Entre las muchas cosas que no entiendo está la óptica ecológica de J. J. Gibson (1978). Es hermoso leer lo que escribe sobre la luz y cómo la siente: omnipresente y total. Parece volver a sentir las maravillosas imágenes de Leonardo: «El aire está lleno de
infinitas rectas y rayos entrecruzados y entretejidos sin interferencias mutuas... representan, para cualquier finalidad, la verdadera exposición de su causa». Pero después, cuando llega el momento de usar esta óptica ecológica, me parece que se escapa entre los dedos. Alguna vez la luz aparece en la historia del hombre bajo este aspecto, esta teofanía de «mar
radiante», y parece penetrar toda la mente y todo lo creado. Después es aprisionada en una red matemática de ángulos y rectas, y obligada a seguir recorridos precisos dentro de lentes y contra los espejos". Pero éstos son los momentos fecundos en los cuales se pasa de la mística de la luz a su comprensión física y a su utilización. Se pierde, aparentemente, toda la riqueza de las reflexiones múltiples y el «libre albedrío» de todos los caminos posibles, para estudiar solamente ciertos recorridos geométricamente privilegiados, paradigmáticos por excelencia. A lo largo de ellos, la luz pasa por los «puntos justos», por los focos de las lentes, atraviesa medios homogéneos, choca netamente contra espejos perfectos, es
reflejada por aguas tranquilas.
Se termina por olvidar las reflexiones múltiples, las difusiones sobre superficies irregulares, el paso por rajaduras delgadísimas, las absorciones selectivas sobre estratos mono-moleculares. Volviendo a Gibson y a su óptica ecológica, él continúa recordando cómo, en realidad, vivimos circundados por rayos luminosos, sumergidos en ellos, y cómo, a través de la pupila, entran rayos provenientes de todos los puntos del espacio, no sólo los educados rayos newtonianos, sino toda una población de rayos «errantes», cada uno de los cuales lleva consigo un fragmento, un cuanto de información no menos importante que la que llevan los fotones de los «rayos principales». Uno de los más famosos diagramas de Gibson muestra a un sujeto sentado en un cuarto iluminado por una lámpara colocada sobre su cabeza (y por lo tanto no directamente visible). De la lámpara se originan rayos que se entrecruzan en todas direcciones, y algunos de ellos, después de un cierto número de reflexiones, terminan por entrar en la pupila del sujeto. La «textura» de los rayos es tan densa que hace que en cada pequeño volumen, aun muy pequeño, del espacio que atraviesa la luz, esté contenida toda la información visual de la habitación. El concepto de
«información luminosa» no es obvio, y un ejemplo puede «iluminarlo» un poco.
Supongamos estar en la habitación gibsoniana y aislar, conceptualmente, un pequeño cubo de espacio. Las caras del cubito infinitesimal son atravesadas por varios rayos luminosos que entran por una parte y salen por la otra como si fueran flechas. Supongamos que pudiéramos recoger todos los rayos emergentes del cubito (de todas sus caras). Ellos por sí deben proporcionarnos toda la información visual de la habitación. Si eso no sucediera,
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deberíamos llegar a la conclusión paradójica de que en el interior del cubito hay una especie de «agujero negro» que absorbe selectivamente los rayos relativos a un objeto particular o a una clase de objetos. La obvia consideración de que al moverme dentro de una habitación los objetos no desaparecen, demuestra que en cada punto está contenida toda la información de todo el espacio iluminado.
Pero si bien los objetos no desaparecen, sin embargo se modifican geométricamente y terminan por aparecer diferentes según los distintos puntos de observación. Diferentes, pero coincidentes consigo mismos. Una silla vista desde todos los ángulos visuales posibles, sigue siendo una silla. Esta extraña «constante» de ciertas estructuras hace especular a Gibson (1971) sobre la presencia de elementos o estructuras visuales que él define como «invariables». La cualidad «invariable» de estás «invariables» no es clara ni bajo el aspecto psicológico perceptivo (Arnheim. 1979), ni bajo el lingüístico-estructural (Goodman, 1971). Quizá esta nueva «óptica ecológica» proporcionará a los físicos y a los psicólogos una nueva arma interpretativa, más flexible y potente que la que nos da la óptica, digamos, tradicional (Ronchi, 1974). No lo sé. Lo que aquí interesa, una vez más son los mitos del conocimiento.
Cuando la luz es considerada el vínculo más fiel con una realidad externa, nos proporciona pruebas «irrefutables», «geométricas» de la existencia irreductible de las cosas allá fuera. Nos dice cómo son a través de su desaparecer, de su reaparecer multiplicada, refractada, coloreada, extinguida por fin. Cuando la luz se ve así, como una sonda física introducida en un mundo real de objetos reales, le es conferido un status geométrico. En efecto, tenemos que tener una representación interna de cada punto físico. No debe haber «agujeros negros» perceptivos y psicológicos. Pero cuando nos damos cuenta de que todo lo que sucede, sucede en realidad dentro de nosotros, cuando la realidad se deshace en un enjambre de átomos ciegos, cuando finalmente no existen ni los colores, ni las formas, ni las distancias, entonces la luz se pone otra máscara. Y se convierte en un mar radiante, en un océano fluctuante de energía, en invención de los psicólogos. En medio de este caos blanco quedamos nosotros, o mejor dicho, lo que queda de nosotros: queda nuestra mente. Y en aquel caos se configuran algunos de sus fantasmas que, por su obstinada persistencia, terminan por asumir ilegalmente el status de realidad.
Esta visión de nosotros mismos y del mundo, de nosotros como generadores de
éidola (¿fantasmas nosotros mismos?) y del mundo como caos indescifrable, parece ser
amarga y heroica al mismo tiempo admitiendo valerosamente la inevitable soledad del hombre frente al espectáculo incomprensible del mundo. Y parece laica... Pero, en realidad, revela una elección, una línea de pensamiento espiritualístico y animístico. Místico, en fin. En efecto, llegamos a la conclusión de que «nosotros» (sea lo que fuere este nosotros) estamos constituidos por un quid diferente del resto. Capaces entonces de extraer un orden, un significado, una finalidad, aunque sea un lábil fantasma, del torbellino brumoso en el cual estamos obligados a andar. Otro as en la manga, como se ve.
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