MISTERIOS ARQUEOLÓGICOS
«MUY» CONOCIDO
III. LOS GRANDES ENIGMAS ARQUEOLÓGICOS
La isla de Pascua recibió ese nombre porque su descubri m iento oficial tuvo lugar, precisamente, un lunes de Pascua (el 6 de abril de 1722), por el capitán holandés Jacob Rogge- ween, aunque ya hubiera sido señalado treinta y seis años antes por el pirata inglés Davis.
La isla de Pascua está poco poblada hoy día: en el censo de 1952, 762 indígenas y algunos blancos.
Esta débil población aumenta la situación patética de esta isla de 12.000 hectáreas, árida, perdida en el océano: la isla de Pascua está tan alejada de su madre patria, Chile, como París lo está de Islandia y eliminando con el pensamiento todas las tierras que se hallan entre la capital francesa y las costas is landesas meridionales.
Se ha hablado de estatuas gigantescas sobre las que se han anticipado las hipótesis más arriesgadas: se ha llegado a poner de manifiesto, por ejemplo, la curiosa semejanza que existe en tre la escritura ideográfica de las inscripciones descubiertas en la isla y la de las tablillas de arcilla descubiertas por los ar
queólogos en las ruinas prearias de Mohenjo-Daro (en el valle del Indo).
Pero, incluso por sí misma, la isla de Pascua está llena de inquietantes m isterios. Un caso es el simple transporte de las colosales estatuas o moai: a primera vista, parece que sólo unos gigantes hubieran podido erigir esos colosos de piedra... Sin embargo, los arqueólogos no tienen necesidad de esta hipó tesis fantástica:
«Sobre este tema (el transporte de las estatuas) existen diversas tradiciones. Según una de ellas, colocaban unos guija rros redondos debajo del moai, empujaban, y tiraban de él, y así rodaba hasta su destino. Según otra, las estatuas habrían sido colocadas sobre troncos de árboles, como una especie de trineos que circulaban por los regueros que todavía existen actualmente. Para el transporte, se hubiesen hundido imas enormes vigas en la roca de la montaña, las cuales hubieran sostenido unos potentes cables que descendían hasta las pla taformas. Colgándose de estos cables, los indígenas habrían transportado las más pesadas cargas.»1
La mayor parte de estas estatuas gigantescas descansan so bre unos zócalos elevados; fueron talladas de un solo bloque. Esas estatuas son tan numerosas en ciertos puntos de la ri bera que forman una especie de muralla ininterrumpida. El rostro de esos colosos es siempre de un aspecto severo, con unas orejas de lóbulos muy alargados; la frente está cubierta con una especie de cilindro.
Maravillado por esos colosos, el capitán Cook llegó a escri bir, a finales del siglo xvm : «No se puede concebir cómo esos indios, que no tienen conocimiento alguno de mecánica, pudie ron edificar esas masas tan asombrosas y luego colocar encima de ellas gruesas piedras cilindricas.» Ya hemos visto que el transporte y la erección de esos colosos se podía explicar, no obstante, sin hacer intervenir a gigantes y sin recurrir tampoco
1. Jean Dorsenne, L’énigme du Pacifique («Mercure de France»),
LAS CIVILIZACIONES DESCONOCIDAS 195
a una técnica prodigiosamente avanzada.
Las recientes excavaciones de Thor Heyerdahl parecen ha ber demostrado que la hipótesis de un gran pueblo navegante permite resolver el irritante misterio de la isla de Pascua: a los colonizadores preincas venidos del Perú habrían sucedido los polinesios.
Thor Heyerdahl y sus colaboradores tuvieron el gusto de realizar minuciosas y largas excavaciones, que les permitieron descubrir numerosas cavernas secretas y también estudiar las famosas estatuas en profundidad: así se pudo realizar el desen terramiento completo de numerosas estatuas, que estaban to talmente cubiertas de arena desde hacía siglos. Por último, se pudo así aclarar completamente los problemas de la estatura, del transporte, de la erección de los colosos, y adivinar con cierta seguridad el origen del pueblo al que se deben estas cu riosas maravillas.2
Thor Heyerdahl concluyó:
«Los colosos rojos de rasgos clásicos fueron hechos por ma rinos venidos de un país al que la experiencia de varias gene raciones había enseñado a manipular los monolitos.»8
El eminente arqueólogo noruego llegó a demostrar signifi cativas coincidencias entre los colosos pascuanos y las estatuas gigantescas erigidas en el Perú en la época preinca: la erec ción de éstas es muy anterior a la realización de las esculturas de la isla de Pascua. Esto es lo que hay: un pueblo muy civili zado, procedente del antiguo Perú, es el responsable de la ex traña civilización pascuana.
Además, Thor Heyerdahl consiguió la confianza de miem bros de la aristocracia indígena: los descendientes directos de los «Orejas largas» habían erigido las gigantescas estatuas; aquellos pascuanos permitieron a los sabios estudiar los obje tos piadosamente conservados por cada fam ilia en cuevas se cretas precintadas.
2. Thor Heyerdahl, Aku-Aku, pág. 81 y siguientes.
Y no existen más que los colosos como vestigios arqueoló gicos:
«En el extremo Sur de la isla —nos hace observar J. Thom son—, hay unas 80 o 100 casas de piedra, construidas en una linea regular contra un terraplén de roca o de tierra que, en algunos casos, constituye la pared del fondo de las construc ciones. Las paredes de esos particulares habitáculos miden
1,5 m de espesor y 50 cm de altura por 48 pulgadas de ancho. Las paredes están hechas de piedras irregulares. Estas últimas están pintadas de rojo, blanco y negro, y muestran unos pája ros, caras y distintas figuras. Cerca de las casas, los peñascos están esculpidos en extrañas formas y recuerdan rostros hu manos, tortugas, pájaros, pescados y animales míticos.»
Pero —se nos dirá—, la isla de Pascua, ¿no sería más que un pequeño vestigio de un conjunto en otro tiempo muy im portante? Según MacMillan Brown, Rapa-Nui constituía en otra época el centro de todo un archipiélago hoy desaparecido, del cual era la isla sagrada, con las tumbas de los grandes je fes. El hecho es que la isla de Pascua se muestra incapaz de subvenir por sí misma a las necesidades de su población; in cluso antiguamente, era una tierra de una esteridad desolado ra. Sin embargo, todos los arqueólogos están lejos de creer en el gran archipiélago desaparecido, ni siquiera en el legen dario continente de Mu.
Asimismo resulta fascinante el m isterio de las tablillas de madera cubiertas en sus dos caras de signos jeroglíficos; éstos se leen, y siempre siguiendo las líneas de escritura alternati vamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, em pezando por la extremidad inferior de la cara frontal para ir remontando hacia arriba, luego girar la tablilla y seguir las líneas de arriba de la cara del reverso hasta abajo. No se trata de letras, sino de caracteres ideográficos, cada uno de los cua les representa un objeto, un ser o una idea.
Se llegó a demostrar que existe una sim ilitud perfecta en tre esta escritura de las tablillas rongo-rongo de la isla de Pas cua y las descubiertas en las ruinas (de una antigüedad de casi
LAS CIVILIZACIONES DESCONOCIDAS 197
cinco m ilenios) de los lugares arqueológicos del valle del Indo (situados a 20.000 km de distancia de Rapa-Nui): fue la pacien te labor del gran sabio húngaro Hevesy (1933).
G. de Hevesy clamó, al terminar su conferencia en París