2.1. Características generales
2.1.2. Naturalismo científico
Aparte de utilizar la razón y apegarse a los datos empíricos, la ciencia busca explicaciones
naturales para los hechos que analiza. Estos hechos (los objetos de estudio) son también considerados como hechos naturales, sean humanos o no humanos, y la explicación que se ofrece de ellos apela a otros hechos también naturales. Si un hecho de la naturaleza (por ejemplo, una tormenta u otro fenómeno climático) fuese explicado por un factor sobrenatural (por ejemplo, la ira de los dioses), esa explicación no podría integrarse una actividad cientifica. Si cualquier hecho observable tuviese características que son descriptas como “sobrenaturales” por observadores no científicos, y lo atribuyen por lo tanto a fuerzas incorpóreas (fantasmas, duendes, ángeles u otros agentes espírituales), la ciencia estudiará el fenómeno en sí para encontrarle una explicación natural, y podría estudiar también las creencias en seres sobrenaturales como fenómenos psicológicos o antropológicos que
merecen también una explicación científica. Una explicación del comportamiento o del pensamiento de los seres humanos que apele, por ejemplo, a la existencia o a la actividad de un alma espiritual o incorpórea, o a la intervención de dioses, demonios o ángeles, también quedaría fuera de la esfera de la ciencia. En el caso de los fenómenos psíquicos como el pensamiento, las emociones o la memoria, la investigación científica apunta a construir descripciones y explicaciones enteramente basadas en observaciones empíricas y en mecanismos naturales conocidos (químicos, físicos, biológicos, sociales).
La violación de este principio es fácil y frecuente en el conocimiento práctico pre- científico. Los hombres primitivos (e incluso los animales) han aprendido evolutivamente a precaverse de otros seres vivos, posiblemente amenazantes, a los que reconocían entre otras cosas por su capacidad de moverse y de producir sonidos; también han aprendido a apaciguar a otros e influir sobre su conducta, sean hombres o animales, mediante la persuasión, el despliegue de gestos de sumisión y mansedumbre, o el ofrecimiento de regalos (de hecho, los chimpancés y otros simios hacen todas estas cosas). Los cazadores y recolectores de nuestro pasado, o incluso pueblos con algún grado de civilización, podían fácilmente aplicar esa regla de una manera un poco apresurada y atribuir, por ejemplo, personalidad a las fuerzas de la naturaleza bajo el supuesto o conjetura elemental de que “todo lo que se mueve o hace ruido probablemente está vivo”. Por ejemplo, podían dedu- cir que los truenos y los relámpagos probablemente son producidos por algún ser vivo, presumiblemente iracundo, que habita encima de las nubes, y al que se podrían dirigir impetraciones, signos de sometimiento y humildad, regalos propiciatorios u otras acciones semejantes a fin de lograr que detenga la tempestad y haga volver el buen tiempo.
Persuadirse de la falsedad de esta explicación no es fácil. De hecho, dado que las tempestades en general son breves, la impetración en muchos casos parece ser eficaz: después de la ceremonia usualmente la tormenta cesa y el buen tiempo retorna. Sin embargo, a lo largo de los siglos hemos ido aprendiendo que muchas de estas explica- ciones y soluciones no funcionan realmente (por ejemplo, se puede comprobar que las tempestades también cesan cuando no hay impetraciones, y que su duración promedio es la misma en ambos casos).
Además, estas explicaciones sobrenaturales no se compaginan bien con el resto de las regularidades o leyes de la naturaleza, de modo que como principio heurístico de prudencia buscamos siempre explicaciones “naturales”. Este principio nos permite reducir conside- rablemente el campo de las conjeturas viables, y dirige eficazmente la investigación hacia el descubrimiento de nuevas leyes de la naturaleza o de la conducta humana. Dado que en general de ese modo hemos efectivamente progresado, en general seguimos aplicando esa regla para el futuro.
Esto no significa que la ciencia arbitrariamente presupone la inexistencia de entidades sobrenaturales. Solo significa que toda apelación a fuerzas sobrenaturales es ajena a la ciencia. La producción de conocimiento científico es la empresa de explicar la realidad de manera racional y naturalista. Las posibles fuerzas o agentes sobrenaturales son un asunto que no puede ser abordado por el método científico. La razón para ello es preci- samente que dichos entes son sobrenaturales, es decir, ajenos a la realidad observable, y dotados presuntamente de la capacidad de actuar por encima o al margen de las fuerzas que gobiernan la naturaleza.
Ha habido algunos intentos de “integrar” elementos sobrenaturales en el discurso científico, pero no han tenido éxito porque conducen a absurdos, a contradicciones y a callejones sin salida. Considérese, por ejemplo, la idea de que el pensamiento –aunque ocurra a través de las neuronas– es producido por un agente incorpóreo o espiritual que podemos denominar “alma”. Según ese enfoque, el alma produce un pensamiento y lo transmite a las neuronas, las que, a su vez, lo transmiten a otros órganos corporales capaces de expresar o de ejecutar ese pensamiento (las manos, la boca, etc.). Admitamos por un momento la existencia de esta entidad espiritual capaz de generar pensamientos. Quedaría por determinar qué clase de mecanismo de transmisión utiliza el “alma” para transmitir un pensamiento a las neuronas. Estas últimas son células que reaccionan ante sustancias químicas e impulsos eléctricos; el “alma” podría transmitir el pensamiento mediante un mecanismo físico (enviando un impulso eléctrico o implantando una sustancia química en la neurona adecuada), o mediante un mecanismo no físico. Este último no es una buena explicación, pues un mecanismo no físico no sería percibido por la neurona (que solo reacciona ante estímulos químicos o eléctricos). En el primer caso (en el cual el alma pone en movimiento una reacción química o la emisión de un impulso eléctrico, y la neurona es activada por ese mecanismo físico) el problema no se resuelve sino que se traslada a ese mecanismo invocado por la explicación: habría que explicar ahora cómo hace el “alma” para transmitir a alguna otra sustancia química del cerebro la orden de activar la sustancia química definitiva que habrá de llevar un pensamiento de origen espiritual hasta la neurona destinataria. Ese mecanismo tendría necesariamente que ser físico para que la sustancia química en cuestión pueda ser activada. Quedaría por explicar ahora cómo llega la orden desde el alma a ese mecanismo de transmisión de segundo orden. Si esa orden viene por otromecanismo físico, habría que explicar cómo hace el alma para ponerlo en movimiento. Se produce así un “infinito regreso” sin llegar nunca al final de la cadena. En definitiva, no hay modo de sortear el abismo entre un pensamiento “puramente espiritual” y un cerebro que es, en el fondo, nada más que una masa de carne y sangre, formada por átomos ciegos capaces solamente de emitir o de recibir impulsos eléctricos producidos por ciertas reacciones químicas. Si el “alma” es capaz de emitir impulsos eléctricos o de secretar sustancias químicas, entonces el alma deja de ser una sustancia espiritual para pasar a tener propiedades físicas, lo que contradice el propio concepto inicial de “alma”. En definitiva, la apelación a un agente incorpóreo como “autor” del pensamiento es un mecanismo explicatorio falso, que conduce ya sea a una cadena infinita o a un absurdo.