracteres más derrotistas y

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con menos confianza en sí mismos que tienden a atribuir los éxitos al buen azar, no sintiéndose partícipes activos de los resultados de su conducta. Del mismo modo atribuyen resultados negativos a factores suyos internos y estables referentes a falta de habilidades y de com-petencia para llevar a cabo las tareas. Esta cuestión tiene que ver con tipologías más depresivas tal y como han manifestado diversas investigaciones (Gong-guy y Hammen, 1980 o Seligman, Abramson, Semmel y Von Baeyer, 1979 entre otras).

Estas circunstancias mantenidas de un modo extremo pueden complicar la perspectiva objetiva del sujeto. Por ejemplo, parece bas-tante claro que una de las características de gran parte de los depre-sivos es que sufren de una falta de controlabilidad sobre los eventos, su locus de control interno es percibido de manera insuficiente y sus expectativas de control son escasas. Además, en muchas ocasiones las personas con depresión nos comentan que no observan contin-gencia entre lo que hacen, sea lo que sea, y el resultado esperado, cre-ándose entonces una sensación de indefensión aprendida2Learned

Helpessness– (Overmier y Seligman, 1967; Seligman y Maier, 1967). La indefensión aprendida puede producirse porque:

1) la persona crea que no es competente para realizar una u otra función (indefensión personal) por ejemplo encontrar un tra-bajo acorde con las expectativas de la persona, viendo que otros si logran su objetivo.

2) porque lo que la persona pretende llevar a cabo es imposible de realizar independientemente de quien lo intente

(indefen-2. Este fenómeno se descubre a través de la investigación con perros. En una de las típicas y sádicas investigaciones que a este respecto se realizaban para observar cómo los animales aprendían respuestas de evitación se daban descargas eléctricas a los perros con la novedad de que no se les dejaba posibilidad de escape por estar atados. Cuando se pretendió, en una segunda fase del experimento, que aprendie-ran respuestas de evitación y trataaprendie-ran de escapar se observó que asumían pasiva-mente la descarga y había un gravísimo deterioro en las capacidades de aprendiza-je. Lo que habían aprendido los perros, en definitiva, era que hicieran lo que hicie-ran, recibirían una descarga, por lo cual inhibían toda acción. Para más información sobre el concepto puede consultarse el glosario de términos.

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sión universal), como por ejemplo tratar de curar a un familiar de un cáncer terminal.

Llegado un momento es común ver en los sujetos depresivos una actitud derrotista alimentada por la expectativa de que hagan lo que hagan las cosas van a seguir yendo mal, que no se puede hacer nada. Esto en muchas ocasiones conecta con un estado de desesperanza, alimentada por dicha indefensión que crea un cuadro clínico depre-sivo de dureza extrema.

Esta tesitura se observa mucho en la consulta clínica, habiendo muchas personas con tendencia depresiva ante el no encontrar herra-mientas que les ayuden a confrontar diversas tareas de su realidad cotidiana, pero tenemos que tener en cuenta un factor fundamental que es su propia subjetividad.

De hecho hoy en día se habla de depresión por desesperanza (Abramson, Metalsky y Alloy; 1989), haciendo mención a un tipo de desajuste psicológico en el que ocupa un lugar central la expectativa que tiene la persona de que no se darán los resultados positivos y deseados por él contingentes a sus acciones. Además el sujeto perci-be que no está en su mano (que tiene falta de control) el poder cam-biar dichas situaciones –síntoma relacionado con la indefensión–. Este trastorno que describimos tiene semejanzas en ciertos síntomas (aunque no en su etiología) con la melancolía descrita por Freud (1915a), por verse factores comunes como inhibición y demora de la acción, autoculpaciones o baja autoestima entre otras. Similitud lógi-ca dado que estamos describiendo procesos depresivos que al fin y al cabo guardan entre ellos ciertas similitudes.

En el otro extremo de esta circunstancia podemos encontrar a individuos a menudo muy pagados de sí mismos y con tendencias narcisistas que atribuyen de manera constante los éxitos o las cir-cunstancias que les son favorables a acciones que han sido realizadas directamente por ellos.

Hagan lo que hagan, aunque haya sido de “potra”, lo autoatri-buyen a sus habilidades constituyendo en último término todo esto

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una trama, que no hace sino deformar la realidad en la que vive el sujeto. No sólo el narcisista puede abusar de estas atribuciones, los sujetos obsesivo-compulsivos, aunque no lo crean, muestran mucho de esta circunstancia cuando abren y cierran dos veces la puerta de casa con la creencia de que así no les van a robar, entrar con el pie derecho a un lugar para que les vayan bien las cosas, etc. (y estos pen-samientos pueden ser conscientes o no, por lo cual a veces escapan del control de los sujetos).

3. Genealogía de la mala suerte

Para que lo que explicamos tenga mayor valor y contenga una mejor capacidad de comprenderse, ha de tenerse en cuenta que exis-te una genealogía de la mala suerexis-te. Una genealogía podría explicar-se, atendiendo a la definición de la Real Academia y a partir de su eti-mología griega, como los descendentes de cada uno. Desde esta pers-pectiva la genealogía de la suerte vendría explicada por los sucesos que se articulan para que esta sea buena o mala.

Podríamos hablar también de la etiología de la mala suerte si esta es patógena, en el sentido de que el sujeto se relaciona con situacio-nes que le llevan una y otra vez a la equivocación y el fracaso –en definitiva, a caer en la mala suerte como dirá el sujeto que se halle centrado en estas situaciones–.

Está claro que muchos de los procesos por los cuales algunos fra-casan de modo sistemático en determinadas facetas de su vida siguen, como si de un árbol genealógico se tratara, diversas herencias de un comportamiento a otro, de una acción a otra, como si fueran circunstancias que van llevando a cabo un desastre final.

A veces nosotros ponemos de nuestra parte para que esta genea-logía se dé; decía Watzlawick en su obra El arte de amargarse la vida que en muchas ocasiones conseguimos llegar a situaciones difíciles y comprometidas sin saber cómo, nos encontramos metidos en un complicado problema y no sabemos como hemos conseguido llegar

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ahí, “La mano derecha no sabe lo que ha hecho la izquierda” (1983). Hay otras ocasiones en que las circunstancias escapan de nuestro control para que se produzca la mala suerte.

Y todo eso de conseguir el éxito y de mejorar la buena suerte en la vida desde un discurso de ayuda fácil y trivial a menudo no sirve para nada. Ya se lo comentaba en la introducción, muy a nuestro pesar las soluciones mágicas no existen, la mejora inmediata y espon-tánea de algunos desajustes mentales tampoco.

Si la mala suerte que alguien cree tener se debe a problemas psi-cológicos –a continuación lo veremos– es muy difícil encontrar qué mecanismos la están sosteniendo. Aún cuando los encontramos los expertos en el campo sanitario mental, necesitamos de un largo tiem-po prudencial para proceder a la mejora y para la resolución de cuá-les son los mecanismos que intervienen para que dichas circunstan-cias ocurran.

El individuo, para que encuentre una mejor adaptación o para que se pueda enfrentar a su mala estrella, debe de tener una estruc-tura de personalidad sólida así como una gran capacidad para aman-sar la voracidad del deseo.

Estas son variables que ayudarán a romper con esa herencia geneanológica que se ha ido constituyendo para que vez tras vez tro-pecemos en la misma piedra y fracasemos reiterativamente.

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LOS ÁMBITOS DE LA MALA SUERTE:

LA SUERTE SEGÚN EL ENVIDIOSO

”No hay hombre tan venturoso que no tenga un envidiado ni lo hay tan des-dichado que no tenga un envidioso”.

Calderón de la Barca, La vida es sueño.

1. Diversos registros de la mala suerte

He seleccionado, de las muchas cuestiones en las que se pudiera ubicar a la mala suerte subjetiva, cinco que me parecen muy intere-santes para la reflexión. La primera será tratada en el presente capí-tulo y las demás en el siguiente:

1. La situación de la persona envidiosa y/o la celosa cuando afir-ma que él tiene afir-mala suerte y todos los demás muy buena. 2. Ciertos vínculos de pareja.

3. Relaciones de amistad que acaban, para la misma persona, de modo muy negativo diciéndose que se tiene muy mala suerte en las relaciones.

4. El fracaso en situaciones de trabajo.

5. El fracaso en los estudios académicos, diciéndose que se tiene también mala ventura.

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2. ¿Qué es la envidia?

La envidia es una fenomenología cuyos adjetivos que mejor la definen serían deleznable y ruín. Es una “virtud” destructiva para el envidiado porque puede ser gravemente perjudicado si el que envi-dia trata de pasar a la acción y atacarle. También es destructiva por parte del envidioso por ser un pelele dominado por sus pensamien-tos y afecpensamien-tos que son igualmente destructibles y que le lleva a un con-tinuo proceso de involución.

Herce (2005) señala que la envidia es un afecto1que tiene

proce-sos de génesis múltiples. Por tanto, puede generarse de diversas for-mas, todas ellas en mi opinión, con un denominador común: la falta de identidad del envidioso.

Cuadro 1: causas de génesis de la envidia.

– Identificación con un nuevo modelo envidioso. – Comparación entre hermanos.

– Fomentación de la desigualdad en la repartición de amor entre hermanos.

– Devaluación del adulto sobre el niño. – Hipervaloración del adulto sobre el niño. – Discriminación sexista.

1. Hay quien se extraña cuando se incluye la envidia o el odio dentro de los afec-tos. Esto es porque existe el sesgo de pensar que con “afectos” sólo se hace men-ción a los positivos. Si hipotéticamente tuviéramos un segmento que representara a los afectos podríamos situar amor y odio en el mismo continuo. El odio estaría en el extremo opuesto al amor, pero en definitiva ambos estarían en el mismo lugar aunque alejados ¿Sería una explicación de por qué se pasa en ocasiones del amor al odio tan rápido y viceversa?

Siguiendo el diccionario de las autoridades de la Real Academia (citado por Marina y López, 1999) los afectos son: “Pasión del alma, en fuerza de la cual se excita un interior movimiento, con que nos inclinamos a amar, o a aborrecer, a tener compasión y misericordia, a la ira, a la venganza ... ”.

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Referencias

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