Capítulo 5 El chimpancé bípedo
3. El misterio de los misterios de la evolución humana
Una vez discutido el origen de uno de nuestros principales rasgos diferenciadores, la postura erguida, sólo falta responder a una pregunta elemental e inevitable: ¿para qué sirve? Tradicionalmente se contestaba que andar sobre las piernas era una adaptación a la sabana, para mirar sobre las altas hierbas o algo por el estilo. Sin embargo, aquí hay un error de concepto. Los animales no están adaptados a los ambientes, como la sabana, el bosque o el mar, sino a los nichos ecológicos, es decir, a los papeles que las especies juegan en los ecosistemas, que pueden ser muy variados. En otras palabras, en la sabana actual se ven muchas especies y ninguna es bípeda, salvo la nuestra. Es decir, lo que hay que preguntarse es qué clase de nicho ecológico era el que ocupaban los primeros homínidos que se hicieron
bípedos. Por otro lado, ahora pensamos que los australopitecos eran más bien forestales que habitantes de los medios abiertos.
Antes de volver sobre esta cuestión merece la pena detenerse un poco para reivindicar la postura erguida, tradicionalmente denostada y considerada poco eficaz, una chapuza de la evolución, cuyos enormes inconvenientes tenían que estar compensados por alguna clase de poderosa ventaja. En general, se pensaba que la ventaja estribaba en que liberaba las manos de la locomoción y permitía la fabricación de instrumentos y el desarrollo del cerebro. Sin embargo, ya iremos viendo que todas esas cosas vinieron mucho después de que nos hiciéramos bípedos.
La bipedestación supone una reorganización muy completa del esqueleto, que ha sido conseguida con una notable perfección desde el punto de vista de la ingeniería. Nuestro cuerpo, como si fuera un mecano, está compuesto de numerosos segmentos articulados, cuyos centros de gravedad particulares están situados en el mismo plano que los ejes de las principales articulaciones entre los segmentos (caderas, hombros, codos, muñecas, rodillas, tobillos…), que es además el mismo plano que contiene el centro de gravedad de todo el cuerpo. Esto hace que nuestra postura de pie sea muy estable, y que mantenerla no suponga apenas esfuerzo. Sólo el centro de gravedad de la cabeza está algo adelantado respecto de su articulación con la primera vértebra cervical. Esta situación desfavorable tiene que ser compensada por los músculos nucales, que mantienen la cabeza levantada. Sin embargo, la reducción del esqueleto facial ha producido en el curso de la evolución humana una notable mejora de este problema, al retrasar el centro de gravedad de la cabeza.
Una forma de apreciar la eficacia biomecánica de un tipo de locomoción es seguir la trayectoria del centro de gravedad del cuerpo. En nuestro caso, éste se sitúa delante de la segunda vértebra sacra, más o menos a la altura del ombligo. Si miramos a una persona andar desde un lado, podremos apreciar ligeras subidas y bajadas de la cabeza, que se corresponden con elevaciones y depresiones del centro de gravedad. Mirándolo de frente, la cabeza del caminante se inclina un poco hacia el lado apoyado en cada paso.
Cuanto más recta sea la trayectoria del centro de gravedad, más económica, en consumo de energía, será la marcha. Si el centro de gravedad describe una trayectoria muy sinuosa, con marcadas subidas y bajadas y grandes desplazamientos laterales, la locomoción resultará poco eficaz y despilfarradora de energía. Esto es lo que les sucede a los chimpancés cuando caminan sobre sus piernas. En cambio, en los humanos el centro de gravedad del cuerpo describe al andar casi una recta.
Así pues, en términos físicos nuestra manera de caminar no está menos conseguida que la de los cuadrúpedos, aunque desde luego es menos rápida en cortas distancias. En cambio, nuestra resistencia es notable, y superior a la de muchos cuadrúpedos, a la hora de realizar desplazamientos largos en tiempo y en distancia, tanto corriendo como andando. Por otro lado, el tipo de locomoción de chimpancés y gorilas, apoyando las falanges intermedias de las manos, tampoco puede considerarse un prodigio de adaptación a la vida terrestre; más bien parece una solución de compromiso ante la necesidad de moverse por los árboles y también sobre el suelo.
Los gorilas habrían luego abandonado en gran medida la vida arborícola al hacerse muy pesados.
Peter Wheeler ha encontrado otra ventaja a la verticalización del cuerpo, esta vez en relación con la regulación de la temperatura corporal. Un individuo puesto de pie recibe menos radiación solar, sobre todo cuando el sol está en lo alto, que un cuadrúpedo. Además, al separar el cuerpo del suelo se aleja de un foco de calor y se beneficia de las brisas para refrescar el cuerpo.
Combinando este aspecto con el anterior, podríamos concluir que la locomoción bípeda es quizá la mejor solución para un homínido que se ve obligado a recorrer largas distancias, expuesto a la radiación solar. Los primeros homínidos bípedos no eran habitantes de la sabana, pero de todos modos podrían tener que moverse entre manchas de vegetación separadas por extensiones abiertas.
Un beneficio indiscutible de la marcha bípeda es la capacidad de transportar cosas en las manos y brazos, ya sean alimentos o, por ejemplo, crías. En este aspecto los cuadrúpedos están en clara desventaja con respecto a nosotros. En el capítulo sobre la biología social de los primeros homínidos volveremos a tocar esta capacidad de
acarreo, porque en parte se basa en ella una explicación que se ha propuesto para el origen de la bipedestación. Sin adelantarnos a ese capítulo, podemos ya anticipar que tal explicación tiene tantos problemas desde el punto de vista de lo que intuimos de la biología social de los primeros homínidos, que todavía hoy puede seguir considerándose el significado de la adquisición de nuestro peculiar modo de locomoción como uno de los mayores problemas con los que se enfrenta la paleontología humana, si no el mayor.