• No se han encontrado resultados

Los tres paraguas

In document Ojo e Idea Pierantoni (página 93-101)

“Quisiera andar España bajo un paraguas rojo. Quisiera andar Italia bajo un paraguas verde,' con una pequeña barca, bajo un paraguas azul,

quisiera pasar el mar!...” ALDO PALAZZESCHI

Henry es autor de cieno número de libros de «estética cuantitativa» y, más en particular, el padre de un singular instrumento que él llama rapporteur estetique. Este ulterior trasto mítico, que no es otra cosa que un goniómetro, permite asociar un ángulo a cada color, y a cada ángulo y color, un estado emotivo. Para Henry, el primer cuadrante, o sea los ángulos que van de cero a noventa grados, deben ser asociados a colores vivaces: amarillo, rojo-naranja, y culminar en el amarillo-verde. A su vez, estos colores deben ser

94

asociados a emociones alegres y placenteras: alegría, movimiento, esperanza y otras. En cambio, los ángulos obtusos deben ser unidos a colores «básicos», verde oscuro, azul, violeta, y por fin negro, y en consecuencia, en el espacio psicológico, las emociones relativas serán miedo, desesperación, desolación, muerte y otras. Es indudable que Seurat escucha atentamente estas «teorías» y produce con frecuencia algún ensayo bastante convincente. En el cuadro llamado Las modelos, entre las tres figuras femeninas hay tres paraguas cerrados, orientados en tres direcciones diferentes. Los tres colores son amarillo, verde y rojo. Sus ángulos respectivos pueden ser «leídos» directamente en el rapporteur

estetique del pobre Henry. Como se ha comentado con frecuencia, muy bien puede tratarse

de una prueba de la aceptación acrítica por parte de Seurat de las especulaciones estéticas de su conocido. Pero eso implicaría la embarazosa condición de que existan paraguas tristes y paraguas alegres y de que, finalmente, los paraguas rojos no puedan establecer con el horizonte un ángulo mayor de cuarenta y cinco grados, porque de otra manera se

convertirían de alegres en tristísimos. Esto de los paraguas, ¿no será más bien una cortés ironía de Seurat? Antes de dejar el tema de los colores es necesario destacar cómo los pintores en general han sido casi siempre malos teóricos de su propio arte, y con frecuencia han aceptado acríticamente lo que una fácil seudociencia ponía a su disposición.

Terminaban por no interesarse minimamence por los fenómenos verdaderos y propios de la visión. Un ejemplo típico lo da Kandinsky (Overy, 1969).

La lectura de las obras teóricas de Kandinsky es casi dolorosa. Los poquísimos y descarnados conceptos de los que hace uso están inundados de verborrágicas y vacuas divagaciones místico-cromáticas, no del todo diferentes de las de su contemporáneo Scriabin, que, por añadidura, inventó y usó una «escala mística» propia. En el tiempo de Kandinsky, el estado de la fisiología y la óptica era bastante avanzado, y no era necesario recurrir a subproductos culturales para hacerse una idea de lo que ocurría en un rayo de sol o dentro del ojo. Obviamente, esto no implica que los pintores tengan que leerse tratados de fisiología o de óptica física. Lo que han producido de hermoso, o solamente de maravilloso, lo han producido a pisar del hecho de haber estado superficialmente en contacto con una ciencia degradada. Y es una gran fortuna el que no hayan pasado su tiempo, su vida (a veces tan breve), leyendo las biblias oficiales de la ciencia... ¿Os imagináis a Mozart sumergido en la lectura de un tratado del Settecento sobre la acústica? ¿La flauta Mágica habría ganado con ello?

Lo que aquí interesa es darse cuenta de la posibilidad, esta vez realista, de establecer un paralelo directo con un fenómeno psicofísico y a esto puede ayudamos una critica al «Salón» donde se exponía «Grande Jatte». La observación sustancial del periodista era extraordinariamente perceptiva. En efecto, observaba que las pinturas del señor Seurat eran «extrañamente» incoloras, en abierta contradicción con el hecho de estar pintadas con masas de colores puros. Recordamos la impresión de la hija de Tolstoi que describe su incertidumbre sobre qué posición adoptar frente a la pintura de Pissarro. Parece casi una fatalidad. Cuando se busca aumentar el efecto ilusionista de una imagen, inmediatamente se desvanece la libertad del «observador». Los observadores del fresco de Giotto y. más aún,

95

los del de Masaccio pagan con su inmovilidad la construcción de un espacio físico en su espacio psicológico. Y el espectador de la «Grande Jatte» paga con una cuidadosa

evaluación de su distancia de la pintura, la creación, una vez más interior, de una condición cromática que no está explícita sobre la tela. Observemos la pintura a una serie de

distancias fijadas. Si la observamos muy de cerca, podemos percibir claramente todas las masas cromáticas, una por una. Si nos alejamos, la unidad, cromática desaparece para dejar una especie de color intermedio ligeramente «opaco». Si retrocedemos más, tenemos la impresión de que la superficie s¿ vuelve luminosa y vibrante. Se percibe una especie de revoloteo luminoso. Al alejarse de esta distancia mágica el revoloteo desaparece, y pasamos exactamente a ese gris perláceo y mortecino que tanto desagrada al crítico parisino.

¿Qué sucede a esa distancia crítica? Busquemos la «explicación» en otro fenómeno psicológico. Después de haber mirado por un rato una superficie roja, si miramos una blanca se nos aparece netamente verde. Se puede tener una explicación burda de este último efecto con la hipótesis de que existan dos familias de células ganglionares: una sensible al rojo y la otra sensible al verde. Durante la observación de la superficie roja las células ganglionares «rojas» se detienen y su nivel de actividad disminuye. Si ahora miramos la superficie blanca, sólo las células «verdes» están en actividad y, por lo tanto, el papel se nos aparece verde. Por burda y sustancialmente equivocada que sea esta simplificación, nos h.icc ver que los colores están perdiendo progresivamente su realidad objetiva para

convertirse en vagos parámetros psicológicos sujetos a la «fatiga celular", a la adaptación y a otras variables fisiológicas. Un ejemplo posterior nos demuestra cuan confusa es toda esta historia y qué lejos está de la bella tríada de la que había partido.

Si se observa un disco dividido verticalmente por su diámetro, que puede estar iluminado por dos colores diferentes, uno para cada mitad, se pueden percibir diferencias mínimas entre un semidisco y el otro. En la práctica se pueden distinguir más de un millar de pares cromáticos. Por ejemplo, podemos darnos cuenta del hecho de que el semidisco derecho está iluminado con una luz cuya longitud de onda es pocos nanómetros inferior a la del semidisco izquierdo. (Un nanómetro es un millonésimo de metro. Decir que una luz tiene una longitud de onda de 500 nanómetros significa que está compuesta por una radiación electromagnética cuya longitud de onda es de 500 nanómetros.) Esta capacidad de percibir pequeñísimas diferencias de longitud de onda entre dos áreas adyacentes no es constante a lo largo de todo el espectro, sino que presenta máximos y mínimos. En

particular la zona de alrededor de 600 nanómetros, transición amarillo-naranja, y la de alrededor de .300 nanómetros-, transición verde-a2ul, son las zonas del espectro en las que tenemos una máxima «sensibilidad diferencial». Alrededor de los 550 nanómetros, verde pleno y, peor aún, en las zonas índigo-violeta y rojo, esta sensibilidad es pésima. De estas medidas resulta tanto más honesto, aun desnudo, el arco iris de Constable, y todavía más sospechosa la celosa «sensibilidad cromática» del asistente de Newton. Fuera de estas caídas de sensibilidad locales, podemos percibir una aparentemente infinita gama de colores. Pero sobre esta entusiasta afirmación los bioquímicos echan agua fría, más bien muy fría. La única forma en que la luz puede ser percibida es a través de la absorción de un

96

fotón. Para capturarlo hace falta una molécula trampa, construida en forma tal que pueda aceptar casi toda la energía del fotón y usarla para modificar la propia forma espacial. Supongamos, por ejemplo, que tenemos en solución algunas de estas moléculas

especializadas en capturar solamente «fotones verdes». Esto significa que si observamos nuestra solución transparente atravesada por un haz de luz, al variar su longitud de onda no tendría que suceder nada, excepto que en la parte verde veríamos oscuridad: la luz no pasa. Nuestros Fotorreceptores, conos y bastoncillos, están correctamente descritos como

pequeños sacos transparentes, cilindro-cónicos, llenos de la solución acuosa de algunos de estos pigmentos. Los pigmentos en las células no están en solución en el citoplasma, sino que están «insertados» en la membrana celular misma. Puesto que vemos todos estos colores a nuestro alrededor, debemos tener disponible una familia prácticamente infinita de pigmentos en nuestros conos y bastoncillos. Cada uno «sintonizado» con una determinada longitud de onda. Y Kepler sería feliz.

Pero las cosas no son así. En los bastoncillos existe un solo pigmento que absorbe alrededor de los 503 nanómetros. En los conos tenemos otros tres: P-440 que absorbe el violeta índigo, el P-540 para el verde y el P-575 para el amarillo. Entonces deberíamos ver sólo tres colores: índigo, verde y amarillo. El azul-verde de los bastoncillos no lo contamos porque sólo es usado para la visión «nocturna». Y también aquí tenemos problemas, porque la luna no se nos aparece amarillo-verdosa, ni tampoco las escenas nocturnas. Y hay otro problema que aparece de pronto. Si tenemos precisamente un pigmento en el índigo violeta, ¿por qué esta zona es tan pobre en «sensibilidad diferencial»?

Parece sádico insistir en la bioquímica de los pigmentos visuales, pero es necesario dar explicaciones sobre la aparente contradicción entre lo que decimos ahora y lo que hemos anunciado hace algunas páginas, cuando se hablaba de tríadas musicales y

cromáticas. La «tríada renacentista» era verde, roja y azul. En cambio ahora parece, si nos atenemos a los pigmentos, que estas tríadas sean índigo, verde y amarillo. Alguien ha cambiado las cartas sobre la mesa. Con un poco de buena voluntad se puede tomar el índigo por azul, ambos, tienen verde. Pero el rojo y el amarillo no están de acuerdo por cierto. Hay algo que no va bien.

Cuando se escribe que un pigmento es el P-575, se quiere decir que su máximo de absorción está en ese valor de longitud de onda. Pero no significa que sólo absorba en esa longitud de onda. Antes bien, con frecuencia los pigmentos absorben en una gran extensión espectral. Por ejemplo, el P-575 (rojo-amarillo) absorbe de 400 a 800 nanómetros.

Prácticamente, sobre toda la extensión del, espectro visible. Se lo llama pigmento rojo porque es el único entre los tres capaz de absorber la luz en la zona roja (de 700 a 750 nanómetros). La consecuencia de todo esto es desconsoladora. Los «campos de absorción» de los tres pigmentos se sobreponen ampliamente uno sobre el otro. Por lo tanto, en

nuestros fotorreceptores tenemos a disposición malos, malísimos filtros. Si en la solución acuosa de un pigmento que absorbe selectivamente el rojo veo desaparecer el rayo de luz que la atraviesa, quiere decir que la luz que iluminaba la solución era roja.

97

Por lo tanto, en este código, la desaparición de la luz significa «rojo». ¿Pero, cómo puede un fotorreceptor que absorbe más o menos todas las longitudes de onda, señalar a las horizontales y, mejor aún, a las bipolares, qué «color» ha visto? ¿Qué estructura tiene el código cromático? Todavía no existen pruebas experimentales y teorías de la visión suficientemente comprensibles sobre todos los datos bioquímicos, anatómicos,

Fisiológicos, psicológicos, electrofisiológicos y biofísicos concernientes a la visión del color. Ya no estamos en los tiempos de Newton y muchas cosas nos vienen de entonces, pero todavía nos falta la llave. Newton pensaba que las diversas vibraciones de la luz inducían las vibraciones correspondientes en el nervio óptico. Tomando para esto una concepción cartesiana, Newton ve el sistema visual funcionando como un sistema de resonadores. En efecto, la memoria en la que describe la composición de la luz y su

interpretación fisiológica del fenómeno es de 1675, es decir que fue escrita antes de aceptar totalmente la -teoría corpuscular de la luz, o sea, la teoría en la que describe la luz como compuesta por un gran número de partículas elementales llamadas fotones. La teoría de la luz como fenómeno ondulatorio se adapta mejor a la interpretación newtoniana en cuanto postula que en el nervio óptico se pone en vibración un «medio» (probablemente un fluido) por medio de las vibraciones luminosas recogidas por las terminales retínicas del nervio. Si se adopta la teoría corpuscular, la explicación del fenómeno fisiológico del color es mucho menos obvia, y es necesario esperar por lo menos hasta Young para que se la ponga sobre bases lógicas, antes aun que experimentales. En 1803 Young establece la imposibilidad lógica de la existencia de un número tan grande de pigmentos distintos, cada uno

responsable de la percepción de un color reconocible. De esta manera avanza la hipótesis de que los receptores contengan particles (partículas) sensibles a los tres colores: rojo, amarillo y azul. Más tarde cambia de opinión y piensa que los colores «fundamentales» son, en cambio, rojo, verde y violeta. Sin embargo, para Newton existen dos «grupos de colores», el grupo «fuerte», rojo y amarillo, y el «débil», azul y violeta. Que como hemos visto, son los colores tristes y los colores alegres de Henry (Boynton, 1975). Incluso para Goethe existe una dicromía fundamental. Con Young las cosas se estaban dando, bien, pero se dio un paso atrás definitivo con Goethe, que establece la diada fundamental en amarillo y azul.

El libro de Goethe sobre los colores representa uno de los últimos frutos de la «tradición fenomenológica», es decir, de la tradición cultural que hace depender el estudio de los fenómenos de la percepción, de la autoobservación y no de la medición. Según esta tradición el hombre es, ahora y siempre, la medida de todas las cosas. Purkinje continúa la investigación autoobservadora y descubre el más importante efecto subjetivo de la visión, llamado precisamente el efecto Purkinje. Que es el efecto por el cual los colores violeta azul asumen una luminosidad mayor que los rojo-rosa-naranja cuando disminuye la luz. En el estudio de la óptica fisiológica se produce la fractura ideológica definitiva con

Helmholtz, que usa ambas técnicas: la auto-observación y la medición.

Actualmente nos encontramos todavía en la cara divisoria entre medida y

98

actual es precisamente una especie de compromiso entre la necesidad de obtener datos numéricos (y por lo tanto adoptar algún sistema de referencia, por ejemplo el sistema segundo-gramo-centímetro) y de hacer uso de las sensaciones subjetivas. Un ejemplo; típico de la aplicación conjunta de las dos prácticas experimentales es el estudio de los llamados «arcos azules». Son dos arco iris azules que percibimos sólo bajo circunstancias especiales. Si en una habitación oscura se fija un pequeño rectángulo rojo-naranja, se perciben inmediatamente dos arcos intensamente azules que parten de la zona de fijación (el rectángulo luminoso) y. siendo opuestos entre sí, se alejan para luego reunirse más allá. El efecto se podría describir pensando en un arco azul reflejado por un rio tranquilo. Parecería imposible dar una «medida» de un fenómeno tan personal, y sin embargo se puede. Se proyecta mentalmente el arco (los dos arcos) contra un sistema de coordenadas cartesianas, e indicando (o leyendo) las posiciones de los puntos salientes del arco. Se obtiene así una representación gráfica muy cuidadosa del arco y su forma. Tan exacta, que puede ser puesta en una relación precisa con la dirección de las fibras nerviosas emergentes de las células ganglionares, que siguen, en efecto, una dirección arqueada similar.

Cuando la percepción es muy compleja, siempre debemos recurrir al animal experimental. Un caso típico es el que se encontró en los estudios hechos para romper el «código neurológico del color". Hemos dejado abierto un interrogante sobre el extraño fenómeno del «gris luminoso» creado por Seurat, y recreado en muchos experimentos de psicofisica yuxtaponiendo masas elementales de colores rojo y verde. Aquí se puede describir una serie de experimentos sobre la codificación del color que muestran, una vez más, la complejidad de la retina como estructura nerviosa que permite el contacto con la «realidad». En la retina del gato o del mono y, en menor grado, de la rana y del sapo, existen células-ganglionares que son excitadas cuando los fotorreceptores vinculados indirectamente con ellas son tocados por la luz verde. En general, el estímulo que se usa en estos casos es un pequeño disco luminoso verde que ilumina distintas partes de la retina. Si en vez del verde se usa el rojo, se inhiben esas mismas células ganglionares. Este dato ayuda a la comprensión del fenómeno de la memoria cromática complementaria, dándole una sólida base neuroanatómica y fisiológica. Pero Otras células ganglionares son capaces de una «lectura» de la imagen mucho más completa. En este caso el estímulo no será un simple disco verde o rojo, sino un disco verde con un anillo rojo alrededor (o viceversa). En este caso, la misma célula puede ser inhibida por el centro (el verde) y excitada por el anillo periférico (el rojo). En cambio otras células, bajo el mismo estímulo, se comportan en forma opuesta. Estas células agregan, entonces, un elemento posterior de información topológica a la codificación cromática pura. El efecto del «gris óptico», tal como hemos visto, está estrechamente conectado con la geometría de la situación experimental y. en particular, con la relación entre el tamaño de las masas cromáticas y la distancia a la cual son observadas para percibir el efecto deseado. Probablemente se trata de una situación en la cual las imágenes de las pequeñas masas rojas y verdes, proyectadas sobre la retina, tienen casi las dimensiones del campo celular (para ser más precisos, del campo receptivo de las células). Por lo tanto, las células son excitadas e inhibidas contemporáneamente con

99

la superposición de las zonas rojas y verdes. Es necesario no olvidar, por lo que volveremos en seguida, que el ojo se mueve continuamente durante la observación foveal, y que

pequeñísimos movimientos oculares hacen pasar la imagen de un grupo de receptores a otro, en forma continua y a gran velocidad. Por lo tanto, una célula excitada por el rojo, pocas milésimas de segundo después se encuentra con que es inhibida por el verde. El resultado puede ser codificado en una serie de impulsos nerviosos que se desplazan a lo largo del nervio óptico, que no corresponden ya ni al rojo ni al verde pero que son «leídos centralmente» como luces en un sentido amplio: precisamente el «gris óptico». Con grandes masas cromáticas obviamente el efecto no se produce, ya que las células

permanecen en la zona roja o verde, independientemente de los movimientos de pequeña

In document Ojo e Idea Pierantoni (página 93-101)