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Relativismo y escepticismo postmoderno

1.4. Visiones críticas sobre la ciencia

1.4.8. Relativismo y escepticismo postmoderno

Las posiciones filosóficas intuitivistas, así como las de la epistemología feminista y las que consideran la ciencia como una construcción social o como mera retórica, suelen emparentarse de manera genérica con diversas manifestaciones culturales conocidas como “postmodernas”. Los productos intelectuales de estas corrientes, más allá de sus posibles méritos literarios o ideológicos, carecen de los elementos básicos que caracteri- zan la producción científica, por lo que, en general, no deben considerarse parte de ella. Son corrientes literarias, culturales o ideológicas como cualquier otra, con singulares aptitudes para los juegos de palabras y para captar inquietudes e ideas que circulan en la población, pero no tienen en general aptitud alguna para ser consideradas parte de la

actividad científica. Tampoco han producido resultados que incrementen el conocimiento científico o que ayuden a mejorar la precisión o capacidad predictiva de las distintas disciplinas.

Si esto fuese todo, podríamos clasificar estas corrientes en el mismo lote que otras muchas corrientes culturales e ideológicas, sin relevancia para la metodología científica. No obstante, tales posiciones (como hemos señalado antes) suelen presentarse como científicas, pueden surgir en el seno de instituciones académicas y sus productos pueden aparecer publicados en revistas formalmente similares a las revistas científicas, incluso algunas dotadas de referato (donde los evaluadores también pertenecen, por lo general, a instituciones o grupos intelectuales identificados con tales posiciones). En algunos paí- ses llegan a dominar ciertas disciplinas, especialmente en Ciencias Humanas o Ciencias Sociales. Y en casi todos los casos, intentan establecer o cuestionar reglas y criterios para la práctica de la ciencia.

En la medida en que aparecen con la vestimenta externa de la ciencia y pretenden ser reconocidas como tales, esas actividades intelectuales se convierten así en pseudociencias. En la medida en que no lo pretendan, funcionan simplemente como una forma de reflexión filosófica, ensayística o literaria que, sin duda, puede enriquecer la cultura y el pensamiento, e incluso servir de estímulo (como muchas otras tendencias culturales) para la producción de nuevas ideas o hipótesis científicas, pero que, por supuesto, no pueden confundirse con la producción científica propiamente dicha. Lamentablemente, en muchas instituciones de Ciencias Sociales de diversos países (notablemente en Francia y en Estados Unidos, y en forma más esporádica en algunas universidades británicas y del continente europeo, y dentro de América Latina principalmente en algunas universidades argentinas), las orien- taciones de este tipo así como otras variantes del “pensamiento postmoderno” aspiran a hacerse pasar por científicas y operan, por lo tanto, como pseudociencias.31 Una de sus consecuencias más negativas es la desviación de valiosos recursos humanos y financieros de las instituciones científicas, siempre escasos, que podrían haberse dedicado a fines más racionales o más apropiados para el desarrollo de la ciencia, y que son encaminados, en cambio, hacia los interminables discursos y metadiscursos de estas corrientes de pensa- miento premoderno y anticientífico.

Un componente de este enfoque, que se emparenta con diversos filósofos de la Edad Moderna, sobre todo con Berkeley, es el escepticismo gnoseológico radical. Para dichos filósofos o pensadores del siglo XVIII, no existía manera de probar que la mente efecti- vamente conoce y no se engaña, que la realidad efectivamente existe y no es una ilusión. Estos filósofos de la Edad Moderna, naturalmente, nunca llevaron a la práctica su extraña 31 Una de las estrategias empleadas para ello, aparte de la explotación deliberada de las estructuras institucio-

nales de la ciencia (cátedras, facultades, departamentos, revistas, etc.) consiste en la utilización irresponsable y generalmente incorrecta del vocabulario de las diversas ciencias, especialmente de las Ciencias Físicas y Naturales. Una contundente crítica de esa práctica puede encontrarse en Sokal y Bricmont, 1998. La empresa pseudocientífica montada por el postmodernismo contra la ciencia es muy semejante a la iniciativa paralela montada por el creacionismo religioso para competir con el darwinismo evolutivo. Sobre la pretensión del postmodernismo de hacerse pasar por ciencia véase también Gross y Levitt (1998), Dawkins (1998) y también el libro compilado por Noretta Koertge (1998) y su artículo del año 2000 sobre lo que llama “filosofías New Age de la ciencia”, incluyendo el postmodernismo, la epistemología feminista y otras corrientes análogas.

teoría (ellos seguramente miraban para ambos lados antes de cruzar una calle, evitaban dar puntapiés contra las piedras mientras estaban descalzos y no se arrojaban al aire desde una altura elevada, a pesar de que según sus teorías la calle, los vehículos, las piedras, los dedos de sus pies, el dolor causado por el puntapié y la misma Ley de la Gravedad podrían ser solo estados mentales enteramente ilusorios).32 De hecho, si aplicaran prácticamente su teoría sus posibilidades de sobrevivencia física serían muy bajas y probablemente serían rápidamente recluidos en alguna institución para enfermos mentales para asegurar su supervivencia y someterlos a alguna clase de tratamiento que les permitiese salir de su mundo ilusorio y relacionarse fructíferamente con la realidad y con sus semejantes.

Esta clase de escepticismo gnoseológico ha sido propuesto de nuevo en décadas recientes, siempre como juego teórico y con menos rigor que en los filósofos de la Edad Moderna, por algunos pensadores postmodernos, que posiblemente también prefieren prudentemente ignorar sus propias teorías cuando deben cruzar la calle o antes de tropezar con una piedra. La reencarnación postmoderna del escepticismo gnoseológico de Berkeley consiste en la idea de que solo son cognoscibles los discursos, las representaciones y las construcciones conceptuales; la realidad misma sería incognoscible. Esto orienta las investigaciones postmodernas hacia los discursos, no hacia las realidades. Enfrentado con la invasión de Iraq por EE.UU., el postmoderno preferirá evadir la discusión de la guerra misma y discutirá en cambio el discurso sobre esa guerra, por ejemplo, las diferentes formas en que esa guerra es presentada (o “representada”) por la CNN, por la BBC y por la TV francesa, sin llegar nunca a discutir la guerra misma, los muertos, la sangre, el polvo. Enfrentado con la frase que antecede, que conlleva una crítica, el postmoderno la consi- derará también como un mero recurso retórico dentro del discurso, y la discutirá como tal, sin llegar nunca a la guerra misma, a los muertos, a la sangre, al polvo. Enfrentado a temas de ciudadanía o de pobreza, no se ocupará de la ciudadanía o de la pobreza como realidades materiales, sino de las representaciones mentales o culturales de la ciudadanía o de la pobreza. No estudiará la democracia, sino el discurso sobre la democracia; no la desigualdad, sino la representación social de una sociedad desigual versus un ideal igua- litario. Su mundo es el nebuloso mundo de las representaciones existentes en las mentes ajenas, capturado de manera difusa a través de conversaciones, entrevistas cualitativas, reflexiones solitarias, la lectura de periódicos o la observación de programas de TV. Esas observaciones serían un válido material científico si fuesen registradas en forma sistemá- tica, con muestras estadísticamente representativas, sobre la base de teorías racionales de la comunicación o de la representación (fundadas en las estructuras cognitivas de la mente humana tal como son analizadas por las neurociencias y la psicología, y por teorías de las Ciencias Sociales acerca de los mismos temas). Pero la observación casual y el comentario ingenioso son más propios del ensayo periodístico que del análisis científico.

Normalmente los filósofos postmodernos no visitan teatros de guerra como Iraq, no miden la pobreza, no calculan tasas de desnutrición, no estudian el impacto de las políticas 32 El doctor Samuel Johnson desafió una vez a Berkeley a sacarse los zapatos y patear una piedra antes de reanudar sus discusiones sobre el carácter ilusorio del mundo real y del conocimiento empírico. Berkeley, prudentemente, declinó el desafío. En la práctica nadie realmente cree que el mundo externo es ilusorio. Todos somos realistas y todos pensamos y nos comportamos como tales.

económicas. Pueden ser ambientalistas como opción ideológica, pero no saben mucho sobre modelos climáticos o sobre técnicas para medir la tasa de degradación de los suelos, así que no tropiezan nunca con las realidades concretas y no corren peligro de ensangrentarse o de ensuciarse ellos mismos; y ni siquiera tienen la posibilidad de cometer errores, ya que sus afirmaciones carecen de la precisión necesaria como para errar; tampoco tienen que tomar decisiones sobre políticas de gobierno, como por ejemplo la asignación o no de contratos del Pentágono a favor de la empresa Halliburton vinculada al vicepresidente Cheney, o la decisión de aumentar o disminuir la cantidad de tropas norteamericanas en Iraq, o la de asignar ciertos recursos escasos entre fines alternativos (digamos, entre una política de salud y una política de educación, entre reducir las emisiones de carbono o reducir la incidencia de la malaria en África). Ellos considerarían que esas opciones son ejemplos del “discurso de la escasez” que predomina entre los economistas, como si la escasez no existiera en la realidad (o mejor dicho, como si la realidad fuese totalmente irrelevante e incognoscible). Usualmente permanecen discutiendo sobre puros discursos, sea en sus cátedras, en sus artículos periodísticos o en programas de televisión a los que son regularmente invitados en los países, como Francia, donde sus talentos discursivos son aparentemente apreciados por el público.

Naturalmente es cierto que los “discursos” y las “representaciones” son realidades y pueden ser analizadas, pero no son entidades angélicas o abstractas: son realidades mate- riales concretas, que surgen en un contexto, que son producidas por gente que las dice o las escribe, reproducidas por máquinas impresoras o por emisoras televisivas, distribuidos por el correo o por redes telefónicas o informáticas, plasmadas en libros hechos de papel, a su vez hecho con árboles, que a su vez crecieron mediante fotosíntesis de carbono con energía tomada de la luz solar, en un proceso natural en el que también interviene el tra- bajo humano (generalmente organizado por empresas capitalistas y aparatos de Estado). Su significado social actual no brota de la nada, ni de la interpretación de algún filósofo, sino de un proceso cultural objetivo, enraizado en la historia y, por lo tanto, en el sistema económico-social en el que ha surgido esa cultura. Todo esto (las condiciones materiales de la producción de discursos, la materialidad de los discursos mismos, las relaciones de la cultura con la sociedad y la economía) es completamente ignorado por los filósofos del discurso como Deleuze, Derrida o Baudrillard (aunque no se puede estar seguro de esta afirmación pues sus propios discursos son deliberadamente ambiguos).

También es ignorado que para poder filosofar dichos filósofos, así como los que los leen y escuchan, primero deben existir y subsistir (primum vivere, deinde philosophare) y para ello los filósofos en cuestión dependen normalmente del complejo sistema de remuneraciones de las universidades en que trabajan, y del sistema financiero y legal que les hace llegar sus derechos de autor (que es el mismo sistema de propiedad intelectual que les paga patentes a las multinacionales farmacéuticas e impide que les lleguen medi- camentos gratuitos a los africanos infectados con HIV). No toman usualmente en cuenta que para vivir deben luego usar esas remuneraciones para enfrentarse con el cajero del supermercado, con la inflación, con la cuenta bancaria, con la política económica del gobierno y con las otras prosaicas manifestaciones de aquello que en el “discurso de la vida cotidiana” aparece como “representaciones de la vida real”. Los discursos, por cierto, existen, pero existen objetivamente,plasmados enlibros, artículos, debates televisivos

o clases magistrales, como parte de la realidad e integrados a ella mediante lazos físicos, biológicos, sociales y económicos. No hay una distinción de fondo entre discursos y otras realidades. Si la realidad fuese incognoscible, también lo serían los discursos.

Además del escepticismo gnoseológico, el postmodernismo incluye una forma extrema de relativismo epistemológico, al menos en los enunciados teóricos (aunque usualmente no en la práctica). Ese enfoque relativista, como el anarquismo epistemológico que (un poco en broma) formulaba Feyerabend, sostiene que no hay motivos para “creer” en la ciencia, y que cualquier otro sistema de creencias (religión, brujería, astrología, intuición, budismo zen) tiene iguales derechos, sin que nadie tenga prerrogativas para erigirse en “policía del pensamiento” y dictaminar que cierto tipo de discurso es “científico” y que otro tipo de discurso no lo es. Existirían, así, muchas “lógicas”; la “lógica científica” sería simplemente una de ellas, no necesariamente la mejor ni la más válida, mucho menos la única.33

Hasta el momento, sin embargo, no existen estudios etnográficos que den cuenta de alguna población del mundo que utilice “otra lógica”, es decir, que no respete los principios fundamentales de la lógica llamada “occidental” (identidad, no contradicción, tercero excluido, etc.). Existen, por cierto, individuos o grupos que razonen bajo diferentes premisas, con dife- rentes condiciones de contorno, de las que se siguen diferentes conclusiones, pero todos ellos

sin excepción razonan y deciden siguiendo los mismos principios lógicos fundamentales.34 Cada uno de nosotros puede actuar ilógicamente o cometer errores de razonamiento, llevado por la emoción o por el mero apresuramiento, o por la complejidad de los problemas lógicos que debemos enfrentar, pero si se nos plantean las opciones con tranquilidad difícilmente dejaremos de sacar la conclusión correcta, sea como opciones conceptuales o (mejor aún) como opciones prácticas. Podemos tener premisas falsas (por ejemplo si pensamos que los terremotos son producidos por dioses o por demonios escondidos en los cielos o bajo la tierra), pero las conclusiones que extraemos de esas premisas suelen ser impecablemente lógicas (hay que tranquilizar a esos dioses o demonios mediante los ritos, plegarias y procesiones que, según los ancianos, han detenido anteriores tormentas o terremotos).35

Los enunciados culturalmente relativistas, que son considerados a menudo como políticamente correctos y hasta cierto punto lucen bien en la teoría, no necesariamente

33 Curiosamente, el postmodernismo insiste en que su propia visión es la correcta, y no simplemente una entre muchas otras, y tan válida como las demás. Los relativistas no son relativistas en lo que se refiere al relativismo.

34 Las constantes interculturales de la mente humana y el desarrollo de la mente humana y del pensamiento racional por selección natural son estudiados por la psicología evolucionaria, una disciplina que ha tenido un explosivo desarrollo en las últimas décadas: por ejemplo Barkow, Cosmides & Tooby (1992), Barrett, Dunbar & Lycett (2002), Buller (2005), Buss (2005 y 2007), Carruthers et al (2002), Carruthers et al (2005-2007), Carruthers (2006), Dunbar & Barrett (2007), Geary (2005), Gigerenzer (2002), Gigerenzer & Selten (2001), Humphrey (1992), Mithen (1996) y Pinker (1997, 2002, 2007).

35 Existen algunos problemas específicos para los que nuestro cerebro no estuvo preparado por su pasado evolucionario y que nos resultan difíciles y contrarios a la intuición, sobre todo aquellos que involucran cálculos probabilísticos y cuantificación de riesgos: véase por ejemplo Tversky & Kahneman (1974), Kahneman, Slovic & Tversky (1982) y Gilovich, Griffin & Kahneman (2002). Sin embargo, Gigerenzer (2002) ha probado experimentalmente que aun en esos casos la mente razona correctamente si los problemas se le plantean de una manera más adecuada a su forma “natural” de razonar (por ejemplo, en forma de frecuencias y no de probabilidades).

son adoptados por los postmodernos en la práctica. Solo los formulan en forma de pala- bras, pero su vida no es conducida de acuerdo a los postulados postmodernos sobre la ciencia y la cultura. Manejan sus automóviles de acuerdo a las instrucciones del manual, que siguen las leyes de la mecánica convencional. Contemplan sus televisores, basados en la emisión de electrones según las leyes de la física cuántica, sin dudar ni un instante que las imágenes corresponden a una realidad que ocurre a muchos kilómetros de distancia tal como se lo dice la ciencia contemporánea. Cuando viajan en avión y se presenta una emergencia todos creen firmemente en las leyes naturales que gobiernan la navegación aérea, en la tecnología occidental con la que se diseñó y se maneja el avión, y en los cono- cimientos científicos y técnicos del piloto. No hay relativistas científicos a 13.000 metros de altura. Por otra parte, cualquier intento de aplicar prácticamente sus teorías carecería de todo efecto. Si adoptaran realmente algún “discurso diferente” según el cual las leyes científicas son un mero discurso pasible de muchas lecturas, y adoptasen en consecuen- cia una visión alternativa sobre esas leyes científicas, ello no alteraría la turbulencia que atraviesa el avión, ni la imagen de las pantallas de TV, ni los mecanismos financieros a través de los que cobran sus haberes. Si su “discurso alternativo” les sugiriera que la mente puede desafiar la Ley de la Gravedad, que es machista y arbitraria, y que su cuerpo “se ha cargado de energías positivas” (en plural) y, por lo tanto, puede volar, morirán cuando se arrojen por la ventana del octavo piso, o por la salida de emergencia del avión, sin poder evitar que su caída respete al milímetro la cuestionada Ley de la Gravedad de Newton con las cuestionadas correcciones de Einstein y los ajustes que correspondan por dirección del viento y resistencia del aire. Aunque quisieran no podrían apartarse de dichas leyes convencionales de la física moderna. Su adhesión a la filosofía postmoderna, su lectura alternativa del discurso científico, su deconstrucción de las leyes de Newton o su visión holística y relativista del conocimiento (según la cual “la lógica científica es opresiva” y “otro tipo de conocimiento es posible”) no les servirían de mucho durante esos pocos instantes de caída libre antes de que su cerebro relativista se destruya por el impacto.

Otro componente de la filosofía postmoderna es lo que suele denominarse cuestiona- miento de los grandes relatos. La idea de relato o narrativa proviene de los orígenes del postmodernismo en la crítica literaria; se supone que la literatura “moderna” (por ejemplo, las grandes novelas del siglo XIX como las de Balzac o de Flaubert) se basaban en un relato que daba sentido al conjunto de la obra, un “argumento”, del mismo modo que el arte pic- tórico figurativo clásico transmitía también un relato a través de imágenes realistas. En el siglo XX, en cambio, se habría producido una ruptura de esos moldes artísticos, a través de formas innovadoras como la novela experimental, las variadas técnicas usadas por James Joyce en Ulysses, entre otros ejemplos, así como en la pintura abstracta y otras manifes- taciones del arte contemporáneo. Por extensión, los filósofos postmodernos percibieron en el mundo intelectual francés de los años setenta un cierto desencanto con los grandes discursos ideológicos del pasado, sobre todo la idea decimonónica del progreso indefinido, o la ideología marxista de la revolución que conduciría al comunismo y a la liberación del hombre. La “crisis de las ideologías” fue asimilada a la “crisis de los grandes relatos”, con lo cual la noción de relato pierde toda especificidad. De esta “crisis de los grandes relatos” se pasa luego a cuestionar el “relato de la ciencia”. La Teoría de la Gravitación Universal de Isaac Newton sería, así, un “relato”, una narración sobre el Universo que, como todos los

grandes relatos, estaría “en crisis”. En el caso de Newton, algunos postmodernos aluden a Einstein como “cuestionador” de Newton, que lo “pone en crisis”. Esta supuesta crisis de los relatos científicos, en algunos casos, se torna más universal: todo relato abarcativo es cuestionado, todo esfuerzo de interpretación científica es “interpelado” denunciándolo