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Raciocinio y fundamento empírico

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2.1. Características generales

2.1.1. Raciocinio y fundamento empírico

La actividad científica consiste básicamente en el desarrollo del conocimiento basado en hechos empíricos y en la aplicación de reglas lógicas. En este enunciado general la cien- cia no se distingue de la actividad cognoscitiva cotidiana del ser humano desde épocas inmemoriales. Cuando el hombre primitivo veía tres fieras entrar en una cueva y luego veía salir solo a dos, realizaba en forma involuntaria una pequeña resta mental, concluía que una de las fieras probablemente estaba todavía dentro de la caverna y, en consecuencia, se abstenía de entrar en ella. Este pequeño episodio imaginario tiene todos los ingredientes de una indagación racional, basada en la evidencia empírica y en las reglas de la lógica. Los mecanismos y principios básicos utilizados para realizar esas pequeñas deducciones e inferencias que aplicamos en la vida cotidiana (como, por ejemplo, “la última vez que comí esto, me hizo mal, por lo tanto no lo comeré nuevamente”), pueden ser aplicados incluso por niños muy pequeños e, incluso (en sus formas más simples), por diversos animales, especialmente aquellos dotados de sistemas nerviosos más evolucionados. Ejercicios parecidos al de las tres fieras, donde por ejemplo tres muñecos desaparecen detrás de una pantalla y solo dos reaparecen por el otro lado, causan sorpresa a bebés de pocos meses de vida, evidenciando que poseen desde tan temprana edad, sin ningún aprendizaje, capacidades algorítmicas sobre numerosidad y sobre causación.36

En ese estadio tan simple de aplicación, las formas de captación de información son muy elementales y se reducen a lo que captan los sentidos sin auxilio de ningún aparato adicional. En cuanto a la lógica aplicada en la vida cotidiana, ella es informal, automática o “intuitiva”. La mente humana evolucionó durante millones de años aplicando ciertas reglas simples que no solo usualmente “funcionan”, sino que además dejan en la mente la sensación de que son persuasivas o convincentes. Esto no es una ilusión caprichosa, sino 36 En realidad la masa de información detallada y transcultural que se ha acumulado sobre los mecanismos de la mente y su evolución ha permitido ya el desarrollo de un importante cuerpo teórico con un grado inmenso de corroboración empírica, todo ello en el giro de dos o tres décadas a partir de los años ochenta (aunque hubo desarrollos precursores desde mucho antes). Una exposición sistemática del estado del conocimiento en este campo, y que refleja las conclusiones que gozan de más consenso entre los científicos, es Carruthers 2006.

un fruto de la selección natural: los individuos que no tenían ese condicionamiento neu- rológico como rasgo normal y heredable tendían seguramente a sacar con más frecuencia conclusiones erróneas, y ello a su vez aumentaba la probabilidad de morir precozmente y, por lo tanto, de dejar menos descendencia (por ejemplo, entrando imprudentemente en la cueva cuando una de las fieras todavía estaba dentro, o volviendo a comer un alimento con signos de toxicidad).

En virtud de ese proceso selectivo los individuos con esos condicionamientos neu- rológicos anómalos tienden a constituir una minoría en la humanidad contemporánea, y predominan en cambio los que tienden a seguir las reglas “correctas”. Esas reglas lógicas “intuitivas” han sobrevivido y son las que aplicamos en nuestras actividades simples y coti- dianas, es decir, actividades como aquellas que practicaban nuestros ancestros durante el 99% de su historia evolutiva, cuando eran cazadores y recolectores en las sabanas de África Oriental, incluso cuando eran simios u homínidos aún no identificables como humanos. Las aplicamos y nos sentimos satisfechos con ellas porque funcionan. Hemos desarrollado mecanismos psicológicos para sentirnos conformes con ellas y con sus conclusiones, y nos sorprendemos fuertemente si en algún caso no se cumplen (por ejemplo, si tocáramos nuevamente el fuego y esta vez no nos quemáramos).

No es la aceptación psicológica de estas reglas lo que le otorga validez a las con- clusiones que con ellas se obtengan. Por el contrario, el proceso causal es a la inversa:

debido a que las conclusiones son válidas y a que ello ha sido confirmado una y otra vez a lo largo de millones de años es que se han desarrollado evolutivamente en nuestro sistema neurológico y en nuestro aparato psíquico los mecanismos de aceptación de tales reglas básicas y de las conclusiones a las que ellas conducen, mecanismos que, en gran parte, están incorporados en nuestros genes y que se transmiten a la posteridad por medio del aparato reproductivo (aunque para ser expresados por los individuos en sus formas más avanzadas, como se verá en seguida, algunos de ellos necesitan adicionalmente de un entrenamiento cultural).

La actividad científica sigue los mismos principios esenciales, pero con unas diferen- cias sustanciales. En primer lugar, la ciencia aplica razonamientos mucho más complejos y se refiere a objetos de tipo abstracto o inobservables, como el conjunto de todos los números reales, o el genoma humano, o el comportamiento de partículas subatómicas, que no pueden ser captados en forma directa por el aparato cognoscitivo humano a menos que este se someta a un largo proceso de entrenamiento y que desarrolle mecanismos cognoscitivos auxiliares. Espontáneamente podemos darnos cuenta de la diferencia entre tres fieras que entran y dos que salen, pero difícilmente un hombre primitivo estaría seguro de lo que debe hacer si vio entrar 47 fieras y vio salir a 46. Su capacidad de contar más allá de tres o cuatro debe ser desarrollada mediante el entrenamiento, porque la evolución por selección natural no le ha dado esa capacidad como patrimonio innato genéticamente transmisible. Es por eso que los niños deben penosamente entrenarse durante varios años para aprender las reglas de la suma, la resta, la multiplicación, la división, la gramática de los lenguajes modernos y otras operaciones más complejas, todas basadas en última instancia en operaciones lógicas elementales, a las que dominamos “por instinto”, pero que en sus formas más complejas requieren un largo entrenamiento para ser dominadas con igual facilidad que las más elementales.

Esta característica de mayor complejidad del conocimiento al que accedió el Homo Sapiens, gracias a su extraordinario desarrollo cerebral en los últimos 50.000 a 100.000 años, obligó (sobre todo en los últimos 10.000 años, desde el Neolítico y la aparición de la agricultura) a la codificación de las normas lógicas y del conocimiento en general. Se comenzó con la codificación del lenguaje mediante la invención de jeroglíficos, ideogra- mas y alfabetos, y la invención de sistemas numéricos decimales, duodecimales u otros, inicialmente dominados solamente por una pequeña élite ilustrada (generalmente escribas o sacerdotes). Esa codificación ha ido adquiriendo mayor complejidad a medida que se iba complejizando el conocimiento mismo, y su conocimiento se ha ido extendiendo a mayores porcentajes de población, a fin de poder dominar todas las reglas a las que deben sujetarse la obtención de datos empíricos y los razonamientos que se aplican a ellos, para que tengan validez lógica o empírica, aun cuando a primera vista resulten sorprendentes o contraintuitivos.

Las conclusiones de la física cuántica son extremadamente extrañas, pero no se basan en “otra lógica”: se han obtenido mediante razonamientos lógicos tradicionales y se basan en datos empíricos obtenidos con métodos rigurosos y complejos, que son esencialmente los mismos de siempre, de modo que esas conclusiones extrañas y paradójicas “se imponen” a la mente como correctas cuando se siguen cuidadosamente los pasos del procedimiento. Esto requiere que las reglas lógicas y los procedimientos de obtención y validación de los datos estén formalizados o codificados y que aceptemos como válido todo aquello que se desprenda de la aplicación de esas reglas, aunque nos parezca extraño. Este principio resulta en un conocimiento científico formalizado, riguroso y sistemático, a diferencia del saber cotidiano que (aun cuando formule proposiciones válidas) tiene los atributos contrarios. Para descubrir la mecánica cuántica no ha hecho falta otra lógica que la que aplicaba aquel hombre primitivo cuando veía entrar y salir fieras de una cueva, o la que aplica un bebé cuando se le ocultan o muestran muñecos.

Aparte de la codificación rigurosa, otra de las reglas a las que apelamos en la práctica científica se origina en el prudente reconocimiento de que nos podemos equivocar. Pode- mos registrar erróneamente los datos, podemos interpretarlos mal y llegar a conclusiones incorrectas. No hay un remedio absolutamente garantizado contra este peligro, pero hemos inventado una regla: transparencia intersubjetiva. La práctica codificada de la ciencia requiere que los datos no solo sean obtenidos mediante procedimientos cuidadosos y seguros, sino que sean puestos a disposición de otros para ser inspeccionados o incluso para que se puedan obtener nuevamente siguiendo los mismos o mejores procedimientos. Esa misma práctica codificada exige que nuestros supuestos o axiomas sean puestos de manifiesto y que nuestro razonamiento sea explícito y claro, de modo que otros puedan analizar cómo se han aplicado las reglas lógicas y detectar posibles falacias. Esto equivale a asegurar que tanto la obtención de los datos como su interpretación sean replicables.

Si diversos observadores que respeten las mismas reglas llegan a las mismas conclusio- nes, la confianza que se puede depositar en dichas conclusiones se incrementa. Por eso la investigación científica va esencialmente unida a la comunicación y a la circulación del conocimiento científico y, por eso, los investigadores deben publicar sus resultados y darlos a conocer detalladamente a sus colegas. De otro modo no estarían produciendo conocimiento científico.

Un tercer aspecto importante de la práctica científica, que la diferencia de la práctica cotidiana de la indagación racional, es su carácter acumulativo-social. Esta en realidad es solo una diferencia de escala, pues la indagación racional de un hombre primitivo o la que practica la gente actual en su vida cotidiana también permite la acumulación de cono- cimientos en la memoria de cada persona, y su transmisión verbal, por señas o por escrito, de una persona a otra. Pero en la actividad científica formalizada ese carácter aumenta en una medida enorme ya que los resultados de la ciencia se registran en forma de pro- ductos culturales objetivos que (al menos en la actualidad) se reproducen y multiplican fácilmente y son difíciles de destruir, y que se socializan en escala muy grande, incluso a escala mundial, de modo que los avances de un científico son acumulados también por los demás cuando los leen en revistas científicas o en libros, o cuando son expuestos oralmente en congresos y simposios. La mutua corroboración y el intercambio de críticas, datos y puntos de vista generan una potenciación exponencial del contenido de la ciencia y de la confianza que se puede depositar en sus conclusiones.

Un cuarto aspecto, que en realidad es más bien un resultado del desarrollo alcanzado anteriormente por la ciencia, es el naturalismo. Este principio dice que la ciencia en principio excluye toda explicación milagrosa y toda apelación a fuerzas sobrenaturales. Los eventos de la realidad material deben ser explicados por otros eventos de la realidad material.

Naturalismo, reglas codificadas, transparencia y replicabilidad, resultados registrados y socializados, y un conocimiento formalizado, riguroso y sistemático, son los elementos que distinguen la actividad cognoscitiva científica de la no científica. La investigación científica no es sino la ordinaria aplicación de la evidencia empírica y del razonamiento lógico en forma codificada e intersubjetivamente transparente, con resultados debidamente registrados y socializados, que genera explicaciones sin apelar a mecanismos milagrosos o a seres sobrenaturales. Aun así, cabe la posibilidad de errores, por supuesto, y también es posible que las mejores explicaciones alcanzadas hasta hoy puedan ser superadas por una explicación todavía mejor que se obtendrá mañana. De hecho, así ha ocurrido en numerosas ocasiones y, sin duda, seguirá ocurriendo. Pero lo que tenemos es lo mejor que hemos alcanzado hasta el momento.

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