El rápido incremento del número de habitantes no ha sido la única gran transformación demográfica vivida por la ciudad a lo largo del siglo XX: también ha variado radicalmente la estructura por edades, en virtud de los profundos cambios vividos tanto en la fecundidad como en la esperanza de vida de la po- blación, que han hecho posible que aque- lla villa donde los chiquillos eran au- ténticos protagonistas de calles y plazo- letas sea hoy una ciudad en la que resulta fácil llegar a viejo y donde la gente mayor posee un peso en la vida cotidiana nun- ca alcanzado hasta nuestros días. Aunque esta transformación muestra en Elda al- gunas características diferenciales, en ge- neral se enmarca dentro de los cambios vividos no sólo por el conjunto de la so- ciedad española sino de todo el mundo occidental.
Uno de los cambios esenciales en la sociedad eldense del siglo XX es el rela- cionado con la natalidad. En general, a lo largo del siglo se aprecia una tenden- cia a una reducción drástica de las tasas de natalidad: en torno al año 2000, el número de nacidos por cada mil elden- ses no alcanzaba ni la tercera parte del ha- bitual cien años atrás. El cuadro 3 refle- ja con total claridad este proceso de re- ducción de los nacimientos.
Las razones que reflejan este des- censo casi brutal son bastante comunes a las del conjunto de la sociedad española. Sin que sea fácil determinar cuál ha sido el factor esencial, porque casi todos se complementan e interrelacionan, es evi- dente que la sociedad española ha evo- lucionado desde una moral tradicional católica –que en algunos años del fran- quismo fue impuesta literalmente por la fuerza– hasta una moral mucho más sociológica, materialista y secularizada, que ha transformado radicalmente el pa- pel de la mujer, ampliando sus metas personales más allá del papel de esposa y madre, una mujer que empieza a valo- rar su sexualidad como una necesidad propia, más allá de la simple función re- productora, no relacionada necesaria-
mente con el bíblico «creced y multiplica-
os». Además, a lo largo del siglo XX el
acceso de la mujer al trabajo remunera- do, primero en la industria del calzado y después en todo tipo de servicios, se ha ido incrementando. En el caso eldense, con una intensidad y una precocidad signi- ficativamente mayor que en el conjunto de España, pues el trabajo femenino en el calzado –en casa o en fábrica– estaba generalizado desde el inicio del siglo XX y el porcentaje de trabajadoras tanto ofi- ciales como, sobre todo, reales siempre ha sido muy elevado, por lo que resultaba ex- tremadamente difícil compaginarlo con una familia prolífica. Esta transformación del papel social de la mujer, que ya no se reduce a la casa, la iglesia y los niños –en alemán, las tres míticas k a las que el na- zismo quería circunscribir el universo femenino–, considerada esencial para entender la esencia de los cambios, ha sido facilitada sin duda por el desarrollo de unos métodos anticonceptivos de uso cada vez más generalizado, además de más variados y eficaces; es evidente que la disposición de medios anticonceptivos no es la razón esencial de la disminu- ción de los nacimientos (no es obligato- ria la utilización de ninguno de ellos si una mujer no desea previamente reducir sus posibilidades de fertilidad), pero sí son un instrumento que facilita la previa vo- luntad de no quedar embarazada; por supuesto, a lo largo del siglo se ha pasa-
Cuadro 3
Elda, siglo XX: evolución de las tasas de natalidad
Año Tasas (tanto por mil)
1900 33.4 1922 34.9 1935 26.3 1940 25.3 1945 22.7 1950 18.2 1955 20.3 1964 25.9 1970 21.6 1981 18.5 1986 13.8 1991 12.0 1996 9.6 2000 9.9
Elaboración propia (aprox.) con datos de los censos de población del INE, del Archivo Municipal y del Registro Civil de Elda.
do por etapas en las que los poderes pú- blicos dificultaban la accesibilidad a ellos en aras de una supuesta preeminencia de valores nacionales, políticos y reli- giosos, junto a otras épocas como la ac- tual en las que el acceso es prácticamen- te libre; técnicamente, el siglo XX apor- tó métodos innovadores que, como las diversas píldoras, han facilitado el con- trol de la natalidad; socialmente, medios como el preservativo han pasado de ser una especie de vicio inconfesable a un objeto absolutamente normal en la vida cotidiana, incluso recomendado para evitar enfermedades de transmisión sexual.
Otros muchos factores han influido en la reducción de la natalidad, o en el re- punte de la misma, a lo largo del siglo. Así, el desarrollo de la sociedad de consumo hizo pronto necesaria la disponibilidad de dos sueldos en la pareja para acceder a ciertos bienes, a la vez que el incre- mento del nivel de vida encarecía la crian- za de los hijos (vestido, educación...); el retraso en la edad de casamiento, en una sociedad en la que casi todos los naci- mientos se producían en el seno del ma- trimonio; la mayor o menor accesibilidad a la vivienda, que hacían más precoces o tardías las bodas; el trabajo estable o pre- cario, las ideologías políticas predomi- nantes, la coyuntura política, la intensi- dad de la inmigración de origen rural, que casi siempre poseía costumbres más tradicionales y una actitud más proclive a las familias más extensas... Casi todos ellos han influido a lo largo del siglo, aunque no todos lo han hecho de la mis- ma manera en cada época.
Las dos primeras décadas del siglo fueron fuertemente natalistas, con ta- sas habitualmente superiores al 30‰, es decir, la sociedad eldense –como suce- día en la inmensa mayoría de España– es- taba todavía iniciando la transición de- mográfica. El mantenimiento de tasas altísimas (casi similares a las de los si- glos precedentes) en una ciudad en la que la industria ya presidía indiscuti- blemente la actividad económica se sus- tentaba en numerosas circunstancias: en primer lugar, el trabajo industrial de buena parte de las mujeres, especialmente de las casadas, se solía realizar en el pro- pio domicilio de la obrera, con lo que se compatibilizaban las tareas domésticas y las faenas del calzado. Además, las fá- bricas necesitaban una mano de obra cada vez más numerosa; ello, aparte de fo-
mentar la inmigración, favorecía la na- talidad porque garantizaba trabajo a unos jóvenes que podían casarse a una edad precoz, especialmente unos varones que habían comenzado como aprendices de corta edad y al volver del servicio mi- litar asumían fácilmente un empleo si- milar al de la población madura; por otro lado, los matrimonios no veían los hijos como un gasto notable sino como una posibilidad casi segura de incre- mentar en pocos años el número de per- ceptores de salarios. El inicio del siglo era una época en que la mortalidad in- fantil seguía siendo todavía elevada, por lo que sólo un número suficiente de hi- jos garantizaba la continuidad de la fa- milia. Así, no es extraño que en 1922 to-
davía se mantuviese una tasa de natali- dad propia de una sociedad agraria. En aquellos años iniciales del siglo siguió siendo relativamente frecuente el aban- dono de niños recién nacidos, hasta el punto de que en mayo de 1917 el Ayun- tamiento acuerda colocar un torno en el Hospital Municipal de Caridad para acoger a estos bebés, encargándose de su cuidado tanto las monjas del esta- blecimiento como una comisión de se- ñoras caritativas designadas por la al- caldía.
Los años que van desde la procla- mación de la dictadura de Primo de Ri- vera hasta el inicio de la Guerra Civil protagonizaron un descenso significa- tivo de las tasas, aunque seguían siendo elevadas y garantizaban holgadamente el reemplazo generacional (conseguido en- tonces en torno a los 2,2 hijos por mujer).
Boda en los años veinte donde se observa el carácter eminentemente obrero que había adquirido la ciudad (Archivo EMIDESA).
Los factores que explican la reducción fueron de todo tipo aunque predomi- naron los de tipo ideológico cultural: así, por ejemplo, se produjo una nota- ble secularización de la ciudad, con un marcado anticlericalismo y una crecien- te incidencia de las ideas anarquistas, que reclamaban un papel social propio y autónomo para las mujeres, aunque en la práctica las familias anarquistas no solían diferir demasiado del resto de el- denses en sus concepciones familiares. Los años republicanos profundizaron en la transformación del papel social de la mujer (derecho de voto, seguro de ma- ternidad, coeducación...) La mejora del ni- vel de vida, especialmente visible en los grupos más pudientes, transformaba también los hábitos familiares de la bur- guesía, aunque ésta se declarase formal- mente seguidora de la moral católica más tradicional: las viejas fotografías de la mujer acomodada eldense de los años veinte y treinta son bien distintas de la de la generación de sus madres (vestidos más cortos y ligeros, mayor cuidado por la propia imagen, mayor vida social aje- na al espacio familiar...) Es necesaria re- cordar también que en esta época se re- dujo bastante la mortalidad infantil, au- mentando las garantías de mantenimiento de la estirpe en las familias cortas.
Los años de la Guerra Civil fueron ex- cepcionales y anormales también en las cuestiones demográficas. La natalidad fue absolutamente irregular: si en 1937 nacieron 509 niños (cifra jamás alcan- zada en Elda hasta entonces), en 1939 se habían reducido a sólo 244. Única- mente la evolución de la contienda pue- de explicarlo. El comienzo de la guerra su- puso el triunfo de la revolución en una ciudad donde el anarquismo era la fuer- za social más destacada; entre otras con- secuencias, ello motivó un fortísimo in- cremento de los matrimonios (en 1937 casi el triple que en 1935) en un mo- mento en que generaciones enteras se trasladaban al frente; el boom natalista fue una consecuencia directa de ello. En 1939, por el contrario, la falta de jóvenes varones, la pérdida del ímpetu revolu- cionario inicial, las carencias de todo tipo o la espera al final de la contienda para iniciar cualquier tipo de proyecto vi- tal produjeron la reducción.
Los años cuarenta y cincuenta, los de la posguerra más dura, debían haber su- puesto un repunte de la natalidad, si hu- biesen dado resultado las proclamas de
todo tipo emanadas del Régimen y de la Iglesia. El nacionalismo falangista apos- taba por el incremento demográfico (más jóvenes para el ejército, mayor prestigio exterior de los pueblos numerosos...), ne- gaba buena parte de las conquistas sociales de la mujer, la reducía al papel de espo- sa y madre («el reposo del guerrero») y en- focaba a esta misión las tareas de la Sec- ción Femenina, en clara compenetración con la ideología católica, que censuraba cualquier forma de control de la natali- dad, fuese del tipo que fuese y centraba casi todas sus preocupaciones morales en el comportamiento femenino, a veces en cuestiones tan nimias como el tamaño de la falda o los bailes pecaminosos. Sin em- bargo, no fue así. Pasados los momentos iniciales, como 1940, cuando el reen- cuentro de numerosas parejas impulsó los nacimientos, las tasas de natalidad no recuperaron nunca las cifras de la época republicana. Las penosas condiciones económicas de aquellos años duros hi- cieron que la tasa de natalidad de la dé- cada de los cuarenta no sobrepasase el 20‰: así, las carencias alimenticias con- vertían en un calvario la supervivencia; el retraso en la edad de casamiento –vin- culado a una situación tan difícil– y el alto porcentaje de solteras definitivas –en un momento de estigmatización de las ma- dres solteras– también influían en la re- ducción. Una ayuda familiar más pro- pagandística que generosa (los famosos
puntos) no resultaba suficiente para avi-
var los nacimientos.
Los años sesenta y primeros setenta fueron de fuerte desarrollo económico, con mejora del nivel de vida y tal caren- cia de mano de obra que permitía el ple- no empleo hasta para los recién llega- dos. Con ello, las tasas de natalidad vol- vieron a crecer, llegándose al 25,9‰ en 1964, similar a la anterior a la contienda. Casi todos los factores parecían colabo- rar en ello: una llegada masiva de inmi- grantes procedentes casi siempre de áreas rurales de mentalidad muy tradicional y natalista; el pleno empleo que facilita- ba los casamientos tempranos, en oca- siones pocos meses después de que el cónyuge varón finalizase el servicio mi- litar; la puesta en marcha de numerosas promociones de viviendas protegidas (de tipo social), a las que era relativamente fá- cil acceder; los escasos gastos de educa- ción de unos hijos que seguían incorpo- rándose precozmente al trabajo, facili- tando nuevos salarios a la familia; la
prohibición oficial de los medios anti- conceptivos y una propaganda guber- namental que otorgaba premios de na- talidad a familias extremadamente pro- líficas o fomentaba películas como «La
gran familia» también colaboraba. La na-
talidad eldense fue en esos años algo su- perior a la media española, en buena me- dida porque la fuerte inmigración había rejuvenecido la ciudad.
El final de la dictadura franquista, que económicamente estuvo acompa- ñado por la crisis de los setenta, de fuer- te impacto en las áreas industriales, sig- nificó también el comienzo de un des- censo radical de los nacimientos, que ha convertido a España en uno de los países menos natalistas del mundo (en los años noventa no se garantizaba ni de lejos el reemplazo generacional). En Elda, el des- censo de la natalidad fue aún más acen- tuado, llegándose en 1996 a sólo 9,6 na- cimientos por cada mil habitantes, aun- que la llegada de extranjeros ha generado una leve recuperación posterior. Las prin- cipales causas del descenso de la natali- dad son en Elda similares a las del país: la generalización de una sociedad de con- sumo que ve en los niños una compe- tencia directa con la posesión de ciertos bienes, porque la educación de los pe- queños supone un peso notable sobre los presupuestos familiares; la generali- zación no sólo del trabajo sino también de los estudios no obligatorios entre las mujeres, que posponen cada vez más su edad de casamiento; el desempleo y el aumento del trabajo en precario difícil- mente garantizan el acceso a la vivienda, máxime cuando esta se ha encarecido mucho más que el incremento de los sa- larios pero buena parte de las parejas ac- tuales consideran la posesión de una vi- vienda propia como un requisito esencial para contraer matrimonio; la reducción del número de hijos deseados, en especial entre las mujeres trabajadoras y entre quienes habitan en viviendas de menor tamaño; la mayor independencia de los jóvenes en el seno familiar, que permite postergar los planes familiares pues no resulta acuciante abandonar el hogar materno; la reducción casi total de la mortalidad infantil; la fácil disponibili- dad de medios de anticoncepción y la le- galización amplia del recurso al aborto; la misérrima ayuda familiar existente... En Elda, además, influyen algunos factores particulares: así, las tasas de paro y de precariedad en el empleo son superiores
a las de las ciudades con predominio del sector terciario; por otro lado, el trasla- do a viviendas en término municipal de Petrer de muchas parejas jóvenes actúa re- duciendo el número de nacimientos. La llegada reciente de inmigrantes extranjeros –en este caso especialmente sudameri- canos– tendrá consecuencias positivas sobre la natalidad, no tanto porque sean más natalistas (ya que una vez establecidos aquí tienden a asemejarse a la sociedad de adopción) sino porque las mujeres adultas jóvenes son un elevado porcen- taje entre ellos.
Como resultado de todo el proce- so, a lo largo del siglo la Tasa de Fecun- didad General (es decir, el número de hi- jos por cada mil mujeres entre 15-49 años, las teóricamente fértiles) había pa- sado de 128,5 en 1900 a 37,3 cien años des-
pués; el número de hijos por mujer no lle- gaba a 1,2 a finales del siglo, cuando un estudio del censo de 1940 hablaba de que las eldenses de entonces habían te- nido 2,65 hijos de media.
La nupcialidad también ha ido des- cendiendo y transformándose a lo lar- go del siglo XX, como muestra el Cuadro 4. Durante las dos primeras décadas, las tasa superó el 9‰ anual, en buena medida debido a la elevada juventud de la po- blación, con escasos ancianos: la edad media de los casamientos no era elevada, algo inferior a los 25 años, aunque las mu- jeres eran más precoces, entre dos y tres años de media menos que los varones. Esta costumbre, la de la menor edad de casa- miento de las mujeres, no sólo ha sido una constante en Elda a lo largo de todo el si-
Dibujo alusivo a los efectos pecaminosos de los bailes modernos, típico de la moral nacionalcatólica.
El comportamiento de los jóvenes –también en cuanto a sexualidad y natalidad– cambió notablemente en los años sesenta y setenta (Archivo EMIDESA).
glo, sino que parece ser una norma común a toda la sociedad occidental. En aquellos primeros años de siglo, la baja esperan- za de vida de la población, que producía un alto número de viudos a edad tem- prana, hacía posible una cierta abun- dancia de segundas nupcias, especial- mente entre los varones, mucho más pro- pensos a volver a pasar por la vicaría.
Entre los años veinte y la Guerra Ci- vil las tasas de nupcialidad descendieron de forma ostensible, hasta el 5,8‰ en 1935. Esta reducción apenas puede acha-
carse al apoyo a las tesis anarquistas, por- que casi todos los afiliados al sindicato se- guían contrayendo matrimonio; es muy posible, en los años en que más intensa fue la inmigración, que el descenso pue- da explicarse porque la mayoría de quie- nes se afincaban en Elda eran ya fami- lias jóvenes (es decir, no celebraban aquí su boda). En aquellos años, debido al in- cremento de la esperanza de vida, las se- gundas nupcias tendieron a disminuir. Septiembre –mes de fuerte significado religioso en la ciudad– era el momento en que se celebraban mayor número de nup- cias, mientras la época invernal era el pe- riodo de mayor escasez.
La Guerra Civil también influyó ra- dicalmente en la celebración de matri- monios. Así 1937 presenta las mayores ta- sas del siglo (matrimonios civiles, por supuesto), con 253 bodas (casi 13 por cada mil personas), mientras en 1939 sólo hubo 78. Las razones son similares a las explicadas para la natalidad. 1937 fue un momento de revolución social y
de fuerte secularización de las costumbres, perdido el carácter de compromiso per- petuo del matrimonio católico, en medio de un entusiasmo por las uniones libres y de generaciones enteras de jóvenes mar- chando al frente de batalla: sólo en el mes de junio se celebraron 34 bodas. 1939, por el contrario, punto final de la contienda, con tantos jóvenes lejos de la ciudad (en la guerra, en el exilio, repi- tiendo servicio militar...), recién llegados