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Las lunas sombrías

In document Un viaje al Cosmos en 52 semanas (página 80-84)

Figura 17.1. Imagen del satélite Miranda obtenida desde las cámaras del Voyager 2 en 1986, mostrando una superficie caótica, en la que, aparte de los cráteres

producidos por impactos, se aprecian cañones que tienen hasta 20 km de profundidad. Su nombre proviene de la hija del mago Próspero, en la obra de Shakespeare La Tempestad. Fuente: NASA.

Figura 17.2. Urano y familia. El planeta Urano y sus satélites. Fuente: NASA.

por efecto de la gravedad hasta alcanzar su volumen actual. Se da la circunstancia, además, de que en los casos de Júpiter, Saturno y Urano, la suma de las masas de todos los satélites guarda la misma proporción con la de su planeta respectivo.

Gracias a ese desprendimiento de materia, hoy podemos observar lunas como Miranda, toda una rareza del Sistema Solar. Este satélite, de 472 kilómetros de diámetro, no se parece a ningún otro conocido: su superficie parece fruto del caos, con cañones de hasta diez kilómetros de profundidad hendidos en un amasijo de materiales jóvenes y viejos.

¿Cómo es posible un paisaje tan “movido” en un lugar que no se sube de los 187 grados bajo cero y cuyo diámetro apenas es mayor que la distancia entre Badajoz y Granada? Los científicos creen que la gran proximidad de Miranda al planeta hace que sufra los llamados “efectos de marea”, similares, pero mucho más intensos, a los que la Luna causa en los océanos de la Tierra. Estos efectos provocan unos grandes calentamientos internos en la superficie del satélite, del que apenas se sabría nada si no fuera porque la Voyager pasó muy cerca de él para coger un último impulso en su viaje hasta Neptuno.

Figura 17.3. Puck. Composición artística del pequeño satélite irregular Puck, con Urano al fondo. Fuente: Walter Myers.

Figura 17.4. El oscuro Umbriel. Imagen del satélite más oscuro de Urano. El anillo más claro de la zona superior es el cráter Wunda. Fuente: NASA.

Ariel presenta una apariencia menos torturada. Sus cañones parecen haber sido suavizados por algún fluido arrastrado por la superficie. Quizá, por el calentamiento interno del satélite, se fundiera una parte de la mezcla de hielo de agua y de amoniaco de su interior, que emergió luego a la superficie. Lo mismo parece ocurrir en Titania, la mayor luna de Urano, de 1.588 kilómetros de diámetro. Otros satélites regulares, como el oscuro Umbriel y el lejano Oberón, presentan sin embargo una apariencia general más homogénea, con sus superficies plagadas de cráteres por doquier.

Satélites capturados

Los satélites irregulares parecen llevarle la contraria a los regulares. Según se cree, se trata de fragmentos de material interplanetario que la gravedad del planeta apresó cuando ya estaba formado. Estos pequeños objetos describen trayectorias muy excéntricas,

Figura 17.5. Titania. La mayor Luna de Urano muestra una superficie menos accidentada que otros satélites. Fuente: NASA.

giran tanto en el mismo sentido del planeta como en sentido contrario y orbitan mucho más lejos del planeta que los regulares. Por este motivo es difícil distinguirlos de las estrellas que se encuentran en el mismo campo de

observación. Su estudio resulta sin embargo interesante, pues incluyen algunas de las claves de la formación del Sistema Solar, al igual que otros objetos antiguos, como los cometas o los asteroides del cinturón de Kuiper —más allá de la órbita de Neptuno— con los que muy probablemente están emparentados.

Tan esquivos resultan que de hecho no se tuvo constancia de los dos primeros, Sycorax y Calibán, hasta 1997. El equipo que los descubrió desde el Observatorio de Monte Palomar, en California, descubrió otros dos en 1999 y detectó cuatro nuevos en 2004. Algunos de estos satélites se encuentran a distancias enormes del planeta, como Próspero y Setebos, que orbitan a 17 millones de kilómetros.

Las lunas pastoras

Los satélites regulares y los anillos de los planetas coinciden prácticamente en el mismo plano respecto del planeta, pero guardando bien las distancias entre sí. Sus límites respectivos están bien delimitados por el llamado Radio de Roche, de unas dos veces y media el del planeta. Hacia el exterior del Radio, se encuentran los satélites. En cambio, todos los objetos que se adentren en él quedarán disgregados por las tremendas fuerzas de marea del planeta. De ese material están

compuestos, entre otros elementos, los anillos.

En el caso de Urano, el Radio de Roche está marcado por dos lunas, Cordelia y Ofelia, de apenas 15 kilómetros de diámetro, que casi rozan el anillo Épsilon, el más externo del planeta. Estas lunas reciben el nombre de “pastoras”, como si tuvieran por cometido procurar que los demás satélites no se adentren más allá de los estrictos límites de Roche.

eptuno, un gigante helado muy distinto a Júpiter y Saturno, cuenta con un satélite, Tritón, que alberga géiseres de metano y nitrógeno

La historia cuenta que Neptuno se descubrió gracias a los estudios de Urano, descubierto por William Herschel en 1781, en un alarde de precisión científica sin precedentes: la órbita de Urano presentaba perturbaciones provocadas por “algo” que se encontraba más lejos, y se creyó que era un planeta. Los astrónomos Adams y Le Verrier, a partir de observaciones sistemáticas de Júpiter, Saturno y Urano, predijeron la posición de Neptuno, finalmente observado por Galle y d´Arrest el 23 de septiembre de 1846. Sin embargo, las observaciones posteriores de Neptuno han revelado que las órbitas calculadas por Adams

y Le Verrier divergen

considerablemente de la órbita real del planeta. Si la búsqueda de Neptuno hubiese tenido lugar unos años antes o después, siguiendo las predicciones de estos científicos, jamás habrían encontrado planeta alguno en el lugar predicho. Además, la observación de Neptuno en 1846 no fue la primera: más de dos siglos antes Galileo ya había observado este nuevo planeta muy cerca de Júpiter, aunque no consiguió realizar las observaciones suficientes como para determinar que esa “estrella errante” era un planeta.

Una fructífera visita

Sólo una misión espacial ha visitado Neptuno: Voyager 2, el 25 de agosto de 1989. No obstante, la información que

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