• No se han encontrado resultados

Capítulo 2. El lugar de la participación en las políticas públicas municipales

2.7. Los actores en los procesos participativos

Como complemento de esta visión centrada en las condiciones más institucionales y contextuales que han sido desarrolladas por diversos autores, agregamos otra dimensión de análisis de los procesos participativos, la perspectiva de los actores sociales.

Para Moras Puig (2005) la valoración de la participación depende de la percepción que tienen los sujetos de los fenómenos y procesos que conforman la realidad social y está relacionada por las representaciones e imaginarios de los actores implicados. En ella intervienen las historias de vida, la pertenencia a determinados grupos sociales, que influyen sobre la subjetividad y la manera en que se percibe la realidad y se expresa en las formas de actuar, de pensar y de sentir. La decisión a participar, es entonces, el resultado de un actuar reflexivo, de una decisión, por lo tanto en la tesis consideramos que no se trata de una decisión apoyada en la sola ponderación de costos y beneficios que derivarían de la participación.

En este sentido, para Socarrás (2005) la participación representa una interpenetración recíproca de los planos individual y colectivo. Por ello propone abordar la participación desde dos ejes: en primer lugar, en el contexto social donde tiene lugar y en las relaciones que ocurren dentro de él (económicas, políticas, culturales, etc.) y, por otro lado, considerar que, en tanto proceso entre seres humanos diversos, sus emociones, intereses y necesidades, dotarán de color propio el proceso de participación en cada ocasión. Sánchez Santa-Bárbara y García Martínez (2001), desde una orientación psicosocial, identifican cuatro variables que pueden motivar la participación: a) necesidad de afiliación, que lleva a las personas con interés comunes a la interacción con otras, a formar grupos, donde se genera sentido de pertenencia; b) necesidad de logro, el motivo que impulsa a las personas a alcanzar las metas que se proponen, solucionando dificultades, organizando ideas, compitiendo con los demás y desarrollando autoestima; c) altruismo o responsabilidad social, cuando se decide dedicar su tiempo, esfuerzo y/o dinero para el beneficio o bienestar de otros y; c) poder, como la motivación que impulsa a las personas a influir sobre los demás, se considera un medio legítimo para alcanzar poder social. Asimismo, otros autores remarcan la influencia reciproca entre ambos planos, el contextual y el subjetivo. En esta línea Noboa, Bisio, Suárez y Robaina (2013) afirman que los impactos en el nivel individual influyen en la evaluación y marcha de la política, y viceversa, los procesos de mejora de la calidad democrática, como resultados de los procesos de participación, generan interesantes transformaciones en el plano personal y colectivo de los participantes.

Para Bolos (2003) la crisis de representación política y de la capacidad del Estado (que hemos tratado en el primer capítulo de esta tesis) afecta los ámbitos de la vida cotidiana de la población y genera falta de confianza y credibilidad hacia el Estado. Siguiendo el planteo de la autora, la participación está motivada a partir de necesidades insatisfechas (sociales, culturales,

económicas, simbólicas) que son representadas por la población como problemas que requieren una solución. Ante la falta de respuesta estatal, las organizaciones y movimientos sociales utilizan diferentes espacios para la acción, el espacio público, los medios de comunicación y aquellos espacios políticos institucionalizados generados por el propio gobierno, en los cuales negocia, se apropian e intentan incidir en los procesos de decisión. Entre estos últimos podemos incluir el PP.

Continuando con un enfoque relacional entre contexto social y subjetivo algunos autores valorizan especialmente el ámbito comunitario (Montero, 1994; Sánchez, 2000; Dávalos Domínguez, 2005). Se señala que la participación es un proceso que está vinculado a las necesidades y motivaciones de los distintos grupos y sectores que integran una sociedad, así como a la dinámica de las relaciones establecidas entre ellos en distintos momentos. De este modo, se entiende a la participación como un fenómeno de contenido y orientación que implica en su comprensión aspectos subjetivos y de interacción con el entorno, como por ejemplo el sentido de comunidad y de pertenencia, y como analiza Bolos (2010), de responsabilidad colectiva, solidaridad y confianza.

Hasta aquí los autores citados colocan el énfasis en lo colectivo y en la relación actor- contexto, partiendo de una crítica a las perspectivas que centran la participación en términos de costo-beneficio y en la posibilidad de maximizar el interés personal y la obtención de incentivos materiales. También encontramos posiciones intermedias que relacionan las dinámicas individuales y estructurales de la acción colectiva, desde un enfoque multidimensional que influye en la decisión favorable a participar. En esta línea, Pliego Carrasco (2000) si bien reconoce que la participación es una decisión personal hace hincapié al condicionamiento de un conjunto de características que integran su “contexto vital” que está constituido por “propiedades interactivas” que incluyen la circulación y acceso a recursos materiales; roles y posiciones de poder que ocupan las personas; significados que los individuos enlazan a sus interacciones y que entrañan una relación intersubjetiva entre ellos y que provienen de diversas tradiciones políticas y culturales que influyen en sus interpretaciones.

Por otra parte, citamos el trabajo de Di Marco (2003) que rescata una dimensión subjetiva de las acciones colectivas y si bien estudia los espacios asamblearios surgidos en la crisis del 2001, consideramos que algunas apreciaciones son de valor para analizar otros formatos participativos. La autora centra su mirada en la nueva construcción de significados y de identidad que surge de las formas en que se negocian los sentidos referidos a las diversas tensiones que las atraviesan: lo político y lo político partidario, los temas generales y la acción barrial, las consignas y la reflexión, la militancia actual y las pasadas, las redes que construyen, etc. La discusión y la toma de decisiones en estos ámbitos construye un “nosotros” que actúa como

factor de reconocimiento mutuo, simultáneamente, con el reconocimiento social en base a la capacidad de convocatoria para movilizaciones.

En esta tesis nos interesa retomar estas perspectivas que se centran en los sujetos y las relaciones con el contexto para el análisis de los PP ya que uno de los objetivos propuestos se orienta a abordar las implicaciones subjetivas de estos procesos, desentrañando los sentidos y dinámicas políticas. Para ello intentaremos comprender la experiencia de los actores participantes. Como sucede con otros términos, la noción de experiencia ha dado lugar a un largo debate sobre sus usos y significados. Como explica Jay (2012) este término aparece en forma habitual en el lenguaje, en la narrativa, o como señala Scott (1992) es parte del lenguaje cotidiano, sirve como una manera de hablar de lo que ocurrió, de establecer diferencias y similitudes, de establecer que se tiene un conocimiento “inalcanzable”. La experiencia pasada y presente constituye a los sujetos e implica, por un lado, “conocimiento reunido sobre los acontecimientos del pasado, ya sea mediante la observación consciente o por la consideración y reflexión”. Por otro lado, además “del pensamiento incluye el sentimiento” (Williams, 2000: 138). En el mismo sentido, para Larrosa (2003) la experiencia significa conformación de saberes, que se van adquiriendo en el modo como los sujetos responden a lo que les va pasando a lo largo de la vida y que va conformando lo que un sujeto es. Pero el saber de la experiencia tiene sentido en el modo como configura una personalidad, un carácter, una sensibilidad. Es decir, implica modos de constitución del sujeto.

La comprensión de la experiencia de estas participaciones, que son políticas, requiere procesar el cruce de elementos simbólicos (tradiciones, discursos, memorias), las lógicas y reglas de acción43 (partidarias, socio-territoriales, institucionales) y los intereses, creencias y estrategias que constituyen las posiciones de los sujetos (Camou, 2012).

La experiencia en el tiempo presente está atravesada por temporalidades que corresponden a distintos ciclos históricos y a distintas esferas de la vida social que ponen en juego diversos y contradictorios horizontes, que se dirimen en buena medida en los procesos y dinámicas individuales y colectivas. En este sentido, una de las acepciones del término experiencia, en tanto conocimiento reunido sobre los acontecimientos del pasado, puede manifestarse bajo la forma de “lecciones” y aprendizajes capaces de guiar la acción. Sin embargo, en este punto nos parece interesante retomar la noción de aprendizaje de Dubet (1994), citado en Moran (2003), que se enmarca en la experiencia social y afirma que ni la socialización

43 Catenazzi y Chiara (2009) problematizan el cruce de las reglas de juego e intereses en los procesos participativos. Los actores no toman una posición y se constituyen como tal en el vacío, sino en el marco de un conjunto de reglas de juego, formales e informales, que otorgan institucionalidad a la participación. Para Vergara (2001) la concepción de las reglas parece ser particularmente útil si se quiere abordar las relaciones entre las distintas dependencias gubernamentales y organizaciones sociales involucradas en la elaboración de una política y remarca que los actores intentan promover aquellas reglas que favorecen sus intereses y su forma de interpretar el mundo.

ni la acción social pueden reducirse a una dimensión única ya que parte de la heterogeneidad y múltiples orientaciones de los principios que organizan las prácticas y conductas de los actores. Es decir, los actores sociales adoptan diversos puntos de vista a la vez; combinando de modo continuo las distintas lógicas según las situaciones a las que se enfrentan y que son el resultado agregado de experiencias personales y memorias colectivas.

Por su parte, para Schuster (2005) las prácticas tampoco derivan simplemente del resultado de una racionalidad estratégica, sino que remarca la importancia de las tradiciones e historias subjetivas de los individuos y grupos que actúan. Los sujetos hacen lo que saben hacer, ponen en acto su memoria, entendida como disposición para la acción.

La influencia de las tradiciones y experiencias previas en los procesos de participación ciudadana son analizadas por varios autores. Cunill Grau (1991) advierte sobre el “costo del fracaso”, que lo define por la valoración que las personas hacen al momento de involucrarse en el proceso participativo contemplando las frustraciones derivadas de experiencias fallidas anteriores y la desconfianza ante la eventual manipulación que pueda desarrollarse por la institución que convoca. Asimismo, hace referencia a posibles problemas que puedan implicar la participación en tanto riesgos de persecución o discriminación. En este mismo sentido, Ferrando (1994) afirma: “para que la participación sea posible, quien participa tiene que creer que su protagonismo es necesario y que le va a permitir acceder a algún logro. Si por el contrario se repiten las frustraciones, la participación decae”(citado en Noboa et. al., 2013: 60). En tanto los aprendizajes, también se remarca la importancia de generar espacios de socialización donde se reconstruyan y expliciten los saberes de los distintos grupos, se valoren los intercambios de información y se potencie la colaboración solidaria, de modo de que el conocimiento sea compartido y que no predomine el dominio del “especialista”. En este punto es importante las potencialidades diferenciales entre grupos sociales para participar en la toma de decisiones a la que ya hemos hecho referencia en apartados anteriores (Cunill, Grau 1991, 1997; Font, 2004)

La experiencia, en tanto vivencias, constituye subjetividad y ésta se manifiesta en la expresión de las necesidades y demandas que surgen de los espacios de participación. Los sujetos desarrollan sus propias opiniones en relación a lo vivido en un contexto determinado y generan sentimientos de pertenencia, especialmente, a nivel barrial. La escala geográfica del barrio, las relaciones sociales, los vínculos que se generan con el lugar de residencia y con respecto a la cual se desarrolla un sentimiento de afecto, pertenencia y de disputa han sido tratadas de diversa forma en la bibliografía. Merklen (2005) enfatiza el lugar que recobra “el barrio” como espacio de socialización política de los sectores populares ante la pérdida de los anteriores anclajes políticos identitarios centrados en los partidos y los sindicatos. Otros autores los denominan como “territorios de proximidad” donde se crean “intersticios experimentados a

través de la proximidad afectiva y corporal (…) La proximidad con el barrio se hace más intensa en esos intersticios. Y a su vez, dichos intersticios son demarcados de diferentes formas por cada sujeto que habita el barrio, en función de las experiencias biográficas vividas en ellos y de las prácticas que realiza en cada lugar” (Lindon, 2011: 21).

También surgen algunas críticas a una idealización de lo barrial que parte de la concepción de un territorio homogéneo. Por ejemplo, Segura (2011) identifica al “barrio” como lugar político, y retoma de Frederic (2009) la idea de circulación de bienes y servicios del municipio al barrio, en el que surge un nuevo actor el “vecino”, a los que se imagina como individuos iguales, fundidos en una comunión en los que no habría lugar para la desigualdad. Sin embrago, para los autores esta desigualdad está presente y constituye experiencia en los encuentros con la otredad. En este sentido, tanto Jay (2012) como Scott (1992) resaltan que la experiencia no debe estar asociada de modo simplista a la inmediatez y a una posesión personal, sino que debe estar mediada en las relaciones culturales y sociales. Especialmente estas consideraciones deben tenerse en cuenta cuando se trata de analizar la emergencia de un espacio público que presupone un espacio relacional entre los individuos. Por ello es esencial analizar las relaciones interpersonales que emergen en los procesos de participación y que en la tesis denominaremos “tramas” de la participación. Esta mirada implica desde la sociología la concepción de una dimensión política asociada a la preponderancia que adquieren las relaciones micropolíticas. Para Ganuza (2005), este enfoque posibilita pensar un espacio de vinculación pública que, entre otras cosas, implica vislumbrar otro tipo de acción social no sólo guiada por fines de éxito particular, al tiempo que se revela la importancia de las relaciones micropolíticas como propiamente constitutivas del sistema político. Se cuestiona la “acción con arreglo a fines” como explicación de la acción social y se parte de la critica al individualismo metodológico, en tanto este enfoque deja de lado las mediaciones junto a las cuales la subjetividad opera. Para este autor, considerar la acción social que involucra la participación requiere abordar previamente ese escenario, que es contingente y es a partir del cual la acción cobra sentido. Ese escenario, o contexto vital para Pliego Carrasco (2000) justifica un enfoque que parte de la acción reflexiva de los individuos entendidos como sujetos que intervienen en los procesos sociales por mediación de una racionalidad de tipo vital (tomando a Dilthey, 1978) condicionada por “el conjunto de significados estratégicos, normativos y expresivos, recursos materiales, roles y posiciones de poder que caracterizan su entorno cotidiano y que les permite coordinarse con sus interlocutores” (Pliego Carrasco, 2000: 27).

En síntesis, en este capítulo definimos el enfoque que utilizamos para el análisis de los PP y enfatizamos que el proceso de elaboración de políticas públicas implica abordar la articulación conflictiva entre diferentes actores y esferas socio-institucionales, con sus respectivas lógicas de acción. Asimismo, identificamos los aspectos centrales del proceso participativo en las distintas etapas del ciclo de la política, que retomamos en el análisis de los casos: cómo ingresa el PP en la agenda de gobierno, cuál es el diseño que se adopta, quiénes son lo actores que intervienen, qué rol cumplen y comprender cómo interactúan, reconociendo como central la participación en la toma de decisiones. Por otra parte, se plantearon los distintos niveles que puede asumir la participación en las políticas públicas y resaltamos que es la participación en la toma de decisiones la que algunos autores consideran como “verdaderos” o “reales” procesos participativos.

Respecto de las concepciones sobre los procesos de participación se sistematizaron un conjunto de perspectivas que enfatizan la participación como un medio técnico y las que ponen el acento en las consecuencias políticas y sociales. En este sentido, concluimos que el análisis de las condiciones y el contexto en los que se desarrollan estas políticas son esenciales para no asumir a priori un conjunto de consecuencias “positivas” como resultados predefinidos (ampliación democrática, fortalecimiento de la sociedad civil, mejora de la calidad de vida, eficiencia y transparencia de la gestión, entre otras), ni “negativas” (cooptación, manipulación, desresponsabilización). Además, creemos que es necesario incluir los objetivos de los proyectos específicos de la participación, el escenario donde se desarrollan (como las características socioeconómicas y demográficas del municipio) y las trayectorias políticas de participación en estos municipios. En esta línea retomamos que la participación debe ser entendida en el marco de procesos históricos y como resultado de otras políticas públicas, especialmente de intentos anteriores de participación (Catenazzi y Chiara, 2009). Para finalizar, en el último aparatado sobre la perspectiva de los actores, señalamos que la participación no es el resultado del actuar de un conjunto de individuos moldeados por una racionalidad de tipo formal sino que abordamos las implicaciones subjetivas de los procesos participativos, remarcando la importancia de desentrañar las relaciones sociales emergentes, los sentidos y prácticas políticas. Para ello intentamos comprender en el análisis de los casos, las experiencias de los actores a partir de sus trayectorias, motivaciones, expectativas, aprendizajes y vivencias en y de los procesos de participación.